Alma Mahler y Oskar Kokoschka: la tempestad

por Antonio García Vila

Tras la muerte de Mahler Alma quedó desolada. Afirma que quería seguirle a la tumba, pero también halló ciertos consuelos. Siguió en contacto con Gropius y disfrutó del cortejo de algunos hombres. Se pasó semanas en la cama hablando con una foto del difunto,  pero  también  escribía  a  un  Gropius completamente despistado sobre los sentimientos  de Alma.  Como  siempre la ahora viuda de Mahler fluctuaba en sus aprecios y oscilaba de forma desconcertante. Todo ello hizo al futuro creador de la Bauhaus decidir alejarse al menos temporalmente de Alma, quien buscó refugió en la música. Hasta que un compositor la sacó de su ensimismamiento.

Se trataba de Franz Schreker, cuyas óperas influirían en Berg y que gozó de gran fama antes de que los nazis prohibieran sus obras. También el doctor Fraenkel se enamoró de ella. Incluso le propuso casarse, aunque ella le rechazó. Pero quien más le interesó fue un personaje excéntrico y peculiar, una mezcla de músico, científico y pícaro: Paul Kammerer. Kammerer tenía formación musical a pesar de que finalmente se dedicara a la biología, y era un admirador rendido e incondicional de Mahler, a quien atosigaba con su cháchara. Una vez muerto el compositor se dedicó a revolotear en torno a su viuda. Consiguió que Alma trabajara con él en su laboratorio, mas, como confiesa ella, al biólogo le interesaba mucho más que el rigor de la investigación el que sus experimentos respaldaran sus teorías por infundadas o extravagantes que pudieran ser. Alma no le amó –habló incluso con su esposa para que le intentara apaciguar un tanto– pero la entretuvo lo suficiente como para reintegrarla al mundo y que reiniciase una vida activa y normal. Él finalmente no tuvo suerte. Se suicidó pegándose un tiro el 23 de septiembre de 1926. La viuda de Mahler no tardaría sin embargo en encontrar lo que buscaba. Acababa de salir del mundo cerrado y ascético del músico genial y ahora iba a darse de bruces con la carnalidad más desaforada, con la pasión en estado puro, con otro genio que la haría vibrar. Y si cuando Freud aseguraba que lo que ella buscaba era un sustituto de su padre, un hombre mayor, a lo que Alma asintió convencida, los hechos iban a demostrar que las cosas no eran exactamente así. Todos sus amantes fueron a partir de entonces más jóvenes que ella. Quizá había por fin matado al padre, o sencillamente es que el viejo Schindler no tenía nada que ver en todo aquello. Lo cierto es que en abril de 1912 Carl Moll le dijo que conocía a un joven genial y que si estuviera en su lugar le encargaría que la pintase. Ese joven tenía 26 años y había sido considerado por Klimt el máximo talento de su generación, pero al Archiduque Francisco Fernando le “hubiera gustado partirle todos los huesos”; algunos críticos le apodaban Jefe salvaje y otros consideraban sus pinturas nauseabundas. Era Oskar Kokoschka y como él mismo aseguraba sus obras eran “un enconado combate entre la mente y el sexo, donde salía ganando el sexo”. Y eso era precisamente lo que Alma Mahler estaba buscando. El pintor recuerda en sus memorias cómo siendo un joven se cayó a un vertedero  sobre  el  cadáver  de  un  cerdo  putrefacto.  No  era  un  mal comienzo para un expresionista. Kokoschka fue expulsado en 1908 de la Escuela de Artes y Oficios tras el escándalo que sus pinturas provocaron en las exposiciones de la Kuntschau, pero su  “peregrinación  al  subconsciente” siguió  adelante,  hasta  el punto de que fue considerado el “Freud de la pintura”. Tanto Loos como Kraus le ayudaron en el camino. Para el pintor Loos fue una especie de Virgilio que le guió por el cielo y el infierno de la vida y gracias a él se decidió a pintar retratos; fue Loos quien le compró su primer taje decente y quien le presentó a Herwarth Walden, fundador y director de la prestigiosa revista berlinesa Der Sturn, en la que colaboró con sus dibujos hasta enero de 1912 y donde se imprimió por primera vez su Asesinato, esperanza de las  mujeres. Y también gracias a Loos fue contratado por el galerista Paul Cassirer logrando así ciertos ingresos regulares. Malvivió en Berlín, donde hizo gala de algunas excentricidades –George Grosz recuerda cómo acudió a una fiesta royendo un  hueso de buey auténtico que aún goteaba sangre– y suspiró por volver a Viena. Allí le esperaba algo con lo que no contaba pero que sería decisivo en su obra y en su vida: Alma Mahler. Había pintado un retrato de Moll y frecuentaba su casa y allí conoció a Alma. En sus memorias lo recuerda así: “La joven viuda se sentía de nuevo necesitada de vida social. Tras el entierro de Gustav Mahler se había apartado del mundo por una temporada. Yo le inspiraba curiosidad, pues ya había oído hablar de mí. Sin duda debió de costarle un gran esfuerzo sobreponerse cuando de repente se sintió excluida de la atmósfera de fama y celebridad mundial que había compartido con su esposo […] Tras el almuerzo, ella solía llevarme a una habitación contigua, donde, sentada al piano, tocaba y cantaba con gran unción, y sólo para mí, como ella decía, ‘La muerte de amor’ de Isolda. Su persona me fascinaba: joven, enlutada, hermosa y tan sola”. Ambos se enamoraron a primera vista, mientras él hacía los dibujos para su retrato. En un momento de aquellas sesiones se levantó y la abrazó. Ella, según confesara, fue sencillamente incapaz de reaccionar, lo que desconcertó al pintor. Pero la pasión ya había comenzado y los dos encontrarían lo que de alguna manera buscaban. Su relación fue tormentosa pero hizo a Alma volver a vivir y a Kokoschka le impulsó a pintar su mejores obras. “Los tres años siguientes con él fueron sólo un tormento de amor. Jamás había vivido tanta convulsión, tanto infierno, tanto paraíso”, escribió Alma. Y añade: “Toda la pureza del universo vino hasta mí con Oskar Kokoschka. Pero yo  no  soportaba  tanta  luz”.  Es  cierto  que  el  pintor  colmó  su vida, pero también la destruyó, pensaba Alma. Era un genio, lo tenía todo para ser grande, pero también era una especie de niño mal criado cuyos celos y arrebatos hacían muy difícil su relación. Quizá porque se parecieran demasiado, como pensaba Alma, o porque sus caminos se cruzaban pero no corrían paralelos, no podían vivir el uno sin el otro pero tampoco juntos, aunque el pintor estaba obsesionado por hacerla su esposa y tener un hijo con ella: “Si viviésemos juntos no tendría sentido esta relación con la que nos martirizamos. Nos necesitamos demasiado como para poder vivir separados”. Él quería que se casaran en secreto mientras alcanzaba una posición digna de ella, pero a Alma le daba miedo perder la seguridad que su matrimonio con Mahler le había proporcionado. Le había quedado una buena pensión y no estaba dispuesta a renunciar a algo que creía que había logrado con su esfuerzo y que se merecía. Con Mahler había aprendido que no quería vivir con un santo, pero ahora sabía que tampoco quería hacerlo con un demonio, por muy genial que fuera. No se casó con él y cuando se quedó embarazada abortó. Que se deshiciera de su hijo afectó terriblemente al pintor, al que los celos contra Mahler ya exasperaban lo suficiente. “La culpa de que nuestra relación se hundiese –escribe el pintor– ya antes de la guerra la tuvo esa operación en una clínica vienesa, que no pude perdonar a Alma Mahler. Nadie tiene derecho a truncar intencionadamente el desarrollo de un ser vivo por culpa de una negligencia. Además, fue una injerencia en mi propia evolución personal, eso está claro como la luz del día. Ser siempre consciente de lo que es la vida exige un constante esfuerzo mental. No hay que conformarse con vegetar”. En una especie de exorcismo en una ocasión besó arrebatadamente los retratos que Alma guardaba de él, en un intento por transformar su cólera en veneración, pero no lo consiguió. En 1914 Alma le engañó diciéndole que se casaría con él si pintaba una obra maestra. Oskar cumplió su parte del trato, pero ella no. Era una aventura, apasionada, arrebatada, terrible, pero una aventura. Kokoschka pintó su mayor obra.

Fuente: Primeras páginas del Capítulo 4º del libro de  A. García Vila Alma Mahler. El fin de una época.

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