por Alejandro Valenzuela Torres
El llamado caso Muñeca Bielorrusa, que involucra a la exministra de la Corte Suprema Ángela Vivanco, es un hito más en la larga cadena de episodios que revelan la profunda podredumbre moral y política de las instituciones del Estado chileno. Este nuevo escándalo no representa una anomalía dentro del orden democrático, sino más bien una de sus expresiones más genuinas: la corrupción como forma estructural de funcionamiento del poder burgués. Lo que en apariencia se presenta como un hecho aislado —una magistrada recibiendo sobornos por favorecer a una empresa privada en un litigio contra una empresa estatal— se revela, bajo la luz de una crítica materialista, como una escena cotidiana del banquete del poder, donde los jueces, abogados, empresarios y altos funcionarios se reparten las rentas del Estado como si de un botín se tratara.