por Gustavo Burgos
El sionismo suele ser despachado, en polémica inmediata, como “una corriente fascista” y nada más. Esa caracterización, aunque puede rozar fenómenos reales —militarización social, racismo estatal, culto de la fuerza, exterminio o expulsión como horizonte práctico—, fracasa si pretende agotar el problema. Porque el sionismo no aparece en la historia como un mero injerto ideológico exótico, ni como una anomalía moral desprendida del cielo: es una forma específica de nacionalismo burgués en la época imperialista, un proyecto de colonización de poblamiento que se organiza, desde su origen, en relación de dependencia con potencias dominantes, y que solo puede reproducirse como dispositivo de guerra permanente. Reducirlo a “fascismo” es, paradójicamente, concederle una autonomía que no tiene: se lo imagina como doctrina autosuficiente, cuando su racionalidad material se ancla en la estructura mundial del capital, en la cuestión judía irresuelta bajo el capitalismo decadente y en la necesidad estratégica de las metrópolis de sostener un enclave armado en un punto neurálgico del planeta.