Sobre la urgente necesidad de un reagrupamiento revolucionario internacional

a-Una crisis económica “sin salida” que se arrastra hace 12 años

Una brecha creciente se abrió entre las grandes potencias imperialistas. Crece la disputa por el dominio del mercado mundial. Desde la asunción de Trump como presidente, EE-UU ha pasado decididamente a la ofensiva, poniendo en crisis todos los acuerdos y el consenso atlantista que se sostenía desde el fin de la segunda guerra mundial. 

El trasfondo de las operaciones políticas y militares que estamos viendo es la crisis económica mundial que se arrastra desde 2007/8. Esta crisis es general, mundial, y de una gravedad comparable a la gran depresión de los ’30 del siglo pasado. Si no ha habido una depresión general tan profunda como aquella ha sido por la enorme cantidad de millones de dólares y euros que las potencias imperialistas han utilizado para el rescate de bancos y empresas, para incentivos, subsidios y la política de bajos intereses para la banca, arrojando dinero al mercado para alentar una muy modesta recuperación de corto plazo (a la que contribuyó también las políticas de ajuste que implementaron y de rebaja de las condiciones de vida de la clase trabajadora y las masas populares), pero que enseguida se esfuma, dando como resultado la tendencia al estancamiento que ha cruzado estos últimos 8 años de la crisis. Pero esta situación es insostenible. La misma “medicina” ya no produce los efectos esperados, y las principales “cabezas” del imperialismo saben que, en algún momento, por algún lado “reventará” alguna de las burbujas existentes provocando una nueva depresión.

Un informe de la OCDE de fines de 2017 concluye que, si bien el crecimiento económico global sería más rápido en 2017 y 2018, ese fue el pico. Después de eso, el crecimiento económico mundial se debilitará y permanecerá muy por debajo del promedio anterior a la crisis de 2007/8. Es decir, según todo lo indica, el repunte en 2017-2018 fue cíclico y no se consolidará en un nuevo y sostenido «auge».

Pero aún más preocupante para el capitalismo mundial es la perspectiva de una nueva crisis económica. En un capítulo de “Perspectivas de la economía mundial”, los economistas de la OCDE plantean el problema de los elevados niveles de deuda (tanto del sector público como del privado) desde 2009: “A pesar de algún desapalancamiento en los últimos años, el endeudamiento de los hogares y las empresas no financieras se mantiene en niveles históricamente altos en muchos países, y sigue aumentando en algunos”.

Esto significa que la depresión es inevitable, porque el crecimiento desproporcionado de capital ficticio infla muchas burbujas que componen una gran burbuja, que tarde o temprano deberá reventar. La lucha por sobrevivir al estallido de la gran burbuja y a la consecuente depresión –primero- y por el dominio del mercado mundial –después-, es una lucha entre “capitales altamente concentrados”, cada uno de los cuales está sostenido por estados imperialistas o alianzas de estados, que apelarán a todos los medios para evitar caer. Y aunque digan que “nadie quiere la guerra”, el capitalismo en su fase imperialista, no sólo engendra crisis que les son inherentes, sino también las guerras entre potencias imperialistas que son inevitables. A su vez, las crisis y las guerras son “las madres” de las revoluciones, que para triunfar necesitan ser fecundadas y dirigidas por un partido marxista revolucionario, como el de Lenin y Trotsky.

b-Una tercera guerra mundial parece inevitable

A muchos podría parecerle una predicción descabellada, otros directamente la ignoran, rebosantes de incredulidad, mientras que la enorme mayoría de los trabajadores, ocupados en conseguir el sustento diario, ni siquiera tienen una opinión, ni siquiera se han dado cuenta de la catástrofe que nos amenaza en un período próximo.

¿Y por qué estamos tan seguros de que la situación mundial va hacia una nueva guerra?

Para explicar nuestra posición tenemos que remontarnos a la caracterización de la época imperialista.

A inicios del siglo XX se consolidó una nueva fase en la existencia de la sociedad capitalista, que los marxistas llamaron imperialista. En su conocido folleto “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, Lenin plantea que es una fase nueva del capitalismo, una fase de decadencia, de descomposición, que abrió una época de crisis, guerras y revoluciones.

Y efectivamente cuando Lenin escribía su folleto transcurría el segundo año de la primera guerra mundial, guerra de rapiña entre las potencias imperialistas por el reparto del mundo, guerra que estalló como consecuencia inmediata de la crisis general del año 1913.

La segunda gran crisis del siglo pasado fue la llamada Gran Depresión, la crisis del 29-30, que duró por lo menos hasta el año 1933-34, y tras una breve recuperación keynesiana, recayó en la crisis en el año 1937. A los dos años estallaba la segunda guerra mundial. De la crisis del 30 Trotsky dijo que se trataba de una “crisis sin salida”, es decir sin salida por los medios “normales” económicos, y que por lo tanto empujaba toda la situación internacional hacia la guerra. Tal es así que Trotsky escribió su primer documento programático sobre la guerra que se avecinaba (La guerra y la Cuarta Internacional) en el año 1934.

El resultado de la segunda guerra, que despejó el terreno para el dominio exclusivo del imperialismo norteamericano, abrió a su vez un período de crecimiento que duró alrededor de 20 años, conocido como “boom económico” de postguerra. En la Europa occidental, la reconstrucción de postguerra impulsada por el plan Marshall, permitió una serie de concesiones sociales, que constituyeron una situación conocida como “estado de bienestar”. El capitalismo imperialista europeo, en esa fase de crecimiento económico acelerado pudo dar esas concesiones reformistas, pero también estaba obligado a darlas, por la amenaza que significaba el hecho de que la mitad de Europa había sido transformada, por la presión de la URSS y la ocupación del ejército rojo, en estados obreros, aunque deformados, burocratizados desde su origen.

Pero la bonanza terminó con una crisis en el 70-71 y luego otra más profunda en 74-75. La salida del imperialismo a estas crisis fue profundizar la explotación de los países semicoloniales, y desregular el sistema financiero, dando lugar al inicio de lo que después se denominó periodísticamente como la “globalización”, y que la “izquierda” llamó período neoliberal.

A pesar del aumento de las tasas de explotación de la clase obrera mundial y del aumento de la expoliación de las naciones semicoloniales con el mecanismo de los prestamos financieros usurarios, y de la desregulación que despejaba de trabas la circulación del capital financiero, otra crisis se produjo en los 80-82, y nuevamente otra y más pronunciada en el ‘86. Se desarrollaron también, múltiples crisis nacionales como la de México, Brasil, Rusia, Argentina, y regionales como la crisis del sudeste asiático en 1997. Hasta que nuevamente estalló una crisis internacional con epicentro en EE-UU: la llamada crisis de las punto.com. La recuperación -a fuerza de “incentivos” estatales- posterior a esta crisis duró apenas 5 o 6 años hasta la gran recesión del año 2008-09, que comenzó a gestarse en 2007. Podrá decirse que hubo una recuperación en 2011, pero fue impulsada por una gran inyección de liquidez monetaria y de todo tipo de incentivos económicos que les costó varias decenas de billones de dólares a los estados imperialistas y a China. Todos ellos, tanto EE-UU como Europa, Japón, así como también China quedaron enormemente endeudados para evitar una depresión profunda como la de los ’30. Y sin embargo la tasa de crecimiento se estancó desde entonces, sin que pueda avizorarse una recuperación real próxima, sino que más bien todo lo contrario, los pronósticos son muy pesimistas.

La ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia descubierta por Marx, ha demostrado nuevamente su validez. Las inyecciones de dinero sólo inflan peligrosamente las burbujas especulativas, porque la tasa de ganancia no alcanza un nivel “aceptable” que haga “interesante” la inversión para la gran burguesía.      

Esta “saturación de capital” que hace bajar la tasa de ganancia y, por lo tanto, la inversión productiva y el crecimiento, se debe, por un lado, a la “reconstrucción” europea (lo que determinó las crisis del 70 al 90), que para competir con los EE-UU se constituyó en la Unión Europea, llegando a emparejar el PBI norteamericano. Por otra parte, a medida que EE-UU fue cayendo en la decadencia económica, un gran flujo de inversiones se dirigió a aprovechar la mano de obra barata que ofrecía al capital internacional la restauración capitalista del país más poblado de la tierra, con lo cual empezó a crecer el peso específico internacional de China, con un PBI que alcanza el 16% del PBI mundial, contra 26% de EE-UU y 24% de la Unión Europea. 

Nosotros hemos caracterizado desde su inicio esta crisis como una crisis general de sobreacumulación, y en el mismo sentido que Trotsky hemos planteado que se trata de una “crisis sin salida” por medios económicos “normales”, y es por ello que esta crisis general del capitalismo imperialista conduce a una nueva guerra mundial. 

Desde el comienzo de esta crisis han pasado ya 12 años, y por lo menos 8 años lleva arrastrándose el estancamiento de la economía. Pero el capitalismo no puede funcionar indeterminadamente sin acumular capital. Necesita que las crisis o la guerra desbroce el camino para que algunas grandes corporaciones sobrevivan. Algunas deberán sucumbir para que otras puedan continuar con su acumulación. Pero cada gran consorcio corporativo se encuentra respaldado -y si hace falta será rescatado- por su Estado imperialista o por una alianza de estados. Por eso, no es el mecanismo económico “normal” de las crisis inherentes al propio funcionamiento del sistema, el que puede darle una salida a esta crisis. La guerra aparece como la única e inevitable salida, tal como ocurrió en 1914 y 1939.

Ahora ya no hay más lugar para que puedan expandirse las inversiones imperialistas. El mercado mundial ya está todo repartido para el capital y saturado de inversiones. “Habrá que repartirlo de nuevo”, dicen para sí los imperialistas. Y entonces aparece Trump, levantando la bandera de “Hacer a América grande de nuevo”. Eso significa que EE-UU quiere recuperar la hegemonía exclusiva que tenía al final de la segunda post-guerra.

c-EE-UU a la ofensiva 

El primer campanazo para los Estados Unidos sonó con la crisis de las “punto com”. Una nueva crisis general del capitalismo mundial tenía como centro a los EE-UU. Los atentados a las Torres Gemelas le dieron la excusa para enfilar contra Afganistán e Irak, en una ofensiva destinada a controlar militarmente el Medio Oriente y disponer de sus abundantes recursos petroleros. Pero a Bush hijo no le fue tan fácil como esperaba. Caído el régimen de Sadam Hussein, la resistencia armada irakí al invasor puso en crisis la ocupación yanqui, la cual empezó a ser cuestionada también al interior de EE-UU. Obama fue el encargado de concretar la retirada de la mayor parte de las tropas yanquis, habiendo pactado previamente un acuerdo con la burguesía chiíta de Irak, con lo cual indirectamente salió fortalecido Irán como potencia regional. Más tarde el propio Obama debió firmar un acuerdo con los ayatolas iraníes que supuestamente garantizaría el carácter pacífico del proyecto de desarrollo nuclear del país persa.

La llegada de Donald Trump al poder pretende cerrar ese período de retroceso relativo de EE-UU, que comenzó con el repliegue de Irak, y se continuó con la política de acuerdos para estabilizar la situación internacional cruzada por ascensos revolucionarios en Túnez, Egipto, Libia y Siria. Y más en general, por la declinación histórica de EE-UU en relación a 1945.

Trump puso en la balanza su poderío económico –en declive, pero todavía predominante- y sobre todo militar, para renegociar acuerdos como el NAFTA y retirarse de otros, buscando imponer sus condiciones en el mercado mundial: la “guerra” comercial con China, las presiones contra la construcción del gasoducto Nordstream 2, el nuevo tratado con México y Canadá. La ofensiva por imponer sus intereses económicos es respaldada por una creciente presión militar: el hasta ahora fallido intento de golpe en Venezuela, la ruptura del tratado de armas nucleares de mediano alcance (INF) y los proyectos de instalación de bases de lanzamiento de misiles en Polonia y otros países europeos cercanos a Rusia, el apoyo a la independencia de Taiwán, la presencia militar naval en el mar del sur de China y los planes de militarización del espacio.

Y tras la ruptura del acuerdo con Irán, desde el envío de portaviones y buques de guerra al Golfo Pérsico, más la reciente acusación a Irán de ser responsable de los atentados contra dos buques petroleros, hasta la casi represalia por el derribo de un dron detenida “10 minutos” antes. 

La ofensiva de EE-UU también apuntó a Europa, provocando un reforzamiento de la alianza entre Alemania y Francia, quienes comenzaron la construcción de un ejército europeo separado de la OTAN. En realidad, es contra ellos, contra el imperialismo europeo comandado por Alemania y Francia, que EE-UU disputa el dominio del mercado mundial, y en particular el control imperialista sobre China y la subordinación política y militar de Rusia. 

Argentina con sus reservas de combustible no convencional en Vaca Muerta, el litio de la Puna, la productividad agrícola de la pampa húmeda y los recursos acuíferos, no estará exenta de la ofensiva imperialista, como tampoco los demás países latinoamericanos, como queda claramente de manifiesto con la situación de Venezuela. 

c-Amenazas de guerra

Hoy en día no sólo podemos deducir las tendencias hacia una guerra mundial de las características de la crisis económica mundial, sino que podemos caracterizar que la guerra está planteada para un período próximo, analizando los hechos prácticos que ocurren todos los días e indican un acelerado rearme, no sólo convencional, sino también nuclear, y hasta la habilitación de nuevas ramas militares como la Fuerza Militar Espacial que ordenó crear Trump. Varios focos de tensión aumentan los riesgos. Pero quizás los más candentes hoy sean el Golfo Pérsico, el mar del sur de China y la situación de Taiwán.

Lo curioso es que mientras en EE-UU y en Rusia cada vez se habla con más frecuencia acerca del armamento nuclear y la posibilidad de una tercera guerra, salvo excepciones de algunas, las corrientes que se reclaman del trotskismo no se han planteado esta cuestión ni siquiera como una posibilidad, o en todo caso la admiten para un nebuloso largo plazo.

Pero es en el mismísimo centro del poder de la principal potencia imperialista mundial en donde están barajando una nueva guerra mundial como principal hipótesis bélica:  La Comisión sobre la Estrategia de Defensa Nacional, comisión bipartidista compuesta de 6 republicanos y 6 demócratas, plantea que: “la seguridad y el bienestar de Estados Unidos corren más peligro del que nunca corrieron en las últimas décadas”. Desde la ‎Segunda Guerra Mundial “Estados Unidos ha servido de guía a la construcción de un mundo de inusual prosperidad, libertad y seguridad. Esta realización, con la que [Estados Unidos] se ha beneficiado enormemente, ha sido posible gracias al inigualable poderío militar estadounidense”.‎ Pero ese poderío militar estadounidense, “columna vertebral de la influencia en el mundo y de la seguridad nacional de Estados Unidos”, se ha desgastado peligrosamente. Y eso se debe a que ‎‎“competidores autoritarios –especialmente Rusia y China– están en busca de hegemonía regional y de medios para proyectar su poderío a escala mundial”. ‎(Red Voltaire)

Por su parte, el Departamento de Defensa hizo pública la nueva doctrina de operaciones nucleares de EE.UU. por pocos días, antes de ocultarla de la Red. Se trata de una doctrina llamada ‘Operaciones Nucleares, o JP 3-72, que tiene como propósito expreso proporcionar “principios fundamentales y orientación para planificar, ejecutar y evaluar operaciones nucleares”. “Utilizar armas nucleares podría crear condiciones para resultados decisivos y el restablecimiento de la estabilidad estratégica”, decía el informe, añadiendo que el uso de este armamento “cambiará fundamentalmente el alcance de una batalla y creará condiciones que afectarán la manera en que los comandantes prevalecerán en un conflicto”. (RT)

Poco tiempo atrás fue el presidente ruso Vladimir Putin quien realizó una advertencia, señalando ‎que el mundo subestima el peligro de guerra nuclear que puede llevar a la ‎ “destrucción de la civilización y quizás de todo el planeta”.

Putin subrayó como particularmente peligrosa la “tendencia a rebajar el umbral para el uso del armamento nuclear con la creación de cargas nucleares tácticas de bajo impacto que pueden conducir a un desastre nuclear mundial”. ‎

Precisamente a esa categoría pertenecen las nuevas bombas nucleares B61-12 que ‎Estados Unidos desplegará en Italia, Alemania, Bélgica, Holanda y posiblemente en otros países ‎europeos durante la primera mitad del año 2020. La Federación de Científicos Estadounidense ‎‎(FAS) advierte, en efecto que: ‎ ‎

“La alta precisión y la posibilidad de utilizar cargas nucleares menos destructivas pueden ‎incitar a los comandantes militares a presionar para que se recurra al arma atómica en un ‎ataque, sabiendo que la radiación y los daños colaterales serán limitados.”‎ (Il Manifesto)

Será que el período de más de 70 años transcurrido desde el final de la última guerra mundial ha hecho creer a muchos que se consideran a sí mismos marxistas, que una guerra mundial es algo del pasado. Que la globalización al provocar la “interpenetración” de los capitales internacionales, va contra las guerras que necesariamente se basan en los estados nacionales. Y que la abundancia de armamento nuclear, en lugar de acrecentar el peligro de guerra lo disuade, porque una guerra nuclear implicaría la destrucción de gran parte de la humanidad. Ignoran, o cuestionan la actualidad de esta afirmación de Lenin escrita en el prólogo de “El imperialismo…”:

“…las guerras imperialistas son absolutamente inevitables bajo este sistema económico, mientras exista la propiedad privada de los

 medios de producción.”

Y en el desarrollo de su folleto, cuyos conceptos están totalmente vigentes, encontramos la polémica contra Kautsky que, siendo el paradigma del centrista, es natural que sus posiciones, un siglo después, se encuentren plenamente reflejadas en los dirigentes pequeñoburgueses que aún se hacen llamar “trotskistas”: 

 “…bajo el capitalismo es inconcebible un reparto de las esferas de influencia, de los intereses, de las colonias, etc., que no sea por la fuerza de quienes participan en él, la fuerza económica, financiera, militar, etc. Y la fuerza de los que participan en el reparto cambia de forma desigual, ya que el desarrollo armónico de las distintas empresas, trusts, ramas industriales y países es imposible bajo el capitalismo. Hace medio siglo, Alemania era una insignificancia comparando su fuerza capitalista con la de Gran Bretaña; lo mismo puede decirse al comparar Japón con Rusia. ¿Es “concebible” que en diez o veinte años la correlación de fuerzas entre las potencias imperialistas permanezca invariable? Es absolutamente inconcebible. Por tanto, en el mundo real capitalista, y no en la banal fantasía pequeñoburguesa de los curas ingleses o del “marxista” alemán Kautsky, las alianzas “interimperialistas” o “ultraimperialistas” —sea cual sea su forma: una coalición imperialista contra otra o una alianza general de todas las potencias imperialistas— sólo pueden ser inevitablemente “treguas” entre las guerras. Las alianzas pacíficas nacen de las guerras y a la vez preparan nuevas guerras, condicionándose mutuamente, engendrando una sucesión de formas de lucha pacífica y no pacífica sobre una sola y misma base de lazos imperialistas y relaciones recíprocas entre la economía y la política mundiales.”

Pero la época imperialista no es solo de crisis y guerras. También es una época plagada de revoluciones. Pero no de “revoluciones democráticas”, es decir burguesas, en las que la burguesía derrocaba los regímenes monárquicos para instaurar la república o una monarquía parlamentaria. La época en que la Asamblea Constituyente era una necesidad histórica para constituir la república burguesa terminó. Ahora, desde el comienzo del siglo XX, es la época de la revolución socialista, porque así lo plantean las condiciones objetivas de la situación del capitalismo en su fase imperialista: 

“Cuando una gran empresa se convierte en gigantesca y organiza sistemáticamente, apoyándose en un cálculo exacto con multitud de datos, el suministro de las dos terceras o las tres cuartas partes de las materias primas necesarias para decenas de millones de personas; cuando se organiza sistemáticamente el transporte de dichas materias primas a los puntos de producción más adecuados, a veces separados entre sí por cientos y miles de kilómetros; cuando un centro dirige las sucesivas fases de transformación de las materias primas en numerosos productos elaborados; cuando estos productos son distribuidos entre decenas y centenares de millones de consumidores (venta de combustibles en Estados Unidos y Alemania por el trust petrolero estadounidense) conforme a un plan único, entonces es evidente que nos hallamos ante una socialización de la producción, y no ante un simple “entrelazamiento”, que las relaciones entre la economía y la propiedad privadas constituyen un envoltorio que no se corresponde ya con el contenido, envoltorio que necesariamente se descompondrá si su eliminación se retrasa artificialmente, envoltorio que puede permanecer en un estado de decadencia durante un período relativamente largo (en el peor de los casos, si la curación del grano oportunista se prolonga demasiado), pero que, sin embargo, será inevitablemente eliminado.”

El único factor político que puede liquidar ese “envoltorio”, es decir, terminar con la propiedad privada de los medios de producción y de cambio, liquidar las fronteras estatales, y planificar la economía en manos de los estados obreros y luego en el plano internacional, dirigiendo la fuerza del proletariado mundial, es un partido marxista revolucionario, leninista, internacional.

¿Que las condiciones objetivas estarán maduras, pero que la conciencia del proletariado -que es el sujeto político de la revolución socialista- está tremendamente retrasado en relación a las condiciones objetivas? Bueno, esa es una verdad de Perogrullo, no es ninguna novedad. Pero ante esa realidad, el camino no es la disolución oportunista del programa revolucionario, sino la lucha por ganar a la vanguardia obrera, y por movilizar a la clase trabajadora y detrás de ella a las masas populares, con el método del programa de transición, para establecer el puente entre su conciencia actual y el programa de la revolución socialista. No hay ningún atajo, no hay ninguna otra salida. 

Sólo una revolución socialista que liquide al imperialismo en los principales países podría evitar la guerra. Y si no logra evitarla, que es lo más probable por el retraso histórico del partido revolucionario, será posible forjarlo en el curso de las luchas que inevitablemente provocarán las calamidades de la guerra, siguiendo la estrategia leninista, de transformar la guerra imperialista en guerra civil, es decir, en insurrección y lucha revolucionaria de la clase obrera y el pueblo pobre contra las camarillas militares y políticas sangrientas al servicio de la gran burguesía. 

Construir un partido leninista y luchar por la revolución socialista: esa es la única esperanza para salir de la barbarie capitalista, para un nuevo resurgir de la humanidad.

Levantamientos obreros y populares van a la derrota o caen en la impotencia por la falta de una dirección revolucionaria

Los efectos de este período de crisis golpearon muy duramente a la clase trabajadora y el pueblo pobre en todos lados, pero sobre todo en los países semicoloniales, provocando en algunos de ellos levantamientos de masas verdaderamente revolucionarios. Túnez, Egipto, Libia y Siria fueron sacudidos por levantamientos revolucionarios de las masas populares, entre el 2011 y el 2013. Una nueva oleada de grandes movilizaciones se ha producido también entre el 2018 y la actualidad en Sudán y Argelia. Centenares de luchas obreras, se desarrollaron en el propio seno de los EEUU durante el año 2018, en su mayoría victoriosas, que marcaron un cambio importante en la lucha social en este país. También en Centroamérica las masas protagonizan grandes procesos de luchas en Haití, Nicaragua, Costa Rica, Honduras. Importantes paros generales y huelgas obreras en Bangladesh, India, México y Chile, así como también importantes movilizaciones se vienen desarrollando en Hong Kong, partiendo de demandas democráticas.

Un período de giros bruscos en la situación

Aunque la situación sigue teniendo un carácter general reaccionaria, hemos entrado en un período de “giros bruscos” en la situación política y social, y hay que estar atentos a los cambios en el estado de animo de las masas para no ser tomados por sorpresa por los “furiosos remolinos” de la lucha de clases, en los cuales el rol del factor subjetivo, es decir del partido revolucionario, es fundamental para transformar una situación prerrevolucionaria en una situación revolucionaria en la que esté planteada la lucha por el poder. No debemos olvidar que, como explicó Trotsky: “…lo que existe, sobre todo, en nuestra época de capitalismo en putrefacción son situaciones intermedias, transitorias: entre una situación no revolucionaria y una situación prerrevolucionaria, entre una situación prerrevolucionaria y una situación revolucionaria o …contrarrevolucionaria. Son precisamente estos estados transitorios los que tienen una importancia decisiva desde el punto de vista de la estrategia política.” (L Trotsky: “Adonde va Francia”)

Desgraciadamente, el partido revolucionario, el factor más subjetivo de todos los que confluyen para la revolución socialista, y el más determinante, está enormemente retrasado, por la crisis del trotskismo de post guerra. 

Los últimos levantamientos populares son de menor radicalización en los métodos que los que caracterizaron los procesos revolucionarios del 2011 en adelante en los países árabes del norte de Africa y Medio Oriente. Pero hay que observar atentamente su dinámica, pues, dada la crisis que tiende a profundizarse, la burguesía no tiene margen para concesiones importantes. Hay que notar también que hasta ahora la clase obrera no ha aparecido como tal, organizada, centralizando y “acaudillando” la lucha de sus aliados populares. La ausencia de este factor fundamental, hace que los levantamientos populares no tengan la fuerza suficiente, la contundencia propia de la clase obrera, en su lucha contra el régimen, lo que impide que la situación en esos países trascienda claramente a “pre” revolucionaria. Sin embargo, hay que anotar la aparición de uno de los elementos característicos de esa situación, que marcó la situación de los últimos meses en Francia: “Los procesos que se desarrollan en las masas de la pequeña burguesía tienen una importancia excepcional para apreciar la situación política. La crisis política del país es, ante todo, la crisis de la confianza de las masas pequeño burguesas en sus partidos y en sus jefes tradicionales. El descontento, la nerviosidad, la inestabilidad, el arrebato fácil de la pequeña burguesía son signos extremadamente importantes de una situación pre-revolucionaria. Así como el enfermo que hierve de fiebre se acuesta sobre el lado derecho o sobre el izquierdo, la pequeña burguesía febril puede volverse a la derecha o a la izquierda. según el lado a! que se vuelvan en el período próximo los millones de campesinos, artesanos, pequeños comerciantes, pequeños funcionarios franceses, la situación pre-revolucionaria puede cambiarse tanto en situación revolucionaria como contrarrevolucionaria.” (Idem)

Por otra parte, habiendo señalado la extrema debilidad histórica del partido marxista revolucionario, inexistente como tal a escala nacional (en la que sólo podríamos anotar la existencia de pequeños grupos) y menos que menos todavía como partido mundial, y por ello mismo, debemos recordar con Trotsky que: “Una situación revolucionaria se forma por la acción recíproca de factores objetivos y subjetivos. Si el partido del proletariado se muestra incapaz de analizar a tiempo las tendencias de la situación prerrevolucionaria y de intervenir activamente en su desarrollo, en lugar de una situación revolucionaria surgirá inevitablemente una situación contrarrevolucionaria.”

Este es el gran hándicap que tiene la burguesía imperialista. Sin embargo, nadie podrá impedir que un pequeño grupo con una política correcta se pueda fortalecer ante cada uno de esos giros bruscos. Así como tampoco que enormes acontecimientos en el plano internacional, provoquen fuertes tendencias de sectores de los partidos centristas hacia posiciones marxistas revolucionarias, que puedan confluir en un reagrupamiento internacional.  

La guerra y la necesidad urgente de una nueva Internacional 

Desde la fundación del socialismo científico como corriente revolucionaria de la clase obrera, Marx y Engels, coherentes con su concepción, lucharon por la construcción de un partido obrero internacional.

Si ya en la época reformista del capitalismo, la existencia de un partido internacional era una necesidad, con la transformación del capitalismo en imperialismo, la necesidad de un partido mundial de la revolución socialista se vio doblemente reforzada porque, tanto la economía, como la lucha de clases adquirieron definitivamente un carácter internacional. 

Las derrotas de la clase obrera provocadas por las traiciones del stalinismo a la revolución internacional, profundizaron el aislamiento y la crisis de la IV Internacional, surgida para enfrentar al imperialismo y a la burocracia stalinista. El asesinato de Trotsky fue un duro golpe para una Internacional con una dirección tan débil, que dependía todavía de la guía del dirigente de la Revolución de Octubre. Tras un breve período en el que la IV mantuvo la defensa de los principios, empezó a abandonar su carácter revolucionario, tal como Trotsky había pronosticado en 1940: “Si el régimen burgués sale impune de la guerra todos los partidos revolucionarios degenerarán. Si la revolución proletaria conquista el poder, desaparecerán las condiciones que provocan la degeneración”

¿A qué se debió el desbarranque de las principales corrientes que se reivindican de la IV? Por supuesto que las condiciones objetivas son muy importantes para determinar los períodos de ascenso y retroceso de las posiciones trotskistas. Pero una cosa es retroceder y otra desbarrancarse y disgregarse producto de la capitulación por distintas vías al régimen burgués, al imperialismo o a las direcciones burguesas-pequeñoburguesas del movimiento de masas. Esta situación, se debe al revisionismo. Pero el revisionismo, que tiene raíces sociales, de clase, no es otra cosa que una ruptura con la teoría marxista, que tiene consecuencias programáticas.  A veces abiertamente dirigido contra la teoría, a veces deslizándose furtivamente reivindicando ritualmente o formalmente la teoría, pero afectando el programa y la política de hecho, adaptándose a una u otra posición burguesa “para no quedar aislados”, el revisionismo produjo el desastre de la IV. Por lo tanto, la lucha por restablecer la teoría y el programa marxista, contra el revisionismo, es de fundamental importancia.  

El revisionismo hizo estragos y generó una profunda confusión que en mayor o menor grado nos afecta a todos. Al intentar avanzar en el reagrupamiento internacional debemos basarnos en los principios que surgen de la teoría sostenida por Marx, Lenin y Trotsky. 

A causa de la combinación de las derrotas y de la acción del revisionismo, la IV internacional dejó de existir como organización centralizada, y hoy existen distintas corrientes internacionales y ligas que se reivindican de la IV Internacional. Las principales corrientes que se reivindican de la IV ya fueron probadas en múltiples acciones de la lucha de clases. 

De las corrientes que integraban la reunificación del 63, el SU, después de haber traicionado la revolución boliviana del 52 a través del POR boliviano, por su capitulación al nacionalismo burgués que luego adquiriría cuerpo definitivo con la consigna del FRA (Frente Revolucionario anti imperialista) en el programa del POR, siendo que el FRA no es otra cosa que un frente popular en los países semi coloniales, de impulsar la lucha guerrillera foquista en América Latina a fines de los 60 y principios de los 70, de apoyar el gobierno burgués y la dirección sandinista en los 80, ha degenerado abiertamente en una corriente reformista, retirando de su programa la lucha por la revolución socialista y la dictadura del proletariado. En Brasil, inclusive, formaron parte del gobierno de Lula, ocupando un ministerio.

El SWP de EE-UU hace años que sostiene que el régimen castrista es revolucionario. 

La LiT de Moreno explotó en los 90 por su revisión objetivista a la teoría de la revolución permanente y por su adaptación a la democracia burguesa en base a la teoría de la revolución democrática. De ese estallido proviene también la UIT con los mismos problemas de origen. Tanto una como otra mantienen la típica matriz morenista del “luche y vote”, es decir, de una política sindicalista y electoralista. Por ambos lados se adapta al régimen burgués. La teoría de la revolución democrática y la visión objetivista de los procesos sociales los ha llevado a actuar en frente único con la burguesía proimperialista (Venezuela), o a levantar programas democrático-burgueses en los ex estados obreros burocratizados.

De las demás ramas del trotskismo, el lambertismo después de capitular al gobierno de Miterrand, se adaptó e integró a la burocracia sindical de FO, y posteriormente ha creado la AIT que “no se pronuncia” sobre las tareas estratégicas del proletariado con el argumento de recrear una internacional obrera con diferentes tendencias, esgrimiendo deformadamente como ejemplo la I Internacional.

El CIO-CIT (CWI), le capitula al imperialismo, al privilegiar el carácter del régimen por encima de la estructura económico-social de los estados. Por ejemplo, durante la guerra de Malvinas se negaron a tomar parte por Argentina con el argumento que gobernaba una dictadura y otro tanto sucedió recientemente con Irak. Tampoco defendía el derecho de Irlanda del Norte a su independencia. Y mantiene una orientación de entrismo a largo plazo en las organizaciones reformistas y/o partidos amplios.

The Militant (TMI) (impulsada por Ted Grant recientemente fallecido, y ahora dirigida por Alan Woods) tiene como política permanente su adaptación a los partidos reformistas y le capitula abiertamente al nacionalismo burgués, por ejemplo, al chavismo en Venezuela. Practica también, en contra de las propias advertencias de Trotsky de entrismos a largo plazo.

La TSI (hasta hace poco dirigida por el fallecido Tony Cliff, uno de cuyos principales dirigentes es ahora Alex Callinicos) a raíz de la caracterización de los estados dirigidos por la burocracia stalinista como “capitalismo de estado”, se opuso a su defensa frente al imperialismo con la posición de “ni Washington ni Moscú”.

Por ejemplo, durante la guerra de Corea igualaba a Corea del Norte con Corea del Sur diciendo que ambos eran imperialistas y planteaba por tanto una política de derrotismo revolucionario.

Igual que el CIO-CIT pone un signo igual entre los países semicoloniales y los países imperialistas, haciendo prevalecer el análisis de los regímenes, y ambas están adaptadas al régimen democrático burgués.

La FT-CI, tratando de conciliar a Trotsky con Gramsci como maniobra para conservar el revisionismo morenista ha derivado en una revisión teórica argumentando el atraso político de la clase trabajadora para levantar como consigna de poder la lucha por una institución democrática-burguesa de Asamblea Constituyente, capitulando así al régimen burgués.

Otras pequeñas ligas como la LCI, la Liga por la IV Internacional, o la LBI (Brasil), confundieron la defensa de los “estados obreros” con la defensa de la burocracia stalinista restauracionista. Increíblemente aún siguen considerando a China como un Estado Obrero.

En síntesis, entre las desviaciones de las corrientes que se reclaman trotskistas están las que tienden a la socialdemocratización, las que le capitulan al nacionalismo burgués, las que son oportunistas y se adaptan al régimen democrático burgués, las que se oponen abiertamente el concepto marxista del imperialismo y las que le capitularon al stalinismo y al castrismo.

Vale mencionar que también hay partidos nacionales sin corriente internacional, el más grande de estos partidos es el PO de Argentina, miembro del FITU. Este partido, además de compartir la adaptación al régimen burgués de sus compañeros de fórmula, se destaca por su estrecho espíritu nacional, plasmado en que nunca hizo el mínimo esfuerzo por construir una internacional. Un contrasentido, por lo tanto, que se reclame del trotskismo, nada menos que la doctrina que se basa en el programa de la revolución permanente.

Por fuera de las corrientes principales quedamos una serie de pequeños grupos y pequeñas ligas internacionales, que somos rupturas de estas corrientes principales y que tratamos de hallar un camino hacia la revolución. A esas organizaciones dirigimos un llamado para abrir una discusión en pos de un reagrupamiento internacional de los revolucionarios.  

La proximidad de la posibilidad de guerra pone como una tarea urgente la construcción de una nueva Internacional Obrera Revolucionaria para luchar por la Revolución Socialista.

<<La lucha contra la guerra exige un instrumento revolucionario de combate, es decir un partido. En la actualidad no existe a escala nacional ni internacional. Hay que construir el partido revolucionario teniendo en cuenta toda la experiencia del pasado, incluidas las de la Segunda y de la Tercera Internacional. Renunciar a la lucha abierta y directa por la nueva internacional significa apoyar consciente o inconscientemente a las “internacionales” existentes.>> L Trotsky.

Nosotros creemos que no se puede constituir una organización internacional si no es en base a un acuerdo sobre los principios, puestos a prueba en los principales hechos de la lucha de clases. Pero a la vez contemplando la posibilidad de que en una serie de cuestiones tácticas pueda haber desacuerdo. Tampoco puede ser una condición tener un acuerdo unánime sobre cuestiones de balance o sobre cuestiones teóricas que no tengan implicancias actuales. En esto hay que tener en cuenta que venimos de décadas de derrotas y dispersión, en las cuales el revisionismo ha provocado una gran confusión teórica-programática y política.

Nos planteamos la tarea de construir un reagrupamiento basado en los principios de la IV Internacional pero también pensamos que la discusión sobre si lo que hay que hacer es reconstruir-refundar la IV o construir una V Internacional no debería dividir a los grupos principistas, en tanto la política de construir una internacional revolucionaria se desarrolle sobre la base de combatir también las posiciones revisionistas de los que todavía se reclaman trotskistas, y se tenga una política hacia esas organizaciones y no se las ignore, con la perspectiva de ganar sectores de ellas, partiendo de la caracterización correcta que de conjunto como corrientes ya han roto con el programa, y sus direcciones han cristalizado en posiciones revisionistas.

Ejes para un reagrupamiento principista internacional

1-Partiendo de los conceptos arriba enunciados, según nuestra experiencia, y creemos que como lo demuestra la experiencia histórica internacional, la nueva Internacional no puede surgir de la unidad mecánica de los partidos y corrientes internacionales que se reivindiquen del trotskismo y/o del marxismo. Debe partir de un acuerdo programático que no contenga ambigüedades. Proponemos estos ejes político-programáticos para la discusión.

2-Solo la revolución socialista impedirá la guerra, y si no lo logra es la única que puede hacer nacer de su seno la esperanza de un nuevo horizonte para la humanidad. Está descartado que la guerra se pueda impedir con movilizaciones pacifistas, aunque mantengamos una actitud atenta ante todo movimiento de masas que pueda tener un carácter progresivo, para fecundarlo con nuestro programa revolucionario, y hacerlo avanzar mediante la experiencia.

3-Combatimos políticamente la tendencia a caer en la ilusión del mal menor, por ejemplo, del europeísmo “progresista y democrático” en Europa contra el nacionalismo reaccionario, en el apoyo a los viejos partidos reformistas, a los nuevos, o a los centristas. Lo mismo en EE-UU, traducido como apoyo a los demócratas contra Trump, vía el apoyo a “progresistas” conciliadores como Bernie Sanders. 

4-Rechazamos cualquier apoyo político, así sea crítico, a los partidos socialdemócratas o laboristas europeos que ya se han transformado en partidos directamente burgueses. Rechazamos las propuestas de planes keynesianos como la salida del euro entendida como ruptura monetaria para devaluar. La única manera de resolver la crisis europea es la constitución de los Estados Unidos de Europa, es decir, la constitución de un Estado unificado (aunque se mantenga cierto federalismo). Pero esta tarea no la puede realizar la burguesía imperialista, tal como lo plantearan Lenin y Trotsky, y como lo demuestra palmariamente la situación actual de divisiones crecientes entre distintos sectores burgueses, agrupados sobre líneas nacionales (los llamados populistas nacionalistas), o con intereses económicos comunes supranacionales. La verdadera unidad europea solo se puede concretar como unidad de Estados Obreros, luego de realizarse en ellos la revolución socialista, como Estados Obreros y Socialistas Unidos de Europa, o transicionalmente como Federación de Estados Obreros y Socialistas de Europa.

5-Consideramos que tanto China como Rusia no son estados imperialistas, aunque sí tienen un rango diferente a otros países semicoloniales, dadas sus particularidades históricas. Rusia heredó de la URSS un gran potencial militar en general y nuclear en particular, el único en condiciones de aproximarse a la potencia militar de EE-UU. China logró un gran desarrollo industrial debido a su clase obrera de varias centenas de millones, preparada y disciplinada por la dictadura maoísta. Y aunque no desconocemos su creciente influencia en el plano mundial, consideramos que no han alcanzado el rango de potencias imperialistas en el sentido pleno del concepto leninista, sino que son formaciones intermedias con características particulares (sui géneris).

6-Rechazamos las ilusiones en la posibilidad de un bloque BRICS se postule como “alternativa tercermundista” de la burguesía nacional de los países emergentes, frente al imperialismo recalcitrante de EE-UU-Trump. Por supuesto que ante un enfrentamiento militar la caracterización del Estado sigue siendo fundamental para determinar la posición marxista en la guerra. Pero la próxima guerra será claramente una guerra imperialista, en la que Rusia o China, y los demás emergentes tomarán posición como aliados en uno de los frentes militares de la burguesía imperialista.

7-Sostenemos con Trotsky que <<El estado nacional creado por el capitalismo en su lucha contra el localismo de la Edad Media pasó a ser el clásico terreno de lucha del capitalismo. Pero ni bien se conformó se transformó en un freno del desarro­llo económico y cultural. La contradicción entre las fuerzas productivas y los límites del estado nacional, junto con la contradicción principal -entre las fuerzas productivas y la propiedad privada de los medios de producción- dieron carácter mundial a la crisis del capitalismo como sistema social.

Si se pudieran borrar de un golpe las fronteras nacionales, las fuerzas productivas, incluso bajo el capitalismo, podrían seguir desarrollándose durante un tiempo -aunque es cierto que al precio de grandes sacrificios-. Como lo demostró la experiencia de la URSS, aboliendo la propiedad privada de los medios de producción las fuerzas productivas pueden llegar a un nivel de desarrollo todavía mayor, incluso dentro de los límites de un solo estado. Pero sólo la abolición de la propiedad privada y de las barreras estatales entre las naciones puede crear las condiciones para un nuevo sistema económico: la sociedad socialista.

La defensa del estado nacional, es desde todo punto de vista un objetivo reaccionario. El estado nacional, con sus fronteras, pasaportes, sistema mone­tario, mercancías y ejército para proteger sus mercancías, se transformó en un tremendo impedimento para el desarrollo cultural y económico de la humanidad. El objetivo del proletariado no es la defensa del estado nacional sino su liquidación total y absoluta.

El «socialista» que predica la defensa del estado nacional es un reaccionario pequeñoburgués al servicio del capitalismo decadente. Sólo el partido que ya en época de paz luchó irreconciliablemente contra el estado nacional puede no atarse a éste durante la guerra, puede seguir el mapa de la lucha de clases y no el de las batallas bélicas. La vanguardia proletaria únicamente se volverá invulnerable a toda suerte de patriotismo nacional si comprende plenamente el rol objetivamente reaccionario del estado imperialista. Esto significa que sólo se puede romper con la ideología y la política de la «defensa nacional» desde la perspectiva de la revolución proletaria internacional.>>

8-Un problema particular y muy importante es el de los países semicoloniales (salvo Sahara Occidental, las demás colonias actualmente existentes son islas que no pueden constituir países independientes), que tienen planteada la lucha por un estado nacional realmente inde­pendiente. Su lucha es doblemente progresiva, ya que al hacer romper a los pueblos atrasados con la dominación extranjera asestan pode­rosos golpes a los estados imperialistas. Sin embargo, esta lucha se desarrollará no sólo contra el imperialismo, sino contra la propia burguesía semicolonial. La unidad de acción con la burguesía nacional contra el imperialismo no debe en ninguna circunstancia caer en el apoyo político. “La única ‘condición’ de cualquier acuerdo con la burguesía, acuerdo separado, práctico, limitado a medidas definidas y adaptado a cada caso, consiste en no mezclar las organizaciones ni las banderas, ni directa ni indirectamente, ni por un día ni por una hora, en distinguir el rojo del azul, y en no creer jamás que la burguesía sea capaz de llevar a cabo una lucha real contra el imperialismo y de no constituir un obstáculo para los obreros y los campesinos” (LT: Naturaleza de la burguesía colonial).Cualquier apoyo político a la burguesía nacional, aun cuando se enfrente ocasionalmente contra el imperialismo, es una traición a la lucha del proletariado por su liberación real.

En este sentido, es necesario señalar que los estados semicoloniales no pueden tener un desarrollo democrático independiente. <<Rodeada por el capitalismo decadente y sumergida en las contra­dicciones imperialistas, la independencia de un país atra­sado es inevitablemente semificticia. Su régimen político, bajo la influencia de las contradicciones internas de clase y la represión externa, inevitablemente caerá en la dictadura contra el pueblo. La lucha por la independencia nacional real es, desde el punto de vista del proletariado, sólo una etapa transicional en el camino que llevará a los países atrasa­dos a la revolución socialista internacional.>> (LT: Manifiesto de la IV Internacional sobre la guerra imperialista…)

En América Latina, en donde el capitalismo es atrasado, pero ya en decadencia, los antagonismos mundiales provocan una dura lucha entre las camarillas burguesas ligadas a uno u otro sector del imperialismo. Sud y Centroamérica sólo podrán liquidar el atraso y el sometimiento, uniendo sus estados en una única y poderosa federación. Pero no será la atrasada burguesía latinoamericana, agente del imperialismo, quien cumplirá esta tarea, sino el proletariado, llamado a dirigir a las masas oprimidas. Por lo tanto, la consigna que debe guiar la lucha contra la domina­ción del imperialismo mundial y sus socios menores, las burguesías nacionales, es Por la Federación de Estados Obreros de América Latina.

<<Una nueva Internacional no debe establecer compartimientos estancos entre los países atrasados y los avanzados, entre las revoluciones democráticas y las socialistas. Las debe combinar y subordinar a la lucha mundial de los oprimidos contra los opresores. Así como la única fuerza genuina­mente revolucionaria de nuestra época es el proletariado internacional, el único programa con el que realmente se liquidará toda opresión, social y nacional, es el programa de la revolución permanente.

En todos lados el problema nacional se mezcla con el social. Sólo la conquista del poder por el proletariado mundial garantizará la paz real y duradera para todas las naciones del planeta.>> (Idem)

9/7/19

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 Nuestro programa se basa en los principios del bolchevismo

1-Vigencia de la caracterización leninista de la época imperialista

Sostenemos que sigue plenamente vigente la caracterización leninista de la época imperialista como época revolucionaria, de crisis, guerras y revoluciones. De decadencia del imperialismo y de su carácter reaccionario en toda la línea. Rechazamos las posiciones revisionistas de varias corrientes que aún se reivindican del trotskismo -como la LCR y el Lambertismo- que, a partir de los triunfos de la restauración capitalista, apelando al argumento de que las derrotas sufridas por el proletariado mundial tienen un carácter histórico, abandonan la estrategia revolucionaria y la lucha por la dictadura del proletariado, reemplazándola por estrategias reformistas. La LCR, basándose en el argumento del retroceso en la conciencia de las masas trabajadoras y su vanguardia, abandona no sólo el programa revolucionario, sino también la construcción del partido leninista, reemplazándolo por  “partidos amplios de izquierda” centrados en la lucha electoral, de tipo socialdemócrata, volviendo a las concepciones de la II Internacional, e inclusive a la colaboración e integración con gobiernos burgueses (millerandismo) como ocurrió en Brasil, en donde la sección mandelista (DS) integró con un ministro el gobierno burgués de Lula. El lambertismo, por su parte, con el argumento de reeditar la I Internacional, impulsa organizaciones “sindicalistas” con programas reformistas, capitula ante los sectores “progresistas” de la burguesía como en México, donde llamaron a votar a López Obrador. 

La lucha estratégica por la dictadura del proletariado y la revolución socialista está determinada, no por las relaciones de fuerzas de una etapa de la lucha de clases, sino por la madurez a nivel mundial de las condiciones objetivas para la revolución socialista.

Tampoco es la conciencia del proletariado la que determina el programa del partido revolucionario. La función de la política basada en el programa de transición, es la de tender el puente entre la conciencia inmediata y la comprensión de las tareas históricas del proletariado. 

2-Sostenemos como estrategia la revolución socialista mundial. Nos basamos en la teoría de la Revolución Permanente y en el Programa de Transición

Consecuentemente con esta caracterización de la época imperialista, sostenemos que está planteada la estrategia revolucionaria en todos los países del mundo, tanto en los países imperialistas desarrollados, como en los semicoloniales o atrasados.    

Las corrientes oportunistas centradas en los países semicoloniales plantean en los hechos como una estrategia, la “derrota del imperialismo”, separada de la lucha por la revolución socialista. Primero la derrota del imperialismo en alianza con las burguesías nacionalistas. Después la lucha por el socialismo. Tal fue la posición de la LIT para Irak (“Irak para los irakíes”) y es para Palestina, o la de El Militante para Venezuela.

Y algunas corrientes centristas como la FT-CI o el MAS-SoB, aunque no lo plantean abiertamente como estrategia, en los hechos reemplazan la lucha por la dictadura del proletariado con la lucha por una Asamblea Constituyente “revolucionaria”. Es decir, aunque no abandonan formalmente el programa marxista, en los hechos sostienen el programa de los demócratas pequeñoburgueses radicales.

Nosotros sostenemos la vigencia y actualidad de la teoría de la revolución permanente. Como plantean sus tesis, la lucha por la revolución socialista se desarrolla en la palestra nacional pero sólo puede tener su culminación en el terreno mundial.

Rechazamos las teorías de la revolución por etapas que sostienen incluso algunos partidos que se reivindican trotskistas, pero levantan como postura estratégica el frente anti-imperialista. Rechazamos por revisionistas cualquier elaboración teórica que haya reemplazado el programa de la revolución política en los estados obreros burocráticos por la concepción de una revolución que se desarrolla en etapas, y en cuya primera etapa “democrática”, el partido revolucionario levanta un programa democrático burgués. De la misma manera rechazamos cualquier teoría que, para los países capitalistas (sean adelantados-imperialistas o atrasados-semicoloniales) con regímenes fascistas o bonapartistas, reemplace la teoría de la revolución permanente por otra que plantee una revolución en etapas independientes, y en donde la primera etapa se plantee como estrategia de poder, la lucha por un régimen democrático burgués.

Defendemos la esencia de las posiciones revolucionarias del Programa de Transición, frente a las distintas corrientes que, reclamándose trotskistas, lo reivindican de palabra, pero lo abandonan de hecho en su política práctica o incluso frente a otras organizaciones que lo revisan expresamente quitándole su contenido revolucionario, volviendo a la posición reformista de la separación entre el programa máximo y mínimo.

3)   Por la dictadura revolucionaria del proletariado

Revisando el balance trotskista de las causas de la burocratización de la URSS, corrientes centristas creen encontrar su origen en los “errores del bolchevismo”, y en la estrategia de la dictadura del proletariado. Es el caso de la corriente SoB del nuevo Mas de Argentina. Pretenden suspender la lucha por el poder hasta que las masas lleguen a la “conciencia socialista” y reemplazar el estado burgués por un estado que combine los soviets y el sufragio universal, dándole a este régimen híbrido el nombre de “democracia socialista”. 

Contra los revisionistas que levantan como estrategia la lucha por una “democracia socialista”, defendemos la necesidad de luchar por establecer la dictadura del proletariado basada en los consejos de delegados obreros, como régimen de transición del capitalismo al socialismo y como palanca para el desarrollo de la revolución socialista mundial.

Rechazamos los intentos de diluir la dictadura del proletariado en el sufragio universal de carácter burgués, o de “combinar” los “soviets” con la Asamblea Constituyente.

Reivindicamos la necesidad de la dictadura proletaria para aplastar la contrarrevolución interna como para derrotar sus ataques externos.  

En la lucha del proletariado revolucionario contra la contrarrevolución, reivindicamos la utilización del “terror rojo”, si su necesidad se impone para la defensa del poder obrero.

El estado obrero revolucionario ejerce su dictadura contra la burguesía y todos los explotadores, pero a la vez se basa en la más amplia democracia para el proletariado y todos los explotados.  El nuevo estado revolucionario es el estado de los organismos democráticos de delegados de los obreros y demás sectores explotados. 

4)   Por Partidos leninistas. Por una Internacional obrera revolucionaria, democráticamente centralizada basada en los principios fundacionales de la IV Internacional

La IV Internacional no existe como organización única y centralizada. Hay varias corrientes que se siguen reivindicando de la IV Internacional o incluso se autotitulan la IV misma. Esta dispersión de las fuerzas que se reivindican trotskistas es el resultado de las derrotas sufridas por la clase obrera y de la acción del revisionismo trotskista. Aunque se siguen reivindicando trotskistas las principales corrientes provenientes de la IV Internacional (SU-Lambertismo- SWP-TSI-CIO-CMI-LIT-UIT), han degenerado a posiciones revisionistas cristalizadas hace muchos años.

Sin embargo, la lucha de clases provoca permanentes rupturas y realineamientos, lo cual deja abiertas las perspectivas para el reagrupamiento internacional de los revolucionarios.

Sostenemos la necesidad de construir una internacional obrera revolucionaria, democráticamente centralizada, y que se base en los principios fundacionales de la IV Internacional. 

De la misma manera sostenemos la necesidad de construir partidos leninistas, proletarios, de combate, conspirativos, con un régimen de centralismo democrático, como secciones de un partido internacional revolucionario. 

Rechazamos las revisiones liquidacionistas de las corrientes trotskistas que se oponen al criterio de que el partido debe ser una organización de combate de la vanguardia revolucionaria del proletariado, tratando de sustituirlo por el criterio de formar partidos organizativa y políticamente “amplios”, federación de partidos o fracciones permanentes o partidos para desarrollar una propaganda abstracta por el socialismo.

También rechazamos el método pequeñoburgués que lleva a dividir el partido revolucionario por diferencias tácticas o circunstanciales.

5) Contra el imperialismo y la capitulación al nacionalismo burgués

Reafirmamos que la tarea estratégica de los revolucionarios para la derrota de todas las potencias imperialistas, es el triunfo de la revolución socialista mundial.

La decadencia del capitalismo mundial ha profundizado la opresión y la semicolonización por parte del imperialismo sobre los países atrasados o semicoloniales, dándole a las consignas democráticas antiimperialistas una importancia relevante. A la vez, en la última década el imperialismo ha atacado militarmente a varias naciones semicoloniales, lo que le plantea a los revolucionarios la necesidad de tomar posición en el terreno militar en el campo de la nación oprimida, como han sido los casos de Afganistán e Irak. En los países atrasados o semicoloniales el partido revolucionario del proletariado se mantiene política y organizativamente independiente de la burguesía nacional, aun cuando ésta se halle enfrentada a la presión o intervención militar imperialista. La lucha por la liberación nacional del yugo imperialista, o la revolución agraria, principales tareas democráticas, sólo pueden tener su triunfo definitivo con el derrocamiento del poder de la burguesía y la instauración de la dictadura del proletariado. Rechazamos la táctica del Frente único Antiimperialista o cualquier planteo que tenga como base la constitución de un frente del proletariado con la burguesía “nacional antimperialista”, así como cualquier actualización del planteo stalinista de “dictadura democrática del proletariado y el campesinado” en calidad de régimen contrapuesto a la dictadura del proletariado. Sólo es posible, en determinadas condiciones, la unidad de acción, es decir “acuerdos circunstanciales estrictamente prácticos”, rigurosamente limitados y que sirven a un fin claramente definido, con sectores burgueses o pequeñoburgueses cuando éstos impulsen la lucha contra la dominación imperialista. Como señaló Trotsky: “La única condición de cualquier acuerdo con la burguesía, acuerdo separado, práctico, limitado a medidas definidas y adaptado a cada caso, consiste en no mezclar las organizaciones y las banderas, ni directa ni indirectamente, ni por un día ni por una hora, en distinguir el rojo del azul, y en no creer jamás que la burguesía sea capaz de llevar a cabo una lucha real contra el imperialismo y de no constituir un obstáculo para los obreros y campesinos y que está dispuesta a hacerlo.”

En donde se plantea la lucha por la autodeterminación nacional rechazamos el programa puramente democrático de las corrientes trotskistas que no plantean que, en esta época de dominación imperialista, una independencia real y efectiva (no formal, solamente política) sólo es posible bajo la dictadura del proletariado. Rechazamos también cualquier posición que capitule a las supuestas “intervenciones humanitarias” del imperialismo. 

Pero también rechazamos cualquier posición que capitule al nacionalismo burgués dándole apoyo político (como son los llamados a votar por Chávez o Evo Morales) o absteniéndose de levantar una política de clase e independiente con el argumento de apoyar al “campo progresivo” contra el imperialismo, como fue el caso de la LIT con su consigna “Irak para los irakíes”. 

A la vez sostenemos que sólo se puede actuar en unidad de acción con el nacionalismo burgués en tanto luche contra la opresión o contra la agresión directa del imperialismo, pero nunca cuando lucha por oprimir a otro pueblo. Reafirmamos que la unidad de acción con el nacionalismo burgués es una táctica subordinada a la estrategia de la lucha por la revolución socialista.

6) Contra el “Frente Popular” y la conciliación de clases.

Nuestro programa es el de la independencia política de la clase obrera para su movilización permanente revolucionaria. Combatimos a los “frentes populares”, es decir, frentes de partidos u organizaciones obreras con patrones, o con la “sombra de los patrones” o frentes con programas de conciliación con la burguesía, porque es la manera en la que los dirigentes estalinistas, oportunistas, centristas o pequeñoburgueses atan a los trabajadores al carro de la burguesía, y le facilitan a esta la posibilidad de engañar y derrotar a las masas.

Rechazamos los “frentes estratégicos” o con programas generales, o para la propaganda, así sean circunstanciales, con esas organizaciones pequeñoburguesas, porque sólo contribuyen a diluir las posiciones revolucionarias, a mezclar banderas, y por lo tanto, en lugar de hacer avanzar a la clase y su vanguardia, la confunden sobre quiénes son sus enemigos.

En situaciones de crisis revolucionarias, es de especial importancia utilizar la táctica de “gobierno obrero y campesino”, para orientar hacia una salida obrera y para romper los frentes “populares” y combatir a las direcciones traidoras. Es decir, exigimos a las direcciones pequeñoburguesas de la clase obrera que rompan con la burguesía y tomen todo el poder en sus manos, y que apliquen un programa de reivindicaciones transitorias. Pero esta táctica no debe contraponerse, sino que debe enmarcarse en la estrategia de construir organismos de tipo soviético, para que el gobierno obrero-campesino sea un corto episodio hacia la dictadura del proletariado.

7)   Contra la adaptación al parlamentarismo, y al régimen democrático burgués.

El partido del proletariado revolucionario lucha por todas las demandas mínimas y democráticas que tengan fuerza vital para movilizar a las masas trabajadoras y sus aliados del pueblo pobre y oprimido, no como un fin en sí mismo sino como parte de la lucha por la revolución proletaria.

Pero como dice Trotsky las consignas democráticas también pueden ser un “dogal” echado al cuello del proletariado, por la burguesía.

Una clara demostración de adaptación al régimen burgués de algunas organizaciones trotskistas, como es el caso de la FT-CI dirigida por el PTS de Argentina, es la utilización casi permanente de la consigna Asamblea Constituyente en situaciones de ascenso revolucionario y de crisis política del régimen democrático-burgués. Pero como lo demuestran Venezuela, Bolivia y Ecuador, la Asamblea Constituyente resulta una “salida a la crisis” pero no a favor de la clase obrera, sino a favor de la reconstitución del régimen burgués. Justificada también por el “atraso político de la clase trabajadora” se ha transformado en una consigna estratégica para todo tiempo y lugar, lo cual confirma una deriva al democratismo pequeñoburgués. 

Otra manifestación de la adaptación de los oportunistas al régimen democrático burgués es que hacen de la participación en los procesos electorales el centro de la construcción de sus partidos.  Si participan en las organizaciones y en las luchas de los trabajadores es con el objetivo principal de ganar peso electoral. El mantenimiento de la legalidad y el financiamiento del partido mediante las cotizaciones del Estado por los votos obtenidos y los sueldos de los parlamentarios, pasan a ser el centro de su existencia y a ello se terminan subordinando políticamente. Los centristas, como el PO de Argentina, por ejemplo, combinan una adaptación al parlamentarismo, con una orientación sindicalista para el movimiento obrero. 

Sostenemos que la política bolchevique de la participación en las elecciones es sólo una táctica que utilizamos como vía para propagandizar nuestro programa revolucionario. La estrategia es el impulso a la lucha de clases para la revolución socialista.

La adaptación al régimen burgués tiene también otras manifestaciones tales como ocultar el carácter burgués del poder judicial o plantear la “democratización» de las FFAA, en abierta oposición al marxismo. O «borrar» aspectos centrales del programa trotskista como los piquetes de huelga, los grupos de autodefensa y el armamento del proletariado, rasgo común a los tres partidos centristas (PO-PTS-IS) integrantes del FIT de Argentina.

8)    Contra el “nacionalismo” pequeñoburgués, el stalinismo y demás corrientes pequeñoburguesas.

Reemplazando el análisis de clase con la generalidad de la “unidad de la izquierda”, algunas corrientes de origen trotskista (como por ejemplo el MST de Argentina) pretenden que los revolucionarios diluyamos nuestro programa para ir a la cola de los partidos pequeñoburgueses conciliadores. 

Luchamos contra la socialdemocracia, el stalinismo y las direcciones burguesas, pequeño-burguesas, nacionalistas y burocráticas del movimiento obrero. Denunciamos la capitulación de los oportunistas, que bajo el pretexto de combatirlas, transforman la táctica de “la exigencia” a las burocracias sindicales en una estrategia, dejando en un segundo plano inexistente la denuncia del carácter burgués contrarrevolucionario de los mismas, y no impulsan una política para luchar por una dirección clasista revolucionaria para las organizaciones obreras.

9)   Contra el revisionismo, el oportunismo, el centrismo de origen trotskista.

Contra el oportunismo y el revisionismo sin principios: “Las trágicas derrotas sufridas por el proletariado mundial durante largos años han lanzado a los ‘revolucionarios’ pequeñoburgueses decepcionados a la búsqueda de ‘nuevas vías’. Como siempre ocurre en épocas de reacción y decadencia, aparecen por todos lados curanderos y charlatanes, deseosos de revisar todo el curso del pensamiento revolucionario. En lugar de aprender del pasado lo ‘rechazan’. Algunos descubren la inconsistencia del marxismo, otros anuncian la ruina del bolchevismo y el trotskismo. Los hay que responsabilizan a la doctrina revolucionaria de los errores y crímenes de los que la han traicionado.” 

Rechazamos la revisión de la teoría de la revolución permanente y el programa de transición hecha por la corriente morenista (por su fallecido dirigente y fundador Nahuel Moreno), y que hoy sigue siendo reivindicada por la LIT y la UIT.

Otras organizaciones reconocen de palabra el bolchevismo y el trotskismo, pero en su política práctica, permanentemente capitulan a los partidos reformistas, a los partidos o movimientos “nacionalistas” burgueses de los países semicoloniales, a los partidos burgueses “progresistas”, a la burocracia de los sindicatos y a la democracia burguesa.

Los trotskistas “nos apoyamos por completo en el marxismo, como la única doctrina revolucionaria que permite comprender la realidad, descubrir detrás de las derrotas sus causas y prepara conscientemente la victoria. Continuamos la tradición del bolchevismo, que por primera vez mostró al proletariado cómo conquistar el poder. Echamos a un lado a los curanderos, los charlatanes y los profesores de moral importunos.”

10) Por una relación acorde al marxismo, del partido con la clase obrera y el movimiento de masas: contra el ultraizquierdismo, el burocratismo “de izquierda” y el sectarismo.

Contra el sectarismo y el ultraizquierdismo. Rechazamos el revolucionarismo pequeñoburgués que formula consignas “muy revolucionarias” pero estériles ya que no se ajustan a la situación real de la lucha de clases, como hace por ejemplo la FLTI. Rechazamos la negativa a militar en las organizaciones reales del movimiento de masas o reemplazarlas por la ficción de los llamados “sindicatos rojos”. El bolchevismo no sólo se forjó en lucha contra el oportunismo, sino también contra el revolucionarismo pequeñoburgués, que rechazaba la necesidad de tener en cuenta, con estricta objetividad, las fuerzas de clase antes de emprender cualquier acción política. 

También rechazamos el sectarismo. “En su base hay una negativa a luchar por reivindicaciones parciales y transitorias, es decir, por los intereses y necesidades elementales de las masas trabajadoras tal como son hoy. Prepararse para la revolución significa para los sectarios convencerse a sí mismos de la superioridad del socialismo. La postración política del sectarismo complementa como una sombra, la postración del oportunismo, sin abrir ninguna perspectiva revolucionaria. En la política práctica, los sectarios se unen a los oportunistas, particularmente a los centristas, indefectiblemente para luchar contra el marxismo.”

Por otra parte, debemos combatir a las organizaciones que privilegian sus intereses de partido, por sobre los intereses de las luchas del movimiento obrero y de masas, tratando de imponer sus posiciones con métodos burocráticos, aunque justificándolos con objetivos de izquierda.

Declaración del Comité de Enlace Internacional integrado por la CSR-El Topo Obrero (Venezuela) y el PCO (Argentina)

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