¿Se combate al imperialismo en la guerra de Ucrania?

por Gustavo Burgos

El ataque militar de Rusia a Ucrania el pasado 23 de febrero es una manifestación extrema de la descomposición del orden capitalista mundial. Un ataque perpetrado desde los escombros semicoloniales del capitalismo ruso y que se orienta a la ruptura del cerco imperialista norteamericano orquestado desde hace décadas por el aparato militar de la OTAN. A pesar de los discursos patrióticos y democráticos que se alzan de lado y lado, no están en juego en este conflicto bélico los intereses de la clase trabajadora rusa, ucraniana o europea. Quienes entregan su sangre en el campo de batalla son los obreros, pero al servicio no de sus intereses históricos, sino que de la canalla imperialista o de las lumpen burguesías rusa y ucraniana. Frente a estos graves hechos no cabe sino levantar la bandera del internacionalismo proletario, llamar a la confraternización de los trabajadores, rechazar todo discurso chauvinista o pacifista y plantear abiertamente la transformación de esta guerra en guerra civil revolucionaria que conduzca a los explotados al poder. Como frente a cualquier conflicto trascendente en la sociedad capitalista la respuesta la encontraremos en la ruptura institucional (no en su fortalecimiento), en las armas (no en la pacificación), y en la revolución obrera (no en el orden capitalista).

No podría ser de otra forma, estos hechos han tenido la virtud de hacer cimbrar las posiciones políticas de las clases sociales, corrientes y grupos políticos de todo espectro. El enfrentamiento ante la brutalidad de la guerra, ocasiona un objetivo cuestionamiento a las rutinarios conflictos sociales, a los valores democrático burgueses y por supuesto a las propias organizaciones de trabajadores, pretendidos socialistas e internacionalistas de todo pelaje.

La burguesía chilena, encabezada por su máximo dirigente, Gabriel Boric, ha salido —sin que nadie le preste mayor atención— a cuadrarse con el bando norteamericano disfrazando tal obsecuencia con la defensa del orden jurídico internacional, el mismo que permite hoy a los yanquis y sus aliados pisotear diariamente en Gaza, Siria, Venezuela y hasta hace muy poco Irak y Afganistán. El derecho internacional no es otra cosa que la voluntad imperialista erigida en ley en cualquier punto del orbe. El reclamo pacifista en todo caso aún cuando puede encubrir cierta candidez frente a un hecho bélico consumado, de forma radical, expresa impotencia y sumisión frente al orden establecido. La frase de Lennon «démosle una oportunidad a la paz» debe ser leída como «démosle una oportunidad al patrón».

Sin embargo, el alineamiento con EEUU y su brazo militar, la OTAN, como todo conflicto interburgués no resulta unánime. Venezuela, buena parte de los países del Medio Oriente explícitamente se han inscrito en el bando ruso y tal conducta ha sido seguida con mayor o menor prudencia por diversas corrientes nacionalistas, estalinistas hasta llegar al mismísimo PC chileno. La propia neutralidad de China en este conflicto se enraíza precisamente en la naturaleza de clase del conflicto militar. En ese sentido quienes atribuyen a la acción de Putin un sentido antiimperialista ignoran que el régimen de Putin es rabiosamente xenófobo y anticomunista, que la ocupación militar de ucrania es un típico acto imperial en que las masas no han tenido ninguna participación y que desde un punto de vista estratégico general la crisis con la OTAN, a largo plazo resulta funcional a los intereses norteamericanos.

En efecto, la determinación de EEUU de no ingresar militarmente en el conflicto sino que de financiarlo con sanciones económicas, tiene como efecto inmediato el sometimiento de todas las fracciones imperialistas europeas al gran capital norteamericano, el sensible debilitamiento de los crecientes canales de influencia económica alemana sobre Rusia y China y el encajonamiento de las direcciones obreras europeas en el pacifismo democratizante. La exclusión de la banca rusa del sistema financiero SWIFT tiene entre otros efectos colaterales para a las economías europeas —especialmente alemana— la imposibilidad de garantizar el suministro del vital gas ruso. Rusia, con una economía cuyo PIB se acerca al de Italia Corea del Sur, es un país de capitalismo atrasado, con una estructura productiva parecida a la de Brasil, exportador de materias primas es incapaz de disputar el mercado mundial a las potencias imperialistas. Lo que mueve a Putin a materializar esta «operación especial» sobre Ucrania no es otra cosa que la auto preservación a un avance europeo sobre su entorno que lleva ya varias décadas y que se encuentra determinada por el proceso de restauración capitalista desatado con el desmoronamiento de la URSS.

Quien escribe estas líneas ha sido motejado por viejos y respetables camaradas ni más ni menos que de «imperialista» por rechazar la acción militar rusa sobre Ucrania, otros han advertido «pacifismo burgués» por definirnos contra la guerra en Ucrania. La intensidad de los hechos agita en extremo las posiciones. No corresponde aquí perseverar en el espiral de epítetos sino que hacer un esfuerzo real por comprender las posiciones y realizar una clara delimitación de clase. No creemos que quienes nos motejan de imperialistas o pacifistas burgueses realmente crean en la efectividad de tales insultos. Acá nos enfrentamos a dos problemas. Primero, la lejanía de los hechos y la ausencia de información distinta de aquella que nos refieren los medios burgueses. Segundo, consecuencia directa de lo anterior, la ausencia de organizaciones obreras internacionales que se encuentren en condiciones de viabilizar acciones políticas de clase como fue la tradición obrera hasta bien avanzado el siglo XX.

Los problemas anotados no nos liberan del deber político elemental de dar una lucha en el terreno en que esta guerra se nos presenta. En este orden es un hecho incuestionable que la guerra de Ucrania está dando recién sus primeros pasos y que los hechos parecen señalar que la misma se orienta hacia una guerra civil. Ocupado Lugansk y Donetsk parece muy probable que Rusia afirme tales posiciones —eventualmente se extienda hasta Odesa para controlar el Mar Negro— golpeando las principales ciudades ucranianas de manera de doblegar al régimen y reemplazarlo por uno adicto a Rusia. No es tampoco discutible que estas acciones militares son desplegadas por fuerzas regulares, de carácter estatal. Finalmente, tampoco hay discusión que los aparatos estatales desplegados tienen una conducción política capitalista y en ellos ninguna participación le cabe a la clase obrera rusa o ucraniana.

Ante estos hechos cabe entonces preguntarse, como titulamos esta columna: ¿Se combate en esta guerra al imperialismo? La respuesta no puede abordarse con un criterio aritmético. Si razonamos formalmente es indudable que la atrasada Rusia se enfrenta y ocupa a un país títere de EEUU. Esto es un hecho meridianamente claro, sin embargo llegado este punto debemos ser capaces de enfocar esto en términos de clase y ello nos obliga a constatar que igualmente la crisis capitalista abierta en Rusia y Ucrania tiene como fuente no solo el ataque imperialista digamos «externo» sino que esta crisis se enraíza en la propia estructura productiva, de clase capitalista de Rusia y Ucrania. De esta forma debemos concluir necesariamente que esta guerra —cualquiera sea su desenlace—no hará otra cosa más que fortalecer a la burguesía como clase, frente a los trabajadores. Esta guerra no tiene por lo mismo ni una perspectiva antiimperialista ni tampoco revolucionaria.

En este punto es donde creemos necesario entroncar con el otro aspecto filoso de este problema, la necesidad de aprovechar esta crisis ocasionada por la guerra y pelear por su transformación en una guerra revolucionaria. Este punto marca una línea de diferenciación con todo enfoque burgués pacifista sobre el problema, como ya hemos anticipado, pero también con el patriotismo y el nacionalismo. No se trata de un capricho, pero después revolución rusa, marcadamente, la burguesía ha perdido toda capacidad como clase revolucionaria. Los movimientos nacionalistas burgueses, consecuencialmente, han perdido capacidad antiimperialista. Esto lo demuestra la historia en América Latina el peronismo argentino , el varguismo brasileño, el APRA peruano, el PRI mexicano, más cerca en el tiempo el sandinismo en Nicaragua, el MAS boliviano, han terminado como correas de transmisión de la política imperialista y en el mejor de los casos postrados en la impotencia como el chavismo venezolano. En el resto del mundo el análisis es idéntico es lo que ocurrió com Arafat en palestina, Nasser en Egipto, Khadaffi, Saddam y un interminable etcétera. Es en esta tradición nacionalista que se entronca Putin y esa tradición nos permite pronosticar un idéntico final a la aventura militar ucraniana.

La única clase social con capacidad de resolver la crisis ruso-ucraniana es la clase obrera. Solo la clase obrera armada de una dirección revolucionaria puede derrotar al imperialismo porque para ello es imprescindible acabar con la burguesía nativa rusa y ucraniana, expropiarlas y expulsarlas del poder. Esta es la lección política que nos legaran los bolcheviques y que definió la ruptura de la II Internacional Socialdemócrata, la posición frente al voto de los créditos de guerra en 1914, que abrió el campo socialista entre los socialchauvinistas de Kautsky y cía y del otro lado los internacionalistas proletarios de Lenin.

En Chile esta discusión es tremendamente trascendente. La formación de una nueva dirección política de los trabajadores, de un un partido revolucionario, pasa necesariamente por las delimitaciones teóricas y programáticas que la guerra de en Ucrania plantea. No estamos dando una discusión erudita, ni pretendemos el esclarecimiento académico esta cuestión. Nuestro objetivo es puramente político. La clase obrera en todo escenario debe actuar con independencia de todo bando burgués, ni aún a pretexto de un triunfo electoral de la Derecha pueden los trabajadores renunciara levantar su propio programa y estrategia. Esto es válido en Ucrania hoy y lo fue también en las pasadas elecciones presidenciales en la que buena parte de la izquierda octubrista se inclinó por el mal menor de Boric con las desastrosas consecuencias que ya empezamos a vivir.

En otro sentido, el conflicto militar en Ucrania nos permite desempolvar la abandonada discusión del problema militar. La guerra en realidad si algo esclarece es la naturaleza de clase de las instituciones, particularmente de aquellas reconocidas como democráticas. El propio Parlamento Europeo, sus Cortes, las sacrosantas instituciones democráticas europeas con las que hacen gárgaras posmodernos y reformistas, se nos presentan tal cual son: mascarada instrumental para el crimen masivo, el saqueo y la guerra. Insinuada la amenaza a algún interés capitalista los DDHH, el Estado de bienestar y la sociedad de derechos son enviados rápidamente al basurero por la propia burguesía. Esta situación nos plantea que la lucha revolucionaria solo puede desarrollarse en su perspectiva insurreccional y ella solo podrá materializarse mediante el armamento generalizado de la clase trabajadora. Como queda demostrado, si las armas las tiene la burguesía el único destino posible para la humanidad es la barbarie. Hablar de las armas, materialmente, es hablar del poder. Sin ellas los órganos de poder asambleario de la clase trabajadora serían meros discursivos del poder obrero, su caricatura.

Los trabajadores, en Chile y en el mundo, percibirán instantáneamente los efectos de la guerra mediante el ataque a los salarios ocasionado por la espiral inflacionaria relacionada con el precio del petróleo. Analistas conservadores estiman un aumento en el combustible de al menos un 20%. Esto golpeará directa y brutalmente los salarios y profundizará la desigualdad social favoreciendo monstruosas acumulaciones de capital como resultado directo de la guerra. Boric, alineado con EEUU descargará el peso de esta crisis igualmente sobre los trabajadores. Desde este gobierno «transformador» se nos llamará a cuidar las instituciones, a preservar la democracia patronal y el proceso constituyente, con la única finalidad anestesiar la crisis, adormecer las organizaciones de trabajadores, fraccionarlas y ponerlas al servicio de la propia institucionalidad patronal. No otra cosa es el proceso constituyente.

A 14.000 km de Valparaíso, obreros rusos y ucranianos se baten a muerte en el campo de batalla. Imperialistas y nacionalistas proclaman impúdicamente que tal esfuerzo es necesario para preservar la democracia, la patria y otras lindezas. Esa guerra no es la guerra de los trabajadores, porque los fusiles hemos de empuñarlos contra la burguesía y el imperialismo, no para servir los espurios intereses de los explotadores, sino que para llevar a la clase obrera al poder, al Socialismo. Agitamos la más noble bandera de los explotados: ¡¡Proletarios del mundo, uníos!!

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