Argentina: la izquierda en la crisis

por Ariel Petrucelli

Retardada por la pandemia, la crisis económica que se venía gestando en la Argentina se desató en los últimos meses del gobierno de Fernández y se aceleró durante las primeras semanas del gobierno de Milei. Y a la crisis económica se añade ahora una profunda crisis política. Sucede que el bisoño presidente exhibe una explosiva mezcla de ideología liberal en exceso y torpeza política. Inició su mandato con un torpe Decreto de Necesidad y Urgencia que desató una andanada de amparos judiciales que lo dejaron en el limbo antes incluso de que lo discutieran los legisladores. Luego envió al Congreso una Ley Ómnibus que debió retirar en menos de lo que canta un gallo. Aunque el ejecutivo consiguió que los legisladores le aprobaran la ley en general (en realidad una ley significativamente recortada a la que se le suprimió, por ejemplo, el fundamental capítulo fiscal) el debate de los artículos en particular no resistió ni una sesión. La Ley fue retirada, regresando a su debate en comisiones.

Todo volvió a foja cero. Este curso político debe algo a las dificultades en la rosca política de un presidente carente de toda pericia y propenso a la incontinencia verbal. Pero también debe bastante a la potente resistencia popular que se ha manifestado más rápida y contundentemente de lo que esperaban quienes veían en Milei un fascista o en su gobierno un regreso al 24 de marzo de 1976. El 20 de diciembre las organizaciones de izquierda desafiaron el protocolo anti piquetes y dieron inicio a la resistencia callejera al nuevo gobierno ultra liberal. Esa misma noche, tras el anuncio del DNU, masivos y espontáneos cacerolazos se hicieron sentir en Buenos Aires. Un mes después, el 24 de enero, la CGT realizó un paro que fue acompañado por movilizaciones masivas en todo el país. La discusión parlamentaria de la ley Ómnibus se dio en el marco de protesta y represión.  Entre tanto, Milei experimenta una rápida caída en los índices de apoyo, la inflación continúa descontrolada y la economía parece encaminarse por una senda recesiva. Para colmo de males, la ola de calor de los últimos días amenaza a la esperada “cosecha record”, uno de las pocas variables que podrían dar algún respiro al gobierno.

Todo esto ocurre en una coyuntura con ribetes inéditos. Co-gobernando junto a Milei, si el gobierno se hunde, el PRO se hundirá con él. Golpeado por la reciente derrota electoral y arrastrando las culpas por un gobierno desastroso, el peronismo en general y el kirchnerismo en particular no están en buenas condiciones para postularse como alternativa creíble y confiable si todo se fuera al demonio. Porque seamos claros: un estallido social es un escenario altamente probable. Y nada es menos seguro que este arco político pueda actuar como lo hizo  tras el estallido de 2001: como la nueva fuerza que ordena un sistema social y económico cuyas bases no se tocan más que cosméticamente.

A diferencia de 2001, la izquierda posee un peso político mayor, sobre todo en términos parlamentarios. También se ha colocado temporal y cualitativamente a la cabeza de la resistencia popular. Nada está dicho, pero por primera vez en décadas una fuerza de izquierda puede disputar con el peronismo la conducción de un movimiento de resistencia de masas. Políticamente minoritaria la izquierda argentina se halla, con todo, en una situación mejor que en 1989 y en 2001: las dos grandes crisis argentinas de los últimos lustros.

Sin embargo, no se puede ignorar el retroceso registrado en las últimas décadas en las tasas de sindicalización y en la virtual ausencia de organizaciones sindicales combativas. La clase trabajadora continúa fundamentalmente desorganizada y carente de un proyecto social, económico y político autónomo. El ideario socialista continúa en el ostracismo en tanto que la vida se ha tornado cada vez más individualista y ensimismada con el auge del capitalismo digital. Las bases sociales de una alternativa revolucionaria socialista, pues, son escuálidas. Sin embargo, la necesidad de una alternativa es imperiosa: sin romper con el capitalismo las desigualdades no mermarán, las mayorías se empobrecerán en términos relativos e incluso absolutos y será casi imposible hallar algún remedio a la crisis ecológica. Las políticas basadas en poner algún taparrabo a los vendavales desatados por el “desarrollo” capitalista, intentar compensar la precarización de la vida y del empleo, el aumento de la desigualdad económica y el acrecentado poder de la clase capitalista con algunas leyes en materia de género o etnicidad no hacen más que agigantar las desigualdades sociales en términos de clase y establecer grietas políticas allí donde menos peligrosas resultan para quienes verdaderamente detentan el poder y la riqueza. Una alternativa socialista y revolucionaria es indispensable, como condición para no sumirnos colectivamente en una desigualdad aumentada, una pobreza material e intelectual acrecentada y una alienación social desembozada y recrudecida con las lógicas del capitalismo digital. ¿Pero cómo sería posible una alternativa?

Acostumbrados a décadas de resistencia (en el mejor de los casos) o de pragmatismo posibilista (que ha desembocado en una situación tremendamente desmejorada para la clase trabajadora), pensar en una alternativa verdaderamente revolucionaria sigue pareciendo un intento cuasi marciano. Pero si queremos que las cosas no vayan a peor, habrá que convencerse: no hay solución sin revolución. 

El desafío es cómo romper la jaula de goma del “extremo centro”. Desde hace varias décadas todas las alternativas políticas (al menos en occidente, aunque no sólo en él) se han movido dentro de los parámetros del capitalismo liberal a diferencia de lo que ocurriera en la mayor parte del siglo XX en las que el fascismo supuso una alternativa capitalista no liberal y el “socialismo real” una opción no liberal y no capitalista. Hoy en día todo es capitalismo liberal. Incluso las formas keynesianas de capitalismo han sido virtualmente desmanteladas y lo que quedan son modelos más o menos agudos de un capitalismo neoliberal en lo económico que opera en los marcos de una democracia liberal más o menos genuina. Lo que hay que romper es precisamente ese estrecho marco mental que sólo es capaz de pensar opciones sin cuestionar la existencia a perpetuidad del capitalismo y a la democracia liberal como el non plus ultra. Debemos atrevernos a desmentir a Fukuyama (quien postuló que no había una alternativa que fuera a la vez distinta y mejor que el capitalismo liberal) pero tenemos que desmentirlo en la práctica, que es la única  manera real de demostrar la falacia de su tesis.

En los últimos años, tras la nebulosa etiqueta de populismo, han surgido alternativas que se presentan a sí mismas -y son vistas por sus contrincantes- como radicales. Se trata ante todo de fuerzas de ultra derecha (Trump, Bolsonaro, Orban, etc.) aunque  también ha habido, con menos éxito, populismos de “izquierda” (Podemos en España, por ejemplo, o el chavismo en Venezuela). El carácter radical de estos movimientos, sin embargo, es cuanto menos dudoso. Retórica aparte, ninguno de ellos es portador de ninguna alternativa económica al capitalismo y todos se han movido en los marcos de una democracia liberal. Incluso los que menos han respetado los parámetros constitucionales lo han hecho de facto, esto es, violando en los hechos aquello que respetan en principio. Ninguno de los movimientos supuestamente radicales que llegaron al poder en los últimos tiempos esgrime una alternativa a la democracia liberal equiparable a las existentes en el siglo XX: el estado corporativo fascista o el sistema soviético. Sólo teniendo este parámetro histórico se puede apreciar lo mucho que se han angostado las alternativas sociopolíticas en las últimas décadas y es  precisamente por ello que resulta imperioso ampliar el horizonte de expectativas.

El supuesto radicalismo de Milei es un radicalismo dentro de los parámetros del extremo centro. En términos económicos lo suyo es un ultra neo liberalismo que, en términos prácticos, no difiere del neo liberalismo realmente existente en Chile, el cual ha sido y es perfectamente administrado por fuerzas de la llamada “izquierda progresista” y, en la actualidad, por un gobierno woke de manual: el de Gabriel Boric. Tampoco presenta Milei ninguna alternativa a la democracia capitalista. Si bien es cierto que puede verse tentado a violar marcos constitucionales, violarlos no es lo mismo que tener una alternativa estructural y, de momento, el andamiaje jurídico está siendo un corset para el gobierno. Fujimori en el pasado o Víctor Orban en el presente pueden ser ejemplos de gobiernos formalmente democráticos que llevan las instituciones democráticas a su límite paródico: a ser poco más que una apariencia. Pero las condiciones sociales que hicieron posible esos fenómenos no se dan en la Argentina. El contexto de la guerra contra Sendero Luminoso hizo posible a Fujimori, le dio una cobertura de legitimidad. Pero por mucho que Bullrich agite el fantasma de la RAM, despotrique contra los piqueteros o se afane en protocolos anti piquetes que son violados en las calles e impugnados en los estrados judiciales, las bases para una intentona fujimorista por parte de Milei no son claras. Puede que la denostada “casta” política le permita cumplir su mandato y retirarse a cuarteles de invierno tras una derrota electoral. Pero si la crisis se acelera como hasta ahora, el destino de Milei podría ser el de Fujimori o el de de la Rua. Y lo último parece más probable que lo primero. No se puede descartar la posibilidad de que tras un mal comienzo logre encarrilar el barco y devenir un nuevo Menem, pero parece muy poco probable: no tiene la astucia del riojano; parlamentariamente es más débil; ya no existen las joyas de la abuela cuya privatización proporcionó oxígeno monetario y en buena medida hizo posible la “convertibilidad”; la hiperinflación no estalló con el gobierno anterior (como había estallado con Alfonsín) y se presenta, más bien, como una amenaza para su gobierno. 

A decir verdad es la izquierda en su sentido tradicional, la izquierda clasista y socialista, la única fuerza portadora en el presente de una alternativa diferente al capitalismo liberal. El progresismo woke es la variante de “izquierdas” del neoliberalismo hoy hegemónico. Carece de perspectiva anti-capitalista en lo económico, no se propone un sistema político distinto al de la democracia liberal y ni siquiera es capaz de reponer a plenitud las políticas keynesianas o los amplios servicios sociales del “Estado benefactor” de antaño. Sintomático de esto es el hecho de que los gobiernos progresistas aquí, allá y acullá no han revertido las tendencias a la privatización de los sistemas de educación y de salud que continúa a todo vapor de manera directa e indirecta como tendencia mundial. La marea del capital mundializado es mucho más fuerte que cualquier gobierno progre.

Aunque la prioridad hoy en día es la lucha contra las políticas de ajuste, adopten la forma que adopten, el problema de fondo es el de siempre: ¿cuál es la alternativa? ¿Volveremos a repetir el funesto y decadente vaivén: peronismo/anti peronismo, neoliberalismo conservador/neoliberalismo progresista? Para salir de esta encerrona es indispensable la izquierda. La de verdad. La izquierda clasista y socialista, por muy anticuada que a muchos les parezca. Y habría que tener en cuenta que los contextos de crisis y de malestar social provocan no sólo fenómenos políticos acelerados, sino en muchos casos sorpresivos. Milei es un claro ejemplo de esto: un ascenso rutilante basado en presentar como gran novedad al liberalismo, que es más viejo que el ajo. Sin embargo la izquierda, que a diferencia de Milei sí representa una alternativa al actual sistema y a la “casta”, no puede confiar en apoyos tan superficiales e insustanciales como los que le otorgaron la victoria al actual presidente. Pero hay que tomar nota: el escenario está preparado para grandes virajes políticos.

Para romper el vaivén diabólico entre neoliberalismo entusiasta y vergonzante, entre neoliberales conservadores y neoliberales progresistas, es imprescindible tener una alternativa socialista creíble. La gente explotada, oprimida y vilipendiada tiene que abandonar el ancla de plomo de hacer lo posible dentro del sistema. Eso sólo nos lleva a estar cada vez peor. Materialmente peor y moralmente desanimados. ¿Qué modelo, qué proyecto, qué estrategia podría esgrimir la izquierda revolucionaria para romper el círculo vicioso, para ser una alternativa real ante las masas? Más allá de algunas consignas genéricas que forman parte de un bagaje histórico (nacionalización de la banca y el comercio exterior, Asamblea Constituyente, etc.) hay poca claridad y menos aún discusiones sólidas sobre qué hacer y cómo hacerlo. Pero será indispensable bucear en estas aguas porque es imperioso intelectual y políticamente asumir estos desafíos. 

Por lo pronto, la izquierda argentina -tanto la mayoritaria agrupada en el FITU como la que se halla en su extrarradio- debería hacer todos los esfuerzos posibles para pasar de un frente electoral a formas más sustanciales de unidad. El horizonte de un partido unificado con tendencias internas debe ser vindicado.

Propuestas transicionales que permitan la unidad de acción con sectores no específicamente socialistas o revolucionarios deben ser evaluadas y postuladas. Por ejemplo la desmercantilización de la salud y la educación o la abolición de la publicidad y el lucro de los medios masivos de comunicación. Habrá que volver a emplear sin tapujos las palabras malditas: revolución, expropiación, insurrección. Habrá que poner en la arena pública la necesidad de expropiar al gran capital y pensar formas viables de hacerlo. Habrá que buscar alternativas de poder, asumiendo sin regocijo pero sin autoengaños que muchas de ellas se hallan gastadas y desgastadas: la convocatoria a una Asamblea Constituyente, por ejemplo, aunque correcta en principio se enfrentará con el lastre de los recientes y decepcionantes procesos constitucionales, tan decepcionantes, de los últimos tiempos en América Latina. El patético caso chileno puede hacer de la asamblea constituyente una consigna impopular. ¿Pero qué alternativa hay?

Aunque en el objetivo de poner fin al capitalismo puede haber consenso dentro de la izquierda revolucionaria, las formas, los ritmos y las vías para hacerlo presentan muchos interrogantes. ¿Qué combinación de planificación y mercado sería deseable y posible? ¿Qué equilibrio entre empresas estatales, empresas cooperativas, empresas privadas? ¿Cómo desmontar el modelo agro industrial sojero y el complejo extractivista minero? ¿Cómo combinar las necesidades productivas y de consumo con la responsabilidad ecológica?

Asumiendo que el socialismo es posible, a largo plazo, sólo a nivel internacional, el análisis detenido de la situación y las posibilidades en la arena de la geopolítica es fundamental. Aunque las chances de procesos revolucionarios son de momento muy escasas en todas partes un eventual gobierno revolucionario, aunque globalmente aislado, podría tener en la actualidad mayores posibilidades que hace veinte años, al menos para ganar tiempo: las presiones impuestas y las puertas cerradas por USA y por Europa podrían ser compensadas con el comercio con China, Rusia o la India.

Más complejo parece el interrogante por un orden socialista estable y viable. ¿El horizonte es una democracia soviética (genuina), una democracia liberal ampliada (por ejemplo con formas directas o deliberativas), otra alternativa? ¿Y cómo romper los marcos de la democracia burguesa realmente existente, esos que tanto complican hoy en día a Milei, pero que son la garantía de la propiedad privada y del capital que la izquierda consecuente debe desmantelar si pretende ser fiel a sí misma?

Aunque hoy en día la tarea inmediata es la resistencia al gobierno de Milei y la lucha en las calles contra su política, los problemas planteados en los párrafos precedentes son los verdaderos problemas que debemos afrontar. Al menos si queremos tener, en un futuro no demasiado lejano, un horizonte político y social verdaderamente distinto que abra genuinas posibilidades ante el capitalismo del desastre y sus crecientes turbulencias. 

Revolución, socialismo.

Socialismo, revolución. 

Hay que convencerse.

(Publicado conjuntamente con las revistas Kalewche e Ideas de Izquierdas)

Ir al contenido