por Gustavo Burgos
El sionismo suele ser despachado, en polémica inmediata, como “una corriente fascista” y nada más. Esa caracterización, aunque puede rozar fenómenos reales —militarización social, racismo estatal, culto de la fuerza, exterminio o expulsión como horizonte práctico—, fracasa si pretende agotar el problema. Porque el sionismo no aparece en la historia como un mero injerto ideológico exótico, ni como una anomalía moral desprendida del cielo: es una forma específica de nacionalismo burgués en la época imperialista, un proyecto de colonización de poblamiento que se organiza, desde su origen, en relación de dependencia con potencias dominantes, y que solo puede reproducirse como dispositivo de guerra permanente. Reducirlo a “fascismo” es, paradójicamente, concederle una autonomía que no tiene: se lo imagina como doctrina autosuficiente, cuando su racionalidad material se ancla en la estructura mundial del capital, en la cuestión judía irresuelta bajo el capitalismo decadente y en la necesidad estratégica de las metrópolis de sostener un enclave armado en un punto neurálgico del planeta.
La clave, por tanto, no es una etiqueta moral, sino el método. Rosa Luxemburgo dijo alguna vez que “para los discípulos de Marx y para la clase obrera, una Cuestión Judía como tal no existe”. La frase es explosiva después de la Shoá y puede sonar cínica; sin embargo, su filo está dirigido contra la tentación de convertir el drama judío en un misterio suprahistórico. En el sentido marxista riguroso, no hay “cuestiones” nacionales o religiosas suspendidas por encima de la historia: hay contradicciones sociales que adoptan, en condiciones determinadas, formas nacionales, religiosas, culturales, raciales. Dicho de otro modo: la persecución persistente de los judíos, su supervivencia histórica y las mutaciones del antisemitismo no se explican por una esencia religiosa intemporal, pero tampoco por una simple “maldad” eterna del entorno; se explican “en y con la historia”, es decir, por el lugar que las masas judías y sus diferenciaciones de clase ocuparon en formaciones económico-sociales concretas, por los mecanismos de exclusión que toda sociedad de clases genera para sostener sus relaciones de explotación, y por las crisis de transición en que esas sociedades descargan sus antagonismos en chivos expiatorios funcionales.
Aquí conviene rescatar el núcleo metodológico de Marx en su polémica con Bruno Bauer. Bauer reducía el problema a lo religioso: la emancipación política de los judíos sería imposible mientras persistiera la religión judía, y la solución consistiría en un secularismo estatal que, en la Alemania atrasada de los años 1840, terminaba justificando la estrechez del Estado prusiano. Marx opera una inversión decisiva: distingue entre emancipación política y emancipación humana; defiende el derecho a la emancipación política conquistado por la Revolución Francesa, pero subraya que la democracia burguesa no suprime la alienación social, sino que la reordena. Su punto más fértil no es una colección de frases polémicas —a menudo leídas de manera interesada, tanto por estalinistas que las canonizan como por liberales que las convierten en libelo—, sino el procedimiento: es un error idealista “explicar a los judíos reales por la religión judía”, en vez de explicar el misterio de esa religión desde la base secular, real, de la existencia judía. Esa base, por supuesto, no es un esquema lineal ni un determinismo económico grosero; es una totalidad histórica en movimiento.
En ese terreno, el aporte de Abraham León es insoslayable. Su “concepción materialista de la cuestión judía”, escrita a los 24 años y bajo el terror nazi, sostiene una tesis central: la persistencia del judaísmo durante dos milenios no se entiende primariamente por “apego religioso” o por un sentimiento nacional abstracto, sino por la función social que, en distintos sistemas económicos, desempeñaron amplias capas judías. León formula —con potencia, aun discutible en detalles— la idea del “pueblo-clase”: grupos judíos ligados al comercio, a la circulación, a posiciones intersticiales en economías orientadas al valor de uso, lo que los vuelve objeto de odio social recurrente. Pero su giro decisivo está en lo que hace con el capitalismo: el capitalismo, dice, plantea el problema judío porque destruye las bases sociales seculares que sostuvieron esa reproducción histórica; y, a la vez, no puede resolverlo, porque no absorbe orgánicamente a las masas judías “liberadas” de su vieja corteza social. En la fase de decadencia, el judío queda “suspendido entre el cielo y la tierra”: naufraga la base social del judaísmo y se multiplica el desclasamiento. Esta intuición conecta la cuestión judía con la crisis histórica del capital: guerra imperialista, nacionalismo económico, fascismo. Y de allí se sigue su conclusión estratégica: la solución de fondo no puede ser una ingeniería estatal dentro del capitalismo, sino la revolución socialista mundial, única capaz de abolir las fuentes materiales de la exclusión y la persecución.
Ahora bien: si León ilumina, también obliga a afinar. Una parte de la tradición marxista degeneró en economicismo; otra, en culturalismo. Los primeros convierten al judaísmo en “función económica”, como si religión, cultura, memoria, institucionalidad comunitaria y formas de subjetividad no fueran, ellas mismas, hechos sociales históricos con base material y eficacia real. Los segundos absolutizan la cultura y la religión, disolviendo la primacía de las contradicciones materiales en una narrativa de identidad autosuficiente. La tarea marxista no es escoger una mutilación, sino comprender la dialéctica: cómo una historia social específica produce formas culturales específicas, y cómo esas formas —sin ser “la causa última”— devienen fuerzas de cohesión y reproducción, especialmente bajo condiciones de exclusión estructural. Dicho de modo más llano: no se trata de negar la vida judía como cultura y religión, sino de explicar por qué esa vida adquirió tal densidad histórica bajo condiciones determinadas, y por qué el antisemitismo moderno muta de anti-judaísmo religioso a racismo moderno, acompañando el surgimiento del capitalismo y sus dispositivos de “limpieza” social.
Este punto es decisivo para entender el sionismo en su especificidad. El sionismo no es “un retorno” natural a una patria eterna; es una respuesta política de época a una catástrofe histórica: la transición del capitalismo ascendente a su decadencia imperialista, cuando la asimilación —prometida por el liberalismo y la ciudadanía formal— se vuelve insuficiente, parcial o directamente imposible. El caso Dreyfus ya había señalado el giro: la democracia burguesa puede conceder derechos, pero no suprime las jerarquías sociales ni los mecanismos de exclusión; y, en crisis, los reactiva. En esas condiciones, el sionismo aparece como nacionalismo tardío, pero no cualquiera: un nacionalismo “sin normalidad” bajo el capitalismo, porque busca fabricar territorio, economía y Estado en un espacio habitado, en medio de antagonismos regionales, y por tanto solo puede concretarse como colonización de poblamiento, es decir, como sustitución demográfica, expulsión, apartheid o administración militar de una población nativa. Por eso su destino no es la convivencia pacífica, sino la violencia estructural: no como “desvío” moral, sino como condición de posibilidad.
La prueba histórica de esa lógica es que el sionismo, desde temprano, se orienta a alianzas con potencias imperialistas. Abraham León ya denunciaba cómo el imperialismo británico utilizaba las colonias judías en Palestina como contrapeso al “peligro árabe”, y cómo la hostilidad árabe —percibiendo al colono como conquistador— empujaba al colono a una dependencia creciente del protector imperial. En otras palabras: cuanto más se afirma el carácter colonial, más se necesita el paraguas de una metrópoli; cuanto más se necesita el paraguas, más se radicaliza la guerra contra el nativo; y cuanto más se radicaliza la guerra, más se clausura la posibilidad de una “solución nacional” democrática. Israel, consolidado después de 1948, no contradice esa tendencia: la confirma. El Estado no resuelve la opresión de los judíos como opresión histórica universal; reorganiza la cuestión como privilegio colonial de una población y como opresión nacional y social de otra, la palestina, convirtiendo a la región en teatro permanente de guerra y a la población judía —incluida su clase trabajadora— en rehén material de un aparato militar y de un alineamiento geopolítico.
En este marco, es crucial no confundir el fenómeno con una simple estética fascista. El sionismo, incluso cuando se recubre de retórica “socialista” —mitologías del trabajo, kibutz, colectivismo a las que la izquierda de los 60, incluso Julio Cortázar, sucumbieron— no deja de ser un proyecto de Estado en el capitalismo mundial, y su “socialismo” funciona como cemento ideológico para organizar la colonización y disciplinar internamente a la clase trabajadora judía bajo un programa nacional-imperial. Esa mezcla no es accidental: expresa el carácter contradictorio de la época de transición, donde las fuerzas sociales chocan entre revolución y contrarrevolución, donde las masas oprimidas buscan salida y las burguesías intentan desviarlas. Por eso el sionismo pudo disputar, durante un período, a corrientes obreras judías y a juventudes radicalizadas; y por eso, también, fue combatido por el bolchevismo, por el Bund y por Trotsky, que entendieron que no había emancipación judía posible sobre la base de un Estado colonial sostenido por potencias.
Trotsky añade un giro que hoy resulta aún más urgente: el antisemitismo moderno no es mero residuo feudal; es “quintaesencia de la cultura imperialista” en decadencia, es decir, una forma concentrada de cómo la crisis del capital transforma fuerzas productivas en fuerzas de destrucción masiva, y cómo la sociedad descarga su descomposición sobre cuerpos convertidos en portadores simbólicos del mal. La Shoá (Holocausto) no es un accidente externo a la modernidad capitalista: es una de sus posibilidades internas en la fase de hundimiento histórico, cuando el orden burgués, incapaz de ofrecer futuro, organiza el exterminio. Desde allí se entiende mejor la trampa sionista: presenta un Estado como vacuna contra el genocidio, pero lo hace reproduciendo, en clave colonial, la misma lógica de guerra y exclusión que el imperialismo necesita para sostenerse. La promesa de seguridad se convierte en una fábrica de inseguridad: una población es militarizada, la otra es aplastada, y el conflicto se internacionaliza.
Por eso la cuestión hoy rebasa la disputa regional. La inviabilidad del proyecto colonial en Medio Oriente —y, por extensión, del dispositivo de enclave armado sostenido por Estados Unidos— debe leerse como síntoma de la decadencia global del imperialismo norteamericano. Esta decadencia no significa que Estados Unidos “deje de ser peligroso” o que su capacidad de daño se evapora; al contrario: los imperios en declive suelen ser más agresivos. Significa que el orden que sostuvo su hegemonía entra en crisis orgánica: se vuelve incapaz de estabilizar duraderamente regiones, de producir legitimidad, de ofrecer integración económica que no sea saqueo, deuda o guerra. En ese paisaje, Israel funciona como punta de lanza y como lastre: punta de lanza porque opera como gendarme regional; lastre porque arrastra a su patrón a una espiral de guerras sin solución política, exacerbando la impopularidad mundial del dispositivo y alimentando nuevas oleadas de crisis.
Pero sería un error simétrico deducir de la decadencia de Estados Unidos una “decadencia del imperialismo en su conjunto”. La emergencia de China no clausura la fase imperialista: la reorganiza, la complica, la hace más explosiva. La competencia interimperialista, las cadenas globales de valor, la militarización del comercio, las guerras por rutas y recursos, no anuncian una salida progresiva, sino una profundización de la descomposición del orden capitalista. China no representa, por sí misma, la superación histórica del imperialismo; representa una nueva articulación del capitalismo mundial en crisis, con su propia expansión, su propia necesidad de mercados, su propio lugar en la disputa por el excedente global. La idea de que bastaría “un nuevo hegemón” para resolver las contradicciones es, en el fondo, una variante del fetichismo geopolítico: sustituye la lucha de clases por un recambio de administradores del capital.
En consecuencia, el análisis marxista del sionismo y de la cuestión judía tiene una doble obligación: combatir el antisemitismo sin concesiones —porque es un arma histórica de la reacción y un instrumento recurrente de descomposición social— y combatir el sionismo como salida colonial reaccionaria —porque reorganiza la opresión bajo la forma de un Estado armado al servicio de potencias— sin caer en simplificaciones que, al final, alimentan lo mismo que dicen combatir. El punto de apoyo no es una identidad, sino una estrategia: la única asimilación verdaderamente emancipatoria, si cabe el término, es la que se produce desde abajo, en la lucha común de explotados y oprimidos por su liberación social; y la única “solución” real de la cuestión judía —como León subraya con claridad brutal— está fundida con la revolución socialista mundial, es decir, con la abolición del régimen que fabrica periódicamente parias, chivos expiatorios, colonias y guerras.
Esto devuelve el problema al lugar que el liberalismo oculta: la imposibilidad de una paz colonial bajo la concepción de los dos Estados. Un Estado de Israel fundado en la expulsión o subordinación permanente de otro pueblo no puede estabilizarse democráticamente; solo puede militarizarse. Y un imperialismo que necesita enclaves armados para sostener su influencia en regiones estratégicas revela, justamente, su incapacidad de hegemonía orgánica. El sionismo no es un “exceso” del capitalismo: es una de sus formas políticas posibles en la época de decadencia, cuando la burguesía, aterrada por la revolución y por su propia crisis, vuelve a repartir el mundo con bayonetas, mitologías nacionales y técnicas de administración de poblaciones. Superarlo no es tarea de una diplomacia de cumbres ni de un humanitarismo impotente: es tarea de una política revolucionaria internacionalista que rompa el nudo —guerra, colonización, racismo, explotación— en su raíz material. Cuando la humanidad logre sacudirse la tutela del capital, las masas judías —como todas las masas oprimidas— no necesitarán un fortín colonial para vivir sin persecución; podrán, por fin, aportar su contribución a un mundo nuevo, no como excepción trágica de la historia, sino como parte de la emancipación universal que clausure la era de las guerras y los guetos, de los pogromos y los muros, de la Shoá y de las Nakbas. En este contexto la destrucción del Estado de Israel en tanto enclave colonial imperialista se transforma en una necesidad histórica impostergable y en parte esencial del programa obrero revolucionario en el Oriente Medio.
Foto de portada: soldados alemanes apuntando con sus armas a mujeres y niños durante la represión de la rebelión del gueto de Varsovia
Bibliografía:
- La concepción materialista de la cuestión judía
Abraham León.
El texto marxista más riguroso sobre la cuestión judía: historia, economía política y crítica radical del sionismo como falsa solución bajo el capitalismo. Obra clave e insustituible. - Los marxistas y la cuestión judía
Enzo Traverso.
Reconstrucción histórica y teórica del debate marxista sobre el antisemitismo, el sionismo y la emancipación, desde Marx y Luxemburgo hasta Trotsky. Leer con distancia crítica. - El imperialismo, fase superior del capitalismo
V. I. Lenin.
Marco teórico imprescindible para comprender al sionismo como fenómeno inseparable de la etapa imperialista del capitalismo y de la política de las grandes potencias. - La limpieza étnica de Palestina
Ilan Pappé.
Investigación histórica central para entender al Estado de Israel como proyecto de colonización de poblamiento, expulsión sistemática y guerra permanente. - La guerra imperialista y la revolución mundial
León Trotsky.
Análisis decisivo sobre la decadencia imperialista, el antisemitismo moderno y la imposibilidad de soluciones nacionales progresivas bajo el capitalismo en crisis.
