por Gustavo Burgos
El trotskismo argentino tiene una dilatada trayectoria y resulta parte sustancial de la izquierda socialista de ese país. Agrupadas en dos grandes corrientes principales —esto es una generalización— el morenismo (Nahuel Moreno) y el altamirismo (Jorge Altamira), desde mediados del siglo pasado —como parte de la izquierda revolucionaria— han peleado por estructurar una nueva dirección política de la clase obrera trasandina. Sin embargo, desde 1982 han iniciado un lento e imperceptible proceso de adaptación al parlamentarismo. Esta cuestión es el telón de fondo no solo de su fragmentación, sino que de su incapacidad de penetrar en el movimiento obrero como tendencia de masas. Se trata, no obstante las prevenciones anotadas, de un proceso valioso de análisis para el debate marxista como ha quedado reflejado en un interesante libro «El trotskismo en la Argentina», recientemente editado en Buenos Aires por Hernán Camarero y Martín Mangiantini.
Hacemos estas alusiones por cuanto estimamos que esta cuestión no es de un interés erudito, sino que tiene una importancia política trascendente práctica para todo revolucionario. La crítica a las posiciones de las diversas corrientes que se reclaman del socialismo ha sido históricamente una viga maestra no solo en el desarrollo del programa marxista, sino que del propio desarrollo del movimiento obrero.
Hace poco más de una semana fue entrevistado Christian Castillo, profesor universitario y diputado nacional del PTS en el Frente de Izquierda (FIT), por @NeuraMedia en «La Cosa En Sí» con un periodista de derecha, Alejandro Fantino. Debo reconocer que son pocas las oportunidades en que los dirigentes trotskistas argentinos llegan a ser entrevistados en los medios burgueses. Altamira, Belliboni, Bregman, Sobrero y otras figuras públicas son consultados habitualmente por los medios, pero rara vez como figuras principales. Castillo tuvo la oportunidad de explayarse latamente, explicando qué es el trotskismo, qué es el socialismo, la democracia, la toma del poder, la concepción del Estado. Habló de lo que quiso, como dueño de casa.
La entrevista con Cristian Castillo presenta una serie de conceptos que merecen análisis desde una perspectiva marxista. A continuación, detallo algunos puntos clave de esta crítica para contrastar sus posturas con la tradición marxista revolucionaria:
1. Pacifismo y Democracia en el Socialismo: Castillo enfatiza una visión de socialismo en la cual la autogestión democrática y la eliminación de una burocracia represiva son centrales. Este enfoque tiene similitudes con la idea de una democracia obrera, pero el planteamiento de Castillo parece simplista al sugerir que en una sociedad socialista ideal se podría prescindir de mecanismos de control y seguridad interna. Lenin, en El Estado y la Revolución, advierte que la dictadura del proletariado requiere de una fuerza organizada para proteger la revolución de sus enemigos, pues es ilusorio pensar que la burguesía cederá su posición sin resistir. La perspectiva de Castillo olvida esta premisa, acercándose a un idealismo democrático de corte allendista, incompatible con las realidades de lucha de clases que enfrenta una revolución proletaria.
2. Visión del Estado y Transición Socialista: Castillo menciona que su ideal es «una sociedad sin Estado» o con un «Estado transitorio de los trabajadores», pero parece confundir el rol del Estado en la transición al socialismo. Trotsky, en La Revolución Traicionada, sostiene que la transición socialista necesita un Estado fuerte que actúe en representación de la clase obrera y que combata las tendencias contrarrevolucionarias hasta la desaparición de las clases. El pacifismo y la democracia “en general” de Castillo ignoran la naturaleza conflictiva de la lucha de clases, ya que, como explica Trotsky, el socialismo no se construye espontáneamente, sino mediante una dictadura del proletariado que tome medidas decisivas frente a la burguesía. Castillo es presa de las concepciones pequeñoburguesas, pacifistas y democratistas, que ven el conflicto social en su superficie, proponiendo salidas de consenso, sin comprender los antagonismos de clase que los condicionan. Nos habla de una sociedad «sin Estado», pero calla que para que esto ocurra es necesario el levantamiento insurreccional de los explotados en pos de la destrucción del Estado burgués.
3. La Democracia y la Administración Económica: En cuanto a la administración de la economía, Castillo propone un sistema donde la producción y distribución serían planificados democráticamente por la población. Esta idea, si bien suena atractiva, es en la práctica compleja e inviable sin una estructura estatal centralizada y una dirección revolucionaria consciente que guíe el proceso. Lenin y Trotsky plantearon que, en el marco de una economía planificada, es fundamental un órgano central de planificación para organizar racionalmente los recursos productivos, y que esto solo es posible a través de la dirección del partido revolucionario. Castillo pasa por alto la necesidad de un partido fuerte que, en su estructura leninista, funcione como vanguardia de la clase obrera para asegurar que las decisiones económicas estén alineadas con los intereses de esta clase. Castillo habla de la socialización de los medios de producción, pero omite señalar que para ello es necesario expropiar a la burguesía y expulsarla del poder.
4. La Negación de la Historia Revolucionaria y el «Socialismo Democrático»: La insistencia de Castillo en una versión de «socialismo democrático» y su crítica al «partido único» como modelo viable ignora las lecciones históricas sobre el papel de los partidos en la construcción del socialismo. Trotsky, en La Revolución Traicionada, critica precisamente a aquellos que abogan por un pluralismo que termina debilitando a la revolución, facilitando que la burocracia u otras fuerzas contrarrevolucionarias asuman el poder en nombre de la democracia. La historia de la revolución rusa demuestra que la falta de una dirección única puede conducir a una contrarrevolución, como ocurrió precisamente con la degeneración burocrática bajo Stalin.
5. Crítica de la Posición «Troskista» en Relación a la Riqueza y la Pobreza: En la entrevista, Castillo alude al rol de la riqueza y a la necesidad de distribuirla más equitativamente. Aunque este es un objetivo marxista, su análisis parece limitado a una redistribución sin considerar cómo se debe desmantelar el sistema de propiedad capitalista en su totalidad. Para Lenin en Imperialismo, Fase Superior del Capitalismo, el capitalismo no solo es un sistema económico, sino una estructura de poder enraizada en relaciones de producción y propiedad privadas que requieren ser expropiadas completamente para avanzar hacia el socialismo.
6. Idealización de Ejemplos Socialistas: Castillo menciona la Rusia soviética y Cuba como ejemplos de avances socialistas, pero omite los aspectos críticos que Trotsky aborda en obras como La Revolución Traicionada o en su análisis de la burocracia soviética. La idealización de estas experiencias sin una crítica al burocratismo, a la falta de derechos políticos y a la degeneración de la democracia obrera no refleja una comprensión completa de la tradición marxista.
En resumen, la postura de Castillo puede ser vista como una versión idealizada y pacifista del socialismo, que no aborda las contradicciones inherentes al proceso revolucionario que los clásicos del marxismo subrayan. La lucha de clases, el rol del Estado obrero y la centralidad de la dictadura del proletariado son conceptos clave que Castillo no parece integrar en su visión de un socialismo democrático, acercándose más a una vertiente socialdemócrata que a una marxista revolucionaria en sentido estricto.
No trato con estas observaciones de denunciar «desviaciones» como si lo que estuviese en juego fuese una doctrina. Hago estas puntualizaciones —e invito a formarse su propia opinión viendo esta entrevista— porque es una necesidad de la lucha y es esa lucha la que nos obliga a pelear por erradicar toda expectativa en la democracia burguesa por parte de quiénes se reclaman del Socialismo. Por el contrario, la adaptación al régimen democrático burgués abre un camino, lo sabemos especialmente en Chile con nuestro 11 de septiembre de 1973: el camino de la derrota. Interrogado Castillo sobre su posibilidad de llegar al poder, automática e inexplicablemente comenzó a enumerar porcentajes electorales y candidatos electos, precisamente lo que los aleja y somete al poder.
