Las antinomias de Perry Anderson

por George Souvlis

Pocos y pocas profesionales de la historiografía podrían competir con Perry Anderson en lo tocante a la habilidad para escribir con inteligencia sobre cuestiones tan dispares como la antigua Grecia, la cultura y la teoría política y la actualidad en países que van desde Brasil hasta Italia. La erudición del historiador británico le hace sobresalir en el mundo de las letras, pero lo mismo ocurre con su compromiso durante toda su vida con la política socialista. En efecto, la mayoría de las apreciaciones de Anderson se centran en este último aspecto y no indagan tanto en los argumentos históricos y las bases epistemológicas que informan sus estudios.

Pero podemos comprender mejor la obra de Anderson si adoptamos el enfoque de la historia intelectual que utiliza él mismo. Esto significa en primer lugar que hemos de leer el trabajo del intelectual como una totalidad intencional, con el fin de detectar sus contradicciones y omisiones, sean conscientes o no. Pero también es importante historiar su enfoque, arrojando luz sobre su contexto intelectual, social y político.

En el caso de Anderson podemos hacer esto de forma particularmente fructífera si examinamos sus intentos de lidiar con la historia del marxismo, en particular con la tradición marxista occidental, que se desarrolló fuera de los países del socialismo de Estado. En combinación con sus juicios a menudo fulminantes sobre diversos marxistas occidentales, Anderson llevó a cabo su propia búsqueda para superar ese legado, pero no como un ejercicio vacuo de historia intelectual, sino en un intento de mostrar las raíces de las numerosas deficiencias de la izquierda.

La trilogía sobre la historia del marxismo

El primer libro de Anderson sobre este tema fue Consideraciones sobre el marxismo occidental, publicado en septiembre de 1976. Allí examinaba los diferentes marxismos que se desarrollaban en la Europa Occidental de posguerra, vinculados orgánicamente a los partidos comunistas sujetos a la influencia soviética. Anderson aseveró que el “rasgo distintivo” del marxismo occidental es que “es un producto de la derrota”. Para él, la incapacidad de la Revolución Rusa para extenderse en el extranjero definía su carácter interno estalinista, que a su vez configuró las teorías propagadas por los partidos satélites de Moscú, que no podían cuestionar a fondo sus propias realidades y políticas.

Para Anderson, la derrota de la revolución en Alemania, que determinó el destino de la Revolución Rusa y por consiguiente el de la clase obrera mundial, bloqueó el desarrollo dialéctico entre la teoría revolucionaria y la práctica política, hasta entonces uno de los rasgos distintivos de la tradición marxista. Así, la teoría marxista que se desarrolló a partir del periodo de entreguerras, empezando por la Escuela de Fráncfort, se limitó a un discurso filosófico debatido principalmente en las universidades. La tradición marxista clásica utilizaba la labor teórica para definir tareas para la acción política. Y a la inversa, los marxistas occidentales abandonaron los análisis económicos y políticos de sus predecesores para desarrollar una jerga centrada casi exclusivamente en cuestiones epistemológicas, “corrigiendo” a Marx mediante el recurso a otros “filósofos burgueses”.

La respuesta política y epistemológica a esta degeneración se halla, según Anderson, en la tradición trotskista, con intelectuales como Ernest Mandel, que trataron de cubrir el vacío entre teoría y práctica, el vicio intrínseco del marxismo occidental. Sus obras trataban de cuestiones relacionadas con la economía política del capitalismo y con la política, abandonando cuestiones que el marxismo occidental había privilegiado, como la epistemología. Al historiar las preferencias políticas y teóricas de Anderson es importante referirse al debate sobre reforma y revolución en este periodo, entre las corrientes eurocomunistas en el seno de los partidos comunistas y los trotskistas. Esta cuestión volvió a surgir a la luz de las transiciones de la dictadura a la democracia liberal en el sur de Europa a mediados de la década de 1970, y del proceso contrario en América Latina.

No obstante, a diferencia de la Cuarta Internacional trotskista, el marxismo de Anderson se inclinaba más por el análisis histórico que por la política y la economía política. Sus denominadores comunes eran el reconocimiento de la clase obrera como principal sujeto que dirigiría el proceso de emancipación social y la convicción de que el marxismo era el cuerpo teórico que informaría la práctica política revolucionaria. Al mismo tiempo, Anderson nunca fue un activista. Era más bien un intelectual política y teóricamente informado, afín a aquellos partidos eurocomunistas que condenó en Consideraciones sobre el marxismo occidental. Esto se reflejó también, en particular, en su método, que carecía de todo reduccionismo explícito de las ideas o la política al nivel económico.

Se mantuvo dentro de un marco analítico que privilegiaba el conflicto geopolítico entre la Revolución de Octubre y sus enemigos como factores determinantes de las ideas que emergían. Esta propuesta epistemológica no es muy diferente de la tradición weberiana, en la que la política opera como esfera autónoma con respecto a la economía. En cambio, un enfoque propio del materialismo histórico en el plano de las ideas se acercaría más al que se plantea en las obras sobre la historia del pensamiento político de Ellen Meiksins Wood. Su enfoque de las ideas políticas viene definido por un conjunto de conceptos reguladores como relaciones sociales, formas de propiedad y formación del Estado.

Las similitudes entre la obra de Anderson y las proclividades de la tradición marxista occidental también se pusieron de manifiesto en el modo en que el historiador británico formuló muchas de las cuestiones rectoras de su estudio, informadas por Antonio Gramsci.

¿Contra Thompson?

Anderson desarrolló esta línea de reflexión en E.P. Thompson; diálogos y controversias, un escrito centrado en el historiador británico E. P. Thompson y su polémica con el filósofo francés Louis Althusser. A pesar de la crítica que hizo Anderson a Miseria de la teoría de Thompson, su intención era acercar posiciones con él tras el cisma surgido entre los dos, y las generaciones a las que representaban, en su debate de una década antes sobre la naturaleza del Estado y del capitalismo británicos. Las esperanzas de los movimientos de la década de 1960 se habían disipado y la izquierda mundial estaba retrocediendo tras las derrotas en América Latina y el sur de Europa: eran tiempos de convergencia, no de mayor división.

Dicho esto, Anderson dejó claras sus diferencias con Thompson, dado que en Miseria de la teoría Thompson había calificado la Νew Left Review de Anderson de representativa del althusserismo dentro del contexto británico. La reconstrucción por parte de Anderson de las diferencias entre él y Thompson fue más allá del nivel epistemológico e incluyó cuestiones políticas. Para Anderson, su principal desacuerdo político tenía que ver con el dilema entre reforma y revolución (situándose él en este último terreno). De este modo, sus diferencias se explican en relación con las vicisitudes geopolíticas del periodo de posguerra y, más concretamente, con las divisiones dentro del campo comunista. Si Thompson se inclinó por la nueva izquierda tras la invasión soviética de Hungría, Althusser se quedó fascinado con el antirrevisionismo chino.

Claro que la idea de socialismo y del modo en que se realizaría que tenía Anderson era bastante diferente de uno y otro. Para él, la nueva fase de la historia humana se iniciaría con un violento periodo de transición que implica: “la disolución del Estado capitalista existente, la expropiación de las clases propietarias de los medios de producción y la construcción de un nuevo tipo de Estado y de orden económico, en el que los productores asociados pudieran ejercer por primera vez el control directo sobre su vida laboral y el poder directo sobre su gobierno político”.

Esto, junto a la insistencia en la necesidad de una “crisis económica fundamental” para que pueda producirse este cambio, dejaba claro su rechazo de las tesis reformistas. En efecto, su idea de transformación política socialista era próxima a la que preconizaba por aquel entonces Ernest Mandel. En Consideraciones sobre el marxismo occidental calificó a Mandel de uno de los intelectuales ejemplares de Occidente cuya postura permitía cubrir el vacío que separaba la teoría de la práctica política.

En la universidad

Muy distinto era el estilo de Anderson en la secuela de su estudio sobre el marxismo occidental, titulada Tras las huellas del materialismo histórico. Destinado a una audiencia universitaria en Irvine, California, este libro evalúa las tendencias intelectuales del estructuralismo y posestructuralismo en Francia de 1945 a la década de 1980. Anderson detecta fuertes continuidades entre ambas tradiciones, calificando la segunda de transfiguración de la primera. Su dedicación a estos sistemas de pensamiento se explica con referencia al predominio de las tendencias estructuralistas en el marxismo francés que, en opinión de Anderson, se hallaba en fuerte declive desde comienzos de los años ochenta.

La raíz intelectual de esta deformación se halla en el dominio del estructuralismo, informado por la obra teórica del lingüista y semiótico suizo Ferdinand de Saussure. Esto suponía la prevalencia de la lógica discursiva sobre las funciones sociales, o sea, la sociedad se analizaba con las reglas y los medios del análisis lingüístico. Más concretamente, el ámbito epistemológico compartido por los posestructuralistas se caracterizaba por “la desorbitación de la lengua”, “la atenuación de la verdad” y “la aleatorización de la historia”, lo que implicaba en última instancia la relativización de los principios básicos de la Ilustración, disolviendo todas las certezas en el ámbito de la ética y la política.

La narración que hizo Anderson de la historia interna de las tradiciones estructuralista y posestructuralista aporta algunas ideas interesantes, pero viene marcada por muchas homogeneizaciones toscas que confunden más que clarifican el tema en cuestión con el fin de buscar una narración totalizadora. La mayor parte del mundo académico no estaba de acuerdo en que el marxismo francés de posguerra estuviera dominado por el estructuralismo, y la afirmación de que el estructuralismo, una epistemología académica, era la causa de las derrotas políticas de los partidos eurocomunistas del periodo parece compartir el mismo idealismo que Anderson criticó en este ámbito.

Este conjunto de cuestiones revela las limitaciones de las categorías analíticas elegidas por Anderson. Ahora bien, el historiador británico añade también otro factor extraintelectual del declive de las dos tradiciones que examina, a saber, las derrotas del maoísmo en el este y del eurocomunismo en el oeste, con los que estaba aliado el estructuralismo. Junto con sus debacles políticas, la teoría también se colapsó. Sin embargo, Anderson no explica la relación exacta entre la teoría y su realidad externa. Si existía una relación directa entre la realidad y la teorías, ¿cómo es que la influencia global de Gramsci, quintaesencia de los teóricos marxistas occidentales, sobrevivió las décadas de 1980 y 1990 tanto dentro como fuera del mundo académico?

El diagnóstico andersoniano de la desaparición definitiva del marxismo occidental resultó falso, especialmente teniendo en cuenta la influencia global y diversa de esta tradición en las últimas décadas. No obstante, Anderson observó con optimismo que en los últimos años habían aparecido estudios situados en el lado opuesto del marxismo occidental –tanto en términos epistemológicos como de contenido– en el mundo anglosajón. De este modo, la elaboración marxista se desplazó de la Europa latina a los países de habla inglesa. Era allí donde los estudios de Ralph Miliband, Erik Olin Wright, Harry Braverman y Michel Aglietta, entre otros, abordaban los aspectos políticos y económicos del orden mundial capitalista y trataban de analizar las especificidades históricas de la coyuntura contemporánea.

Anderson admitió que su pronóstico sobre una creciente dialéctica entre sólidos análisis marxistas y prácticas políticas revolucionarias no se había cumplido, y en efecto, la mayoría de esos estudios se quedaron dentro del mundo académico. Sin embargo, no explica esta asimetría. ¿Por qué hubo un desplazamiento geográfico mientras que la distancia entre la teoría socialista y la práctica política permaneció constante? Una respuesta satisfactoria a esta pregunta exigiría un análisis más profundo de la crisis política de la izquierda de la época y una mayor comprensión de la reconfiguración del capitalismo, que no se volvió plenamente visible hasta más tarde.

Cuando se publicó su libro, Anderson ya se había mudado a EE UU, ocupando finalmente un puesto de profesor en la Universidad de California en Los Ángeles. La mayoría de los estudios que se consideran sociológica e históricamente informados fueron realizados por académicos, sin afirmar en ningún caso alguna dialéctica entre teoría y práctica socialistas. Se trataba de personas que se habían radicalizado en las décadas de 1960 y 1970 a través de su implicación en las revueltas estudiantiles; los temas radicales de sus investigaciones fueron fruto del movimiento, pero estos intelectuales nunca los devolvieron a la sociedad en forma de teorías capaces de movilizar a la gente trabajadora.

Anderson no fue ninguna excepción a esta regla. A partir de ese momento, los círculos que frecuentaba se formaban alrededor de intelectuales progresistas de prestigiosas universidades estadounidenses y no de figuras comprometidas con un cambio revolucionario en el mundo. Un efecto indicativo de este giro fue el cambio del elenco de autores y autoras que publicaban en la New Left Review, que también provenían en su mayoría de universidades norteamericanas. Robert Brenner, Mike Davis, Fredric Jameson, Ellen Meiksins Wood y Michael Sprinker publicaron regularmente en la NLR durante este periodo. La causa de esto está clara: la crisis política que esbozó Anderson tenía raíces más profundas que la crisis del eurocomunismo. Era la expresión de la incapacidad colectiva de la izquierda occidental para abordar efectivamente la reconfiguración de la economía capitalista que se produjo con la crisis del petróleo de 1973.

El eurocomunismo era una variante de la izquierda que mostró sus limitaciones políticas en aquella coyuntura al afrontar el dilema entre reforma y revolución, evidentes sobre todo en el impás del Partido Comunista Italiano. Las organizaciones revolucionarias nunca llegaron a tener el peso necesario para desafiar sustancialmente el statu quo. A mediados de la década de 1980, la socialdemocracia ya había empezado a hacer suyas partes significativas de los programas de la derecha neoliberal. Esta amplia crisis sistémica de la izquierda, producida por la reconfiguración del capitalismo, puede explicar la creciente disyunción entre su teoría y su práctica. Lenta, pero constantemente, la izquierda comenzó a desentenderse de la esfera social, encerrándose en las torres de marfil de las universidades.

En la década de 1980, el marxismo tuvo que afrontar el desafío de otros paradigmas teóricos del interior de los ámbitos académicos que tenían connotaciones políticas progresistas, pero no de un movimiento social capaz de reconfigurar y reorientar sus prioridades. De ahí que la narración de Anderson señale el antagonismo entre diferentes tradiciones teóricas dentro de las estructuras universitarias, no fuera de ellas. Las universidades británicas y estadounidenses podían seguir albergando la tradición marxista porque allí a izquierda nunca fue una amenaza sustancial para su statu quo. El establishment no eliminó el marxismo completamente, sino que lo integró como otra tradición teórica separada de la práctica política. Siguiendo esta línea de razonamiento se podría afirmar que la propia trilogía sobre el marxismo de Anderson fue un producto de esta derrota. Sus impases, por consiguiente, deberían interpretarse de acuerdo con estos cambios sísmicos en el sistema mundo, más que con fallos de paradigmas teóricos concretos del canon marxista o del propio autor.

Tras la caída

La falta de historiación por parte de Anderson de su propia trilogía sobre el marxismo tenía que ver con su incomprensión del alcance de las transformaciones estructurales que estaban teniendo lugar por entonces, y no con alguna especie de deshonestidad intelectual. Sin embargo, su obra pronto mostraría una sensación de derrota. Esto se vio especialmente en A Zone of Engagement, una recopilación de ensayos publicados entre 1983 y 1992. Este libro refleja una serie de cambios de la epistemología, la política, los temas y el estilo de Anderson, desviándose significativamente de su trilogía sobre la historia del marxismo.

La primera mitad del libro se centra en el pensamiento marxista de mediados de la década de 1980, pero en los capítulos siguientes Anderson comenta planteamientos de pensadores no marxistas. Esto se explica por el desafío teórico que comportan análisis macrosociológicos no marxistas durante dicha década, como los de Michael Mann y W. G. Runciman, pero también por el desafío político a que se enfrentaba la izquierda con respecto a la tradición socialista liberal (al estilo de Norberto Bobbio) tras el colapso de la URSS. Sin embargo, Anderson no señala las causas estructurales de estos fenómenos intelectuales y políticos, cosa que, como se ha mencionado más arriba, puede atribuirse en última instancia a la incapacidad de la izquierda para abordar efectivamente la crisis de 1973.

La ausencia de una explicación sólida de la aparición de estos fenómenos y la integración de teorías no marxistas en su análisis revelaban un cambio de sus convicciones con respecto a la capacidad del marxismo para ofrecer explicaciones y predicciones. El papel de la clase obrera como factor clave de la transformación social no podía permanecer inalterable, pero ahora pasó a ser objeto de una tácita omisión. Los debates en el interior del canon marxista sobre cuestiones de teoría y estrategia fueron sustituidos por discusiones intraacadémicas relativas al método correcto en la disciplina de la teoría intelectual. Así, su idea de sí mismo como un marxista que trataba de poner en tela de juicio las falacias del reformismo político y de la teoría no dialéctica fue reemplazada por la adopción de métodos del interior del ámbito universitario.

El cambio de opinión política de Anderson también se pone de manifiesto aquí cuando confina en el pasado la viabilidad de la política revolucionaria. Este cambio cristaliza en su reevaluación de su propio texto, muy influyente, de 1976, titulado Las antinomias de Antonio Gramsci. En la introducción a A Zone of Engagement, Anderson admite que su camarada Franco Moretti había tenido razón cuando dijo que este texto marcaba el final de la esperanza de una transformación revolucionaria en Occidente. En su ensayo sobre Marshall Berman enA Zone of Engagementhabía “insist[ido] en que la revolución es un proceso puntual y no permanente… que tiene un comienzo determinado –cuando el viejo aparato de Estado sigue estando intacto– y un final definitivo, cuando dicho aparato está quebrado decisivamente y en su lugar se ha erigido uno nuevo”. Para Anderson, esta visión de un acontecimiento abrupto y violento que comportara una transformación social radical ya no era viable en Occidente.

No se trataba de asumir la idea del “fin de la historia”, firmemente rechazada en el ensayo sobre Francis Fukuyama en el mismo volumen. Para Anderson, el politólogo liberal había logrado sobre todo sintetizar “la democracia liberal y la prosperidad capitalista en un enfático nudo terminal”, en pleno triunfalismo tras el final de la URSS. En opinión del marxista británico, puesto que las condiciones que propiciaron el surgimiento del socialismo en el siglo XIX seguían existiendo, no había motivos para pensar que el capitalismo liberal marcaba el fin de la historia. Antes bien, contestó, la modernidad con todas sus contradicciones es un proceso de final incierto, y su negación –el socialismo– constituye una posibilidad real. Sin embargo, las aseveraciones del pasado sobre la viabilidad del socialismo habían sido reemplazadas por la incertidumbre con respecto a sus perspectivas a corto plazo.

De este modo, las esperanzas políticas de Anderson en el corto plazo habían cambiado de tono en comparación con el pasado reciente. Esto se ve en sus esperanzas tempranas en una integración política de la Unión Europea; recomendaciones intelectuales como la obra de David Held sobre la democracia también eran una novedad en el universo intelectual andersoniano.

También hubo cambio el estilo de Anderson, y este libro se adapta al utilizado en la revistaLondon Review of Books, donde se había publicado originalmente la mayoría de estos ensayos. En esta publicación liberal no había espacio para el lenguaje marxista ni las polémicas entre marxistas que eran comunes en los estudios anteriores de Anderson. La crítica textual y política seguían siendo los ejes principales de sus ensayos, pero el tono había cambiado. La situación a partir de 1991 no inspiraba confianza política: si la audiencia de Anderson era ahora mucho más amplia, y por tanto sus ideas se propagaban más allá de la izquierda intelectual, lo hacían desde una publicación liberal.

Spectrum

Las revueltas de comienzos de la década de 1990 no crearon un nuevo orden estable, aunque resultaba más difícil avanzar alternativas concretas. Saltando rápidamente a 2005, la alianza dirigida por EE UU se empantanó en la guerra contra el terrorismo y la izquierda cobró impulso con un renovado antiimperialismo, a pesar de que el oscurantismo religioso y el fantasma de derechas del choque de civilizaciones levantaran la cabeza. En este contexto, Anderson publicó otro volumen sobre la historia del pensamiento político del siglo XX, titulado Spectrum: de la derecha a la izquierda en el mundo de las ideas. Este volumen incluye ensayos que analizan las obras de académicos que abarcan todo el espectro desde la “derecha intransigente” hasta la “izquierda derrotada”, en su mayoría publicados originalmente en la London Review of Booksy la NLRentre 1992 y 2005, ilustrando por tanto las transformaciones producidas desde el fin de la historia.

En el prólogo, Anderson menciona que este libro es la continuación de A Zone of Engagement, tanto por su propósitos como por su lógica en el examen de un amplio abanico de intelectuales. Sin embargo, había una serie de discontinuidades, no tanto con respecto a su epistemología en materia de historia intelectual como en relación con su propia postura relativa a la izquierda moderada-liberal y su capacidad (o no) de llevar a cabo una reforma política y social significativa. En este sentido, es útil comparar los principales argumentos de Spectrumcon su editorial de 2000 en la NLR, titulado Renewals, donde condensó sus perspectivas políticas a partir de los cambios globales ocurridos en la década de 1990.

Spectrum está dividido en tres partes, de acuerdo con una combinación de criterios políticos y temáticos. La primera parte examina la tradición de la derecha, centrándose en las obras de Michael Oakeshott, Leo Strauss, Carl Schmitt, Friedrich von Hayek, Ferdinand Mount y Timothy Garton Ash. La segunda parte examina a teóricos de la izquierda liberal, es decir, los que ocupan el espacio de la socialdemocracia (Bobbio, Jürgen Harbermas y John Rawls). Estos teóricos se clasifican en un grupo separado porque a) sus obras filosóficas formularon sólidas teorías de consenso social en la vida interior de las sociedades occidentales, y b) sus posteriores esfuerzos filosóficos analizaban las transformaciones sociales que justificaron en última instancia las intervenciones imperialistas de los años noventa.

Al igual que en A Zone of Engagement, Anderson evitó en este libro utilizar para su análisis cualquier concepto derivado del canon marxista. Su principal propósito sigue siendo la contextualización de la obra individual del autor en su entorno intelectual y sociohistórico. Sin embargo, como señala con razón Stefan Collini, Anderson no se limita a contextualizar las ideas que examina, sino que construye “‘críticas’ en el pleno sentido original del término derivado de la filosofía alemana: ‘reconstrucción de la lógica interna de ideas, deducciones de las condiciones intelectuales y sociológicas de su posibilidad, exponiendo de un modo mordaz sus incoherencias y omisiones’”. Dicho de otro modo, el método de Anderson en este caso se acercaba más a una sociología del conocimiento que a una historia tradicional del pensamiento político, en la que las reducciones extralingüísticas son sospechosas del vicio de determinismo.

Los diagnósticos de Anderson en el terreno político habían cambiado desde 1992, cuando salió a la luz A Zone of Engagement, como también lo hizo el propio contexto político. Las perspectivas de renovación democrática de los antiguos países soviéticos resultaron ilusorias, estando dominados sus sistemas políticos por oligarcas corruptos. Más en general, la derecha neoliberal había pasado a dominar el mundo y la izquierda liberal (incluida la socialdemocracia, que Anderson no había rechazado en A Zone of Engagement) perdió toda posible presencia autónoma al abrazar completamente los dogmas neoliberales.

Mientras, la izquierda era incapaz de ofrecer cualquier visión a largo plazo o soluciones económicas y políticas alternativas practicables al statu quo neoliberal. De este modo, el pronóstico abierto de Anderson sobre las posibles caras de la izquierda tras el colapso de la URSS fue reemplazado por una evaluación más definida: la izquierda había sido derrotada. La imagen que aparece en el relato de Anderson evoca la famosa cita: “Mis ídolos están muertos y mis enemigos en el poder.”

Contra el frentepopulismo 

Entonces, ¿qué posición debería adoptar un intelectual de izquierda en esta nueva coyuntura? En su editorial Renewalsdel año 2000, Anderson insistió en que la respuesta debe ser “realismo sin concesiones”, lo que supone aceptar la derrota de la izquierda, pero también una crítica irreconciliable al régimen político y económico del neoliberalismo. A partir de ahí, el destinatario político de Anderson es el extremo centro y sus seguidores intelectuales. Si en 1992 consideraba que la UE era un vehículo posible para superar las divisiones nacionalistas, cuando escribió su editorial de 2000 la subordinación de aquella al hegemón americano había desbaratado esta perspectiva. Así, la nueva coyuntura se caracterizaba por la expansión del orden capitalista por todo el mundo, un proceso histórico que muchos teóricos describían con un eufemismo:  globalización.

El hegemón estadounidense estaba extendiendo su influencia geopolítica a nuevos territorios de todo el planeta, estableciendo sus intereses económicos en cada vez más lugares y creando nuevas dependencias entre el centro capitalistas y sus periferias. Sin embargo, la hegemonía, como señaló Gramsci, no solo se establece con métodos consensuales, sino también por la fuerza. Las guerras imperialistas dirigidas por EE UU en Irak, en Afganistán y en la antigua Yugoslavia –normalmente con el apoyo de los principales países de la UE– ilustraron este diagnóstico.

Perry Anderson observa que tanto Habermas como Bobbio y Rawls aprueban estas guerras, aunque con diferentes justificaciones; de este modo, su romantización del destino de las democracias occidentales desde finales de la década de 1970 abrió la puerta a una serie de análisis legitimadores del imperialismo de Occidente. Estas tendencias ilustraron transformaciones más amplias que la socialdemocracia había experimentado durante el mismo periodo, cada vez más hegemonizada por los planteamientos de la derecha neoliberal.

Para Anderson, la tarea de los historiadores intelectuales de izquierda debería ser la desconstrucción de estos discursos legitimadores del orden mundial capitalista, mistificaciones ideológicas producidas también por intelectuales de la izquierda liberal. A comienzos de la década de 2000, la New Left Review se desmarcó explícitamente de la izquierda liberal sobre la base de la oposición a la guerra imperialista, una división duradera que entonces pasó a ser el tema definitorio de la obra de Anderson. Atribuyó esta crítica de la dominación estadounidense a Eric Hobsbawm, a cuya trayectoria dedicó una pieza de Spectrum titulada La izquierda derrotada: Eric Hobsbawm.

No obstante, también había diferencias de calibre entre ambos hombres, especialmente el hecho de que la politización trotskista de Anderson le distanciara del frentepopulismo de la Comintern, que Hobsbawm evoca continuamente. La crítica de Anderson a Hobsbawm en esta cuestión concreta se había intensificado en los años ochenta, cuando los artículos de este en Marxism Today abogaron por un renovado Frente Popular, esta vez en contra del thatcherismo. Hobsbawm depositó sus esperanzas de combatir el conservadurismo, no en la reconfiguración de la identidad del Partido Laborista en torno a una política de clase explícita, sino a través de una coalición con la escisión Socialdemócrata y los Liberales.

Anderson consideraba esta estrategia incorrecta en el corto plazo y peligrosa en general, ya que impulsaría la degeneración del Partido Laborista en un partido neoliberal del extremo centro. De este modo, Hobsbawm fue condenado por ser incapaz de ver las conexiones entre las políticas propuestas en Marxism Today en los años ochenta y la deformación del laborismo en los noventa, cuando abandonó la defensa de los intereses de la clase obrera. Esta no fue una mera disputa en el plano de la estrategia política, sino que también afectó a la lectura de la historia por parte de Hobsbawm. Para Anderson, era crucial comprender el papel histórico de la burguesía y la manera problemática en que Hobsbawm lo había conceptualizado.

Alegó que en La era del imperio de Hobsbawm no se analiza su papel en vísperas del siglo XX y ante la emergencia de nuevas formas de empresas multinacionales. En particular, Ηοbsbawm fue criticado por negarse a tomar en serio la economía marxista al elaborar sus argumentos con respecto a las principales crisis financieras del siglo. Claro que esta misma crítica también podría hacerse a Anderson, dado el hecho de que no empleara un marco analítico explícitamente marxista en sus estudios sobre la historia del pensamiento político contemporáneo. ¿Puede justificar el propio tema –o sea, las ideas políticas– esta ausencia en su obra?

Esto resulta todavía más asombroso si tenemos en cuenta su autoidentificación explícita con la izquierda marxista. ¿Puede sostenerse esta adscripción política sin un compromiso teórico con el análisis marxista? ¿Acaso su perspectiva olímpica no se contradice con sus compromisos de izquierda, implicando una disociación a partir de la polarización generada por la propia lucha de clases? Las vacilaciones de Anderson a la hora de adoptar una teorización explícitamente marxista se remontan a la experiencia de derrota tras el colapso de la URSS. Si para muchos marxistas, en la década de 1970 la revolución mundial se hallaba en el umbral de la historia, el comienzo de la década de 1990 la convirtió en una posibilidad remota, haciendo que todo intento de definir los parámetros de su marcha triunfal fuera impensable.

Sin embargo, incluso admitiendo que el desconcierto de Anderson tuvo que ver con la desaparición del mundo comunista, el conocimiento adquirido sobre la supremacía capitalista mundial en los años subsiguientes ha hecho que la adopción del marxismo sea una condición necesaria todavía más evidente para el examen de posibles futuros alternativos. Crear estas alternativas sigue siendo la tarea del momento. Anderson siembra dudas sobre varios pronósticos de Hobsbawm en relación con el colapso inmediato del orden capitalista, señalando con razón que el mundo se halla sometidos a la supremacía del hegemón estadounidense y que el sistema solo puede verse amenazado por una crisis financiera global.

Claro que nuestra experiencia reciente demuestra que incluso esto no basta, lo que es una nueva ilustración de la incapacidad de la izquierda mundial para ofrecer alternativas sustanciales al régimen neoliberal. Frente a la subestimación de la sostenibilidad del capitalismo por parte de Hobsbawm, Anderson propone un realismo sin concesiones: porque “el conocimiento preciso del enemigo vale más que tantos boletines para levantar una moral dudosa. Una resistencia que prescinde de consuelos siempre es más fuerte que una que se basa en ellos.” Este compromiso con el rigor intelectual y de mirar a los hechos a la cara es, en efecto, el legado más precioso que podemos extraer de su obra.

(Tomado de Jacobin, traducido por Gustavo Burgos)

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