por Gustavo Burgos
No se puede saber cuál será el resultado de las elecciones de este fin de semana . De hecho el sistema electoral está precisamente diseñado para encubrir la dictadura del gran capital sobre el conjunto de la sociedad, haciéndolas indiscernibles y a veces irracionales.
Sin embargo, el desastroso papel desempeñado por el Gobierno de Boric, que se ha encargado de dinamitar los más elementales conceptos democráticos haciendo propia la política de la reacción , permite anticipar un crecimiento relativo de la extrema derecha.
Tal crecimiento relativo expresará polarización y hastío popular frente a las instituciones, planteando de fondo que la resolución de los antagonismos sociales seguirá en el terreno que planteara el levantamiento popular de octubre de 2019: el de la lucha de clases.
La participación electoral nunca ha sido una cuestión de principios. Ni los bolcheviques ni Recabarren rehusaron participar de las elecciones. Se trata de una cuestión táctica.
Lo que no es táctico es la política que se lleva a tal escenario. Se ha de participar en las elecciones para denunciar su carácter de clase y ayudar a los trabajadores a romper con sus ilusiones en la democracia burguesa representativa, no para fortalecerlas. Por eso los trabajadores no tienen representación en estas elecciones.
En Chile, como en pocos países en el mundo, los trabajadores han sido capaces de agotar toda forma de participación electoral y corroborado en la práctica la inviabilidad de hacer una revolución por los cauces constitucionales.
La vanguardia del proceso de la Unidad Popular transitó por estas categorías.
Demostración de este aserto lo representa la evolución del MIR en esta materia, que pasó de una concepción idealista expresada en la consigna “voto o fusil” a una política que lo llevaba a disputar la conducción del movimiento, como se expresa sintéticamente en estos breves y brillantes párrafos de Miguel Enríquez al fragor de las batallas de 1973.
