por Gustavo Burgos
El 17 de junio en Santiago de Chile, el filósofo Rodrigo Karmy presentó el libro de Andreas Malm La destrucción de Palestina es la destrucción de la Tierra, editado por Carcaj, LOM y Verso Libros. En esta charla Karmy propuso que la cuestión palestina no puede entenderse como una lucha territorial más, sino como un paradigma que condensa la destrucción civilizatoria que el capital —particularmente el fósil— ha desatado sobre el planeta. Esta operación conceptual, aplaudida en ciertos círculos intelectuales de izquierda, representa en realidad una inversión reaccionaria del marxismo: reemplaza el análisis materialista por una narrativa moral, simbólica, ambientalista, sin sujeto revolucionario ni horizonte de poder.
En efecto, desde el comienzo del genocidio abierto en Gaza en octubre de 2023, la cuestión palestina ha reaparecido con fuerza en el debate político e intelectual. Karmy afirma que Palestina “condensa el mundo” y se convierte en un “paradigma epocal”. Pero esta operación de elevación abstracta tiene un costo: borra la historia concreta, las clases sociales y los actores reales. Se pierde de vista que el Estado israelí no es un “monstruo civilizacional”, sino una estructura estatal burguesa concreta, enclave del imperialismo norteamericano. Su ejército, su sistema jurídico y su infraestructura tecnológica no emergen del infierno metafísico, sino del sistema-mundo capitalista.
Por ello, en la intervención de Karmy no se menciona ni una sola vez la necesidad de destruir el Estado burgués israelí, ni la cuestión del partido revolucionario, ni el papel de la clase trabajadora palestina y árabe. Su lenguaje —que parece radical— está plagado de conceptos como “la tierra”, “el habitar”, “las constelaciones”, “el periplo del gas”, pero evita cuidadosamente los núcleos estratégicos de toda concepción marxista del problema: poder, insurrección, dictadura del proletariado, expropiación de la burguesía.
Ante el mayor y espectacular genocidio perpetrado por el sionismo es necesario expresarse sin ambigüedad alguna: la resistencia armada del pueblo palestino iniciada el 7 de octubre de 2023 fue justa. Fue una acción legítima contra un Estado colonial y racista. Fue una ruptura con el orden establecido que mostraba al mundo que la historia no ha terminado, que hay pueblos que no se resignan, que existe todavía —en condiciones extremadamente adversas— la voluntad de luchar. Quienes condenan esa acción desde el humanismo abstracto, lo hacen porque han renunciado a cualquier política revolucionaria. Y quienes la celebran simbólicamente, como si fuera solo una “constelación más” en el firmamento de la indignación, la vacían de su carácter político real.
La historia del capital fósil no reemplaza a la historia de la lucha de clases. Que el carbón haya alimentado barcos de guerra no transforma el imperialismo en una fuerza “geológica” ni “ontológica”. El imperialismo es una forma política del capital en su fase monopolista, una forma concreta de dominación de clase que exige resistencia armada, organización, táctica y estrategia revolucionaria.
Karmy quiere que la resistencia “exceda a Hamas” —en eso estamos en completo acuerdo— pero no plantea cuál debe ser su dirección revolucionaria. ¿Una alianza entre guerrillas heterogéneas con objetivos contradictorios? ¿Una comunidad horizontal de lucha sin hegemonía política? Todo se vuelve simbólico: las calles tomadas, los muros pintados, la tierra “habitándola” en vez de “territorializándola”. Esto no es marxismo. Es postmarxismo con ropajes del tercer mundo. La diferencia entre tierra y territorio puede ser sugerente poéticamente, pero no explica el imperialismo como fase superior del capitalismo. Desde Lenin, el imperialismo no es un orden simbólico, ni un mapa abstracto de energía. Es una realidad concreta —bastante prosaica en realidad— de monopolios, bancos, Estados armados y alianzas militares. Y para destruir ese sistema, no basta con habitar, ni con pintar muros. Se necesita un partido obrero revolucionario que destruya el Estado burgués y expropie a los expropiadores.
La izquierda revolucionaria no puede quedarse en la denuncia moral. Tiene que construir un programa de transición para Palestina y el Medio Oriente, que incluya: el derrocamiento del Estado sionista y expropiación de la burguesía israelí; la disolución del aparato militar y apertura a una Palestina obrera y socialista, sin colonos opresores; la insurrección contra las monarquías y dictaduras árabes colaboracionistas; y la fundación de una Federación Socialista del Medio Oriente, la única forma viable de garantizar la autodeterminación, la igualdad y el desarrollo.
Para eso se necesita un partido revolucionario internacionalista, no un aparato académico que escriba desde la seguridad de sus cátedras mientras el pueblo palestino muere sin dirección, sin armas, sin horizonte. Lo que necesitamos no es más pensamiento simbólico, sino más organización política. Si no rearmamos el programa comunista en Palestina y en el mundo árabe, todo esto no será más que literatura —y la literatura no derriba Estados ni rompe bloqueos.
Es necesario ser enfáticos: la resistencia del 7 de octubre no fue un acto de desesperación irracional. Fue una ruptura política legítima con la sumisión impuesta por el orden imperial. Fue, en medio del genocidio, la aparición de un sujeto que se niega a morir sin combatir. Reconocer eso no es justificar toda táctica particular ni exaltar a Hamas como modelo de organización —que está lejos de serlo— sino afirmar que hay un pueblo que resiste, y que necesita de una dirección revolucionaria que lo eleve del combate puntual a la conquista del poder.
Palestina no es un símbolo, es una trinchera. Y la Tierra, si ha de ser defendida, no será protegida por metáforas ni espiritualidades. Será defendida por la clase obrera mundial, expropiando a los expropiadores, y rompiendo los pilares materiales del capital —desde el gas hasta los drones. Por eso, para que Gaza viva, para que Palestina viva, para que el mundo viva, hay que hacer la revolución.
