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Antes que nada me gustaría aclarar el debate en torno a la utopía, o acaso debería decir, en torno a los usos políticos de la utopía. Imagino que la mayoría estará de acuerdo en que los utopistas de fines del siglo dieciocho y comienzos del siglo diecinueve eran en esencia progresistas, en el sentido de que sus perspectivas o fantasías apuntaban a mejorar la condición del ser humano. Pero me interesan justamente los análisis que denuncian estas utopías y a sus partidarios más entusiastas como si condujeran necesariamente a resultados siniestros. Con el tiempo, estos análisis desembocaron en la idea de que el utopismo revolucionario provoca la violencia y la dictadura, y de que todas las utopías, de una forma u otra, terminan en Stalin, o mejor todavía, que Stalin fue el más grande de los utopistas.