Astarita y el marxismo de la derrota: del vaciamiento del Programa de Transición a la disputa por una estrategia revolucionaria

por Gustavo Burgos

Escribo estas líneas en polémica a “Trotskismo y fuerzas productivas, respuesta a Gustavo Burgos”, en ella previsiblemente Rolando Astarita reconduce la discusión a la ciénaga de las citas y las hipótesis estadísticas, eludiendo de manera formal el centro de mi crítica en “Contra Astarita: las fuerzas productivas, el imperialismo y la revolución mundial”. En esta nota no solo refuto su concepción idealista que lo lleva a sostener que el capitalismo sigue desarrollando las fuerzas productivas, sino que — principalmente— sostengo las consecuencias políticas necesarias de tal afirmación que implican negar el carácter reaccionario del capitalismo imperialista, cuestionar la revolución permanente y a abandonar una concepción marxista de la cuestión nacional, transformando el marxismo en una polémica doctrinaria desarmada, donde las masas, la insurrección, la violencia revolucionaria, los soviets, la destrucción del Estado burgués y la conquista del poder desaparecen como problemas estratégicos vivos.

Como primera cuestión es necesario señalar que la polémica abierta en la izquierda argentina a propósito de la carta “La izquierda argentina ante un gran desafío” no debe ser leída como una disputa secundaria sobre táctica electoral, ni como un intercambio episódico entre intelectuales y corrientes partidarias. Su importancia reside en que ha obligado a poner sobre la mesa, con una crudeza poco habitual, el problema de la relación entre elecciones, poder, régimen político, crisis capitalista y estrategia socialista. La carta, publicada en abril de 2026, planteó la necesidad de discutir qué debe hacer la izquierda ante el deterioro del gobierno de Milei, la crisis social, la debilidad del peronismo y la visibilidad creciente del FIT-U, especialmente de Myriam Bregman. Desde allí se abrió un debate que involucró a sectores del PTS, a Ariel Petruccelli, a Eduardo Sartelli y a Rolando Astarita, entre otros. Astarita intervino primero con “Discusión en el FIT-U sobre elecciones y toma del poder”, del 27 de abril de 2026, y luego con “Respuesta a Ariel Petruccelli”, del 11 de mayo de 2026, textos en los que cuestionó la idea de que el FIT-U pueda transformar una coyuntura electoral favorable en una política de poder.

El debate, por tanto, no gira simplemente en torno a una candidatura, una consigna o una fórmula electoral. Lo que está en discusión es si una corriente revolucionaria debe intervenir en las elecciones como una prolongación subordinada de la vida institucional burguesa, como una tribuna de denuncia y propaganda, o como un momento táctico subordinado a una estrategia de construcción de organismos de base, coordinación de luchas, preparación política de la clase trabajadora y disputa efectiva del poder. En ese sentido, la polémica tiene lugar en un marco en que lo que está en juego es —ni más ni menos— que el vaciamiento político del Programa de Transición, y su transformación de sus consignas en fórmulas sin puente real hacia la lucha de clases y hacia la conquista revolucionaria del poder.

Conviene despejar, desde el inicio, una falsificación elemental de Astarita. Su respuesta intenta atribuirme una tesis que no sostengo: la idea de que el capitalismo se encontraría en un “estancamiento crónico”, incapaz de producir innovación técnica, crecimiento material, expansión industrial, productividad o desarrollo científico. Esa imputación es falsa. No he sostenido que el capitalismo haya dejado de producir mercancías, tecnología, inteligencia artificial, maquinaria, armamento, infraestructura o conocimiento científico. Sería absurdo negar lo evidente. El problema no reside allí. La cuestión marxista decisiva no es si el capitalismo crece en términos cuantitativos, sino qué carácter histórico adquiere ese crecimiento bajo las relaciones sociales capitalistas en la época imperialista.

Astarita pretende reducir la discusión a una contabilidad empírica: toneladas producidas, productividad laboral, innovación técnica, esperanza de vida, escolarización, crecimiento de la clase obrera o expansión del consumo. Pero el marxismo no identifica mecánicamente aumento de producción con progreso histórico. La categoría de fuerzas productivas no puede separarse de las relaciones sociales en cuyo interior se desarrollan. Precisamente el núcleo de la crítica marxista al capitalismo consiste en mostrar que llega un punto en que las relaciones de producción capitalistas, lejos de impulsar armónicamente el desarrollo humano, entran en contradicción con las propias capacidades productivas que han generado.

Esta es la cuestión que Astarita elude. El capitalismo contemporáneo puede desarrollar inteligencia artificial y, al mismo tiempo, convertirla en desempleo, vigilancia, control laboral y concentración monopólica. Puede elevar la productividad agrícola y, al mismo tiempo, mantener a millones bajo el hambre. Puede multiplicar la capacidad técnica de la medicina y, al mismo tiempo, subordinar la salud a la rentabilidad privada. Puede expandir la ciencia y convertirla en industria militar, guerra imperialista, devastación ambiental y disciplinamiento social. Puede producir abundancia material y organizarla bajo la forma de miseria relativa, precarización, endeudamiento y exclusión. Ese es el punto: el desarrollo capitalista de las fuerzas productivas se transforma crecientemente en desarrollo de fuerzas destructivas.

Por eso la discusión no es entre quienes reconocen datos y quienes los niegan. La verdadera discusión es entre un método marxista, que analiza esos datos dentro de una totalidad social contradictoria, y un empirismo evolucionista, que los toma como prueba inmediata de la vitalidad histórica del capitalismo. Astarita cree refutarme demostrando que el capitalismo todavía crece. Pero yo no discuto simplemente si el capitalismo crece. Discuto qué significa históricamente ese crecimiento cuando adopta la forma de guerra, genocidio, precarización global, financiarización parasitaria, destrucción ecológica, militarización y descomposición social. Allí Astarita responde con estadísticas a una crítica que es histórica, política y estratégica.

La contradicción fundamental no es entre capitalismo y estancamiento absoluto. La contradicción es entre fuerzas productivas y relaciones de producción. Bajo el capitalismo imperialista, las capacidades materiales de la humanidad chocan cada vez más violentamente con la propiedad privada, la ganancia, la competencia mundial, el Estado burgués y la dominación imperialista. La humanidad posee medios técnicos para reducir radicalmente la jornada laboral, eliminar el hambre, planificar racionalmente la producción, reorganizar el uso de la energía y garantizar condiciones dignas de existencia. Pero esas posibilidades son bloqueadas, deformadas o convertidas en su contrario por las relaciones sociales capitalistas. Esa es la forma contemporánea de la decadencia: no ausencia de movimiento, sino movimiento contradictorio, parasitario y destructivo.

Astarita intenta apoyarse en Trotsky para sostener que el desarrollo de las fuerzas productivas puede medirse mediante producción, técnica, productividad, electricidad, acero, cemento o crecimiento industrial. Pero Trotsky jamás redujo el problema a una tabla de indicadores. Cuando analizaba la URSS, examinaba esos datos en relación con la forma de propiedad, la planificación, la burocracia, la presión imperialista y la lucha política por el destino del Estado obrero degenerado. No separaba las cifras de las relaciones sociales. Astarita, en cambio, toma indicadores capitalistas y los presenta como prueba de desarrollo histórico progresivo, sin detenerse en la forma social concreta que les da contenido. Ese es el corazón de su error metodológico.

La pregunta marxista no es si hay más técnica, sino para qué clase, bajo qué relaciones sociales, al servicio de qué fines históricos y con qué consecuencias para la humanidad. Si la automatización sirve para expulsar trabajadores, intensificar ritmos laborales y aumentar la tasa de explotación, no puede ser celebrada abstractamente como progreso. Si la ciencia sirve para perfeccionar drones, sistemas de vigilancia, industria bélica y destrucción ecológica, no puede ser analizada como simple desarrollo neutral de capacidades humanas. Si la productividad crece junto con la precarización, la guerra y la barbarie, entonces el dato cuantitativo debe ser subordinado al análisis de la contradicción social que lo produce.

De este modo, la polémica con Astarita permite mostrar algo más profundo que una diferencia sobre estadísticas. Su método borra la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción, precisamente allí donde el marxismo debe colocarla en el centro. Al hacerlo, termina presentando el desarrollo capitalista contemporáneo como una continuidad progresiva, cuando en realidad ese desarrollo expresa la imposibilidad histórica del capitalismo de organizar racionalmente las capacidades que él mismo ha generado. No hay aquí tesis de estancamiento absoluto. Hay, por el contrario, una tesis mucho más precisa: el capitalismo desarrolla fuerzas productivas bajo una forma social que las vuelve crecientemente incompatibles con el desarrollo humano universal.

En este preciso contexto el profesor Astarita aparece en este debate no como un simple crítico externo del FIT-U, sino como la expresión teórica de una corriente de nuevo tipo: una intelectualidad marxista formada bajo el peso de las derrotas históricas del proletariado y bajo la hegemonía ideológica posterior a la restauración capitalista, la ofensiva neoliberal y la descomposición de las grandes perspectivas revolucionarias del siglo XX. Su crítica al trotskismo, al Programa de Transición, a la teoría de la decadencia capitalista y al supuesto “catastrofismo” de la izquierda no nace en el vacío. Debe ser comprendida como una elaboración pasiva de la derrota: un marxismo vulgarizado que conserva categorías, citas y referencias doctrinarias, pero que ha perdido la confianza histórica en la revolución como necesidad objetiva de la época.

Astarita se emparenta de esta forma con el reformismo desde la vieja escuela de Bernstein, aunque la semejanza no debe ocultar la diferencia decisiva. Bernstein fue el revisionista de una época de ascenso. Integraba el movimiento obrero alemán, se formó en el interior de la socialdemocracia europea, vivió el crecimiento de los sindicatos, la expansión parlamentaria del SPD, la legalización progresiva de la organización obrera y el desarrollo industrial alemán. Su capitulación teórica ante el capitalismo expresaba la presión de una fuerza real: el avance de un movimiento obrero que, precisamente por crecer dentro del marco del Estado imperial alemán, comenzaba a producir su propia burocracia sindical, parlamentaria y partidaria. Bernstein revisaba a Marx desde dentro de un movimiento de masas en ascenso.

Astarita, en cambio, llega a conclusiones análogas desde el extremo opuesto de la historia. No es el intelectual orgánico de una clase obrera que avanza y cuyos aparatos se integran gradualmente al Estado. Es el intelectual de una izquierda golpeada, fragmentada, escéptica, desprovista de confianza estratégica y habituada a leer toda posibilidad revolucionaria bajo el signo de la ilusión, el voluntarismo o el peligro. Mientras Bernstein cedía ante los aparentes éxitos del capitalismo europeo y ante la integración ascendente de la socialdemocracia, Astarita cede ante las derrotas obreras, las restauraciones capitalistas, las guerras, las invasiones, los genocidios, el retroceso sindical, la fragmentación política y la prolongada ofensiva neoliberal. El primero revisaba el marxismo desde la ilusión del progreso burgués; el segundo lo revisa desde el trauma de la derrota y la humillación.

Esta diferencia histórica es decisiva. La crítica de Astarita al Programa de Transición debe situarse en el clima que siguió al menemato, a la década del Consenso de Washington, a la disolución de la URSS, a la restauración capitalista en Europa del Este y a la ofensiva mundial contra las conquistas obreras. La década de 1990 no fue simplemente una década de reformas económicas: fue una década de derrota ideológica a nivel mundial y también en la Argentina. Privatizaciones, flexibilización laboral, destrucción de industrias, endeudamiento, desocupación masiva, subordinación al capital financiero y proclamación del “fin de la historia” actuaron como una verdadera escuela histórica de desmoralización. En ese período, amplios sectores de la intelectualidad marxista dejaron de pensar la revolución como horizonte práctico y comenzaron a pensarla como problema casi arqueológico: una hipótesis del pasado, una nostalgia doctrinaria, una exageración propagandística o una fórmula incapaz de atravesar la prueba de la realidad.

Astarita es, en ese sentido, un producto pasivo de ese proceso. Su pensamiento no expresa la superación crítica de las derrotas, sino su interiorización teórica. Allí donde la tradición revolucionaria habría debido preguntarse cómo reconstruir organismos de combate, cómo recomponer independencia de clase, cómo unir las luchas parciales con una estrategia de poder y cómo actualizar las consignas transicionales frente al capitalismo neoliberal, Astarita extrae otra conclusión: las masas están atrapadas en ilusiones reformistas, el capitalismo conserva una capacidad persistente de adaptación, la democracia burguesa mantiene una estabilidad relativa, las crisis tienden más a recomposiciones capitalistas que a situaciones revolucionarias, y la política marxista debe desconfiar de toda expectativa de ruptura. No se trata de “realismo”. Se trata de una racionalización teórica de la derrota.

Por eso su pomposa crítica al Programa de Transición no es una observación metodológica menor. Cuando Astarita cuestiona el supuesto automatismo que uniría crisis económica y conciencia revolucionaria, toca un problema real: ninguna crisis produce por sí sola una salida socialista. Pero en lugar de recuperar el sentido vivo del Programa de Transición —la construcción de un puente entre las reivindicaciones inmediatas, la experiencia práctica de las masas y la lucha por el poder— termina vaciándolo desde el otro extremo. Dominado por el sentido común, sustituye el automatismo revolucionario que critica por un automatismo escéptico: las masas, por regla general, no rompen; las crisis, por regla general, se recomponen; la democracia burguesa, por regla general, absorbe; el capitalismo, por regla general, se adapta. La revolución queda así desplazada hacia un futuro indeterminado.

Esta operación aparece de modo transparente en su artículo de 2019, “De nuevo, ¿partido marxista o ‘de combate’?”, donde Astarita sostiene que, mientras un partido marxista no tenga influencia de masas, su actividad central debe ser explicar posiciones, programa y estrategia, junto con participar en luchas cotidianas. El problema no está en defender la formación teórica ni la propaganda marxista. El problema está en que esa formulación, separada de una estrategia de construcción de organismos de lucha y de intervención política ofensiva, tiende a convertir al partido en un estéril círculo doctrinario. El partido deja de ser una organización para preparar combates de clase y se transforma en una instancia de clarificación ideológica permanente.

De allí la convergencia paradójica con el FIT-U contemporáneo. Astarita polemiza contra el trotskismo argentino, critica sus exageraciones, denuncia su “catastrofismo” y desconfía de sus formulaciones sobre la toma del poder. Pero la práctica real del FIT-U, especialmente bajo la gravitación del PTS, ha tendido también a vaciar el Programa de Transición por una vía distinta: no mediante su crítica teórica, sino mediante su reducción electoral. Las consignas transicionales sobreviven en el lenguaje, pero la centralidad efectiva se desplaza hacia campañas, figuras públicas, bancas parlamentarias, actos mediáticos, instalación de candidaturas y acumulación institucional. La semana pasada Izquierda Diario, al responder a las repercusiones de la carta abierta, reconoció que la polémica se ordenaba precisamente alrededor de las respuestas de Astarita y Sartelli al debate sobre las posibilidades electorales del FIT-U y el lugar de Bregman.

La razón de esta convergencia es que ambos polos reducen la cuestión del poder. Astarita la reduce por escepticismo teórico: considera imprudente, abstracto o peligroso presentar una coyuntura electoral favorable como posibilidad de transición ofensiva hacia el poder. El FIT-U la reduce por adaptación práctica: transforma la cuestión del poder en crecimiento electoral, visibilidad pública y ampliación de influencia parlamentaria. Uno desconfía de la actualidad de la revolución; el otro la proclama, pero organiza su actividad cotidiana como si el eje decisivo fuera la acumulación dentro del régimen. La distancia verbal es grande pero la convergencia estratégica es enorme.

Donde esta convergencia puede observarse con mayor nitidez es en la relación con la valoración de la democracia burguesa. Astarita insiste en los peligros del estatismo, del jacobinismo, de las ilusiones de toma del poder “desde arriba” y de toda política que no parta de una democracia obrera real previamente constituida. Esa preocupación, abstractamente formulada, puede parecer una defensa de la autoactividad de la clase. Pero en la práctica conduce a posponer indefinidamente el problema del poder hasta que existan condiciones ideales. El FIT-U, por su parte, declara la necesidad de un gobierno de trabajadores, pero organiza crecientemente su intervención alrededor de los ritmos institucionales del régimen: campañas electorales, rotación parlamentaria, candidaturas, posicionamiento mediático y disputa de imagen pública. Así, la democracia burguesa deja de ser un terreno táctico de intervención para convertirse en el molde efectivo de la política.

Este razonamiento conduce a la sustitución de los organismos de base por dispositivos electorales. En su reciente llamado de mayo, el PTS impulsó actos y llamados a formar comités para construir un movimiento por un “partido de la nueva clase trabajadora”, con Myriam Bregman y Alejandro Vilca como figuras centrales. La Izquierda Diario presentó el acto de Jujuy como una convocatoria a poner en pie comités en todo el país hacia ese movimiento; este nuevo Manifiesto del PTS, ordenó su propuesta alrededor de la pregunta por una alternativa de poder, la recuperación de sindicatos y centros de estudiantes y la construcción de una nueva fuerza política. El punto no es negar la importancia de comités, manifiestos o agrupamientos políticos. El problema es si esos comités son concebidos como órganos de base para intervenir en huelgas, coordinar luchas, enfrentar despidos, organizar la resistencia territorial y preparar choques de clase, o si funcionan principalmente como soporte de una campaña política-electoral articulada alrededor de una figura.

La reducción del horizonte de poder, la revalorización de la democracia y la sustitución de los órganos de poder, de conjunto conducen al nervio de la concepción reformista presente en Astarita y en el FIT-U: la administración de la debilidad. Astarita convierte las dificultades actuales de la conciencia obrera en fundamento de una política defensiva y explicativa. El FIT-U, a su modo, convierte esas mismas dificultades en fundamento de una política de acumulación gradual dentro de la institucionalidad. En ambos casos, la debilidad real de la clase trabajadora no es tomada como punto de partida para una política de recomposición combativa, sino como límite que ordena la estrategia. El resultado es una izquierda que observa, explica, denuncia, disputa bancas, produce materiales y convoca actos, pero que no logra transformar los momentos políticos en salto organizativo de la lucha de clases.

Todo este “esfuerzo” teórico conduce a la degradación del “puente” transicional. En Trotsky, el Programa de Transición no era una colección de consignas ingeniosas ni un repertorio propagandístico para períodos electorales. Era un método para llevar a las masas desde su experiencia inmediata hacia la confrontación con el capital y el Estado. El puente debía unir salario, jornada, control obrero, apertura de libros contables, comités de fábrica, autodefensa, soviets, gobierno obrero y conquista del poder. Cuando ese puente se convierte en pedagogía abstracta —como en Astarita— o en consigna subordinada a la acumulación parlamentaria —como en el FIT-U— deja de ser puente. Se transforma en ornamento doctrinario.

Aquí aparece el núcleo del problema: Astarita y el FIT-U se enfrentan, pero también se necesitan como síntomas de una misma época. Astarita acusa al trotskismo de sostener ilusiones revolucionarias abstractas; el FIT-U responde reivindicando formalmente la tradición revolucionaria. Pero mientras esa reivindicación no se traduzca en una orientación efectiva hacia la organización independiente de la clase trabajadora, la coordinación de luchas, la ruptura con las burocracias sindicales, la preparación de organismos de poder y la subordinación de toda táctica electoral a ese objetivo, la crítica de Astarita encuentra un terreno fértil. La mejor refutación de Astarita no puede ser una cita de Trotsky. Debe ser una práctica revolucionaria que demuestre que el Programa de Transición no es una liturgia, sino un método vivo de intervención.

Por eso la discusión no puede quedar encerrada en la pregunta de si Myriam Bregman debe o no ser candidata, si el FIT-U puede crecer electoralmente o si tal o cual consigna está bien formulada. Nadie seriamente puede creer semejante barbaridad. La cuestión decisiva es otra: cómo transformar una coyuntura de crisis del régimen en organización independiente de la clase trabajadora. Si la visibilidad electoral no fortalece comités de base, cuerpos de delegados, coordinadoras, frentes de lucha, asambleas territoriales, organización sindical antiburocrática y preparación política contra el Estado, entonces la elección se convierte en un fin en sí mismo. Y cuando la elección se convierte en fin, la izquierda ingresa en el terreno donde la democracia burguesa es más fuerte: el terreno de la representación, la imagen, la encuesta y la administración de expectativas.

La negación de la revolución como necesidad histórica aparece entonces como conclusión final de todo el recorrido astaritiano. Astarita no niega necesariamente la revolución como palabra, ni como posibilidad abstracta, ni como referencia doctrinaria. La niega en el lugar decisivo: como actualidad histórica derivada de las contradicciones del capitalismo imperialista. Si el capitalismo continúa desarrollando progresivamente las fuerzas productivas; si las crisis son fundamentalmente mecanismos de recomposición; si las masas permanecen atrapadas en ilusiones reformistas duraderas; si la democracia burguesa conserva capacidad de absorción; si la construcción partidaria debe limitarse durante largos períodos a la explicación programática; entonces la revolución deja de ser necesidad de época y pasa a ser una eventualidad remota, casi exterior a la política presente.

Pero la realidad mundial desmiente esa serenidad evolucionista. Vivimos una época de guerras, genocidios, destrucción ambiental, financiarización parasitaria, precarización laboral, crisis migratorias, militarización, concentración obscena de riqueza y degradación de las formas liberales de dominación. El capitalismo contemporáneo no ha dejado de producir tecnología, ciencia o productividad; al contrario, las produce en escala gigantesca. Pero las produce bajo relaciones sociales que las convierten en desempleo, vigilancia, guerra, devastación ambiental y barbarie. La pregunta marxista no es si existe innovación técnica. La pregunta es si esa innovación sirve al desarrollo humano universal o si queda subordinada a la valorización del capital. En ese punto se decide la diferencia entre progreso histórico y desarrollo destructivo.

La importancia de esta polémica excede ampliamente a Astarita, al FIT-U o a la coyuntura argentina. Las concepciones reformistas aquí analizadas están vivas en todo el mundo. Adoptan formas diversas: doctrinarismo escéptico, electoralismo radicalizado, parlamentarismo de izquierda, culto a la democracia burguesa, adaptación sindical, pacifismo impotente, ciudadanismo progresista o marxismo académico desarmado. Pero en todas ellas late un mismo contenido de clase: la renuncia, explícita o encubierta, a preparar la acción independiente de la clase trabajadora contra el régimen capitalista y sus instituciones.

Por eso, ante cualquier planteamiento político, no basta examinar sus citas, sus fórmulas programáticas o su retórica revolucionaria. Lo fundamental es preguntar qué perspectiva de acción propone. ¿Conduce a organizar la lucha de clases o a contemplarla? ¿Prepara organismos de base o campañas electorales permanentes? ¿Fortalece la independencia política de los trabajadores o los subordina a los ritmos de la institucionalidad? ¿Plantea una estrategia de poder o una acumulación indefinida de propaganda, votos y posiciones parlamentarias? Allí se revela el contenido real de toda orientación.

Desde este punto de vista, lo que plantea Astarita es la parálisis frente al electoralismo. Su crítica al FIT-U parece radical, pero no abre una vía revolucionaria superadora. Denuncia las ilusiones electorales, pero no propone una estrategia práctica para transformar la crisis en organización obrera independiente, organismos de combate y lucha por el poder. Frente al electoralismo ofrece escepticismo; frente a la adaptación parlamentaria, explicación doctrinaria; frente a la necesidad de una política revolucionaria, prudencia académica. Así, su crítica no rompe el círculo de la impotencia, sino que lo reproduce desde otro ángulo.

La salida no consiste en elegir entre el electoralismo del FIT-U y la parálisis astaritiana. Tampoco en rechazar abstractamente la intervención electoral. Se trata de redefinirla por completo. Las elecciones pueden ser utilizadas como tribuna, como punto de reunión, como instrumento de denuncia y como momento de politización, pero solo adquieren un sentido revolucionario si están subordinadas a la construcción de organizaciones de base, coordinadoras de lucha, cuerpos de delegados, asambleas territoriales, agrupamientos sindicales antiburocráticos y formas de poder obrero capaces de enfrentar al Estado capitalista. Aquí radica la importancia de la carta «La izquierda argentina ante un gran desafío», porque ha logrado introducir una cuña en la circularidad del razonamiento reformista planteando la necesidad de algo tan elemental como la transformación del FIT-U de un simple referente electoral a un frente de clase.

El problema estratégico de nuestra época no es si el capitalismo todavía produce, innova o crece. La cuestión central sigue siendo la crisis de dirección del proletariado, la ausencia de una dirección política unificada de la case trabajadora que proyecte la lucha de los explotados hacia el poder, bajo una premisa insurreccional y proclamando abiertamente la destrucción del Estado burgués, la socialización de los grandes medios de producción y la apertura de un proceso revolucionario, sustentado en un gobierno obrero asentado en órganos asamblearios de poder. Tal cuestión supone aprovechar el descrédito de la democracia burguesa y orientarla hacia la superación de las ilusiones democráticas en toda forma institucional burguesa y en su Constitución.

Ahí reside la diferencia decisiva entre el marxismo revolucionario y el marxismo de la derrota. El primero parte de las contradicciones reales del capitalismo para preparar la acción histórica de la clase trabajadora. El segundo convierte las dificultades de esa acción en argumento para postergarla. Astarita cree refutar el “catastrofismo” demostrando que el capitalismo todavía se mueve. Pero el marxismo no discute si el capitalismo se mueve; discute hacia dónde conduce ese movimiento y qué clase social debe intervenir para ponerle fin. En una época de guerras, genocidios, devastación ambiental, precarización y crisis de las formas liberales de dominación, la revolución no es una nostalgia doctrinaria. Es la forma consciente que debe asumir la contradicción entre las fuerzas productivas creadas por la humanidad y las relaciones capitalistas que las encadenan, deforman y destruyen.