Lecciones del 2021 en Chile: la Lista del Pueblo, la Convención Constitucional y el triunfo de Boric

por Gustavo Burgos

Según cómo se hagan los cálculos, el año que termina el pueblo chileno ha sido convocado en cuatro oportunidades a elecciones generales. En ella ha debido elegir concejales, alcaldes, gobernadores, convencionales constituyentes, diputados, senadores y presidente. Calculemos 8 votos mínimo, si a eso le sumamos los proceso electorales de primarias, el impacto de los procesos electorales ha resultado enorme. Una verdadera «fiesta democrática» con la que el régimen capitalista ha perseguido denodadamente hacer revivir las ilusiones democráticas que legitiman el orden social patronal. Para el gran capital tal esfuerzo importa una ganancia inmediata del momento que le permite dirigir un ataque político directo contra los trabajadores y los explotados, materializando un verdadero bombardeo ideológico sobre las organizaciones políticas de base, asambleas, cabildos, coordinadoras y ni hablar del efecto ocasionado sobre las organizaciones de la izquierda revolucionaria. En un sentido histórico, con los procesos electorales burgueses esta clase se permite dirimir sus conflictos internos y al mismo tiempo dividir, ahogar y sacar de las calles a las organizaciones de trabajadores, aislándolas de su entorno social originario.

Esta consideración general, relativa al carácter reaccionario de los procesos eleccionarios en la lucha de clases, permite comprender tres hechos de enorme impacto durante el año que termina, cuya develación resulta gravitante para proyectar la acción política desde la trinchera de los trabajadores.

La Lista del Pueblo

El primer hecho lo configura la llamada Lista del Pueblo, un fenómeno electoral que se filtró por la excepcional norma que habilitó la posibilidad de presentar listas de independientes para elegir convencionales constituyentes. Agrupados a nivel nacional por un equipo de publicistas que explotó el desprecio popular hacia los partidos políticos, la Lista del Pueblo tuvo un rutilante resultado en las elecciones para la Convención Constitucional eligiendo más de veinte convencionales, el hecho sacudió el ambiente político partidario del momento que se transformó en la práctica en la principal fuerza política del órgano que habrá de redactar una nueva Constitución. Su vocero Rafael Montecinos se expidió enfáticamente en el sentido de que no conversarían con ningún sector político, que sostendrían una linea de enfrentamiento con las fuerzas del Acuerdo por la Paz y que no permitirían el funcionamiento de la Convención mientras no se liberen a los presos políticos. Todo un desafío al orden establecido que explicaba la gran participación de militancia de izquierda radical en el conglomerado.

Sin embargo, una vez aterrizados en la Convención Constitucional el discurso de Montecinos era eso, un mero discurso. No habían pasado ni dos horas desde la instalación del organismo y los convencionales de la Lista del Pueblo permitieron que funcione la Convención con presos políticos, aplaudieron a la secretaria del organismo y concurrieron decisivamente en la elección de la convencional cupo pueblo originario y ex PPD, Elisa Loncon como Presidente de la Convención. A partir de este momento, una sucesión vertiginosa de decisiones políticas terminarían con el levantamiento de la candidatura presidencial de Cristián Cuevas, aprobada en una asamblea por 40 personas, seguido por el retiro de esta candidatura y el levantamiento de la fallida postulación presidencial de Diego Ancalao quién llegó a inscribir su candidatura con 23.000 firmas falsas. Finalmente los convencionales de la Lista del Pueblo se retiran del movimiento en casi su totalidad, sumando escándalos como los de Rojas Vade y la deserción de otros hacia la Derecha. Como guinda de la torta, se hace publico que el factotum de la Lista, Mauricio Menéndez (alias Chancho de Guerra) inscribió a su nombre la marca comercial «Lista del Pueblo».

Esta historia tragicómica pone de manifiesto dos cuestiones trascendentales. Que contra el propio discurso de la Lista del Pueblo, la demanda principal del movimiento de masas es la conformación de un nuevo partido, una nueva dirección. La patética estupidez de que «el pueblo unido avanza sin partido» tuvo como única finalidad practica servir de tapadera para que Montecinos, Menéndez, Ponce y cía. controlaran el movimiento a su amaño. El propio movimiento demandaba una dirección y la Lista del Pueblo en los hechos se organizó como partido, la circunstancia de su estrepitoso y miserable fracaso solo puede explicarse por la política democratizante que más allá de sus declaraciones sostuvo en la práctica. La Lista del Pueblo colaboró con el régimen desde el primer momento y éste se encargó de pasarle la cuenta tan pronto tuvo la oportunidad, sometiéndola al escarnio y a la indignidad de las firmas falsas, y de sus convencionales falsos. Frente a este problema estructural, organizativo y programático ningún efecto tuvieron la participación en su interior de pequeñas referentes de izquierda (María Rivera del MIT, entre otros) que se vieron imposibilitadas de actuar contra esta corriente invencible.

La Convención Constitucional

Un segundo hecho, más general pero igualmente nuevo lo constituyó la instalación de la Convención Constitucional. Como hemos anticipado desde el mismo día de su instalación, con la elección de Elisa Loncon y en el propio discurso de aceptación del cargo, quedó claro que su proyecto era la recomposición del régimen y la defensa de los intereses de la minoría explotadora. Cuando Loncon anunció que la presidencia sería rotativa y que se buscaría defender los intereses de todos, estaba señalando esta perspectiva burguesa. Los hechos lo corroboraron a los pocos días: la Convención rechazó siquiera discutir una amnistía a los presos políticos, en el mismo acto fijó en 30 el número de convencionales para proponer mociones (exactamente la cantidad de convencionales de Derecha) con lo que se bloqueó la posibilidad de que minorías de izquierda pudiesen presentar mociones para el debate. Ya en agosto y septiembre, con la votación del reglamento se ratificó que el quorum que regularía la Convención sería de 2/3, contramayoritario y antidemocrático, hecho exactamente a la medida de la Derecha la que habiendo sido derrotada en las urnas el 16 de mayo, fue nuevamente rehabilitada por las fuerzas del Acuerdo por la Paz. Fernando Atria calificó esta medida como una necesidad de respeto a la institucionalidad.

Dominada la Convención —sin ningún contrapeso por las fuerzas del Acuerdo por la Paz— la Convención se transformó en una simple cámara de reformas constitucionales. Una instancia desde la cual se articulará la transición y la recomposición del régimen. No puede entenderse a la Convención como un triunfo popular, ni mucho menos el famoso «proceso constituyente»como algo que corresponda preservar. Desde la Convención se conspira contra el pueblo y los trabajadores, desde la Convención se defienden los intereses del gran capital. En este marco las iniciativas populares, aún cuando pueden resultar en valiosas campañas, están destinadas al completo fracaso del momento que las 15000 firmas vinculan únicamente al debate de lo propuesto, se trata de simples consejerías populares y en ningún caso de una iniciativa que exprese auténticamente la voluntad popular.

Imaginemos, no pude descartarse, que logremos levantar una iniciativa popular que consigne la proscripción de la gran propiedad de los medios de producción, que desmantele el aparato criminal de las FFAA y de Carabineros, que disuelva el parlamento y que declare como auténticas expresiones de poder las del poder popular, la de las asambleas populares y del armamento general de la clase trabajadora. Estoy exagerando, pero la idea es que puediese realmente formularse en términos constitucionales una expresión de política revolucionaria y socialista. Tal cuestión, aún ella, su mejor destino sería el ser arrasada por las mayorías políticas del Acuerdo por la Paz que dominan Convención. Se trata de un camino sin destino práctico, se trata de iniciativas que ni siquiera pueden ser consideradas reformistas del momento que nacen destinadas al fracaso, formalmente.

Las políticas deben observarse desde la óptica de aquello que plantean realizar a los trabajadores, en concreto. El discurso es un simple vehículo de los intereses de clase, pero su materialización en la vida social le da contenido a todo discurso. En esa perspectiva, por supuesto que la lucha por las reformas juega un papel importante en el proceso revolucionario, pero solo en tanto se formule en términos que ayuden a superar las ilusiones en la democracia burguesa —jamás promover la participación en las instituciones patronales— y fortalezcan la capacidad organizativa y de movilización, con una clara perspectiva de poder.

El triunfo de Boric

En las páginas de El Porteño hemos tratado de dar espacio a la mayor cantidad de corrientes que afirman levantar una perspectiva clasista, aún cuando se hayan inclinado en la segunda vuelta llamando a votar por Boric. A estas alturas, ya no hay debate sobre el carácter burgués y proimperialista que tendrá el Gobierno de Gabriel Boric desde La Moneda. Aún los más acérrimos «boricistas» —algunos de los cuales hasta hace poco seguían difundiendo memes, audios y proclamas sobre la derrota del fascismo que expresara la candidatura de Kast— reconocen que nada se puede esperar del nuevo Gobierno. A partir de esta caracterización general es fácil prever que habremos de encontrarnos en las calles nuevamente.

Sin embargo hay un punto nodal que no está saldado: el carácter del triunfo de Boric. Esta cuestión es medular para observar las características del proceso que viene. Por una cuestión diría de pudor político, quienes llamaron votar por Boric califican este hecho como un triunfo popular en tanto mediante el voto ni más ni menos que se derrotó al fascismo. No creo necesario argumentar mayormente, menos citar a Marx, Lenin y al propio Trotsky que explícitamente analizó este problema candente en Alemania, Francia y España: al fascismo no se le derrota con acciones institucionales, en realidad quienes plantean vías pacíficas, legales para enfrentar al fascismo, no hacen otra cosa que allanarle el camino a las fuerzas que pretenden conjurar. En realidad si existiera una amenaza fascista en la realidad, la política de quienes llaman a frenar al fascismo votando por un liberal burgués como Boric, debería ser catalogada como de una abierta traición a la clase obrera.

Pero no nos encontramos ni remotamente en esa situación y la izquierda «boricista» lo sabe. Nunca hubo tal amenaza fascista y no por las encuestas, sino que por la mecánica del proceso, era absolutamente imposible que se impusiera Kast, mucho menos que él pudiese establecer una dictadura militar, tal perspectiva terrorista no pasó de ser una hábil maniobra comunicacional para llenar las urnas en favor del candidato del árbol. Nos dirán que no es lo mismo Boric que Kast, y les responderemos que obviamente no son lo mismo, pero que una u otra opción no hacen sino definir los contornos del campo en que se ha de desarrollar la lucha, no siendo jamás un conflicto entre «democracia y fascismo».

¿Qué fue el triunfo de Boric? Pues bien, lo que fue en la realidad social, un abrumador espaldarazo popular al programa burgués, neo concertacionista de Apruebo Dignidad. Fue un triunfo del régimen y un retroceso objetivo para las fuerzas de los trabajadores y el pueblo. Tras el triunfo de Boric los grupos de izquierda han quedado aislados, las organizaciones de base han sido diezmadas y en su conjunto el movimiento de masas ha retrocedido. El triunfo de Boric es un punto de inflexión, que en un sentido histórico general cierra el ciclo revolucionario abierto el 18 de Octubre y abre otra etapa en la lucha de clases. No hay que tener miedo en decirlo. Las derrotas políticas deben ser reconocidas siendo esta la única manera de enmendar el rumbo.

Durante este día varios amigos me enviaron el video de un cura porteño que llamaba a rezar por Boric y defendía fervorosamente el papel de los comunistas en la historia. Un cura de pueblo cuyo nombre no aparece en el video pero cuya labor con los desposeídos es encomiable, representando quizá los últimos vestigios de la Iglesia «comprometida» de los 80. No dudo de las credenciales revolucionarias de quiénes me enviaron el video, sé que ellos no rezarán por Boric. Lo que creo resume ese video es que una parte importante del activismo de izquierda, quizá no el más politizado, pero probablemente el más comprometido votó mayoritariamente por Boric. Es el octubrismo que llevó ese millón de votos que le permitió al candidato de Apruebo Dignidad quedarse con el premio mayor. Es precisamente en este fenómeno donde se encuentra la raíz de un nuevo estallido.

Las ilusiones democráticas sobre el nuevo gobierno son totalmente desmedidas en razón de lo que el propio candidato planteó en la segunda vuelta y en base a lo que expresa su propio programa de gobierno. Las ilusiones, no abstractas sino concretas, serán el combustible de una nueva fase de movilizaciones que aguijoneada por la crisis económica y las medidas contractivas que aplicará Boric, será el espacio propio para un nuevo impulso de un movimiento que si bien es cierto ha sido derrotado políticamente, no ha sido aplastado.

Esto nos deja el 2021. Un año de vértigo y de ataque político inmisericorde por parte de la burguesía y sus adláteres democratizantes. Pero un año de aprendizaje y de grandes conclusiones para todos quienes militamos en las filas de la revolución obrera. El 2022 se templará ese acero, velaremos esas armas y saldremos —más tarde, más temprano— junto a millones nuevamente a las calles. En ese proceso, obligadamente hemos de batallar por poner en pie el partido obrero revolucionario que el proceso reclama, un partido de vocación insurreccional, para el combate, cuya estrategia sea llevar al poder a la clase trabajadora.

Feliz año nuevo compañeros, será un año rojo, vívido y de lucha, socialista y revolucionario. Libertad inmediata e incondicional a todos los presos políticos, juicio y castigo a Piñera y a su Gobierno de asesinos. Viva la unidad de la clase trabajadora.

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