Marx en la barricada

por Elvira Concheiro

Pese a los malos momentos que ha vivido la obra de Karl Marx en las décadas regresivas del capitalismo neoliberal, sigue siendo ampliamente reconocido que estamos ante un personaje de enorme importancia que dejó una obra que es patrimonio del conocimiento de la humanidad. Pero también sabemos que se trata de una obra de consecuencias fundamentales si pensamos en términos de la transformación social, lo cual ya no es tan cómodo.

Una obra sobre la que siempre hay diversos aspectos que analizar, como corresponde a una obra-río, como decía el escritor Cardoza y Aragón, es decir, una obra que siendo la misma, corren por sus páginas siempre diferentes aguas, transformándola. La herencia que ha dejado Marx, por sus múltiples consecuencias, obliga a repensarla una y otra vez.

En esa dirección, al conmemorar los doscientos años del nacimiento de Marx, nos permitimos presentar aquí algunas ideas sobre el significado que tiene en la obra de Marx lo político, tema que adquiere en nuestros días, por inesperados caminos, renovada importancia sobre todo a la luz de las grandes transformaciones regresivas que, específicamente en ese campo, el mundo ha padecido desde hace más de cuatro décadas.

Decimos que no hay duda de que el conjunto de la obra de Marx ha tenido grandes consecuencias políticas, no obstante, ese reconocimiento es, con frecuencia, entendido en forma simple o limitada. La propia figura de Marx fue y es asociada a cuanto proceso de lucha por la liberación, la igualdad, la justicia se presenta en cualquier rincón del planeta. Hay, podemos decirlo, una reacción ideológica que aún sin haber leído una sola obra del revolucionario alemán, se le vincula en general a los procesos de cambio, incluso si son de muy distinta naturaleza a la qué Marx pudo hacer referencia.

No obstante, resulta paradójico el hecho de que no es frecuente abordar lo político en la obra de Marx, y particularmente El Capital, pues ha sido considerada por visiones dominantes como una obra económica o, en el mejor de los casos, de crítica económica. Tenemos obligación, por tanto, de preguntarnos cómo ha sido leído el trabajo de Marx y, en particular, El Capital, que ha permitido tan extraña escisión o despojo de quien, como dijera Engels, fue ante todo un revolucionario.

Aparejada a esta ausencia del análisis, nos topamos recurrentemente con la escisión que se hace del aporte de Marx, sobre todo a partir del cientificismo con el cual ha sido leído en no pocas interpretaciones. De manera que, desde Bernstein hasta nuestros días, es habitual encontrar separado, y hasta contrapuesto, el aporte científico de Marx respecto de su actividad política.

En particular ahora es difícil y hasta visto como poco adecuado a los fines “científicos” con los que se consulta la obra de Marx, entenderlo como integrante de un específico movimiento de trabajadores que no sólo lo involucra directamente en la lucha política de su tiempo, sino le proporciona el horizonte desde el que elabora su obra. Como se sabe, Marx se convierte en parte importante de ese movimiento, que entonces adquiere propia fisonomía y creciente organicidad y fuerza, lo que le permite intervenir de manera enérgica para que sus organizaciones se desprendan de su primera forma y desplieguen nuevas maneras políticas en correspondencia con la condición colectiva y los propósitos emancipadores de quienes las constituyen. En buena medida, es por esa motivación por lo que Marx se detiene con tanta precisión y detalle en el proceso de constitución de la clase obrera industrial y, en particular, en el momento que se refiere a la madre del antagonismo, como llama a la gran industria, en el que esta clase adquiere plena forma como sujeto colectivo.

A su vez, es desde la perspectiva que proporciona un movimiento social de la envergadura y relevancia que comienza a tomar el de los trabajadores a mediados del siglo XIX, un movimiento que en el curso mismo de su experiencia de lucha rebasa la mera transformación política y se adentra en la transformación social de raíz, que Marx puede explotar la visión de totalidad que proporciona el propio capitalismo.

Es, también, en ese sentido que sostenemos que la perspectiva de la totalidad permite que su obra trascienda la mirada disciplinar de la economía, o la filosofía, o la historia, para proponernos no sólo una perspectiva epistemológica nueva, ni tampoco sólo un método de investigación diferente, sino la comprensión de lo que es una estrategia política encaminada a la transformación radical de la sociedad.

Desde la mirada abierta por el movimiento que representa la posibilidad más avanzada y audaz de la transformación social (iniciada con la Conjura de los iguales hasta la Comuna de París de 1871, pasando por la insurrección de junio de 1848 en París), Marx engarza la experiencia política que él mismo tiene a partir de esos acontecimientos, con su investigación teórica. Para Marx, todos estos momentos perfilan en los hechos una nueva perspectiva que trasciende los términos consagrados de la lucha política y del programa de transformaciones sociales, trastocando los términos mismos de la participación de la polisque inauguró la revolución francesa de 1789, al constituir la autoemancipación como el nuevo sentido de los combates por la justicia, la igualdad y la libertad.

Es relevante recordar la temprana afirmación de Marx que expresa sintéticamente lo que en su obra posterior desarrollará: “[T]oda revolución derroca la sociedad anterior; en ese sentido es social. Toda revolución derroca el poder anterior; en ese sentido es política” (Marx, 1978, p. 245). Tal concepción que vincula las diversas esferas que aparecen disociadas es, podemos afirmar, lo distintivo de la perspectiva de Marx.

De igual forma, veremos posteriormente en El Capital una manera diferente de entender lo político a partir del estudio del conflicto puntual del que deviene la relación que implica esta esfera, proceso que no puede ocurrir de manera mecánica sino compleja y en una esfera diferente que llega a adquirir cierta autonomía. A partir de esto, entender el Estado como garante de la norma que nace de la violencia del conflicto entre segmentos de la sociedad, es para Marx pista a seguir para articular el análisis y adentrarse en la comprensión de las interconexiones internas de la totalidad social. Tal es la razón por la que, en efecto, no encontraremos una teoría separada sobre el Estado, lo cual está muy lejos de la idea althusseriana de que se trata de un faltante en la obra de Marx.

Ciertamente, el autor de El Capital parte de una visión histórica que no admite formas políticas universales e inmutables, ni tampoco, por tanto, concepciones sobre las organizaciones políticas y los programas para todo tiempo y lugar, pues se trata de expresiones del movimiento político real y del desarrollo incesante de la praxis que se realiza siempre a partir de una ubicación temporal y geográfica específica. De hecho, sus escritos políticos dan cuenta de la extraordinaria dinámica cambiante que conllevan estos fenómenos por contraste con el dinamismo conservador de las relaciones materiales.

Lo anterior nos lleva a cuestionarnos sobre las lecturas predominantes acerca de Marx. No parece irrelevante pensar en forma integral cómo se ha interpretado a Marx; cuáles son, al menos, los rasgos principales de las más influyentes lecturas y las consecuencias que han dejado, sobre todo en momentos como los actuales, en los que hay la tendencia a retomar a ciertos autores o corrientes de manera desarticulada, sin la recuperación de lo que es, sin duda, una rica historia interconectada, tal como mostró en su momento Eric Hobsbawm (1979), en el mejor intento en esta dirección. Desde luego es un tema muy amplio y que abarca ya siglo y medio. Aquí solo señalaremos un aspecto que nos parece particularmente relevante y que, desde nuestra perspectiva, permite preguntarnos sobre las formas actuales de abordar la obra de Marx.

En cierto sentido, es esta una manera de reconocer que a esas lecturas les debemos tanto lo alcanzado hasta ahora en el conocimiento de una obra extraordinariamente compleja e importante, como también los límites manifiestos que hemos tenido en su comprensión.

El tema no es inocente y tiene mucho de político. Sin duda la vinculación de las diversas interpretaciones o maneras de abordar a Marx con las miradas o posturas políticas que las sostienen permite entender la dimensión del problema que enfrentamos. No hay que olvidar que es esta correlación política la que ha definido siempre la recepción de la figura y obra de Marx, y es la que puede explicar algo tan absurdo como declararlo muerto al momento de la caída del muro de Berlín. Es claro que Marx ha dado múltiples batallas políticas que llegan hasta nuestros días.

Ciertamente, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta ahora la comprensión de la obra de Marx ha provocado muy diferentes lecturas, siempre ligadas a sus circunstancias históricas, a las preguntas del momento, lo cual es absolutamente natural y puede ser muy productivo. El problema ha sido confundir las respectivas preguntas y preocupaciones con las que Marx, a su vez, pudo tener. En especial, obviar el lugar de enunciación de Marx ha tenido relevantes secuelas.

Esto ha impedido, a más de 150 años de haberse publicado el primer tomo de El Capital, abordajes de ese trabajo desde una visión integral que permitan extraer exponer todas las consecuencias políticas que tiene ese extraordinario libro de Marx.

La visión fragmentada comenzó tempranamente. Ya en vida de Marx en ciertos ámbitos la preocupación fue encasillarlo y calificarlo, entonces, como economista para unos, o filósofo para otros, cuestiones que para el revolucionario alemán no merecían más que la burla por la pobreza de análisis que mostraban y la rivalidad intelectual entre ingleses y alemanes que expresaban.

Pero ese asunto no será, en realidad, tema entre los trabajadores. Son otras las preocupaciones de Marx frente a las lecturas posibles al interior de los partidos obreros, como lo muestra su debate con Ferdinand Lasalle o, años después, con los dirigentes del Partido Socialdemócrata Alemán, que dejó expresado en sus Glosas marginales al Programa de Gotha (1875). Pero también, años antes, había sostenido un intenso debate con Proudhon y, luego, con Bakunin y los anarquistas, alrededor, entre otras cosas, de su rechazo de la lucha política para alcanzar los objetivos de los trabajadores.

Una vez muerto Marx, el debate que suscita la postura de Eduard Bernstein resultó extraordinariamente relevante desde la perspectiva de una confrontación dentro de los partidos obreros, en relación con el análisis de las consecuencias políticas de las diferentes maneras de entender lo escrito por Marx. En realidad, no es una lectura ingenua ni superficial la que hizo entonces el movimiento obrero de la obra del revolucionario alemán. Por el contrario, en muchos sentidos fueron interpretaciones más complejas que las realizadas después en el medio académico, pero también fue donde comenzó esa fragmentación del trabajo teórico del revolucionario alemán.

Es Bernstein quien se separa del Partido del que fue dirigente y exponente teórico, el que realiza una de las primeras interpretaciones que segmentan el aporte de Marx, al sostener que su método dialéctico tomado de Hegel deviene en graves errores en la construcción científica de Marx. De ahí surgirá la idea de un Marx científico “contaminado” por un Marx militante; de una concepción del materialismo histórico al que, como sostiene György Lukács, se busca eliminarle la dialéctica como manera para “[…] fundar una teoría consecuente con el oportunismo, del ‘desarrollo’ sin revolución, del ‘crecimiento’ sin lucha hasta el socialismo (1969, p. 6.)”.

Como se conoce, hubo rápida respuesta a esa posición bernsteniana, como lo muestra la reacción de Karl Kautsky, Rosa Luxemburg, después Lenin, Lukács, Karl Korsch y aún Gramsci, quien bien entrado el siglo XX seguirá debatiendo las posturas de Bernstein considerando su vigencia en el movimiento de los trabajadores y la implicación que tenían en la estrategia política. Sin embargo, y pese a esas respuestas, hasta nuestros días es habitual encontrar separado, y hasta contrapuesto, el aporte científico de Marx respecto de su actividad y postura políticas.

A lo largo de todo el siglo pasado, aparejada a esa incomprensión del papel que jugó la lucha política en la construcción de la perspectiva teórica de Marx, hubo recurrentes voces que se sumaron a la escisión que se hace de su aporte, sobre todo a partir de un cierto positivismo cientificista desde el cual ha sido leído el autor del El Capital en no pocas interpretaciones.

En directa oposición a esa visión que asignó a Marx diversas adscripciones disciplinares, hay que recordar el énfasis que, años después, el marxista húngaro Gyorgy Lukács puso en la relevancia del método de Marx que le permite destacar la totalidad concreta no sólo como el objeto mismo de su análisis, sino como la perspectiva epistemológica que lo distingue de todos los demás.1

Es esta misma perspectiva la que permite entender el surgimiento de las ciencias diversas como resultado de una percepción de los hechos que deriva del carácter fetichista de las relaciones materiales, que cosifica todas las relaciones humanas:

Así nacen hechos “aislados”, complejos fácticos aislados, campos parciales con leyes propias (economía, derecho, etcétera) –escribe Lukács– […] de tal modo que tiene que parecer especialmente “científico” el llevar mentalmente esa tendencia –interna a las cosas mismas– hasta el final y elevarla a la dignidad de ciencia. Mientras que la dialéctica, que frente a esos hechos y esos sistemas parciales aislados y aisladores subraya la concreta unidad del todo, y descubre que esa apariencia es precisamente una apariencia –aunque necesariamente producida por el capitalismo–, parece una mera construcción (1969, p. 7).

La mayor paradoja es que, pese a la sorprendente visión de Marx, que no pasa desapercibido por sus seguidores y por sus oponentes, no resultó factible en un ambiente en el que las disciplinas y subdisciplinas en todas las ciencias se abrían paso generando enormes expectativas y abriendo nuevos campos de conocimiento, extraer a Marx de esas miradas disciplinares aún entre quienes insistieron en señalar como asunto clave la perspectiva de la totalidad concreta. Por el contrario, pronto empezaron a desarrollarse estudios que hablaban en nombre de una supuesta economía marxista, o de una historia marxista o una filosofía marxista.

Antonio Labriola fue uno de los primeros en reaccionar contra esta visión que comenzaba a ser dominante y, como se sabe, sostuvo la idea que Marx había eliminado la separación entre las diversas ciencias y, en particular, toda distinción entre ciencia y filosofía. Para Labriola la obra de Marx no pertenece a ninguna “especialidad” y formuló la idea de que la ciencia del autor de El Capital era la “crítica” como tal: “[S]u política ha sido como la práctica de su materialismo histórico, y su filosofía ha sido como inherente a su crítica de la economía, que fue su modo de hacer la historia” (1968, p. 63).

Del mismo modo, y seguramente inspirado en la obra de Antonio Labriola, Lenin (1987, p. 113) se opuso a un marxismo vulgar que maneja las categorías en forma atemporal y aislada, y planteó la idea de que Marx había dotado de base científica por primera vez a la sociología al formular el concepto de la formación económico- social como un todo concreto y, en esa medida, insertarla en la perspectiva de la totalidad social. Aunque no insistió en el tema de la disciplina, la obra de Lenin es de gran relevancia en la conformación de una corriente que en el seno del pensamiento marxista renueva las lecturas a la luz del análisis concreto de una praxis real, del que deriva una estrategia de transformación revolucionaria que modificó por completo las formas políticas durante buena parte del siglo XX, y a la cual las disciplinas resultan camisas de fuerza extrañas al ámbito de lo político que las conjuga.

Lenin, en su polémica con los populistas críticos del marxismo, es insistente en la idea de que El Capital dista de ser una obra estrechamente encajonada en el análisis económico; escribe:

Marx no se dio por satisfecho con este esqueleto, que no se limitó sólo a la “teoría económica”, en el sentido habitual de la palabra; al explicar la estructura y el desarrollo de una formación social determinada exclusivamente por las relaciones de producción, siempre y en todas partes estudió las superestructuras correspondientes a estas relaciones de producción, cubrió de carne el esqueleto y le inyectó sangre […] esta obra del ‘economista alemán’ presentó ante los ojos del lector toda la formación social capitalista como un organismo vivo, con los diversos aspectos de la vida cotidiana, con las manifestaciones sociales reales del antagonismo de clases propio de las relaciones reproducción, con su superestructura política burguesa destinada a salvaguardar el dominio de clase de los capitalistas, con sus ideas burguesas de libertad, igualdad, etc., con sus relaciones familiares burguesas (1974, pp. 151-152).

La comprensión del método de Marx, aparejado a una enorme contribución en el terreno del análisis político, dejó tenue huella en los marxistas que comenzaron a hablar en nombre de un supuesto leninismo, ante lo cual no dejó de haber importantes voces discordantes. Tal es el caso de Karl Korsch quien, paralelamente a lo que Lukács expresaba en su conocida obra, expresaba en el año 1922, año de enorme discusión en el movimiento comunista alemán, tras el fracaso revolucionario y a tono con la visión leniniana:

De hecho, los marxistas han interpretado posteriormente el socialismo científico cada vez más como una suma de conocimientos puramente científicos, sin relación inmediata con la práctica política o de otra índole de la lucha de clases […] no puede haber ciencias parciales, aisladas, independientes unas de las otras; como no puede haber una investigación puramente teórica, científica, sin supuestos y al margen de la praxis revolucionaria (1971, p. 31).

Por desgracia, la obra de Antonio Gramsci fue por muchos años desconocida y poco trabajada por su condición de preso del fascismo musoliniano y su prematura muerte, de manera que su propuesta quedó ignorada para hacer frente al marxismo dogmático dominante en referencia a lo que estamos tratando. Pero hoy sabemos del inmenso aporte que dio el dirigente comunista italiano, en particular en sus Cuadernos de la Cárcel(1986). Gramsci no solo compartió las perspectivas de Labriola y Lenin, sino que su énfasis en el marxismo como filosofía de la praxis puso de nuevo en cuestión las visiones economicistas y mecanicistas dominantes y abrió un amplio espectro en el estudio de la relativa autonomía de lo político desde el pensamiento inaugurado por Marx.

En efecto, en una dirección opuesta a los marxistas que hasta aquí hemos mencionado, después de la muerte de Lenin el marxismo soviético había encontrado la fórmula perfecta para consagrar la escisión de Marx y sacar provecho de ello en su búsqueda de legitimación del nuevo poder: el marxismo-leninismo, que presentaba un pensamiento “completado” por la obra de dos personajes inolvidables, Marx y Lenin, a quienes se presentaba como parte de una fórmula en la que a uno correspondía la parte científica, la teoría; y al otro la lucha revolucionaria, la práctica. Así quedó consagrado durante décadas que Marx carecía de una teoría del partido (que sería así la obra fundamental de Lenin, para unos como complemento de lo elaborado por Marx, para otros el desvío vanguardista), entre muchas otras cuestiones.

En ese ambiente, el debate que introdujo Althusser en los años setenta del siglo pasado tenía enormes posibilidades para desplegarse, y hoy es una de las vertientes que la nueva generación busca recuperar.

El filósofo comunista francés agregó varios elementos que sólo puedo aquí enunciar: la separación del Marx joven respecto al Marx maduro; que se corresponde con la escisión entre el Marx humanista y el Marx científico. El divorcio entre una “estructura” que determina una “superestructura”, términos que ya entraron en franco desuso. Esta visión, como sabemos, se encumbró con la tajante idea, que en su momento conmocionó, de que la labor científica de Marx había que buscarla sólo en el terreno económico, para terminar sentenciando que el genio alemán carecía de una teoría del Estado.

Una importante reacción a la visión dominante es la de Henri Lefebvre, quien desde una academia francesa que, invocando la manera de las ciencias naturales, acentuaba la importancia de las disciplinas, fue una voz acertada que alertó sobre el asunto de encasillar el pensamiento de Marx: “[E]l pensamiento marxista no puede introducirse en esas estrechas categorías: filosofía, economía política, historia o sociología”, escribió Lefebvre en su conocido texto Sociología de Marx (1966).

En tiempos más recientes, podemos mencionar a David Harvey, quien apuntó al importante asunto de dar integridad al análisis en la perspectiva marxista e incorporar en su cuerpo constitutivo la visión geográfica, no como un simple agregado más sino que, dentro de la perspectiva de la totalidad, propuso contemplar no sólo la temporalidad histórica (en la que se insiste al hablar del marxismo como materialismo histórico) sino la espacialidad concreta en la que aquella ocurre.

Si observamos, las lecturas dominantes no han hecho más que coger tijera y cortar, separar, fraccionar. Así, El Capital está pleno de “teorías” específicas y, lo que ahora gusta tanto, está repleto de “conceptos” que explorar en sí mismos.

En un sentido inverso, de nuevo recurrimos a la postura de Lukács, que es extraordinariamente clara:

El aislamiento abstractivo de los elementos de un amplio campo de investigación o de complejos problemáticos sueltos o de conceptos dentro de un campo de estudio es, obviamente, inevitable. Pero lo decisivo es saber si ese aislamiento es sólo un medio del conocimiento del todo, o sea, si se inserta en la correcta conexión total que presupone y exige, o si el conocimiento abstracto de las regiones parciales aisladas va a preservar su autonomía y convertirse en finalidad propia. Para el marxismo, pues, no hay en última instancia ninguna ciencia jurídica sustantiva, ni ciencia económica sustantiva, ni historia, etc., sino sólo una única ciencia, unitaria e histórico-dialéctica, del desarrollo de la sociedad como totalidad (Lukács, 1969, p. 30).

Pese a lo encarnizado que fue por momentos el debate acerca de cómo considerar en términos generales la obra de Marx, lo cierto es que dista mucho de haberse resuelto en un sentido crítico. Pese a las interconexiones que se señalan, la tendencia general fue y sigue siendo la de entender a Marx desde alguno de los enfoques parciales, dentro de alguna disciplina particular, aunque a todas éstas la obra de Marx las desborde continuamente. Habría que preguntarse, recordando la interesante postura de Manuel Sacristán (1983) sobre este tema, porqué ha imperado incluso entre los marxistas, una visión fetichista de la ciencia que no hace frente al hecho de su creciente subordinación a la dinámica y la lógica general del capital.

Lo anterior explica también por qué se mantiene dominantes las lecturas “económicas” de El Capital, y, sobre todo después del crack de 2008, en las que se siguen dando algunas discusiones eternas justamente entre los economistas, estudiosos lúcidos de Marx, y sus planteamientos sobre las crisis. Pero a su lado, están las lecturas filosóficas, las cuales están proliferando, como es natural ante los tan deteriorados mundos de lo político, lo social, lo económico. Al parecer, la filosofía es un buen refugio cuando resulta difícil encontrar la salida a la situación de este mundo al borde de su destrucción. En el fortalecimiento de las lecturas hegelianas de Marx hay quien sostiene sin titubeo –y logra un éxito mediático inconcebible– que El Capital es “la quintaesencia del idealismo alemán” (Fusaro, 2017, p. 29), aunque también han regresado otras posturas proponiendo algunas cuestiones refrescantes.

Pero, sobre todo, tenemos las nuevas lecturas filológicas, que ha propiciado el proyecto de la MEGA2. A estas les debemos el actual impulso a leer de nuevo a Marx, a redescubrirlo, a despojarnos de viejas ideas, a cuestionar la forma en que se dio a conocer su obra, a verla como es: inacabada, en constante revisión, con variantes. Pero también es la visión que más olvida el sentido, el motor, la flama interna de la obra de Marx: les estorba el Marx político; les molesta la conexión de la obra con un mundo en lucha, una lucha de la que su autor fue parte fundamental y a la que subordinó todo. En estas lecturas, de nueva cuenta y alimentándose del discurso posmoderno, Marx es escindido hasta el extremo y la política es expulsada de la obra-río.

Creo que, para poder rescatar el sentido de la propuesta de Marx, que desde muy joven se propuso criticar sin contemplaciones todo lo que existe, resulta indispensable trocar la mirada y considerarlo no sólo parte integrante del movimiento de los trabajadores de su época, sino su deudor. Es decir, no debiéramos prescindir del hecho de que Marx fue no sólo su más relevante portavoz, sino quien expresó teóricamente lo que este movimiento contenía en su interior, como ente colectivo que en su praxis permite explotar el horizonte de visibilidad que abre el capitalismo.

Marx es parte en diversos momentos del encarnizado combate que dieron los trabajadores y cuya culminación fue la Comuna de París en 1871, los cuales perfilan con su obra una nueva perspectiva que destaca la autoemancipación como el eje y nuevo sentido de los combates comunitarios por la igualdad, la justicia y la libertad.

Esa sola inversión de los términos con los que se trata a Marx abrirá, probablemente, nuevos senderos más fructíferos que permitan enfrentar las condiciones que mantienen los trabajadores en el siglo XXI y recuperar el sentido profundo de su trabajo.

No se trata, en efecto, de un asunto sencillo. Como hemos tratado de señalar, en forma muy sintética, el hurgar en el sentido de las conexiones e interrelaciones que los aportes de Marx brindan en diversos aspectos de la vida social y, en particular, encontrar esa visión compleja que nos ofrece sobre lo político, al margen de cualquier determinismo simple o del frecuente economicismo con el que se le ha leído, ha sido intento incesante de algunos marxistas cuyo punto de contacto es la determinación de mantener la llama encendida de la propuesta radical, del cambio de raíz, que sigue ofreciendo, pese a todo, la obra de Karl Marx.

NOTAS

1 Escribe Lukács: “[L]a totalidad concreta es, pues, la categoría propiamente dicha de la realidad. La verdad de esta concepción no se manifiesta, empero, con toda claridad más que situando en el centro de nuestra atención el sustrato real, material, de nuestro método, la sociedad capitalista con sus internos antagonismos entre las fuerzas de producción y las relaciones de producción (1969, p. 11).

REFERENCIAS

Fineschi, R. (2017). El Capital después de la nueva edición histórico-crítica, Memoria, 261, México. Artículo disponible https://revistamemoria.mx/?p=1415

Fusaro, D. (2017). Todavía Marx, El espectro que retorna. Barcelona: El Viejo Topo.

Gramsci, A. (1986). Cuadernos de la Cárcel. Edición crítica del Instituto Gramsci a cargo de Valentino Gerratana. México: Era.

Hobsbawm, E. J. (1979). Historia del marxismo. Barcelona: Bruguera.

Korsch, K. (1971). Marxismo y Filosofía. México: Era.

Labriola, A. (1968). Filosofía y socialismo. Buenos Aires: Claridad.

Lefebvre, H. (1966). Sociology of Marx. N. Guterman, New York: Pantheon.

Lenin, V. I. (1974) ¿Quiénes son los “Amigos del Pueblo” y cómo luchan contra la socialdemocracia? Obras Completas, Tomo 1. México: Akal.

Lenin, V. I. (1987). Obras Completas, Tomo XLI. México: Akal.

Lukács, G. (1969). Historia y conciencia de clase. México: Grijalbo.

Marx, K. (1978). “Notas críticas al artículo “El rey de Prusia y la reforma social por un prusiano’”. Obras de Marx y Engels (OME) 5. Barcelona: Grijalbo.

Marx, K. (1970). Crítica al Programa de Gotha. Selected Works of Karl Marx and F. Engels. Volumen III. Moscú: Progress, 9-37.

(Tomado de Marx desde Cero)

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