Toto, tengo la sensación de que esto no es Kansas

por Juan García Brun

Faltan algunas horas para el cierre de las urnas y la gran concurrencia a los lugares de votación permite advertir un holgado triunfo de la oposición. Tal triunfador será Boric y quizá la única duda es la distancia que impondrá sobre su siguiente contendor, previsiblemente Kast, aunque esto ya es pura especulación, porque el horroroso bombradeo mediático alentando al candidato de la extrema Derecha ha distorsionado el escenario, provocando una cierta estampida hacia el candidato de Apruebo Dignidad , quien servirá de refugio para el tradicional electorado de centroizquierda. Imposto la voz de Dorothy en «El Mago de Oz» —una narración oscura como pocas en la posguerra— y recurro a esa frase pueril porque a pesar de que el ambiente se parece muchísimo a la contienda Lagos-Lavín el 99, el tornado revolucionario abierto el 18 de Octubre 2019 imposibilita que la historia vuelva a repetirse. El discurso unitario, pacificador, nacional de Boric si bien es cierto recuerda en muchos aspectos al de Ricardo Lagos, no pasa de ser un mero espejismo. En primera o segunda vuelta Boric se impondrá, no hay épica alguna en este hecho y el muchacho del árbol llegará finalmente a La Moneda, pero definitivamente esto no es Kansas.

Y porque no es Kansas el discurso teletubbie, de buena crianza, victimizado y correcto de la izquierda reformista resulta tan vergonzoso. El día de ayer —ya no recuerdo por qué medio— llegó lamentablemente a mis manos una carta de Luis Mesina con el poco auspicioso título de «Ética y Coherencia, un deber de la izquierda», la mayúscula en coherencia es del texto, por lo que forma parte del discurso. En un todo grave, Mesina —fuera de toda duda uno de los último dirigentes obreros de importancia en el escenario político— reflexiona sobre tres ideas:

Primero, se sorprende de que luego del levantamiento popular del 19 los medios de comunicación hayan logrado instalar una candidatura contrarrevolucionaria como la de Kast, concluye que «es quizá la instalación desde el poder desde las sombras, con millonarias y sutiles campañas». En segundo lugar, Mesina —un hombre que muy joven vivió la UP— sostiene que la izquierda chilena actual no está a la altura de las exigencias del momento histórico por no contar con partidos ni con dirigentes ni partidos como los de los años 70. Tercero, a esta izquierda contemporánea, nueva, no heredera de la Concertación, le reprocha polemizar en El Mercurio con «los responsables de los males que hicieron posible el estallido» (sic) y de modo gatopardista hacer propio el discurso de las garantías, la gobernabilidad y actuar «en la medida de lo posible».

Mesina se da perfectamente cuenta del papel de la izquierda nueva, la frenteamplista que ahora domina y se dispone a llegar al gobierno con Apruebo Dignidad. Les atribuye correctamente colaborar con la burguesía y dar continuidad a la Concertación. Sin embargo, el sentido final de su crítica no es reivindicar una salida de acción directa, revolucionaria a la crisis de la izquierda. No. Todo lo contrario, bajo la excusa de la condena al fraude financiero de la actual candidata al senado de Comunes, Karina Oliva, lo que reclama este viejo dirigente —curtido en la lucha política— es moralidad. En realidad reclama un estándar moral superior inclusive al de los partidos de la burguesía—clase a la que impugna por inmoral y corrupta— por cuanto precisamente dicha corrección permitiría no hacer una revolución obrera, sino que —ni más ni menos— «recuperar la política como una de las más nobles actividades humanas».

Me he tomado el tiempo para analizar esta nota, que adjuntamos para mayor comprensión, porque creo que sintetiza la sumisión política del reformismo y la burocracia sindical al orden capitalista. Mesina lleva al extremo la concepción moral, pequeñoburguesa, de lo político. La raíz de esto es material, productiva, las capas medias, la propia burocracia sindical, colocadas en el trance de la lucha de clases —de un lado la dominante explotadora y del otro la inmensa mayoría explotada— intenta tomar el control de la escena —en mis años infantiles a esto se llamaba hacer «bolita»— apelando a los valores democráticos, a la sobriedad intelectual, a la intervención en lo público no para defender intereses de clase, sino que valores inmateriales permanentes. Mesina resume muy bien esta aspiración de clase cuando dice con inconfundible tono evangélico—para rubricar— que «la izquierda está llamada a servir a los más débiles y necesitados, jamás a servirse de ellos».

De nada nos sirven ni la ética ni la coherencia burguesas. Ni los principios democráticos de cualquier régimen patronal que se cae a pedazos y arrastra a la humanidad a la barbarie. La izquierda —es la lección de 1973 y de 2019 también— ha de construirse como dirección revolucionaria, como partido político para el combate, para echar abajo al régimen capitalista, destruir su Estado, expropiarlos y tomar el poder. En esa lucha no sólo no observaremos la moral burguesa, ni su legalidad, ni sus valores. Conscientemente apuntaremos a desarrollar la lucha de clases con una perspectiva de insurrección en contra de los explotadores. Las banderas rojas de la clase trabajadora significan —ad romanum— lucha sin cuartel, sin otra ética ni otra coherencia que la que demande tal objetivo, la toma del poder por la clase trabajadora.

Faltan algunas horas para el cierre de las mesas electorales y como decíamos más arriba, el resultado es previsible. Ahora o en diciembre será electo un nuevo gobierno patronal que descargará sobre las espaldas de los trabajadores todo el peso de la crisis. La resistencia a esa brutal ofensiva es el terreno en el que ha de construirse la nueva dirección política de los trabajadores, en ese rescoldo las llamas del levantamiento volverán a enseñorearse en las barricadas, porque definitivamente ya no es Kansas.

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