por Fernando López Mackenzie
La gigantesca irrupción de las masas bolivianas en las calles constituye uno de los acontecimientos políticos más trascendentales del último período en América Latina. La huelga general indefinida, los bloqueos de caminos, las movilizaciones mineras y campesinas y la entrada en escena de amplios sectores populares expresan un proceso que ha desbordado completamente los marcos de la institucionalidad burguesa. No se trata simplemente de una protesta contra un gobierno determinado ni de una crisis episódica producto de dificultades económicas coyunturales. Lo que emerge en Bolivia es una confrontación abierta entre las masas explotadas y el conjunto del régimen político construido durante décadas para garantizar la dominación capitalista sobre los trabajadores y el pueblo pobre.
Por ello resulta completamente insuficiente interpretar el actual levantamiento únicamente como una reacción frente al gobierno derechista y proimperialista de Rodrigo Paz Pereira. Las masas bolivianas no irrumpen solo contra la administración de turno, sino contra todo el entramado político y social que permitió consolidar las condiciones de explotación, precarización y sometimiento actuales. En este sentido, el proceso también representa una crisis histórica del Movimiento al Socialismo, el MAS, organización fundada por Evo Morales y Álvaro García Linera que durante años se presentó internacionalmente como una alternativa popular y antiimperialista, pero que terminó administrando el capitalismo boliviano y garantizando la estabilidad del Estado burgués.
El MAS surgió como expresión política de las grandes rebeliones populares de comienzos de siglo, particularmente después de la Guerra del Agua y la Guerra del Gas, cuando las masas obreras, campesinas e indígenas pusieron en cuestión el poder tradicional de las élites bolivianas. Sin embargo, lejos de conducir ese proceso hacia una ruptura revolucionaria con el capitalismo, el MAS actuó como un gigantesco mecanismo de contención y canalización institucional de la energía insurgente de las masas. Durante años administró el auge de las materias primas, fortaleció el aparato estatal, integró a las dirigencias sindicales y campesinas al funcionamiento gubernamental y reconstruyó la legitimidad del régimen mediante concesiones parciales financiadas por el ciclo económico favorable.
El agotamiento de ese modelo no podía sino desembocar en una crisis de enormes proporciones. La caída de las condiciones económicas internacionales, el incremento del costo de la vida, la subordinación persistente al capital transnacional y la incapacidad del régimen para resolver las necesidades fundamentales de las masas fueron erosionando aceleradamente la base social del masismo. A ello se sumó la creciente burocratización de las organizaciones populares y la conversión de amplios sectores dirigentes en administradores directos del Estado y sus privilegios. El resultado es que hoy la furia popular golpea no solo a la derecha tradicional sino también a las estructuras políticas heredadas del propio ciclo masista.
La importancia histórica de la actual insurrección reside precisamente en que pone de manifiesto la bancarrota de todas las variantes de conciliación de clases. Bolivia demuestra nuevamente que ningún proyecto de administración progresista del capitalismo puede resolver las contradicciones fundamentales que atraviesan a las sociedades latinoamericanas. Las masas trabajadoras y campesinas continúan enfrentando explotación, pobreza y represión mientras las distintas alas del régimen disputan la administración del mismo Estado burgués.
Por eso la solidaridad internacionalista con el pueblo boliviano no puede reducirse a declaraciones abstractas o gestos diplomáticos. Desde Chile, la principal solidaridad consiste en desarrollar la lucha contra el gobierno antiobrero y proimperialista de José Antonio Kast y contra el conjunto del régimen político heredado del Acuerdo por la Paz, construido precisamente para contener y desviar el potencial revolucionario que emergió durante el levantamiento popular de octubre de 2019. La experiencia boliviana confirma que las masas solo avanzan cuando irrumpen directamente en la escena política, desbordando los límites de la institucionalidad y enfrentando a todas las variantes de administración burguesa.
Las jornadas bolivianas también reinstalan una cuestión decisiva para toda perspectiva revolucionaria: el problema de la dirección política. La combatividad de las masas, por gigantesca que sea, no resuelve automáticamente la cuestión del poder. La historia del movimiento obrero latinoamericano está llena de heroicas insurrecciones desviadas, derrotadas o absorbidas por nuevas variantes reformistas precisamente debido a la ausencia de una dirección revolucionaria capaz de orientar la energía de las masas hacia la destrucción del Estado burgués y la construcción de un gobierno de trabajadores.
La experiencia del MAS demuestra con claridad brutal los límites históricos del nacionalismo popular y del reformismo latinoamericano. Organizaciones que nacieron apoyándose en grandes movilizaciones terminaron administrando el capitalismo y actuando como factor de contención de la revolución. De allí que la principal tarea estratégica que emerge de la experiencia boliviana sea la construcción de un partido revolucionario arraigado en la clase trabajadora, internacionalista, socialista y dispuesto a luchar consecuentemente por el poder obrero.
La insurrección boliviana vuelve a demostrar que las masas latinoamericanas conservan intacta una formidable capacidad de combate. Pero también enseña que sin una dirección revolucionaria consciente esa energía puede volver a ser desviada hacia nuevos pactos, nuevas conciliaciones y nuevas frustraciones. La tarea de la hora consiste precisamente en construir esa dirección revolucionaria capaz de transformar las rebeliones populares en victorias históricas de la clase trabajadora y los pueblos explotados del continente. No hay otra victoria que el Socialismo.
