por Gustavo Burgos
La liberación a manos del Ejército Rojo del campo de exterminio de Auschwitz.Birkenau, un 27 de enero de 1945, ya 70 años, ha sido considerado un hito del Holocausto y la marca de fuego de la derrota moral de los nazis. La derrota militar alemana se verificaría en mayo del mismo año en las calles de Berlín, la política con el juicio de Nüremberg.
Como resultado de este juicio resultaron condenados buena parte de la cúpula del Tercer Reich. Hitler y Himmler se suicidaron, el primero aparentemente en el búnker, Himmler a mano de los yanquis. Göering se suicidó la noche anterior a su ejecución. Del número 4, Bormann, se especula que habría pasado sus últimos años en el sur de Chile, en La Unión, a 50 km al sur de Valdivia, desde donde desparecería en 1979, luego de haber sido reconocido por una de sus víctimas.
Por lo indicado hay pocos registros escritos de los derrotados. Especial relevancia adquiere en este contexto, la del Jefe del Campo de Auschwitz. Mientras esperaba en prisión su momento, el del juicio severo de la soga, Rudolf Höss, escribió sus particulares confesiones y en ellas, el hombre que organizó eficientemente el Infierno en forma de ciudad de 250.000 habitantes, se permitía emitir un juicio moral sobre sus víctimas: «Uno podría pensar que la similitud de destino y de sufrimientos, debió forjar entre los detenidos vínculos indestructibles. En realidad ocurrió todo lo contrario. El egoísmo feroz no se manifestó en ninguna parte tan brutalmente como en el Campo. El instinto de conservación incita a los hombres a tomar una actitud tanto más egoísta, cuanto más difícil es su vida.
Incluso las naturalezas que se habían demostrado benévolas y amables en la vida cotidiana, se ponen, en las duras condiciones de la detención, a tiranizar a sus compañeros de infortunio en tanto que eso les da la posibilidad de mejorar, por poco que sea, su propia suerte«. (Le commandant d’Auschwitz Parle, pag 147. La Découverte, Paris)
No es cinismo, ni sarcasmo. El hombre que gestionaba la administración pródiga de lo insufrible hasta apagar la propia condición humana, incluso la propia naturaleza del animal humano, se sorprende, sinceramente, de los efectos que contempla pero es incapaz de ver, de comprender la culpa que le concierne en la construcción de ese infierno artificial. El colapso del juicio ético es completo y eso no tendría demasiada importancia si sólo hubiera afectado a este hombre, pero no fue así, sino todo lo contrario. Ese colapso fue general, fue el fenómeno que afectó a todos ellos, a todos esos administradores del Estado SS que resistieron tenazmente la tentación de no invertir bien y mal: «Debo, por tanto, reconocer mi culpabilidad. Me daba cuenta que ese servicio (la comandancia de Auschwitz-Birkenau) no me convenía porque no estaba de acuerdo con los métodos aplicados por Eicke. En mi fuero interno me sentía muy solidario con los internados, habiendo yo mismo vivido mucho tiempo la penosa existencia de un prisionero… Sometido a lo inevitable, no quise matar en mi los sentimientos de compasión por la miseria humana. Siempre los aprobé, pero en la mayor parte de los caso no los tuve en cuenta porque no me estaba permitido ser ‘blando’. Para no ser acusado de debilidad, debía tener la reputación de un duro«. (Le commandant d’Auschwitz Parle, pag 92. La Découverte, Paris)
La estupidez frente a la enormidad sin precedente, la incapacidad de un hombrecillo idiota para medir y distinguir entre lo trivial y lo indecible. No eran monstruos, eran idiotas, simples y normales sujetos del mundo moderno, imbéciles inofensivos de esos con los que todos, todos los días, nos cruzamos a decenas.
El mecanismo es sencillo y consiste en una trampa lógica, la de la moral burguesa. El victimario reconoce su responsabilidad y a cambio recibe el premio por su «valentía», a lo que sigue el bálsamo del contexto (la locura del momento, la presión social, etc.) que permitieron hasta hace poco a Günther Grass y al mismísimo Ratzinger, zafar de su participación con esta teoría.
Pero no para todos fue tan fácil. Hay inflexiones históricas, verdaderos cataclismos políticos, en que las fuerzas de las clases en pugna pulveriza a los derrotados en su condición de tales.
A los ejecutados de Nüremberg, como a Höss, les tocó vivir esta excepcional emanación de la Revolución Rusa. Esos genocidas terminaron ejecutados no sólo por sus crímenes, sino principalísimamente, porque la clase social cuyos intereses encarnaban había sido barrida del campo de batalla. Era la burguesía alemana la que subía al patíbulo, simbólicamente y del mismo modo, era el capitalismo el que quería reconstruir su rostro humanitario con el expediente de la escenificación del proceso penal.
Todo acto procesal penal es un acto político de clase, pero la condena y la condena a muerte en grado mayor, es su más elevada expresión. Ante ello las penosas argumentaciones y reconocimientos de los ejecutados son precisamente el producto político que buscan los ejecutores. Si se asume la responsabilidad, como Höss, se confirma su dimensión educativa; si se niega, como con Göering, es una demostración material de la necesidad del castigo.
Valparaíso, enero de 2015
