por Gustavo Burgos
La firma del memorando de entendimiento entre Estados Unidos e Irán ha abierto una intensa discusión política acerca de quién ganó realmente la guerra. Para la gran burguesía imperialista el debate gira en torno a si Donald Trump obtuvo una victoria estratégica o si las concesiones negociadas por J. D. Vance transformaron un éxito militar parcial en una derrota diplomática. Por otro lado, desde amplios sectores de la izquierda “campista”, en cambio, el acuerdo es presentado como una derrota histórica de Washington: Irán preserva su régimen político, mantiene la continuidad de su programa nuclear civil, recupera activos congelados, obtiene un gigantesco fondo de reconstrucción y consigue el levantamiento progresivo de las sanciones que durante décadas asfixiaron su economía.
Sin embargo, un análisis de clase no puede detenerse en la contabilidad diplomática de vencedores y vencidos. La política revolucionaria no juzga los acontecimientos a partir de los éxitos relativos de tal o cual Estado capitalista, sino desde el punto de vista de la situación de la clase trabajadora internacional. La pregunta decisiva no es si Washington fue humillado ni si Teherán logró resistir. La cuestión fundamental es determinar qué consecuencias tiene este acuerdo para los trabajadores de Irán, Palestina, Israel, Estados Unidos y del conjunto del sistema mundial.
El texto del memorando muestra con claridad que Estados Unidos se vio obligado a aceptar concesiones que hace apenas unos meses parecían impensables. Washington reconoce la continuidad del Estado iraní, se compromete a levantar progresivamente las sanciones, facilita la liberación de activos congelados y respalda un programa de reconstrucción valorado en cientos de miles de millones de dólares. Al mismo tiempo, el acuerdo no liquida el programa nuclear iraní sino que posterga su tratamiento para futuras negociaciones, manteniendo mientras tanto el statu quo.
Ahora bien, desde un punto de vista estrictamente militar y diplomático, es difícil negar que Estados Unidos e Israel quedaron lejos de los objetivos que justificaron la guerra. El cambio de régimen en Teherán no ocurrió. El aparato estatal iraní sobrevivió. La República Islámica mantiene capacidad de negociación. Incluso la reapertura del estrecho de Ormuz —uno de los principales objetivos occidentales— se obtiene mediante un acuerdo político y no mediante una imposición militar directa.
Pero reconocer estos límites del imperialismo norteamericano no equivale a concluir que los trabajadores hayan obtenido una victoria. Ese es precisamente el error de numerosos análisis “campistas” que identifican automáticamente toda dificultad de Washington con un avance de los intereses históricos de los explotados.
El marxismo no mide el progreso social por la suerte de los Estados sino por el desarrollo de la lucha de clases. Por ello, antes de evaluar los efectos del acuerdo sobre los Estados, resulta necesario examinar las transformaciones políticas y sociales que la propia guerra ha desencadenado. La guerra ha provocado fracturas políticas dentro de Estados Unidos, ha profundizado las contradicciones de la sociedad israelí, ha impulsado movilizaciones de solidaridad con Palestina en numerosos países y ha contribuido a la radicalización de una nueva generación de activistas, estudiantes y trabajadores. Ninguno de estos fenómenos constituye todavía una alternativa política independiente de la clase obrera. Pero todos expresan una erosión creciente de las formas tradicionales de legitimación del imperialismo y una tendencia objetiva al cuestionamiento del orden existente.
Veamos los hechos. La guerra dejó miles de muertos, ciudades devastadas, infraestructura destruida y una economía profundamente dañada. El propio acuerdo incorpora mecanismos de reconstrucción porque el nivel de destrucción alcanzado exige una inyección gigantesca de capital para restablecer condiciones mínimas de funcionamiento económico. La reconstrucción de Irán aparece así como una nueva esfera de acumulación para el capital internacional. Lo que para las grandes corporaciones constituye una oportunidad de inversión, para los trabajadores significa años de sacrificios, inflación, precarización laboral y transferencia de riqueza social hacia sectores empresariales nacionales e internacionales.
Más aún, el acuerdo no altera ninguno de los factores estructurales que condujeron al conflicto. La rivalidad entre potencias continúa. El armamentismo se profundiza. Los presupuestos militares seguirán creciendo. Las tensiones entre Estados Unidos, China, Rusia y Europa no desaparecen; simplemente adoptan nuevas formas. La paz alcanzada no es una paz entre los pueblos sino una tregua entre Estados que necesitan recomponer fuerzas después de una confrontación extremadamente costosa.
A mayor abundamiento, la evolución de los acontecimientos posteriores a la firma del memorando confirma precisamente el carácter precario de esta tregua. Apenas unos días después del acuerdo, Irán volvió a cerrar el estrecho de Ormuz como respuesta a la continuidad de los bombardeos israelíes sobre el sur del Líbano y a la persistencia de operaciones militares que Teherán considera incompatibles con el espíritu y los compromisos asumidos en las negociaciones. Este hecho demuestra que la llamada «paz» no descansa sobre la resolución de las contradicciones que condujeron a la guerra, sino sobre un equilibrio inestable entre fuerzas que continúan enfrentadas y cuyos objetivos estratégicos permanecen en gran medida intactos.
La crisis abierta en torno a Ormuz pone de manifiesto una contradicción particularmente significativa. Mientras Washington busca estabilizar la región para evitar una nueva dislocación del mercado energético mundial y contener los costos políticos y económicos de la guerra, el gobierno de Netanyahu continúa actuando bajo una lógica determinada por sus propios intereses estratégicos y por las necesidades internas de supervivencia política del régimen sionista. Lejos de reflejar una posición de fuerza, esta situación revela las dificultades del proyecto impulsado por Israel para imponer una reorganización regional bajo su hegemonía. Si dicho proyecto hubiera triunfado plenamente, no existiría la necesidad de desafiar un acuerdo promovido por la propia potencia imperialista que sostiene materialmente al Estado israelí.
Desde este punto de vista, la continuidad de las operaciones militares israelíes no constituye una demostración de fortaleza estratégica sino un síntoma de las contradicciones irresueltas que atraviesan al bloque imperialista. El fracaso de la guerra para alcanzar sus objetivos máximos ha obligado a Estados Unidos a buscar una salida diplomática mientras Israel intenta preservar por medios militares aquello que no logró obtener mediante la ofensiva conjunta. La fragilidad del acuerdo no invalida por ello la caracterización de una derrota parcial de los objetivos perseguidos por Washington y Tel Aviv; por el contrario, constituye una de sus expresiones más evidentes.
Precisamente porque se trata de una tregua inestable y no de una paz consolidada, el escenario político permanece abierto. Las contradicciones entre los distintos actores estatales continúan desarrollándose, pero ahora lo hacen en condiciones menos favorables para la legitimación de la guerra y del proyecto sionista. Este nuevo cuadro no garantiza ningún resultado progresivo por sí mismo, pero amplía el espacio para la intervención independiente de la clase trabajadora, para el desarrollo de movimientos de masas contra la guerra y para el reagrupamiento de una vanguardia que levante una salida socialista frente a la barbarie imperialista y capitalista. Las fracturas políticas y los procesos de movilización ya visibles en diversos países encuentran en esta nueva situación un terreno potencialmente más favorable para su desarrollo.
La situación palestina revela con especial crudeza esta contradicción. Mientras buena parte de la atención internacional se concentra en el acuerdo entre Washington y Teherán, el proceso de expansión territorial del Estado israelí continúa modificando la realidad regional. La devastación de Gaza, la presión permanente sobre Cisjordania y la transformación del equilibrio estratégico en el Levante constituyen hechos materiales que ningún acuerdo bilateral puede revertir automáticamente. La supervivencia del régimen teocrático iraní no implica por sí misma un fortalecimiento de la causa palestina ni una mejora inmediata de las condiciones de lucha de las masas árabes.
Por eso la discusión acerca de si Trump o Vance son responsables de la derrota, o acerca de cuál fracción del Partido Republicano sale fortalecida, posee una importancia secundaria. Lo mismo ocurre con las disputas entre Washington y sus aliados europeos. Todas esas contradicciones son reales, pero ninguna modifica el hecho central: las distintas fracciones del capital buscan reorganizar el orden mundial descargando los costos de la crisis sobre la clase trabajadora.
Tampoco puede ignorarse el papel desempeñado por China. El acuerdo responde en parte a la necesidad de garantizar la estabilidad del comercio energético mundial y evitar una interrupción prolongada del tráfico por Ormuz. Pekín aparece como uno de los principales beneficiarios de la normalización comercial. Pero el fortalecimiento relativo de China frente a Estados Unidos tampoco representa una victoria de los trabajadores. Se trata de una redistribución de posiciones dentro del sistema capitalista mundial, no de una superación de sus contradicciones fundamentales.
En definitiva, el memorando entre Estados Unidos e Irán constituye, efectivamente, un reconocimiento de los límites del poder norteamericano y una derrota parcial de los objetivos maximalistas que impulsaron la guerra. Sin embargo, el problema fundamental no reside allí. Lo decisivo es que el acuerdo deja intactos los mecanismos de explotación que gobiernan tanto a Estados Unidos como a Irán, preserva los aparatos estatales responsables de la guerra, fortalece tendencias militaristas a escala global y prepara nuevas formas de acumulación capitalista sobre las ruinas producidas por el conflicto.
Desde una perspectiva marxista —es un hecho objetivo— el balance no puede formularse en términos de victoria iraní o derrota estadounidense. La cuestión central es que los trabajadores del mundo continúan enfrentando una ofensiva política, económica y militar que atraviesa todas las fronteras nacionales. Mientras la guerra y la paz sigan siendo administradas por Estados al servicio del capital, incluso las derrotas parciales del imperialismo podrán transformarse en nuevas formas de subordinación para los explotados. Esa es la contradicción fundamental que el acuerdo de junio de 2026 pone nuevamente sobre la mesa. Precisamente porque el acuerdo no modifica las bases sociales de la explotación, sus consecuencias políticas no deben buscarse en cambios estructurales inmediatos sino en las nuevas contradicciones que introduce en la situación internacional.
Algunos análisis concluyen que el capital ha salido políticamente fortalecido de este episodio porque identifican los avances territoriales israelíes con una consolidación general de su proyecto estratégico. Estos “analistas” han sostenido que Israel habría avanzado sustancialmente en sus objetivos estratégicos por el solo hecho de mantener posiciones militares en el Líbano, continuar las operaciones sobre Palestina o no haber suscrito directamente el acuerdo entre Washington y Teherán. La permanencia de ventajas territoriales obtenidas durante la guerra no modifica el hecho de que los objetivos estratégicos que justificaron la ofensiva —la destrucción del régimen iraní, la subordinación regional de sus aliados y la consolidación de una hegemonía incontestada de Israel— no fueron alcanzados.
Este razonamiento omite un hecho fundamental: Israel no constituye una potencia imperialista autónoma, sino un enclave militar cuya capacidad de acción estratégica depende, en última instancia, de la política general de Estados Unidos. Precisamente por ello, el desenlace de la guerra expresa los límites encontrados por el proyecto impulsado por Netanyahu y no su consolidación. El hecho mismo de que Washington haya debido cerrar el conflicto mediante una negociación que reconoce la continuidad del régimen iraní demuestra que la estrategia maximalista del gobierno israelí no pudo imponerse.
Como hemos indicado, la importancia política del acuerdo no debe buscarse en la suerte relativa de los Estados involucrados sino en las contradicciones que abre para la lucha de clases internacional. El debilitamiento parcial de la estrategia impulsada por Washington y Netanyahu no constituye por sí mismo una victoria de los trabajadores. Tampoco la crisis de legitimidad del sionismo conduce automáticamente a posiciones revolucionarias. La conciencia de las masas se desarrolla de manera contradictoria, desigual y mediada por múltiples factores políticos. Sin embargo, los acontecimientos de los últimos meses han puesto en movimiento procesos cuya importancia excede largamente el terreno diplomático.
La cuestión decisiva consiste en comprender que las contradicciones abiertas por la guerra no se resolverán en el terreno diplomático, ni tampoco se encuentran bajo el control imperialista por más que Trump siga alardeando de su poder sin límites. El memorando entre Washington y Teherán puede estabilizar temporalmente determinados aspectos de la crisis, pero no elimina las causas profundas que la generaron. La devastación social producida por la guerra, la persistencia de la ocupación de Palestina, las tensiones entre las grandes potencias, la crisis económica mundial y el creciente peso del armamentismo seguirán actuando como factores de inestabilidad. La burguesía internacional ha conseguido evitar una escalada inmediata, pero no ha encontrado una solución duradera a los problemas que empujaron a la región hacia el conflicto.
Por ello, la principal conclusión de clase frente al acuerdo no radica en determinar quién ganó o perdió la guerra, sino en identificar las nuevas posibilidades y desafíos que plantea para la organización independiente de la clase trabajadora. La experiencia de la guerra ha puesto de manifiesto los límites tanto del imperialismo norteamericano como de las burguesías regionales para ofrecer una salida progresiva a la crisis. La tarea estratégica continúa siendo transformar el rechazo a la guerra, al genocidio y a la barbarie capitalista en una fuerza política consciente capaz de disputar el poder. Si existe una conclusión verdaderamente progresiva que extraer de esta crisis, es que los acontecimientos han vuelto a colocar sobre la mesa, de manera cada vez más visible, la necesidad del socialismo y del poder obrero como única alternativa capaz de superar las contradicciones que conducen recurrentemente a la humanidad hacia la guerra. La verdadera cuestión planteada por el acuerdo no es quién ganó la guerra, sino qué fuerzas sociales estarán en condiciones de intervenir en la próxima crisis que inevitablemente emergerá de las contradicciones irresueltas del capitalismo mundial. Ese problema no será resuelto por Washington, Teherán, Pekín ni Tel Aviv, sino por la capacidad de la clase trabajadora para constituirse como una fuerza política independiente.
