Shakespeare: un revolucionario en Literatura

por Alan Woods

Shakespeare transformó la literatura inglesa, elevándola a alturas inauditas, y que no han sido alcanzadas posteriormente. Como un flameante meteorito a través del firmamento, arrojó una luz asombrosa sobre todo un período de nuestra historia. Su impacto en la literatura universal fue, sin duda, mayor que el de cualquier otro escritor. Sus obras han sido traducidas a todos los idiomas. Lejos de apagarse, su estrella brilla tanto como el primer día desde hace siglos.

«Él no era de una época, sino de todos los tiempos» (Ben Jonson sobre Shakespeare)

En Literatura y Revolución (1924), Trotsky escribió lo siguiente: «Una nueva clase no empieza a crear toda la cultura desde el principio, sino que se apodera de la antigua, la clasifica, la reorganiza y construye sobre ella». Si bien Aristóteles y Goethe representaban para Trotsky la cúspide del alcance humano, Edipo Rey, de Sófocles, le pareció una obra que «expresa la conciencia de todo un pueblo”. Lo mismo podría decirse de William Shakespeare, el más célebre escritor de habla inglesa.

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Hacer cantar en español a Shakespeare

por Sebastián Duarte

La reedición de dos traducciones de Shakespeare, llevadas a cabo por Idea Vilariño y Raúl Zurita, es motivo de celebración y una oportunidad para pensar en la importancia que traducir al dramaturgo inglés ha tenido para tantos poetas hispanoamericanos. Solo para quedarnos en el caso de Chile, aquí tenemos aquella icónica traducción y, en algún sentido, apropiación —pese a ser sorprendentemente “fiel” a la obra, dejando de lado por un momento lo problemático de aquel concepto—: Lear, rey & mendigo, de Nicanor Parra, quien intentó además traducir Hamlet, un proyecto que por desgracia quedó inconcluso; también vale la pena recordar la traducción de Pablo Neruda de Romeo y Julieta, y otras dos adaptaciones más recientes en las tablas nacionales: La tempestad, reescrita por el gran dramaturgo Juan Radrigán, y El sueño de una noche de verano, en décimas que lograron capturar su sentido del humor, de los payadores Luis Villalobos y Manuel Sánchez.

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Crítica a «La prisión del lenguaje» de Jameson: ciudadanos de Babel

por Terry Eagleton

«¡Repensarlo todo de cabo a rabo en términos de lingüística!» escribe Fredric Jameson en The Prison-House of Language (1972), con un signo de exclamación que parece una especie de jadeo ante la enorme audacia del proyecto. Jameson habla del estructuralismo y el posestructuralismo, en cuyo umbral se detiene, de forma decepcionante, el nuevo libro de Ken Hirschkop. Pero suficientes giros lingüísticos previos se analizan en este estudio llamativamente rico como para compensar las inevitables ausencias (Freud y Heidegger, como el autor confiesa con ironía, se encuentran tam- bién entre las sendas no recorridas); y lo que estas diversas fascinaciones por la palabra parecen tener en común es una idea implícita en la declaración de Jameson, a saber, que no constituyen alejamientos del mundo para acer- carse al lenguaje, sino nuevas formas de modelar el mundo mismo. Como explica Hirschkop en una sucinta expresión de su tesis: «los giros lingüísti- cos son teoría social por otros medios».

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“Macbeth”, de Roman Polanski: La estética del mal

por Horacio Ramírez

Citas aisladas del estreno de La tragedia de Macbeth de 1606 (como la fecha más creíble) indicaban un cierto fallido en el debut de la obra: “silbatinas solemnes” se dejaron escuchar por parte del público, aunque no se entiende muy bien acerca de lo que realmente significaba eso de “solemne” aplicado a una silbatina, pero lo que sí se sabe es que de las múltiples apariciones del fantasma de Banquo previstas en el libreto, únicamente sobrevivió una sola, y los elementos sobrenaturales también se fueron reduciendo en número, terminando en la que parece ser la obra más corta de todas las creaciones del Cisne de Avon… es que el mundo occidental estaba cambiando rápidamente, y parecería que lo sobrenatural iba cambiando también el eje de su particular fe… lo sobrenatural nunca se iría —forma parte de lo humano—, pero sí iría cambiando, tras bambalinas, de traje y Shakespeare buscaba entre las muchas posibilidades, la suya.

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