por Gustavo Burgos
Hace unos días compartimos una Carta Abierta de un grupo de militantes revolucionarios argentinos titulada “La izquierda argentina ante un gran desafio”. La misma ha generado una interesante polémica parte de las cuales hemos compartido en estas páginas. Junto a Daniel Logotetti aportamos a esa discusión en la nota “Argentina entre la ilusión electoral y la estrategia de poder”. Seguidamente Ariel Petruccelli retruca con la nota que titulamos «Debate en la izquierda argentina sobre Bregman y el futuro del FIT-U: Petruccelli responde a Sartelli y Astarita«. Esta discusión, en definitiva, aun cuando la misma se origina en las expectativas electorales que presenta la candidata Myriam Bregman del FIT-U, se ha extendido a cuestiones que tienen que ver con el partido, el poder y la revolución. En medio de este debate hay una nota del destacado economista marxista argentino, Rolando Astarita—cuyo Blog invitamos a visitar por su importante aporte al debate político— que escribe su «Respuesta a Ariel Petruccelli» abriendo fuego en esta discusión y al hacerlo creemos, se aparta no solo del marxismo, sino que de la revolución.
En efecto, la polémica con Rolando Astarita no puede reducirse a una diferencia de énfasis sobre Trotsky, el Programa de Transición o las tácticas electorales del FIT-U. Su contenido más profundo se desprende de la ubicación de clase desde la que desarrolla su polémica. En efecto Astarita sustituye la crítica marxista del capitalismo como totalidad histórica por una constatación empirista del dinamismo capitalista. Su tesis central —“las fuerzas productivas siguen creciendo”— termina confundiendo dos cosas distintas: que el capitalismo continúa produciendo mercancías, tecnología, productividad y valor, con que la burguesía conserve capacidad histórica para resolver las necesidades sociales de la humanidad.
Astarita reconoce que rompió con el trotskismo a partir de su rechazo de la tesis del “estancamiento secular del capitalismo” y que desde 1914 hasta 1990 habría existido “un indudable desarrollo de las fuerzas productivas”; de allí deriva su crítica al Programa de Transición, a la revolución permanente, al programa de liberación nacional y a la teoría leninista del imperialismo. Esa no es una diferencia secundaria: es el punto de clase desde el cual reconstruye toda una política.
En Marx —parece un exceso explicarle esto a un economista— las fuerzas productivas no son una simple suma de máquinas, toneladas producidas, productividad laboral o innovación técnica. Son la capacidad social de producción desarrollada por el trabajo humano, la cooperación, la ciencia, la técnica y la organización social del trabajo, siempre dentro de determinadas relaciones de producción. Por eso Marx no las separa jamás de la forma social que las contiene. En el célebre prólogo de 1859, Marx sostiene que en cierta fase de desarrollo las fuerzas productivas materiales entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, que de formas de desarrollo se transforman en trabas, abriéndose entonces una época de revolución social. Jamás identificó esta contradicción con el colapso del propio capitalismo.
La cuestión decisiva, por tanto, no es si el capitalismo produce más celulares, más software, más inteligencia artificial, más armas o más mercancías. La cuestión es otra: si ese desarrollo se convierte en desarrollo humano universal o si se realiza bajo la forma de crisis, guerra, destrucción ambiental, superexplotación, desempleo, miseria relativa y sometimiento imperialista. Astarita toma el crecimiento material capitalista como refutación del agotamiento histórico del capital. Cuando el problema es exactamente el contrario: el capitalismo puede desarrollar colosalmente la técnica y, al mismo tiempo, convertir ese desarrollo en una potencia hostil contra la humanidad.
En una nota de Rolando Astarita sobre Trotsky, las fuerzas productivas y la ciencia parte de una observación parcialmente correcta: el capitalismo no dejó de desarrollar tecnología, productividad y capacidad científica durante el siglo XX y comienzos del XXI. Contra ciertas versiones mecanicistas del marxismo, Astarita señala acertadamente que la fórmula del Programa de Transición acerca de que “las fuerzas productivas han dejado de crecer” no puede interpretarse literalmente como paralización absoluta de toda innovación técnica o de toda expansión económica. Sin embargo, desde ese punto razonable deriva hacia una conclusión profundamente equivocada: identifica el desarrollo técnico bajo el capitalismo con la persistencia histórica progresiva del propio capitalismo.
Ese desplazamiento es decisivo porque transforma un problema histórico y social en un simple dato cuantitativo. Astarita razona esencialmente así: si el capitalismo sigue aumentando productividad, desarrollando ciencia, expandiendo producción y revolucionando técnica, entonces no puede hablarse de decadencia capitalista. Pero ese criterio reduce las fuerzas productivas a una suma de máquinas, mercancías e índices de crecimiento. El marxismo jamás definió las fuerzas productivas de esa manera estrecha y positivista.
Para Marx, el desarrollo de las fuerzas productivas nunca fue un fenómeno puramente técnico. Siempre estuvo ligado a determinadas relaciones sociales y a sus contradicciones históricas. El capitalismo desarrolla enormemente la ciencia y la productividad, pero lo hace subordinando toda la producción a la valorización privada del capital. Precisamente por eso el mismo proceso que multiplica riqueza y tecnología produce simultáneamente explotación, destrucción social y barbarie.
El problema central no es entonces si existen más computadoras, más automatización o más capacidad industrial que hace un siglo. El problema es qué carácter histórico adopta ese desarrollo. Y el capitalismo contemporáneo muestra cada vez más que su expansión técnica aparece inseparablemente ligada a tendencias destructivas gigantescas: guerras permanentes, devastación ecológica, hipertrofia militar, financiarización parasitaria, precarización global del trabajo y capacidad de exterminio nuclear.
Astarita transforma la supervivencia dinámica del capitalismo en prueba de su vitalidad histórica progresiva. Pero una formación social no deja de ser decadente porque continúe desarrollando técnica. El Imperio Romano también conservó durante siglos capacidad militar, ingeniería, comercio y producción material mientras se descomponían sus bases históricas. La cuestión marxista nunca fue si el capitalismo seguiría produciendo, sino si podía seguir organizando racionalmente el desarrollo humano universal.
Y precisamente allí aparece el núcleo del problema. Nunca la humanidad tuvo semejante capacidad tecnológica y científica y, al mismo tiempo, semejante incapacidad para resolver racionalmente necesidades elementales de millones de personas. Nunca existió tanta productividad agrícola junto con hambre masiva. Nunca existió tanta automatización junto con desempleo estructural y precarización. Nunca hubo semejante desarrollo científico combinado con amenazas crecientes de destrucción planetaria.
La contradicción fundamental del capitalismo contemporáneo consiste justamente en que las fuerzas productivas se desarrollan bajo una forma crecientemente destructiva. La técnica no desaparece; se vuelve irracional desde el punto de vista social. La productividad no se detiene; se orienta hacia la valorización privada y la competencia imperialista. La ciencia no cesa; se subordina cada vez más al militarismo, al control monopólico y a la destrucción ambiental.
Por eso el error de Astarita es profundamente objetivista. Mide las fuerzas productivas desde el punto de vista del capital y no desde el punto de vista de la humanidad. Allí donde el marxismo analiza relaciones sociales históricas, él contabiliza productividad física. Allí donde el marxismo observa contradicciones civilizatorias, él observa únicamente crecimiento técnico.
Su crítica a Trotsky termina así vaciando de contenido histórico la noción misma de decadencia capitalista. Porque si mientras exista innovación tecnológica el capitalismo conservaría carácter progresivo, entonces la revolución socialista deja de aparecer como necesidad histórica derivada de las contradicciones objetivas del sistema y pasa a ser apenas una posibilidad política abstracta.
En realidad, el capitalismo imperialista sigue desarrollando capacidad productiva, pero bajo una forma crecientemente incompatible con la reproducción racional de la vida humana. Y precisamente ese es el contenido histórico de la decadencia: no la detención mecánica de toda producción o de toda técnica, sino la transformación del progreso material en una fuerza contradictoria que amenaza las propias condiciones de existencia de la civilización.
De esta matriz deriva el resto de sus posiciones. Si el capitalismo sigue desarrollando las fuerzas productivas en un sentido históricamente válido, entonces la revolución deja de ser una necesidad objetiva de la época y pasa a convertirse en una posibilidad política abstracta, dependiente de coyunturas, programas razonables o debates doctrinarios. De allí su rechazo a la revolución permanente, a la centralidad del imperialismo y al programa de liberación nacional en los países oprimidos. En su propio balance, Astarita enumera entre sus rupturas la crítica al “programa de liberación nacional” en países dependientes y el cuestionamiento de la revolución permanente.
Esto lo conduce directamente —en términos de clase— a una ruptura con la concepción marxista de la cuestión nacional. Para Lenin, el derecho de las naciones a la autodeterminación no era una concesión liberal, sino parte de la estrategia internacional de la revolución socialista: combatir toda opresión nacional para unir libremente al proletariado de las naciones opresoras y oprimidas. Pero esa defensa no significaba ponerse políticamente bajo la dirección de una burguesía nacional ni mucho menos bajo la estrategia de una potencia imperialista rival.
Al respecto, las Tesis de la Internacional Comunista sobre la cuestión de Oriente sostienen que la crisis abierta por la guerra imperialista y el debilitamiento de las metrópolis impulsaron un ascenso revolucionario en las colonias y semicolonias, donde la lucha contra el imperialismo comenzó a incorporar crecientemente a obreros y campesinos. El documento afirma que el capitalismo imperialista se sostiene en el atraso económico y social de los países coloniales para asegurar la apropiación monopólica de la plusvalía mundial, chocando así con el desarrollo de las fuerzas productivas autóctonas y con las aspiraciones de autonomía nacional. Frente a ello, la Internacional Comunista plantea la necesidad de apoyar todos los movimientos nacional-revolucionarios dirigidos contra el imperialismo, pero insistiendo en que solo una línea revolucionaria consecuente, basada en la movilización de las masas trabajadoras en ruptura con las burguesías criollas, puede conducir a la verdadera liberación.
En una concepción de clase del antiimperialismo, el proletariado debe conquistar independencia política frente al nacionalismo burgués y transformarse en dirección revolucionaria del conjunto de la nación oprimida. Esto supone rechazar tanto el sectarismo que se niega a participar en la lucha antiimperialista como la subordinación oportunista a la burguesía nacional. Por ello plantea combinar la lucha por la independencia política y las tareas democrático-burguesas con la organización autónoma de obreros y campesinos para la revolución socialista. Coherente con una concepción permanentista, la revolución colonial solo puede triunfar unida a la revolución proletaria internacional y orientada hacia una federación de repúblicas soviéticas.
La posición de Astarita sobre Ucrania expresa este alejamiento de una posición obrera sobre la materia. En sus múltiples artículos sobre la guerra ha defendido —con mayor o menor énfasis— el apoyo a la resistencia ucraniana en nombre de la autodeterminación nacional, polemizando contra quienes subrayan el papel de la OTAN, Estados Unidos y la Unión Europea. En 2022 sostuvo que lo decisivo era la defensa de la autodeterminación ucraniana frente a la invasión rusa, y en 2025 reiteró —polemizando con la izquierda campista— que defender ese derecho no equivalía a apoyar al gobierno de Zelensky.
El problema no está en denunciar la invasión rusa, que debe ser rechazada como la propia guerra. El problema es que Astarita transforma la cuestión nacional en una abstracción jurídica separada del sistema imperialista mundial. Ucrania no aparece como terreno de disputa entre potencias, ni como país subordinado al capital financiero occidental, ni como pieza de una guerra interimperialista en curso, sino como sujeto nacional aislado que reclama ayuda militar. Así, bajo la bandera de la autodeterminación, termina objetivamente del lado del campo político-militar armado por la OTAN.
La posición marxista no consiste en apoyar a Putin ni en justificar la opresión rusa. Consiste en rechazar simultáneamente la invasión rusa, la expansión de la OTAN y la subordinación de Ucrania al imperialismo occidental; en defender la independencia política de la clase obrera ucraniana, rusa y mundial; y en transformar la guerra entre Estados en lucha contra todas las burguesías. La cuestión nacional, para el marxismo, solo conserva contenido revolucionario cuando está subordinada a la estrategia internacional del proletariado. Separada de ella, se convierte en cobertura de una u otra diplomacia capitalista.
Por eso la polémica con Astarita no es meramente “teórica”. Su tesis sobre las fuerzas productivas lo lleva a negar el carácter históricamente reaccionario del capitalismo imperialista; su crítica a la revolución permanente lo lleva a abandonar la escala internacional de la revolución; su lectura de la cuestión nacional lo lleva a embellecer, bajo fórmulas democráticas, el alineamiento con campos imperialistas concretos; y su rechazo del programa de transición termina reemplazando la política revolucionaria por un socialismo profesoral, crítico, académico, pero impotente frente a los grandes choques de clase.
Finalmente, se debe rechazar su método de polémica. En Astarita, las masas aparecen casi siempre como ausencia: no como sujeto vivo de la historia, sino como telón de fondo de controversias doctrinarias. Entendemos que décadas de retrocesos para la clase obrera argentina puedan nublar la relevancia de la lucha de clases en su perspectiva de la historia. Sin embargo, Astarita ha dado un paso más allá. Para él la lucha de clases, las derrotas, las formas de conciencia contradictoria, los levantamientos, las guerras, las rebeliones nacionales, el hambre, el desempleo y la explotación aparecen subordinados a una querella permanente contra el trotskismo en tanto doctrina. La polémica se vuelve un fin en sí mismo. Su marxismo pierde toda esencia revolucionaria y se transforma en la cita correcta, el dato económico aislado, totalmente por fuera de la irrupción de las masas explotadas contra las relaciones sociales que las encadenan.
El problema del método polémico de Astarita no reside únicamente en el tono o en el objeto de sus críticas, sino en aquello que queda sistemáticamente expulsado de su horizonte teórico: la acción histórica de las masas como fuerza material revolucionaria. En sus textos, la lucha de clases aparece reducida a un debate de programas, categorías y formulaciones doctrinarias, mientras los problemas decisivos de toda revolución —la violencia revolucionaria, la destrucción del aparato estatal burgués, el armamento del proletariado, la insurrección y la guerra civil— desaparecen casi por completo del campo de análisis.
Esto no es un accidente. Expresa una profunda adaptación a un punto de vista liberal y pequeñoburgués sobre la política. Astarita desplaza la discusión desde el terreno real de la revolución —es decir, la confrontación material entre clases irreconciliables— hacia un plano esencialmente académico, donde el problema central parecería ser si el socialismo se construye “desde arriba” o “desde abajo”. Pero formulada de ese modo, la cuestión pierde todo contenido histórico concreto y se transforma en una abstracción moral.
Para el marxismo revolucionario jamás existió semejante dicotomía vacía. Ni Marx, ni Lenin, ni Trotsky jamás pensaron la revolución como una disputa pedagógica acerca de “verticalismo” versus “horizontalidad”. El problema real siempre fue otro: qué clase ejerce el poder, mediante qué órganos, destruyendo qué aparato estatal y apoyándose sobre qué fuerza material armada.
Lenin fue absolutamente explícito al respecto en El Estado y la Revolución: la revolución proletaria no consiste en “ocupar” el Estado burgués ni en administrarlo mejor, sino en destruirlo y sustituirlo por un nuevo tipo de poder basado en las organizaciones armadas de las masas trabajadoras. La Comuna de París interesaba a Marx precisamente porque demostraba que “la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina estatal existente”.
Toda revolución auténtica plantea inevitablemente la cuestión de la violencia. No por sociopatía ni por exceso de testosterona, no porque los marxistas “prefiramos” la violencia, sino porque ninguna clase dominante abandona voluntariamente el poder, la propiedad y el monopolio de las armas. El problema del Estado es, en última instancia, el problema del monopolio organizado de la violencia. Por eso Lenin insistía en la necesidad del armamento del proletariado y de la destrucción del ejército permanente burgués.
Sin embargo, en Astarita toda esta problemática desaparece. Cuando polemiza contra el trotskismo —en realidad lo hace contra la idea de la revolución— lo hace en un terreno desmaterializado, casi puramente discursivo. La revolución aparece tratada como una exageración doctrinaria o como una fantasía voluntarista, pero jamás como el resultado histórico de contradicciones sociales que empujan a las masas hacia la irrupción violenta contra el orden existente.
Esto se observa incluso en la forma en que discute la cuestión del “socialismo desde arriba”. Su crítica no apunta al problema real —la burocratización de un Estado obrero aislado, el papel de las castas administrativas o la sustitución política de la clase obrera— sino que se desliza hacia una objeción anarco liberal contra toda centralización revolucionaria. Así, la revolución queda reducida a una especie de ideal democrático abstracto, despojado de coerción revolucionaria, de guerra civil y de dictadura del proletariado.
Pero el marxismo nunca contrapuso mecánicamente “arriba” y “abajo”. Toda revolución victoriosa supone precisamente la irrupción independiente de las masas “desde abajo”, combinada con la construcción de órganos centrales de combate y poder revolucionario. La insurrección es, por definición, organización consciente de la violencia revolucionaria. Como señala Trotsky en su Historia de la Revolución Rusa, la revolución no es espontaneidad pura ni aparato puro, sino la entrada de las masas en la política mediante formas organizadas capaces de disputar el poder estatal.
La ausencia de este problema en Astarita revela el carácter profundamente deshistorizado de su enfoque. La revolución deja de ser entendida como guerra de clases y pasa a ser vista como un debate de consistencia doctrinaria. Por eso en sus textos casi no aparecen la insurrección de Octubre, la guerra civil rusa, las milicias obreras españolas, los soviets, los consejos obreros, la cuestión militar o la dualidad de poderes como problemas estratégicos vivos. Todo queda absorbido por una discusión interminable sobre programas, consignas o formulaciones teóricas.
Se trata, en el fondo, de un marxismo desarmado. Desarmado no solo en sentido político, sino literalmente militar. En él desaparece el problema central que atraviesa toda experiencia revolucionaria: cómo las masas explotadas rompen el monopolio de la violencia estatal de la burguesía y se constituyen en poder. Sin esa cuestión, el marxismo se degrada inevitablemente en crítica académica del capitalismo.
Y allí reside el límite histórico de Astarita. Mientras el marxismo revolucionario piensa la política desde el movimiento real de las masas hacia la conquista del poder, Astarita piensa la política desde la crítica doctrinaria de las tradiciones revolucionarias existentes. La consecuencia es una inversión completa de prioridades: las masas concretas, con sus contradicciones, irrupciones, derrotas y experiencias históricas, desaparecen; en su lugar queda la polémica permanente. La discusión sustituye a la estrategia. La crítica reemplaza a la revolución. Y el marxismo pierde entonces su núcleo esencial: ser no una escuela de comentaristas del capitalismo, sino la teoría y la práctica de su derrocamiento violento por la acción histórica de la clase obrera internacional.
