Octubre de 1917: el disparo de apertura de la revolución socialista mundial

por Nick Beams 

La siguiente es la primera conferencia dada por Nick Beams en línea el 2 de junio , sobre o ctubre de 1917: El disparo de apertura de la revolución socialista mundial.

Hoy, el 2 de junio en este país [Australia], el 1 de junio en los Estados Unidos está destinado a pasar a ser un punto de inflexión decisivo en la historia del mundo.

Porque en este día el presidente de los Estados Unidos Trump cruzó el Rubicón, declarando que usaría al ejército para suprimir las protestas y manifestaciones a nivel nacional por el asesinato policial de George Floyd en Minneapolis hace una semana.

Cruzar el Rubicón se refiere a la acción de Julio César al cruzar el río Rubicón en 49 a.C. que llevó a una guerra civil que resultó en el establecimiento de una dictadura en Roma.

Trump tiene la misma motivación.

Utilizando tropas federales, empleando gas lacrimógeno, gas pimienta y balas de goma para despejar las protestas pacíficas frente a la Casa Blanca, declaró que desplegaría el ejército de EE.UU. en todo el país.

Exigió que cada gobernador usara la Guardia Nacional para “dominar las calles” y establecer una “abrumadora presencia policial”.

“Si una ciudad o un estado se negara a tomar las medidas necesarias para defender la vida y la propiedad de sus residentes, entonces desplegaré el ejército de los Estados Unidos para resolver el problema por ellos”.

Este dictado implica un derrocamiento explícito de la Constitución de los Estados Unidos, según la cual no se puede hacer uso de las fuerzas militares federales a menos que sean invitadas por los gobiernos estatales. Trump la ha destrozado efectivamente. Esto es un golpe de Estado.

Declarando ser “su presidente de la ley y el orden” hizo un llamado directo a la extrema derecha y a las fuerzas fascistas, dijo que estaba movilizando todos los recursos federales disponibles para “proteger los derechos de los estadounidenses respetuosos de la ley, incluyendo sus derechos de la Segunda Enmienda”.

La Segunda Enmienda se refiere al derecho a portar armas. Fue una incitación directa a estas fuerzas para empezar a usar esas armas en línea con el tuit emitido por Trump hace varios días cuando dijo “cuando empiece el saqueo, empieza el tiroteo”.

La supuesta justificación del uso de los militares es acabar con el saqueo y la violencia.

Esa mentira fue expuesta en la cobertura televisiva emitida en todo el mundo desde fuera de la Casa Blanca hoy.

Miles de manifestantes, principalmente jóvenes y predominantemente no afroamericanos, que realizaban una protesta totalmente pacífica, fueron dispersados por las fuerzas militares federales.

Los demócratas y los portavoces de los llamados “pequeños liberales” en los medios de comunicación se apresuraron inmediatamente a tratar de encubrir tanto el significado de los comentarios de Trump como sus acciones.

Se lamentaron del hecho de que diera un discurso de “ley y orden”, no uno para sanar la nación, que fuera más allá de las divisiones y conflictos. En lugar de calmar la situación, trató de recrudecerla.

Lamentaron el hecho de que el violento despeje de las calles afuera de la Casa Blanca buscara permitirle a Trump ir a pie a una iglesia cercana, con la Biblia en alto, y tener la oportunidad de hacer un ardid fotográfico.

En respuesta a una declaración de guerra civil del presidente y sus esfuerzos por movilizar fuerzas militares y fascistas para pelearla, denunciaron a este mafioso por no ser un hombre de paz. ¡Oh, ay de mí!

Todo esto tiene como objetivo tratar de cloroformar a la masa de la población frente a la situación real que la enfrenta y las fuerzas que impulsan las acciones de Trump.

Trump es muy consciente de que las protestas masivas por el asesinato de George Floyd tienen sus raíces en profundos procesos económicos y sociales.

Son simplemente la expresión inicial de erupciones mucho más grandes y explosivas que vendrán cuando la clase dominante de los Estados Unidos imponga su campaña de regreso al trabajo para inyectar valor a los activos financieros de Wall Street. Esta campaña solo puede imponerse con el establecimiento de un régimen policial-militar autoritario.

El régimen de Trump invoca la necesidad de prevenir “el saqueo y la violencia” como base de su campaña hacia la dictadura.

Pero lo que está ocurriendo es una respuesta de clase, que trasciende la raza —una rebelión contra un sistema social y económico arraigado en el saqueo y la violencia—.

El saqueo sistemático e institucionalizado de la riqueza producida por el trabajo del pueblo obrero y su desvío a las altas esferas de la sociedad ocurre mientras los servicios de salud, hospitales y otras necesidades sociales se ven privados de fondos.

Una sociedad en la que no hay dinero para mejorar la vida de los trabajadores, pero en la que se pueden poner a disposición de Wall Street billones de dólares con solo pulsar un botón de la computadora.

Un sistema en el que, como lo ha revelado experiencia de la pandemia de COVID-19, millones de trabajadores ven sus vidas destrozadas en un instante. Una sociedad en la que a toda una generación de jóvenes se le niega cualquier perspectiva de un futuro.

Un saqueo, a través de un sistema financiero y económico, que en medio de la pandemia que ha visto a millones de trabajadores sumergidos en condiciones no vistas desde la Gran Depresión, y que le ha permitido a un miembro de la oligarquía, Jeff Bezos, el dueño de Amazon y el Washington Post, aumentar su riqueza personal en 25.000 millones de dólares en cuestión de semanas.

El saqueo institucionalizado que ahora se aplica directamente por la violencia del Estado capitalista y sus cuerpos de hombres armados.

Hace tres meses, cuando comenzó la pandemia de COVID-19, explicamos que este fue un evento desencadenante, que desató y aceleró contradicciones arraigadas en los cimientos mismos del sistema capitalista mundial.

Fue similar al acontecimiento desencadenante que provocó la Primera Guerra Mundial: el asesinato del archiduque austriaco Ferdinand el 28 de junio de 1914.

Cuando la Gran Guerra comenzó, hubo afirmaciones de que “todo terminará para Navidad”.

Pero entonces llegó 1915, 1916 y así sucesivamente. Cuando la guerra terminó, la crisis del capitalismo, que era su causa subyacente, mutó, dando lugar a casi tres décadas de horrores —la Gran Depresión, el surgimiento del fascismo, el Holocausto, y la Segunda Guerra Mundial, que culminó con el uso de bombas atómicas—.

De la misma manera, la pandemia ha actuado como una especie de granada arrojada a un montón de material combustible acumulado, desencadenando una explosión.

El actual impulso de retorno al trabajo trae a la mente otro paralelo con la Primera Guerra Mundial. En esa guerra el infame comandante de las fuerzas armadas británicas, el general Douglas Haig, envió a innumerables hombres jóvenes a “salir al ataque” para ser abatidos a tiros en una guerra con fines de lucro.

Hoy en día, los trabajadores, viejos y jóvenes, son reclutados económicamente y desplegados “más allá del límite” para extraer ganancias de su trabajo, cualesquiera que sean los peligros, para que el saqueo sistemático de los oligarcas capitalistas pueda continuar.

¿Cuáles son nuestras tareas?

En primer lugar, captar conscientemente el significado de lo que ha ocurrido, sobre todo lo que ha sucedió en los Estados Unidos hoy.

Luego, sobre la base de ese entendimiento, no solo criticar, con la vana esperanza de que esto pueda provocar un cambio en la política de las clases dominantes, sino actuar.

Hay que recordar que la Primera Guerra Mundial no terminó por medio de críticas sino por la Revolución rusa de octubre de 1917 y el temor de las clases dominantes a que se extendiera.

Consideremos lo que ha ocurrido en relación con el COVID-19.

Desde el principio, las élites gobernantes no trataron la pandemia como una crisis de salud que debía ser resuelta por la ciencia, sino como un problema económico que debía ser superado por el retorno más rápido posible al trabajo para que el trabajo de la clase obrera pudiera volver a inyectar valor en sus activos financieros.

Una respuesta racional y científica a la pandemia habría supuesto la movilización de recursos a escala mundial para hacer frente a un virus que no conoce fronteras nacionales.

En cambio, hemos visto la intensificación de los conflictos y rivalidades entre grandes potencias, encabezada por la Administración de Trump, mientras el imperialismo estadounidense intenta contrarrestar su palpable declive económico mediante una guerra contra el que considera su principal rival, China.

Hay que sacar las conclusiones necesarias.

Lo que se ha revelado, no en la teoría sino en los hechos vivientes, es la necesidad de eliminar el obstáculo del sistema capitalista para que la humanidad avance. No se va a resolver sustituyendo un conjunto de políticos capitalistas por otro.

La clase obrera debe tomar el poder político en sus propias manos y establecer un Estado obrero como el primer y más decisivo paso en la construcción de una sociedad socialista, organizada democráticamente sobre la base de la razón y la ciencia y no de los dictados de las ganancias.

El socialismo se basa en el desarrollo de la democracia.

Lo que también se ha demostrado hoy en los Estados Unidos es lo contrario: que la democracia no puede mantenerse bajo el dominio de una oligarquía que, ante la creciente oposición de clase, no puede gobernar mediante votaciones y una Constitución sino solo mediante balas y fuerza militar y, por lo tanto, la democracia requiere el socialismo.

Mucha gente, al entrar en contacto con nuestro movimiento, a menudo dice algo como lo siguiente: “Estoy de acuerdo con lo que dices sobre la necesidad del socialismo, pero no puedo ver cómo puede suceder. La gente está demasiado atrapada en las viejas formas de pensar —¿cómo puede cambiar?”—.

Los grandes acontecimientos, como el actual estallido en los Estados Unidos, y antes de eso el creciente movimiento internacional de la clase obrera, en particular en los dos últimos años, están respondiendo esa pregunta.

En su prefacio a la Historia de la Revolución Rusa, León Trotsky explicó que en tiempos normales la política es llevada a cabo por encima de las cabezas de las masas por representantes del Estado, políticos, burócratas, periodistas bien situados y otros especialistas “en esa línea de negocios”.

Sin embargo, en momentos cruciales, el viejo orden ya no es soportable para las masas. Rompen las barreras que las excluyen de la arena política, barren con sus representantes tradicionales y empiezan, por sus acciones, a crear las bases de una nueva sociedad.

Este es el período en el que hemos entrado, y estamos solo en su comienzo.

El poder de las masas, sin embargo, no puede llevar a cabo esta transformación a menos que esté guiado por un programa científicamente elaborado y una perspectiva política.

Ese programa necesario se encuentra en la historia y la lucha del movimiento trotskista, y solo allí, a lo que las seis conferencias que estamos celebrando proporcionarán una introducción.

Permítanme retroceder un poco y situar la situación actual dentro del ámbito más amplio de la historia.

La era moderna comenzó con la Revolución estadounidense de 1776-83 y la Revolución francesa de 1789-93.

Estas dos revoluciones anunciaron una nueva era para la humanidad planteando, como lo hicieron, la tarea de construir la sociedad, no según principios aristocráticos ni dogmas religiosos, sino sobre la base de la razón y la igualdad.

La Declaración de Independencia de Estados Unidos proclamó que “todos los hombres son creados iguales” y dotados de derechos inalienables como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. La vida en primer lugar … cuánta relevancia contemporánea.

También proclamó otro derecho, al cual las actuales clases dirigentes no les gusta que se les recuerde, el derecho a la revolución, declarando en palabras que no han perdido nada de su poder:

“Que, para asegurar estos derechos, los gobiernos se instituyen entre los hombres, derivando sus justos poderes del consentimiento de los gobernados. Que siempre que cualquier forma de gobierno se convierta en destructiva de estos fines, es el derecho del pueblo alterarla o abolirla, y a instituir un nuevo gobierno, asentando sus bases en tales principios y organizando sus poderes de tal forma que a ellos les parezca más probable que afecten a su seguridad y felicidad”.

La Revolución francesa fue una lucha aún más intensa.

Enfrentada a la falta de voluntad y a la incapacidad orgánica de las clases dominantes para hacer cualquier reforma para satisfacer las necesidades de la población, barrió el antiguo régimen.

Una sociedad basada en la aristocracia y los privilegios feudales era una barrera para el progreso humano. En lo sucesivo, la razón y la ciencia tenían que gobernar no solo la relación del hombre con la naturaleza, sino también la organización de la sociedad.

Sin embargo, estos grandes ideales no pudieron ser realizados. Se toparon con un obstáculo en la forma de la propiedad capitalista. No eran la ciencia y la razón, sino las ganancias y la anarquía del mercado las que gobernaban las relaciones económicas.

Pero el desarrollo mismo del capitalismo, al que estas dos grandes revoluciones dieron un impulso tan poderoso, proporcionó los medios materiales para la solución de este problema.

En primer lugar, el capitalismo produjo una expansión masiva de las fuerzas productivas de la sociedad, la condición material necesaria para la realización de una verdadera igualdad social.

En segundo lugar, el capitalismo creó una nueva fuerza social progresista capaz de realizar este objetivo, la clase obrera.

A finales del siglo XIX, la siguiente etapa necesaria en el curso del desarrollo de la humanidad, el establecimiento del socialismo internacional se había colocado directamente en la agenda histórica. El sistema capitalista estaba cada vez más desgarrado por las contradicciones que su propio desarrollo había producido.

La clase obrera había crecido y se había expandido y sus intereses materiales de clase entraban cada vez más en conflicto con el orden burgués. La llamada “cuestión social” era una preocupación importante para todos los gobiernos capitalistas de Europa occidental.

Además, el desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo no se detenía en las fronteras nacionales sino que asumía dimensiones globales.

Esto no significaba que cada país simplemente replicaría el camino tomado en el lugar de nacimiento del capitalismo, Inglaterra. Había peculiaridades nacionales, una combinación original de las características básicas de lo que se había convertido en un proceso global.

Estas peculiaridades tomaron una forma muy inusual en Rusia.

Gobernado por la dinastía Romanov de 300 años, el país era el más atrasado de Europa, el centro de la reacción política. La servidumbre solo había sido abolida formalmente en 1861 pero las condiciones de las masas campesinas no mejoraban y en muchos casos habían empeorado.

Sin embargo, había nuevas fuerzas en juego. La expansión internacional de las finanzas capitalistas y el desarrollo de poderosas y altamente concentradas empresas industriales condujeron al crecimiento de la clase obrera en Rusia.

Era un pequeño porcentaje de la población total pero enormemente poderoso ya que se concentraba en las principales ciudades industriales.

El zarismo y el orden político que presidía se consideraban cada vez más reaccionarios y anacrónicos en comparación con los avances de Europa occidental. Su derrocamiento era la tarea del día si Rusia iba a entrar en el mundo moderno.

Los opositores al régimen zarista dirigieron inicialmente a la masa del campesinado, por mucho la clase social más numerosa, como base de la lucha por la democracia.

Pero por más que odiaran al terrateniente, los campesinos seguían viendo al zar como un emancipador. El movimiento lanzado por los estudiantes y la intelectualidad rusa de “ir al pueblo” fracasó. A esto siguió un giro hacia el terrorismo. Si el zar no concedía una constitución en interés del pueblo, entonces debía ser forzado a hacerlo.

En 1883, se inició una nueva orientación política con la formación del grupo Emancipación del Trabajo, dirigido por el intelectual ruso Georgi Plejánov.

Plejánov se había alineado inicialmente con las fuerzas populistas basadas en el campesinado. Rompió con esta perspectiva y se dirigió al marxismo y su orientación hacia la clase obrera.

Insistió en que los trabajadores, no los campesinos, tenían que desempeñar el papel principal en la emancipación de Rusia y el establecimiento de una república democrática.

En 1889, en el Congreso fundador de la Segunda Internacional declaró: “El movimiento revolucionario ruso triunfará como movimiento de la clase obrera o no triunfará en absoluto”.

El avance de esta perspectiva, puede decirse con razón, marcó uno de esos puntos en los que la historia cambió de rumbo. Nadie antes había señalado el papel revolucionario de la clase obrera en la Rusia atrasada.

Pero la historia aún no había dado una respuesta a la pregunta de cómo la clase obrera desempeñaría el papel principal en el derrocamiento de la autocracia zarista. Estaba a punto de hacerlo en la forma de la Revolución rusa de 1905.

Los acontecimientos revolucionarios de ese año comenzaron el 9 de enero cuando una procesión al palacio del zar buscando reformas y dirigida por un sacerdote, el pope Gapón, fue atacada a tiros por las tropas zaristas.

Terminó con la formación de un sóviet, o consejo de trabajadores, compuesto por delegados de todos los centros industriales de San Petersburgo y organizado para llevar a cabo una huelga general en esa ciudad, y una insurrección armada en Moscú.

La posición básica de Plejánov era que, si bien la clase obrera desempeñaría el papel principal en la lucha contra el zarismo, su tarea era llevar al poder un régimen burgués liberal. Esto crearía las mejores condiciones para el desarrollo del capitalismo y el crecimiento de la clase obrera, lo que conduciría a la lucha por el socialismo en algún momento del futuro.

No veía ninguna posibilidad de que la clase obrera se dedicara a la lucha por el socialismo porque las condiciones económicas en Rusia eran demasiado atrasadas.

La falla esencial de la perspectiva de Plejánov quedó al descubierto por los acontecimientos de la Tevolución de 1905.

El papel principal fue desempeñado por la clase obrera.

La burguesía liberal era traicionera y cobarde, atada por mil cuerdas a la clase terrateniente.

No tenía líderes capaces de jugar el mismo papel que Danton y Robespierre en la Revolución francesa.

No había ningún club jacobino, basado en las clases de pequeños burgueses y artesanos, que habían sido la fuerza motriz de la Revolución francesa. Estas clases apenas existían en Rusia.

El desarrollo global del capitalismo significaba que Rusia no iba a repetir la historia de Francia. En lugar de estas clases había un proletariado, concentrado en grandes empresas industriales y en los suburbios de las grandes ciudades.

El desarrollo de la revolución reveló que cuanto más fuera impulsada por la clase obrera, más pasaba la burguesía al campo de la reacción.

Plejánov había reconocido que esto ocurriría. Pero su respuesta fue que la clase obrera tenía que usar el “tacto” y no asustar a la burguesía liberal ya que se oponía a la insurrección de Moscú.

Lenin había desarrollado una perspectiva diferente.

Insistió en que la burguesía solo podía asumir un papel totalmente traicionero. La revolución burguesa que derrocó al zarismo tendría que dar lugar a un régimen democrático radical compuesto por las dos clases principales, dando lugar a lo que él llamó una dictadura democrática del campesinado y la clase obrera.

Pero se trataría, sin embargo, de un régimen burgués que abriría el camino al desarrollo del capitalismo a escala europea y americana.

Si bien Lenin se negó a someterse a las formulaciones de Plejánov, ya que se oponía a él de forma estridente, éstas compartían sin embargo un fundamento común.

Es decir, ambas perspectivas concibieron la Revolución rusa a la luz del desarrollo económico nacional.

Lenin sostenía que la dictadura democrática sería la forma más radical de democracia burguesa que resolvería la cuestión agraria mediante el derrocamiento de la clase terrateniente.

Pero para Lenin la revolución socialista no estaba en la agenda inmediata. Podría ser rápidamente colocada allí si la Revolución rusa desencadenaba la revolución socialista en el resto de Europa. Pero compartía con Plejánov la concepción de una revolución socialista de dos etapas.

Trotsky planteó una perspectiva fundamentalmente diferente tanto de Lenin como de Plejánov. Implicaba un cambio en el marco en el que se veía la revolución.

Basándose en lo que había surgido en el levantamiento de 1905, analizó tanto la dinámica de la propia revolución como el contexto mundial en el que se desarrolló.

Al explicar esta dinámica planteó la cuestión de la lucha por la jornada de ocho horas, uno de los fundamentos del programa del partido. Esta no era una demanda socialista sino democrática.

¿Pero qué ocurriría cuando el nuevo régimen, la dictadura democrática del proletariado y el campesinado de Lenin, llegara al poder y la clase obrera, habiendo desempeñado el papel principal en el derrocamiento del régimen zarista, impulsara su demanda de la jornada de ocho horas?

¿Qué pasaría cuando los obreros insistieran en que era necesario derrocar no solo al gran zar sino a todos los zares pequeños de las fábricas?

Este se enfrentaría a un cierre patronal.

El nuevo régimen tendría que ponerse o bien del lado de los patrones y suprimir a la clase obrera o bien del lado de los trabajadores contra los patrones y comenzar a expropiarlos e iniciar medidas socialistas.

Trotsky caracterizó más tarde la perspectiva de Lenin como una especie de ordenanza de autonegación: habiendo derrocado al zar, los trabajadores —en reconocimiento del carácter burgués de la revolución— tendrían que detenerse de alguna manera.

Pero esto era ignorar las fuerzas motrices del proceso revolucionario en el que las masas, tras haber derrocado al zar, impulsan sus propias demandas independientes. En otras palabras, la revolución no podía detenerse a mitad de camino, sino que debía hacerse permanente.

Las reivindicaciones democráticas no podían ser alcanzadas bajo ningún tipo de régimen burgués. Solo podían realizarse mediante la toma del poder político por la clase obrera, apoyada por el campesinado.

Pero quedaba una cuestión clave.

Dado el atraso económico de Rusia, ¿cómo era posible iniciar las medidas socialistas a las que apuntaba la perspectiva de Trotsky?

En un gran salto de pensamiento teórico, Trotsky dejó claro que la pregunta había sido mal planteada.

La dinámica real de la Revolución rusa no podía entenderse dentro de un marco esencialmente nacional, sino solo sobre la base de una perspectiva internacional o mundial. Este cambio proporcionó el camino a seguir.

En un párrafo verdaderamente notable escrito en junio de 1905, en plena revolución, repasó la vasta transformación que había tenido lugar en el capitalismo mundial desde las revoluciones de 1848: el desarrollo de lo que ahora denominamos globalización.

No me gusta hacer citas extensas pero aquí es necesario. Por favor, recuerden que estas líneas fueron escritas en junio de 1905.

“El capitalismo, al imponer a todos los países su modo de economía y de comercio, ha convertido al mundo entero en un único organismo económico y político. Así como el crédito moderno ha conectado a miles de empresarios a través de un lazo invisible, y permite al capital una movilidad sorprendente evitando muchas pequeñas bancarrotas privadas, pero acrecentando con ello, al mismo tiempo, las crisis económicas generales en unas dimensiones inauditas, así también todo el trabajo económico y político del capitalismo, su comercio internacional, su sistema de monstruosas deudas públicas y las agrupaciones políticas de naciones que incluyen a todas las fuerzas de la reacción en una especie de sociedad anónima internacional, no solo ha contrarrestado por un lado todas las crisis políticas individuales sino que también, por otro lado, ha preparado el terreno para una crisis social de dimensiones fabulosas”.

¿Qué significó esto para la revolución en curso? Trotsky continuó:

“Ello da, desde el principio, a los acontecimientos en curso de desarrollo, un carácter internacional y abre una gran perspectiva: la tarea de emancipación política que dirige la clase obrera rusa la eleva a ella misma a una altura hasta hoy desconocida en la historia, coloca en sus manos fuerzas y medios colosales y le posibilita por primera vez comenzar con la destrucción a escala internacional del capitalismo, para lo cual la historia ha creado todas las condiciones objetivas previas”.

Es decir, considerada sobre una base nacional la perspectiva de la conquista del poder político por parte de la clase obrera se encontraba en un callejón sin salida. Pero colocados en su contexto correcto, los cambios en el capitalismo mundial provocados en el período anterior daban apertura a la revolución socialista mundial.

Había otra cuestión en la que Trotsky discrepaba con Lenin.

Se trataba de la cuestión de lo que él consideraba el excesivo faccionalismo de Lenin que, según él, frenaba el desarrollo del partido revolucionario. Trotsky tenía una teoría definida, a saber, que la causa de las facciones y el faccionalismo era la lucha de sectores de la intelectualidad por la influencia sobre la clase obrera.

Lenin rechazó eso, explicando que las principales diferencias en el partido estaban enraizadas en las relaciones materiales de clase.

Lo que era visto como faccionalismo era en realidad la lucha contra la presión de fuerzas de clase ajenas, que expresaban los intereses de la pequeña burguesía y la burguesía —una lucha por establecer la independencia política de la clase obrera—.

El estallido de la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914 provocó un cambio en la orientación de los dos futuros colíderes de la Revolución rusa.

Lenin reconoció que una nueva era había amanecido: la época de las guerras y las revoluciones. Cada vez más, llegó a la opinión de que la Revolución rusa ya no podía ser considerada dentro del viejo marco nacional.

Era parte de una revolución socialista del mundo en desarrollo que, a pesar de la “quietud de la tumba” que había descendido en los primeros años de la guerra, estaba siendo preparada por la barbarie y el colapso del capitalismo mundial, produciendo vastos cambios en la conciencia de las masas que explotarían.

Y explotar, lo hicieron.

Después de la Revolución de Febrero de 1917, que derrocó a la dinastía Romanov de 300 años en cuestión de tres días, Lenin volvió a Rusia en abril.

Inmediatamente se opuso a la posición de Kámenev y otros líderes bolcheviques, incluyendo Stalin, que ofrecía un apoyo condicional al Gobierno provisional burgués que había reemplazado al régimen zarista.

Avanzaron la fórmula, utilizada en innumerables ocasiones desde entonces: apoyaremos el Gobierno provisional en la medida en que actúe en interés de la clase obrera y nos opondremos a él cuando no lo haga.

Lenin insistió en que el Gobierno provisional capitalista no permitiría poner fin a la guerra. Continuaría la guerra en los intereses depredadores de la burguesía rusa.

El partido tenía que proceder directamente a preparar y organizar a la clase obrera para la lucha por conquistar el poder estatal, proporcionando una dirección al proletariado internacional en la lucha por la revolución socialista mundial.

Era la única manera de acabar con la barbarie capitalista desatada por la guerra. La paz no podía obtenerse bajo ningún gobierno capitalista, ni en Rusia ni en ningún otro lugar, sino solo mediante su derrocamiento.

Esta nueva orientación, esbozada en lo que se conoce como las Tesis de Abril de Lenin, aterrizó como una bomba. Lenin fue denunciado por abandonar su perspectiva anterior, acusado de ser anarquista y pasar a la posición de Trotsky.

La esencia del conflicto, que continuó hasta la conquista del poder político e incluso más allá de ella, fue un choque entre una perspectiva internacionalista y una perspectiva nacionalista.

Lenin insistió en que, si el partido revolucionario de Rusia renunciaba a la lucha por el poder, entonces sería una traición aún mayor que la de la Segunda Internacional cuando sus partidos habían votado a favor de los créditos de guerra al comienzo de la guerra y entraron en gobiernos de unidad nacional, apoyando a su propia burguesía.

Además, la elección en Rusia no era entre la revolución socialista y algún tipo de democracia burguesa, sino entre la revolución socialista y una dictadura militar de la forma más extrema y contrarrevolucionaria, la misma cuestión que ha surgido hoy en día en los Estados Unidos.

Los opositores de Lenin dentro de la dirección bolchevique, principalmente Zinóviev y Kámenev, siguieron viendo la Revolución rusa dentro de un marco nacional y se opusieron a la toma del poder porque no estaban presentes los cimientos económicos del socialismo.

La experiencia de la guerra, sobre todo la traición de los partidos de la Segunda Internacional, produjo un cambio en la orientación de Trotsky.

Lo que antes le había parecido un faccionalismo excesivo y una perturbación por parte de Lenin era en realidad la lucha más previsora y necesaria para la independencia política del partido revolucionario y de la clase obrera.

Cuando Trotsky regresó a Rusia en mayo de 2017, después de la bomba de abril de Lenin, fue a las oficinas del Partido Bolchevique y le dijo a Lenin “Estoy de acuerdo con su programa”.

La lucha intransigente por el programa de la revolución socialista mundial, en oposición a todas las tendencias políticas de la “izquierda” —los mencheviques y los socialrevolucionarios— que se declaraban “socialistas” pero apoyaban al Gobierno provisional capitalista mientras proseguía la guerra, fue absolutamente decisiva.

Armó a la clase obrera con la perspectiva política necesaria para tomar el poder por primera vez en la historia. Abrió un nuevo capítulo en la lucha por la emancipación humana que ahora debemos llevar adelante. Y la manera de hacerlo es solicitando unirse al Partido Socialista por la Igualdad y convertirse en miembro del partido mundial de la revolución socialista.

(Tomado de WSWS)

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