Contra la farsa de la segunda vuelta: preparar un frente unitario de toda la clase trabajadora

por Gustavo Burgos

Sin ruborizarse, desde el ala «opositora» del Acuerdo por la Paz nos proponen votar por Gabriel Boric invocando la alternativa «Democracia o Fascismo». Si no votamos por el candidato del árbol, cae sobre nosotros la noche del fascismo de Kast. Hace treinta y tantos años, otros sujetos con las mismas intenciones nos planteaban alarmados la necesidad de apoyar al golpista Patricio Aylwin bajo la premisa de que había que decidir entre «Democracia o Dictadura». Ayer se vestían, no con cierta incomodidad, con los ropajes del antipinochetismo, hoy día los pusilánimes salvavidas de Piñera se nos presentan inexplicablemente con el disfraz del antifascismo. Esta gente —Concertación, Nueva Mayoría, PC y Frente Amplio— cuya mayor cercanía con el antifascismo se produjo al descubrir la canción «Bella Ciao» en la serie española «La casa de papel», aspira a dotar con la expresión «antifascista» de un aire épico a una política miserable cuyo único objetivo es la restauración del régimen quebrantado por el levantamiento popular del 18 de Octubre.

Esta torpe argucia no es un invento de los creativos de la campaña publicitaria de Apruebo Dignidad. Con idénticos argumentos se han presentado los procesos electorales —por solo mencionar el último período— en Brasil, Haddad/Bolsonaro; en Argentina Fernández/Macri; EEUU, Biden/Trump; en Ecuador Lasso/Arauz; en Perú Castillo/Fujimori. En todos estos procesos electorales la burguesía ha instalado la idea peregrina de que se enfrenta una disyuntiva civilizatoria entre democracia y fascismo (por izquierda) o bien entre democracia y comunismo (por derecha). Mediante este juego de espejos la burguesía liberal y la pequeñaburguesía hacen desaparecer a la lucha de clases como motor del proceso político y en su lugar se instala la máquina de humo del posmodernismo en la que los afectos, la cultura, la descentralización y las minorías son los ejes del «debate público», como asépticamente gustan decir. No está demás está añadir que los demócratas vencedores, los Fernández, Biden y castillo, no les ha temblado la mano para dirigir feroces ataques a los trabajadores ni bien acceden al poder.

El resultado es previsible por lo mismo, sacados de escena los conflictos de clase entre explotados y explotadores, toda la discusión se verifica en los estrictos marcos del capitalismo. Estas concepciones políticas democratizantes que sustentaron la transición de los 30 años y la que pretenden iniciar —porque la categoría reformista les queda grande— condenan al capital en tanto es depredatorio con el medio ambiente, no porque explote a los trabajadores; cuestionan la democracia representativa burguesa porque es poco participativa, no porque enmascare la dictadura del gran capital; reclama respeto y «visibilización» para las minorías y disidencias, no su liberación; proclama la vigencia del derecho internacional, no la lucha antiimperialista. En definitiva, estas concepciones políticas — extrañas a la clase obrera— proponen un camino de transformación social basado en el diálogo, en la movilización pacífica e ingenua, cuya función en la práctica es contener toda lucha política y disciplinarla al régimen. El abuso neurótico del lenguaje inclusivo por parte de estas corrientes, es una manifestación patética de su impotencia para formular una política clasista, revolucionaria, insurreccional y que propicie un gobierno de la clase trabajadora, sobre la base de la expropiación del gran capital y el desmantelamiento del Estado burgués.

De forma idealista, se dice que todos los caminos llegan a Roma. Para los materialistas el aforismo es inverso: todos los caminos vienen de Roma, porque fue esa fuerza imperial la que vertió sobre Europa una red vial para dominarla. Ocurre lo mismo con las concepciones reformistas y con sus versiones erosionadas, las del posmodernismo democratizante, porque estas concepciones provienen del reformismo. Sin embargo, el reformismo no solo es la fuente del posmodernismo, también lo es de las concepciones de una parte importante de la izquierda que se reclama revolucionaria hoy. En efecto, una parte relevante de los agrupamientos que se reclaman marxistas e incluso trotskistas tampoco logran sacarse de encima el reformismo y siguen tributando —en el fondo— el itinerario de la llamada Vía Chilena al Socialismo.

¿Votar a Boric es algo táctico o de principios?

Esta discusión adquiere rasgos de especial intensidad en el escenario de la segunda vuelta presidencial Boric-Kast. Una discusión que expresa el retroceso del movimiento de masas y el avance institucionalizador del régimen es precisamente la idea de que para luchar contra Kast es necesario votar por Boric. Las expresiones de esta idea adquieren muchas formas pero tienen en común un rasgo vergonzante, llaman a votar por Boric aunque se proclama no se tiene confianza en él, se considera su programa extraño al levantamiento de 18O. Se llama a votar por Boric anunciándose que se será oposición a él y aún —en algún caso más extremo e inexplicable—se llama a votar por Boric como una forma de preservar la independencia de clase. Alguna otra corriente sostiene que el triunfo de Kast produciría institucionalmente la involución a un régimen dictatorial y contrarrevolucionario. Estos agrupamientos se separan del esperpento de Apruebo Dignidad y de su programa burgués de restauración del régimen, afirmando que el voto por Boric cumpliría dos funciones. Primero, conectar con el activismo y las masas que tiene expectativas en el candidato del árbol; y, segundo que el voto por Boric sería una forma de luchar en contra de la amenaza fascista.

Tratamos de resumir, con la mayor fidelidad posible, las gruesas concepciones en que se afirman estas corrientes, con alguna de las cuales compartimos espacios comunes en el Frente por la Unidad de Clase Trabajadora (FUT). Hacemos este esfuerzo porque entendemos que esta discusión de apariencia táctica y formal, hunde sus raíces en el programa y en la estrategia revolucionarias y en consecuencia llamar a votar por Boric no es algo inocuo ni baladí. Que una discusión sea fraterna con quienes yerran ante la encrucijada electoral, no significa que debamos resignar la claridad ni una perspectiva de clase frente al problema.

Volviendo sobre el carácter «útil» del voto a Boric. Anuncian quienes alegremente se han sumado a la campaña del árbol la necesidad de conectar con los trabajadores politizados y el activismo que quiere movilizarse. La intención es loable sin embargo se realiza por fuera de la dinámica concreta que ha tomado el proceso, porque no hay sectores de trabajadores de vanguardia, ni de masas que se encolumnen tras la campaña de Apruebo Dignidad. Esto no ocurrió en la primera vuelta con un 53% de abstención y tampoco ha ocurrido en esta segunda vuelta en la que el candidato ha derechizado su discurso centrándose en un discurso contra la delincuencia, a favor de mayor despliegue policial y con un marcado sesgo punitivista.

Es más, su explícito rechazo a la liberación de los presos políticos se funda precisamente en estos rasgos policiales que Boric ya anuncia, al decir que no liberará a quieres hayan saqueado, incendiado o atacado a otras personas. Debemos recordar que con esa premisa ningún preso político será liberado por Boric, atento a que la totalidad de los privados de libertad lo están bajo esa imputación. A vía ejemplar podemos señalar el caso del porteño Jordano Santander, imputado de haber atentado en contra de un funcionario de la PDI e injustamente condenado a 7 años de prisión hace unos meses. Santander no será liberado por Boric y éste ya lo ha anunciado.

En realidad si con algo pueden conectar quienes llaman a votar por Boric es con la retaguardia social que concurrirá a las urnas impulsada por el miedo a la amenaza fascista y de ningún modo porque se sientan interpretados por el programa de limitadas transformaciones —que para colmo— se ha desdibujado en la segunda vuelta. Al conectar con el miedo, no hacen sino reforzar la campaña de terror divulgada desde el comando de Apruebo Dignidad, anunciar la inminencia de una dictadura fascista si gana Kast, cuyo único objetivo es garantizar los votos necesarios para imponerse en segunda vuelta y por el otro, paralizar con el miedo, dividir y hacer retroceder toda expresión de movilización y organización de base.

Si no se conecta con la vanguardia sumándose a una campaña policíaca, mucho menos se puede luchar contra el fascismo. Pretender luchar contra el fascismo por la vía electoral es proponerle a los trabajadores que la amenaza fascista puede conjurarse por la vía pacífica, institucional y bajo la conducción de la burguesía democrática y liberal (Nueva Mayoría más Frente Amplio) que se expresa en esta segunda vuelta tras la candidatura de Boric.

En resumen, votando por Boric no se conecta con la vanguardia ni con sectores organizados de la clase, ni mucho menos se prepara a los trabajadores para enfrentar el fascismo. Quienes así lo plantean están equivocados y no hacen otra cosa que expresar pasivamente el retroceso general del movimiento como resultado del gigantesco operativo institucional originado en el Acuerdo por la Paz. Si bien es cierto, en abstracto una determinación electoral puede ser algo secundario o meramente instrumental —como sumarse al Apruebo en la Convención Constitucional— en este caso en concreto el voto por Boric, en idénticos términos que el voto a Aylwin en 1989, es un voto por la institucionalización, por la derrota del 18 de Octubre y por una nueva transición de otros 30 años.

El ambiente de derrota y miedo que se respira en las organizaciones populares —idéntico al de 1989— es un claro indicador de este fenómeno. El luctuoso suicidio del activista y compañero Patricio Pardo de 26 años, denunciado por la Coordinadora de Víctimas de Trauma Ocular, es una pequeña muestra de la moral existente en las filas de la Primera Línea y la vanguardia octubrista. La falta de perspectiva revolucionaria, la división y el aislamiento de las columnas de lo que fue la Primera Línea, son una clara demostración de la profunda desconfianza que existe hacia el proceso electoral y la segunda vuelta, que se percibe y respira en cerros y poblaciones obreras, como una farsa.

La clase trabajadora debe prepararse para luchar

En 1850, en su famosa Circular a la Liga de los Comunistas, Marx planteaba que «son mayores las ventajas que obtiene el proletariado al actuar de forma independiente, que las desventajas que resultan de la presencia de algunos reaccionarios en un cuerpo legislativo». Bajo la dirección de Liebknecht, la socialdemocracia alemana insistía en que «aun cuando pudiera haber alguna diferencia entre los candidatos, lo que perdería la clase obrera en independencia de clase superaría cualquier ventaja que pudiera obtener por el triunfo del ala liberal de la burguesía». Una idea que también rescataba Lenin, citando a Liebknecht. En esta línea de razonamiento, la preservación de la independencia de clase, de una clara delimitación programática y organizativa, la nítida separación de las banderas de los trabajadores de aquellas que levanta la burguesía liberal (repetimos, Nueva Mayoría y FA) tras Boric, es una condición necesaria para preparar políticamente las feroces luchas que la crisis política y económica del capitalismo plantea a los explotados.

Porque creemos que esta es la discusión central hoy día: cómo avanzar en la construcción de un gran frente de unidad de toda la clase trabajadora. Un frente, por cierto en el que no tenga ninguna cabida las fuerzas políticas de la burguesía que se encolumnan tras las candidaturas de Boric y Kast. Por eso es que el apoyo a un candidato cuyo sustento político es un programa patronal, solo garantiza nuevas derrotas, fraccionamientos y deserciones. Ambos candidatos han renunciado a sus programas de primera vuelta. Kast ha regresado al redil piñerista de la Derecha tradicional; Boric, con la incorporación de Zahler a su comando y la sorprendente invitación a Sichel, ha dejado construido que lo suyo no es solo renunciar a la lucha contra el Rodeo, sino que en la práctica ha restablecido la vieja política de la Concertación. Ganará quien logre capitalizar el miedo que contextualiza este proceso electoral. En ningún caso esta elección expresará la voluntad popular.

El fin de semana siguiente a la primera vuelta El Mercurio marcó claramente aquello que estaba en juego, en boca del ultrarreaccionario Juan Sutil (Presidente de la Confederación de la Producción y el Comercio), el máximo dirigente empresarial indicó que se había reunido con Kast y Boric y que no veía tal polarización, que los planteamientos de ambos eran razonables y que anticipaban la reedición de una nueva era de política de acuerdos. Ricardo Lagos, el mayor presidente de Derecha quizá de toda la historia, dio también su bendición a la candidatura de Boric. En la Comandancia en Jefe del Ejército Piñera puso al General Izurieta que en octubre del 19 dijo que «no estaba en guerra». En fin, los signos son elocuentes, la burguesía ha cerrado su crisis interna y ha resuelto cómo actuar de aquí en más. La interna burguesa Boric-Kast es extraña a los intereses de la mayoría trabajadora.

Cualquiera sea el resultado la noche del 19 de diciembre —no podemos anticiparlo— el activismo y la vanguardia debe urgentemente organizarse porque la burguesía ya habrá resuelto la forma cómo ha de atacar a los trabajadores por a lo menos los próximos cuatro años. En ese momento, el principal obstáculo para materializar esa urgente tarea será la enorme división y dispersión del movimiento popular que ha ocasionado el proceso electoral. Todo lo que pudiesen haber ganado quienes se inclinaron tras la oportunidad de apoyar a Boric se resolverá en crisis, división y confusión.

No son lo mismo, ni tampoco nos puede resultar indiferente qué ocurra con la segunda vuelta. Pero tal resultado electoral solo contribuirá a definir los contornos del teatro de operaciones y en ningún caso el tipo de batalla, revolucionaria y de clase, que habremos de dar.

En la segunda vuelta no hay candidato de los trabajadores, no hay alternativa para nuestra clase.  En esta lucha, cuyo reclamo central socialista y revolucionario, es el gobierno de la clase trabajadora y la expropiación de los grandes medios de producción, tienen cabida los millones de explotados que saldrán a resistir y a reclamar lo que les es propio y quienes levanten sus banderas. En este fuego se forjará la nueva dirección política de los explotados.

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