por Alejandro Valenzuela Torres
La reciente reunión entre el magnate reaccionario Donald Trump y el presidente ruso Vladimir Putin vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de una delimitación de clase frente a los bloques imperialistas. ¿Qué significa esta cita para una izquierda que aún ve en los BRICS una alternativa al orden mundial capitalista liderado por EE.UU.?
La reunión entre Donald Trump y Vladimir Putin, lejos de ser un hecho aislado, expresa la crisis de la hegemonía imperialista estadounidense y los intentos de reorganización del sistema mundial por parte de sus propias fracciones internas. Mientras tanto, sectores de la izquierda pro-BRICS continúan proyectando esperanzas “antiimperialistas” sobre una alianza encabezada por Rusia y China, que en los hechos ha colaborado activamente con el status quo mundial y no ha movido un dedo para impedir el genocidio en Palestina.
Desde una perspectiva marxista —la de Lenin, Trotsky y los bolcheviques— esta posición es profundamente errónea. No podemos tomar partido por ninguna burguesía nacional en su competencia por el dominio global. Como explicó Lenin en su lucha contra el socialchovinismo durante la Primera Guerra Mundial, todas las potencias imperialistas son reaccionarias, independientemente de quién dispare primero.
Putin y Trump: unidad en la reacción
Putin y Trump comparten algo más que una foto diplomática: representan proyectos reaccionarios, nacionalistas y antiobreros, ambos articulados con oligarquías profundamente insertas en el sistema capitalista mundial. Lejos de representar intereses populares, sus programas atacan derechos laborales, oprimen minorías y sostienen, en formas distintas, la dominación del capital financiero.
Mientras sectores de la izquierda «soberanista», chavistas venezolanos, peronistas argentinos y sus variantes criollas (PC-AP y satélites del extinto Foro de São Paulo)) celebran la “autonomía” de Putin frente a Washington, este se sienta con uno de los exponentes más virulentos del imperialismo estadounidense. Esto debería ser una advertencia para quienes insisten en leer la política internacional en clave de “geopolítica” y no de lucha de clases.
BRICS: entre la retórica antioccidental y la pasividad cómplice
En este marco, la política de los BRICS —y en especial de China— frente al genocidio en Gaza ha sido reveladora. Con todo el poder económico y diplomático que poseen, no han realizado ni una sola acción efectiva para frenar el baño de sangre perpetrado por el Estado de Israel, sostenido por EE.UU. y Europa.
Peor aún: han mantenido relaciones económicas, comerciales y hasta diplomáticas con Tel Aviv mientras condenan “en abstracto” la guerra. En términos políticos, esta es la peor expresión del oportunismo centrista: se oponen a la guerra «en palabras», pero no luchan contra ella en los hechos.
Como ya denunciara Lenin en la época de la Primera Guerra Mundial, este tipo de neutralidad pasiva es una traición a los intereses de la clase obrera mundial. Para los marxistas, “la lucha contra la guerra imperialista debe consistir, no en sustituir la guerra por la paz, sino en sustituir el capitalismo por el socialismo” (Lenin, El socialismo y la guerra).
Derrotismo revolucionario: una línea roja
La única política coherente frente a las guerras imperialistas es el derrotismo revolucionario: luchar por la derrota del propio gobierno burgués y por transformar la guerra en revolución socialista. Esto no implica un pacifismo abstracto, ni el apoyo a un bloque imperialista frente a otro, sino la independencia política intransigente del proletariado.
Desde esta perspectiva, la reunión de Putin y Trump, lejos de representar un “contrapeso” a Occidente y su globalismo, constituye una prueba más de que la lucha de los pueblos del mundo no puede confiar en ninguna burguesía nacional ni en ningún bloque interestatal. Ni la OTAN, ni los BRICS. Ni Biden ni Putin. Solo la organización internacional de la clase trabajadora puede poner fin a las guerras, al genocidio y al imperialismo.
Contra la política de bloques: por una Internacional Revolucionaria
Hoy, ante la masacre en Palestina, las guerras en África, el saqueo de América Latina y el conflicto en Ucrania, se impone una conclusión de hierro: la lucha contra la guerra es inseparable de la lucha por el poder obrero. A 100 años del Zimmerwald de Lenin, necesitamos una nueva izquierda que rompa definitivamente con el socialchovinismo, el campismo y la colaboración de clases.
