por Daniel Logotetti y Gustavo Burgos
Compañeras y compañeros: hemos leído con atención la carta abierta titulada “La izquierda ante un gran desafío” y, ante todo, queremos saludar fraternalmente la intervención de sus suscriptores, los camaradas Aldo Casas, Juan Pablo Casiello, Eduardo Lucita y Ariel Petruccelli. No es un hecho menor que en el seno de la izquierda revolucionaria se abra, con esta claridad, un debate sobre la cuestión decisiva del poder. En una época marcada por guerras, crisis económicas recurrentes y tendencias a la descomposición del orden mundial, la discusión programática deja de ser un ejercicio abstracto para transformarse en una necesidad estratégica inmediata.
La carta acierta al colocar en el centro la distinción entre gobierno y poder, y al plantear que un eventual gobierno de trabajadores solo podría sostenerse avanzando en la expropiación de la burguesía. Allí reside un punto de apoyo fundamental para una delimitación de clase. Sin embargo, al mismo tiempo, emerge una tensión que conviene explicitar: la hipótesis de un acceso al gobierno por vía electoral aparece, en el texto, no solo como una táctica sino como el horizonte más probable, apoyado en expectativas abiertas en torno a la figura de Myriam Bregman y el crecimiento electoral del FITU. Es precisamente en este punto donde el debate debe profundizarse.
La historia del movimiento obrero ofrece lecciones demasiado contundentes como para ser soslayadas. El caso del peronismo en Argentina es ilustrativo: lejos de representar una vía de emancipación, el nacionalismo burgués operó —y continúa operando— como un mecanismo de integración de la clase trabajadora al orden capitalista, garantizando la reproducción de la dominación bajo formas plebeyas. Su persistencia actual como eje de la oposición confirma no su potencial progresivo, sino su función como dique de contención frente a toda salida independiente de los trabajadores.
De manera aún más categórica, la experiencia de la Unidad Popular en Chile estableció un límite histórico a la ilusión de una transición pacífica y electoral al socialismo. Allí donde un gobierno con amplio respaldo popular intentó avanzar en reformas estructurales sin destruir el aparato del Estado burgués, la respuesta de la clase dominante fue la contrarrevolución abierta, culminando en el golpe de 1973. No se trató de un “error” circunstancial, sino de la manifestación concreta de una ley general: la burguesía no se deja expropiar por medios institucionales.
Desde este punto de vista, la intervención electoral de la izquierda solo puede tener un carácter revolucionario si se subordina explícitamente a la preparación de una ruptura con la burguesía y sus expresiones políticas contra el Estado existente. Es decir, si se orienta a la organización independiente de la clase trabajadora, a la construcción de órganos de poder —comités, coordinadoras, formas embrionarias de doble poder— y a la delimitación abierta con toda estrategia de gestión del capitalismo. De lo contrario, el riesgo es que la dinámica electoral, incluso con las mejores intenciones, termine adaptando el programa a los límites de la democracia burguesa, como se ha insinuado en algunos sectores mediante un acuerdo del FIT-U con el kirchnerismo, bajo el impresentable lema Kiciloff-Bregman. Tal perspectiva solo ofrece el horizonte de una derrota política para la clase.
En este sentido, resulta valioso que la carta mencione la necesidad de la expropiación y no descarte la vía insurreccional. Pero aquí es necesario ir un paso más allá: no basta con señalar esa posibilidad como una eventualidad futura o defensiva. La estrategia revolucionaria, en términos concretos, es necesariamente insurreccional. No como un gesto voluntarista, sino como la conclusión política de que el poder estatal burgués debe ser destruido y reemplazado por un poder de nuevo tipo, basado en la autoorganización de las masas.
Esto no invalida, en absoluto, la utilización de las elecciones. Por el contrario, las reafirma como tribuna y como terreno de intervención. Pero las redefine: no como el camino al poder en sí mismo, sino como un momento subordinado dentro de una estrategia de lucha de clases que apunta a la conquista efectiva del poder por los trabajadores.
La importancia de este debate no es meramente nacional. La tendencia a la radicalización que ustedes señalan —y que se expresa tanto en fenómenos reaccionarios como en búsquedas por izquierda— es parte de un proceso mundial. La guerra, la crisis y la ofensiva del capital están reconfigurando las condiciones de la lucha de clases a escala internacional. En ese marco, la tarea de clarificar programa, estrategia y perspectivas no es un lujo teórico, sino una condición para intervenir en las crisis que se avecinan.
Por todo esto, valoramos profundamente la apertura de esta discusión. Si algo caracteriza a las etapas prerrevolucionarias es precisamente la irrupción de estos debates en capas cada vez más amplias de la vanguardia. La responsabilidad de quienes nos reclamamos del marxismo es llevarlos hasta sus últimas consecuencias, evitando tanto el oportunismo electoral como el propagandismo abstracto.
En definitiva, la cuestión planteada por la carta es la correcta: la izquierda debe proponerse el poder. Pero la forma concreta en que ese objetivo se plantea —sus medios, sus tiempos y sus instrumentos— es lo que definirá si estamos ante una estrategia revolucionaria o ante una nueva ilusión destinada a chocar con los límites del orden existente.
Reciban un saludo fraterno, en la convicción de que este intercambio no es sino el inicio de una elaboración colectiva que la época exige.
