Argentina: de qué hablamos cuando decimos que fracasó Milei

de Partido Obrero Revolucionario (Argentina)

En estos días se difunden innumerables comentarios sobre el fracaso del programa económico de Milei basados en los informes oficiales sobre la marcha de la economía que son categóricos.

Es una confirmación de lo sostuvimos desde antes que asumiera el Gobierno: con ese Programa del FMI y las grandes corporaciones la situación de la mayoría solo podía empeorar en todos los terrenos. Ni siquiera podría resolver los objetivos centrales que se planteaba: ajustar la economía para a) fortalecer las reservas del Banco Central y juntar los fondos para poder hacer frente a una deuda externa que aparecía impagable; b) “ordenar” la macroeconomía para crear un mejor “clima de negocios”, bajando la inflación, logrando superávits que permitieran eliminar la emisión monetaria y un excedente para comprar dólares para pagar la deuda; c) en esas condiciones crecería la inversión.

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Sergio Grez en el Plenario de Antofagasta: «Charla sobre historia y desafíos del movimiento sindical»

La intervención del historiador Sergio Grez en el Primer Plenario Laboral de Antofagasta, realizado el pasado 26 de agosto, tuvo un mérito que conviene destacar desde el comienzo: uno de los historiadores más importantes del movimiento popular y obrero chileno decidió hablar de la historia desde dentro de su objeto de estudio, asumiendo sin ambigüedades un compromiso de clase. No se trata de confundir investigación histórica con propaganda ni de sustituir el rigor documental por consignas. Se trata, precisamente, de reconocer aquello que buena parte de la academia contemporánea procura ocultar bajo el fetiche de una supuesta neutralidad: que la historia de los trabajadores es la historia de una sociedad dividida en clases y que estudiarla significa necesariamente enfrentarse al problema de la explotación, la propiedad y el poder. Grez lo formula de manera directa cuando recuerda que los sindicatos, correctamente concebidos, son «organizaciones de lucha de clases». No constituye una declaración retórica. Es la conclusión que extrae de la propia formación histórica del proletariado chileno: los trabajadores avanzaron desde las organizaciones de socorro mutuo hacia organizaciones específicamente sindicales cuando comprendieron que el problema ya no podía resolverse únicamente mediante la solidaridad entre explotados, porque su raíz estaba en la posesión de los medios de producción y en el poder social de la clase capitalista.

Esa reconstrucción histórica conduce directamente al presente. La derrota de 1973 no aparece en la exposición de Grez simplemente como la caída de un gobierno, sino como una derrota estratégica de la clase trabajadora, deliberadamente perseguida por la contrarrevolución para modificar las relaciones de fuerza sociales y asegurar una reorganización capitalista que sobreviviría largamente a Pinochet. El Plan Laboral, la atomización sindical, la negociación encerrada en los límites de la empresa y el debilitamiento de la huelga fueron instrumentos de esa operación. Pero Grez introduce una conclusión todavía más incómoda: la salida pactada de la dictadura no desmontó ese dispositivo, sino que permitió su consolidación y legitimación bajo los gobiernos civiles. De allí surgió un sindicalismo crecientemente integrado a las mesas de diálogo, dependiente de los partidos del régimen y reducido demasiadas veces a administrar los estrechos márgenes que la institucionalidad concede al conflicto entre capital y trabajo. En palabras de Grez, terminó predominando un «sindicalismo de colaboración de clases», precisamente cuando la burguesía jamás abandonó su propia conciencia de clase. La contradicción es brutal: mientras la CPC, la SOFOFA y las organizaciones empresariales actúan disciplinadamente en defensa de sus intereses históricos, a los trabajadores se les ha enseñado durante décadas que hablar de clase, independencia política o lucha de clases sería un anacronismo.

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¿Cómo orientarse en la niebla de la IA? Un esbozo cartográfico y una brújula ecomunista

por Ariel Petruccelli

Para quien haya tenido una mínima interacción con la IA, aunque más no sea leer en línea algún texto sobre el tema, usar redes sociales o haber hecho alguna inocente consulta a un chat bot (vale decir, para la inmensa mayoría de la población del planeta), es prácticamente imposible que pase una semana sin que le llegue a sus dispositivos electrónicos vinculados a internet alguna noticia espectacular relacionada con las llamadas inteligencias artificiales. Desde el Papa a Bill Gates –pasando por Putin, Trump y Xi Jiping; Zuckerberg, Thiel o Altman– parece haber un consenso absoluto: nos hallamos ante lo más extraordinario entre lo extraordinario. Estaríamos a las puertas de trascender todas las limitaciones humanas y construir un mundo feliz de abundancia, ocio, diversión e incluso inmortalidad… o a punto de ser convertidos en esclavos de robots. A un paso de construir el paraíso en la tierra o de autodestruirnos. La “sigularidad” se anuncia como cosa inminente, aunque su advenimiento, al igual que el segundo advenimiento de Cristo, es pospuesto una y otra vez. La parousía de la religión de los datos (un término bastante atinado que tomo de Jaron Lanier) se prorroga en el tiempo como se prorrogó, y aún se sigue prorrogando, la segunda venida de Cristo. Pero la misma ansiedad que la inminencia del juicio final provocó hace dos milenios en las minúsculas comunidades cristianas, ahora parece hacer presa de buena parte de la población del planeta, que se siente a un tris de volverse inmortal o, mucho más habitualmente, de perder el empleo a manos de un chat bot.  La IA puede ser vista como un producto angelical o satánico, como obra de Dios o del anticristo, pero siempre, siempre, como algo absolutamente sin precedentes y, desde luego, cuyo desarrollo no puede ser en verdad detenido, por mucho que el Papa diga que hay que detenerla.

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Precarización del estudio, el trabajo y la educación técnico profesional

de Estudiantes por la Causa Popular

Luchamos contra la educación de mercado y buscamos construir una educación al servicio de la clase trabajadora porque somos capaces de evidenciar las diversas problemáticas que esta genera a trabajadores y estudiantes.  La crisis integral del capitalismo vino a profundizar la crisis en la educación, aumentando niveles de deserción escolar, perdiendo contenidos, sobrecargando laboralmente a nuestros profesores, perdiendo las posibilidades de realizar prácticas, etc. 

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Precarizar el empleo: la base de la reforma laboral de Piñera

por Ricardo Verdugo

Primero fue septiembre, luego diciembre y después enero. Sin embargo, sigue la espera. La reforma laboral de Sebastián Piñera fue postergada para marzo. Es decir, para la vuelta del receso legislativo.

¿Qué pasó en el camino? Pues bien, la elaboración de este proyecto sufrió varias modificaciones a pesar que en más de una oportunidad se dijo que “ya estaba listo”.

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