por Alejandro Valenzuela Torres
Que la máxima autoridad del Partido Comunista chino —Xi Jinping— haya sido recibido en el aeropuerto y en la Casa Blanca por Donald Trump con honores imperiales, exige una mirada atenta más acá de la anécdota. En su discurso ante las ONU Xi Jinping reivindicó la política de Trump de hacer «América Great again». Esto tampoco es una casualidad. Un reciente artículo de El País formula una pregunta aparentemente sencilla: «¿Es China una superpotencia tecnológica?». Los datos que utiliza parecen conducir inevitablemente hacia una respuesta afirmativa. China genera ya alrededor del 28% del valor añadido manufacturero mundial; su industria instaló en 2024 unos 295.000 robots, más que el resto del planeta combinado; presentó más de 70.000 solicitudes internacionales de patentes y ocupa posiciones dominantes en sectores decisivos de la transición tecnológica, desde paneles solares y baterías hasta automóviles eléctricos. Su producción científica ha crecido espectacularmente y sus universidades y centros de investigación disputan posiciones que hasta hace poco parecían reservadas a Estados Unidos, Europa y Japón. Incluso allí donde mantiene una desventaja importante —como ocurre todavía en determinados segmentos de la inteligencia artificial y especialmente en los semiconductores más avanzados— la velocidad con que disminuye la distancia constituye uno de los fenómenos económicos fundamentales de nuestra época.