Gramsci contra Gramsci: del comunista insurreccional al fetiche reformista de la “batalla cultural”

por Alejandro Valenzuela Torres

La figura de Antonio Gramsci exige una distinción rigurosa que el reformismo se empeña en borrar: una cosa es el militante comunista, constructor del Partido Comunista de Italia en condiciones de derrota histórica del movimiento obrero europeo; otra muy distinta es el Gramsci domesticado, recortado y convertido en coartada teórica para el abandono explícito de toda concepción insurreccional de la revolución proletaria. La operación no es inocente. Se trata de una usurpación política de su obra que transforma notas de combate escritas en prisión en un manual de adaptación al orden burgués.

Gramsci fue, ante todo, un dirigente comunista que comprendió la derrota italiana de los años veinte como una derrota material del proletariado, no como un problema de “discurso”, “sentido común” o “narrativas”. Su preocupación central fue cómo recomponer una dirección revolucionaria en un país marcado por la derrota de los consejos obreros y la victoria del fascismo. En ese marco deben leerse sus reflexiones sobre Estado, partido, intelectualidad y dirección política. Separarlas de esa experiencia concreta —y convertirlas en una teoría general de la “batalla cultural”— equivale a despolitizarlas y, peor aún, a invertir su sentido.

La noción de “hegemonía cultural”, tal como circula hoy, no surge de Gramsci sino de una lectura interesada promovida desde los años setenta por corrientes abiertamente anticomunistas y por el reformismo europeo en crisis. No es casual que esa lectura haya sido funcional tanto a la academia posmoderna como a discursos reaccionarios: en Chile, incluso el pinochetismo tardío apeló a la “batalla cultural” para justificar la demolición de las libertades democráticas, presentando la represión como una supuesta guerra ideológica contra el marxismo. Gramsci, así, es levantado paradójicamente como inspiración tanto del progresismo de Estado como del autoritarismo de derecha.

Desde una perspectiva marxista rigurosa, esta operación choca frontalmente con el núcleo teórico establecido por Karl Marx y Friedrich Engels en La ideología alemana. Allí se establece con claridad que las ideas dominantes no flotan en un espacio autónomo, sino que son expresión directa de la dominación material de una clase sobre otra. La ideología no constituye un campo independiente de lucha, sino una dimensión inseparable de la reproducción de las relaciones de producción. Introducir la cultura como terreno privilegiado y relativamente autónomo no agrega profundidad analítica: introduce idealismo y desplaza el eje de la lucha de clases hacia el plano de las representaciones.

Esta distorsión encuentra su expresión política más acabada en el eurocomunismo. Bajo la coartada gramsciana, los partidos comunistas de Europa occidental abandonaron explícitamente la dictadura del proletariado, la ruptura revolucionaria y la preparación insurreccional, sustituyéndolas por una estrategia de acumulación gradual dentro del Estado burgués. La “hegemonía” dejó de ser un problema de dirección revolucionaria para convertirse en sinónimo de respetabilidad institucional, pactos parlamentarios y adaptación constitucional. Gramsci fue así convertido en el teórico de una transición sin ruptura, es decir, de una renuncia estratégica.

El mismo desplazamiento opera en amplias corrientes del trotskismo posmoderno, corrientes del morenismo o mandelismo, resultado de la descomposición del Secretariado Unificado de la IV Internacional, donde la lucha de clases es sustituida por una política de minorías fragmentadas, cada una con su propia “batalla cultural”. Bajo esta lógica, la centralidad del proletariado es disuelta en un mosaico identitario y la revolución social es reemplazada por una interminable disputa simbólica de «las» y «los» que luchan. Aquí, Gramsci funciona como legitimación teórica de un abandono práctico: ya no se trata de organizar a la clase trabajadora para la toma del poder, sino de intervenir en discursos, subjetividades y consumos culturales, perfectamente compatibles con la reproducción del capitalismo.

La ironía final es que esta misma noción desfigurada de “hegemonía cultural” es hoy utilizada por el anticomunismo explícito. En nombre de una supuesta guerra cultural, se justifican leyes represivas, censura, persecución política y el vaciamiento de derechos democráticos. La cultura aparece, así, no como terreno de emancipación sino como excusa para la coerción abierta del Estado burgués. El círculo se cierra: el concepto arrancado a Gramsci sirve tanto para la capitulación reformista como para la ofensiva reaccionaria.

El carácter interesado de esta apropiación no es un juicio externo ni una imputación polémica: está documentado con precisión en el ya clásico estudio de Perry Anderson, Las antinomias de Antonio Gramsci. Anderson muestra que la canonización tardía de Gramsci en Europa occidental coincide históricamente con la crisis del estalinismo y con la necesidad de los partidos comunistas occidentales de dotarse de una legitimación “teórica” para su abandono de la dictadura del proletariado y de la estrategia revolucionaria. No se trató de un redescubrimiento inocente, sino de una operación política consciente: encontrar en los Cuadernos de la cárcel una cobertura conceptual para una “vía nacional al socialismo” plenamente compatible con el Estado burgués y sus instituciones.

Anderson es particularmente claro en señalar que Gramsci jamás puso en cuestión la necesidad de la destrucción del Estado burgués ni la instauración de la dictadura del proletariado. Por el contrario, todo su esfuerzo teórico estuvo orientado a comprender las razones de la derrota revolucionaria en Occidente y a pensar una estrategia capaz de superarla, no de administrarla. La ambigüedad de los Cuadernos —producto de la censura fascista, de las condiciones de prisión y del uso deliberado de un lenguaje elíptico— fue posteriormente explotada por el eurocomunismo para separar artificialmente “hegemonía” y “dictadura”, “posición” e “insurrección”, “dirección política” y “ruptura revolucionaria”, operación que Anderson identifica como una falsificación retrospectiva del pensamiento gramsciano.

Más aún, Anderson demuestra que la noción de hegemonía no fue jamás concebida por Gramsci como un sustituto de la lucha por el poder, sino como un problema estratégico interno a la revolución misma: cómo una clase se constituye como dirección material, política e intelectual de un bloque social en condiciones históricas determinadas. La transformación posterior de la hegemonía en un campo autónomo —cultural, discursivo o simbólico— no solo carece de fundamento en el marxismo clásico, sino que contradice el propio núcleo del análisis gramsciano, que siempre subordinó la hegemonía a la función decisiva de la clase dirigente en el proceso productivo y en la confrontación directa con el Estado burgués.

Leído en esta clave, Gramsci aparece no como el precursor del reformismo culturalista, sino como una figura trágica y combativa, cuya obra fue convertida en coartada por quienes necesitaban justificar su adaptación al orden existente. El eurocomunismo, el posmarxismo académico y las corrientes identitarias contemporáneas no continúan a Gramsci: lo neutralizan. Le extraen su filo revolucionario para conservar una terminología vaciada de contenido estratégico. Anderson lo resume con crudeza: la universalización acrítica de Gramsci ha sido el precio de su desactivación política.

Nuestro Gramsci no es el icono académico, ni el comodín retórico del progresismo institucional, ni el fetiche romántico de una pequeñaburguesía radicalizada que reemplaza la revolución por la performance cultural. Nuestro Gramsci es el militante comunista que pensó bajo condiciones de derrota cómo reconstruir una dirección obrera revolucionaria; el organizador que concibió el partido como instrumento de combate y no como mediador del orden existente; el estratega que jamás renunció a la ruptura insurreccional ni a la perspectiva de la dictadura del proletariado como forma histórica necesaria de transición al socialismo. Reivindicar a Gramsci en este sentido no es un ejercicio erudito ni una disputa filológica: es una toma de posición política frente a quienes, en nombre suyo, justifican la adaptación al Estado burgués, la disolución de la clase en identidades fragmentarias y el abandono consciente de toda estrategia revolucionaria.