La biografía de Trotsky escrita por Isaac Deutscher, tan grande en extensión como en imaginación y aparato intelectual, hace que uno vuelva a preguntarse: ¿por qué cayó Trotski? ¿Qué condujo a la catástrofe al virtuoso táctico de la Revolución bolchevique, hombre que igualaba, y en algunos momentos superaba, a Lenin en previsión y brillantez de mente?
Las causas son complejas y las raíces de éstas se encuentran en el triunfo de la victoria. En diciembre de 1919, Trotski estaba en el pináculo de sus triunfos políticos y militares. A lo largo de una circunferencia de unos ocho mil kilómetros, los ejércitos blancos habían sido derrotados, articulados y puestos en fuga. Yudenich y sus carros blindados británicos fueron detenidos a las puertas de Petrogrado. En el frente austral, los guardias blancos estaban retirándose en desorden de Kiev y Poltava. En Siberia, el mito del almirante Kolchak de una Rusia antisoviética tocaba macabramente a su fin. En el Séptimo Congreso de los Soviets, Trotski, de nuevo izada, la bandera roja, parecía personificar aquella inventiva, osadía e impasibilidad de las esperanzas que habían hecho posible la victoria. Para el mundo, su nombre era leyenda.
Sin embargo, apenas cuatro años más tarde dejaba el Comisariado de la Guerra y el 16 de enero de 1928 era un hombre camino del exilio en Asia central y despojado de todo poder. ¿Cómo pudo, modesto, felino y tenazmente por entre las sombras de la burocracia del Partido, aislar y derrocar Stalin al más grande de sus rivales?
Los perfiles de la tragedia clásica están al alcance de la mano. Trotski se tambaleó en el momento mismo del triunfo. Aquel que había argumentado y peleado por la democracia proletaria en sentido pleno, por el derecho de obreros y campesinos a expresar y organizar sus concepciones en un proceso de debate revolucionario permanente, adoptó en aquel momento la teoría y la práctica del dominio absoluto del Partido. El Partido, conducido precisamente por la minoría histórica y avalado por la victoria, era el que debía alzarse en calidad de voz y ejecutor de la sociedad. «¿Quién puede dudar —había proclamado Trotski— de que nuestro Partido está destinado a dirigir?» Ninguna mente individual podría hacerse una idea de conjunto de la Revolución y la guerra, e inspirado por su propio triunfo en la formación de la «ruina», ningún individuo podría vivir aislado de los mecanismos de la movilización militar y política del trabajo civil (una idea que Saint-Just había estudiado durante la Revolución francesa). Durante lo que Lenin llamara la «fiebre» y la «enfermedad mortal» del Partido en el invierno de 1920-1921, Trotski dirigió la facción que deseaba que los sindicatos fueran paralizados en su autonomía y absorbidos por la maquinaria del Estado. Se alzó contra los que, con elocuencia casi fútil, que el Partido se sintiera obligado a mantener su dictadura, sin parar mientes en las agitaciones temporales y humores espontáneos de las masas, ni en las vacilaciones ocasionales de la clase trabajadora.
Precisamente Trotski recibió los honores militares tras la represión del alzamiento del Kronstadt, ese primer capítulo del largo y ácido declive de la Revolución soviética y su pasado anárquico o radical, y él fue quien insistió en la victoria necesaria de los marineros que se habían ganado durante 1917 y a quienes había dirigido durante la guerra civil. La ironía en la situación era profunda y suicida. Tras proclamar que el Partido debía sustituir la voluntad misma de la sociedad —que debía encarnar esa sociedad como un instrumento monista—, Trotski previó que el Comité Central llegaría a sustituir al Partido entero y que, finalmente, un dictador único acabaría por unir en su propia persona las funciones y procesos decisorios del Comité Central. Sin embargo, precisamente como un personaje de tragedia clásica, Trotski no hizo caso de los peligros que había previsto. La evidencia y la política son cosas separadas, como si la maldición, vista en calidad de proceso histórico, poseyera una terrible fascinación. Se tambaleó y este tambaleo fue majestuoso. Uno recuerda a Eteocles cuando marcha con toda conciencia hacia las puertas de la muerte en Los siete contra Tebas, sin hacer caso de la súplica del coro en pro de la huida o la libertad de acción:
De los dioses ahora ya estoy abandonado.
Sólo el favor que nace de mi muerte es apreciado.
¿Por qué halagar entonces un destino de muerte?
El interregno de la crisis de 1923-1924 de aislamiento de Trotski, que es el estudio de E. H. Carr sobre la historia interna de la Rusia soviética. El brote de la industria y la agricultura provocaron acerbas divisiones. Pero justamente a causa de su temprano apoyo al dirigente natural de los obreros, Trotski pudo contribuir muchas décadas después. Oposición industrial (tal como con los «slavismos» del régimen estalinista). Nuevamente y rudimentariamente el internacionalismo, socialismo en un solo país que llegara una nueva mentalidad con respecto al curso comunista durante las guerras y revoluciones rusa y alemana. Como dice Carr: «Para Trotski debía seguir el Partido el curso que antes estaban irrevocablemente marcados para el curso internacional antes que nacional». En agosto de 1923, Trotski creía que la hora estaba próxima, que la revolución era inminente en la patria de Marx. El fracaso del Partido Comunista Alemán en octubre, seguido de cerca por el golpe de Hitler en Múnich días más tarde, debilitó los recursos emocionales y tácticos de Trotski. Ya estaba debilitado, y la respuesta de ignorancia y astucia institucional alemana; como dominante del triunvirato Kamenev-Zinoviev-Stalin.
Sin embargo, no hay duda de que la enfermedad y muerte de Lenin dejó a Trotski en desequilibrio y en curiosa vulnerabilidad. La relación entre estas dos figuras fundamentales de la Revolución rusa fue iluminada y vital como un gran amor intelectual, habiendo incluso principiado como una profunda polémica. En 1904, Trotski, que aún no había roto con los mencheviques, dijo de Lenin que era un hombre «repulsivo» y «disoluto» como un Robespierre ruso que trazaba una línea de sangre entre su Partido y el mundo (¿había empezado Trotski a interpretar ya su papel de Danton?). Volveremos a Trotski respecto a la formación del programa de Zimmerwald en 1915, y en 1917 Trotski no correspondió inmediatamente cuando Lenin pidió a él y a sus amigos que se unieran a los bolcheviques. La alianza de ambos fue sólo forjada por las necesidades y triunfos de octubre. Deutscher habla de la «discrepancia de temperamento y costumbres» de estos dos gigantes; uno se imagina entonces la roca y la lava.
Pero durante seis cortos años de unión —años que alteraron el perfil del siglo y de buena parte de la tierra— se tuvieron un profundo respeto mutuo. Lenin, advierte Deutscher, «no hizo ni la menor alusión a las controversias pasadas, salvo para decir en privado que Trotski, en algunos aspectos, había sido justo», para advertir al Partido, en su testamento, que la «utilización pasado» antibolchevique de Trotski en su contra era un «falso documento». Lenin, mientras calificaba el genio de Trotski demasiado inabarcable por autoconfiado, afirmaba que Trotski era, «con seguridad, el hombre más capacitado del actual Comité Central».
Trotski reconocía la primacía y siniestra perspicacia política de Lenin. No renunciaba a su propia independencia, pero se sentía muy arrepentido de sus pasados ataques a la integridad y cualidad dirigente de Lenin. Mientras Lenin tuvo las riendas esenciales del poder, Trotski actuó con brío y sobresaliente espontaneidad de recursos tácticos. Era como si Lenin fuera el firme pivote sobre el que podía ejercer, sin miedo al desastre político, la libertad e irreverencia de su temple. Mientras Lenin estuvo allí para atender y juzgar las cosas, Trotski se sintió inmune frente a la acción cancerígena de las intrigas del Partido y las represalias de la vieja guardia. Su propio aislamiento de los cuadros del Partido era una nadería cuando jugó amparado en la baza potencial de una entente Lenin-Trotski.
Con la muerte de Lenin, el olfato político de Trotski, su campante demonio de sarcasmo y artimañas pareció abandonarle. De poco sirve preguntarse si su negativa a hacerse con el prestigio personal de Lenin durante el naciente forcejeo con Stalin, si su negativa a servirse del testamento de Lenin, con las advertencias que contenía acerca de los abusos de Stalin, del poder burocrático, no señalaban un profundo sentimiento de culpa. Como si Trotski nunca se hubiera perdonado a sí mismo los ataques iniciales contra Lenin, como si, quizá a un nivel inconsciente, no se sintiera justificado a usar su colaboración con Lenin para combatir a aquellos viejos bolcheviques que lo consideraban un oportunista y un recién llegado. Fatalmente —aunque Stalin pudo haber arreglado las circunstancias—, Trotski no estuvo en Moscú durante el funeral de Lenin. En esta precisa ocasión Stalin pulsó la nueva y ominosa cuerda del culto a la personalidad, del bizantino homenaje al dirigente.
Deutscher resume la situación de esta manera:
Lenta pero inexorablemente, las circunstancias que llevarían a la caída de Trotski se desplegaron y acumularon. Perdió la oportunidad de confundir a los triunviros y desacreditar a Stalin. Descuidó a sus aliados. No supo hacer de intérprete de Lenin con la resolución que Lenin habría esperado de él. No supo apoyar delante de todo el Partido a los georgianos y los ucranianos por quienes se había levantado en el Politburó. Calló cuando surgió de la base el grito en favor de la democracia dentro del Partido. Expuso las ideas económicas del portento histórico del que habían escapado sus auditores pero que sus adversarios pudieron retrucar con facilidad para decir a trabajadores, campesinos y burócratas mismos que Trotski no era ningún beneficiario suyo y que todo grupo y clase social debía temblar ante el mero pensamiento de que pudiera ser el sucesor de Lenin.
¿Qué había detrás de estas dilaciones, detrás de las negativas a apelar al Partido en pleno, al ejército que había formado él, al movimiento internacional común entre cuyos ojos su gloria no había disminuido. En Trotski, como sugirió Stalin, demasiado orgulloso para provocar una disociación de la identidad más profunda. El marxismo le ofrecía una identidad personal muy parecida a la imaginación, su eje de la realidad, al proceso histórico. Al confiar en considerativas privadas, está demostrado para aceptar una categoría y validez emocional del hecho histórico aun donde incluye la destrucción y la humillación de la propia persona, sobrepasa las exigencias, la intensidad del yo. El destino es aceptado, casi es permitido, como si formara parte de esa verdad histórica y ese movimiento hacia adelante en que la perspectiva individual hecha el ancla de su sentido. Es la fibra tocada por aquellos diversos personajes que esperan la muerte en Deirdre, de Yeats:
They knew that there was nothing that could save them,
And so played chess as they had any night
For years and waited for the stroke of sword.
I never heard a death so out of reach
Of common hearts, a high and comely end.
What need have I, that gave up all for love,
To die like an old king out of a fable,
Fighting and passionate? What need is there
For all that ostentation at my setting?
I have loved truly and betrayed no man.
I need no lightning at the end, no beating
In a vain fury at the cage’s door.
[No ignoraban que nada podía ya salvarlos
y al ajedrez jugaron, como todas las noches
lo venían haciendo durante muchos años
y jugando esperaron el tajo de la espada.
Nunca oí de otra muerte fuera del alcance
de las almas vulgares; de un fin tan noble y bello.
A mí, que lo di todo por el amor, ¿qué falta
me hace el morir cual mueren los reyes en las fábulas
luchando y furibundos? ¿Es quizás indispensable
en la hora de mi ocaso tan desmesurado alarde?
En mi amor fui sincero y a nadie he traicionado.
No me hacen falta rayos para el final, ni quiero
golpear con furia inútil la puerta de mi jaula.*]
Evidentemente, Trotski estaba cazado en una trampa de enfermedades físicas y agotamiento nervioso. Esto lo alejó de Moscú en los momentos cruciales y lo aisló de aquella exacción partidaria organizada y maniobra de facciones en que tanto destacaba Stalin. La historia había dejado a Trotski extrañamente cansado, extraordinariamente solo, «luchando y perdiendo la resolución», cuando se dio cuenta de que sólo «luchando y perdiendo» podía vivir, de que eran necesarios «rayos para el final», y era demasiado tarde. Éste es el tema de El profeta desterrado, quizá el mejor volumen de la biografía de Deutscher. Los sucesos tienen la forma de un tema de Nibel. En la crónica de la sinuosa crueldad de Stalin poco hay que supere el informe del exterminio de los amigos y seguidores de Trotski. Privada de nacionalidad soviética, la hija de Trotski, Zina, no pudo reunirse con su marido o sus hijos. Su cerebro agotado se resquebrajó bajo la tensión y se suicidó en Berlín, donde los nazis, semanas después, le habrían echado el guante. Leon (o Lyova), el hijo mayor de Trotski, fue el incansable compañero de exilio, el correo, el publicista, el abogado del padre. Aunque Trotski le exigía esfuerzos antes del todo bajo circunstancia y excesiva. Zina se la fue muriendo con impaciencia, la valentía y la fidelidad de Lyova se mantuvieron siempre firmes. El sostenerlo impidió lo que quedaba del movimiento trotskista en Europa occidental. Gracias a él, el agitado sueño de una Cuarta Internacional conservó algo de sustancia. Pero la GPU lo acechaba incesantemente. Murió en París, en febrero de 1938, en circunstancias de dudosa inocencia. La conclusión de que «muchas de las pruebas circunstanciales» indican un asesinato.
El hijo menor de Trotski, Sergei, quiso permanecer completamente libre de la contagiosa gloria de convicciones y fórmulas políticas del padre. En vano. A pesar de la apelación de Trotski a la opinión mundial, Sergei fue deportado a un campo de concentración siberiano y allí fue fusilado en algún momento de 1938, aunque algunos dicen que se le vio con vida más tarde. Tras haber sufrido el destino de dos de sus hijos, sabiendo que había sido la causa principal y que nada había podido hacer por impedirlo, Trotski pasó de la angustia a la condena. Escribió a Lyova: «Su madre, que es lo más íntimo que queda en el mundo, y yo, mientras vivimos estas horas terribles, recordamos por rasgo… porque no creemos creer que ha dejado de existir y lloramos porque es imposible… Ni tu madre, ni yo pensamos jamás, jamás esperamos que el destino nos hubiera impuesto esta carga… que llegaría el día en que tendríamos que escribir tu obituario… Pero no hemos sido capaces de salvarte…». —dice de Niobe: damnage rogata, pro que rogat, occidit («mientras rogaba, aquellos por quienes rogaba morían»)—.
La larga persecución lo condujo naturalmente, era al mismo Trotski, de Noruega a México. No sólo atrajo la atención de Francia, sino también a aquellos que le negaron asilo o se lo ofrecieron con condiciones tan infames que Trotski tenía que marcharse a otros lugares. Al contrario de Hitler, no estaba preparado para aceptar una categoría y validez del exilio. Deutscher sugiere que Trotski y Churchill tenían un parecido significativo: maestros de retórica, historiadores, genios de la guerra. Pero Churchill no fue derrotado en el propio andamiaje de Europa convertido en un mar Negro perseguido de un lugar a otro. Naturalmente, habían sido las ideas de Trotski las que habían desbaratado las esperanzas de Churchill de una intervención aliada y contrarrevolucionaria.
El final es espeluznante:
La cabeza abierta, ensangrentado el rostro, Trotski dio un salto arrojó al asesino cuantos objetos encontró al alcance: libros, tinteros, hasta el dictáfono, y finalmente se echó sobre él. Todo ocurrió en tres o cuatro minutos —el último combate de Trotski. Luchó como un tigre. Forcejeó con el asesino, le mordió la mano y pugnó por arrancarle el piolet.
Este formidable remate de la voluntad después de la derrota moscovita que persiguió a Trotski llevar a cabo, durante once años de lucha y exilio, gran parte de lo que sobreviviría de su legado. La presencia de Trotski durante esos años y el rapto enérgico de vida tan singular formó esa universalidad particularizada que es la leyenda. Sus escritos son de una fascinación absorbente para el estudioso de la literatura (libros enteros, dictáfonos son arsenal de escritor).
En la isla de Prinkipo, en el mar de Mármara, escribió su autobiografía, Mi vida, y su Historia de la Revolución rusa. Ambos libros son soberbios y han pasado con bien la prueba del tiempo. La autobiografía fue escrita en prisión, en el tenso hechizo que se respira entre el inmenso pasado histórico y lo incierto del futuro. En ella, Trotski procede, a cierto despego peculiar, pues ve gran parte de su vida como «ilustrar parte de la historia». Tenía el ojo para el detalle que tienen el escritor y el táctico por naturaleza. En el verano de 1902, Trotski escapó del exilio siberiano «junto con E. G., traductora de Marx».
El hecho no nos llevaba al modo siberiano, haciendo como mucho veinte verstas en una hora. Contaba yo todos los baches con mi espalda para hablarle a los quejidos de mi compañera. Los caballos se cambiaron dos veces durante el viaje. Antes de que alcanzáramos el ferrocarril, mi compañera y yo tomamos caminos separados, para que ninguno pagara los errores y riesgos del otro. Llegué al tren sin ningún problema. Mis amigos de Irkutsk me proporcionaron una valija de viaje con camisas almidonadas, corbatas y otros atributos de la civilización. En las manos tenía un ejemplar de la Ilíada traducida por Gnyeditch en hexámetros rusos; en el bolsillo, un pasaporte expedido para un hombre llamado Trotski, que elegí al azar, sin imaginar siquiera que habría de ser mi nombre para toda mi vida. Durante el viaje, todo el vagón atestado de pasajeros bebió té y comió buñuelos siberianos baratos. Yo leía los hexámetros y soñaba con la vida exterior. Las ensoñaciones no tenían nada del encanto romántico; se disolvían en cualquier cosa que no fuera aquel té interminable.
La Historia de la Revolución rusa es una gran obra de arte, «única en la literatura mundial», dice Deutscher, «en tanto que informe de una revolución dado por uno de sus actores principales». El libro tiene esa dimensión de hazaña tremenda llevada a cabo también por Carlyle; convierte las masas humanas en movimiento —la suma excede enorme y amenazadoramente la visión de las partes individuales— como pocas historias llegan a hacerlo. Al mismo tiempo, la Historia abunda en retratos individuales (Kerenski, Lieber, Chernov, Tseretelli) tan percibidores y ácidos como los de Saint-Simon. Las viñetas son inolvidables por su propósito censor áspero y burlón:
Como escritor, Miliukov es pesado, prolijo y aburrido. Tiene las mismas cualidades que un predicador. Los adornos son para él contra natura. Esto habría podido ser una ventaja si sus roñosos programas políticos no hubieran necesitado tan a las claras un embozo, o, si hubieran tenido, por lo menos, un embozo objetivo a la manera de la gran tradición. Pero ni siquiera había pequeña tradición. La política oficial francesa —la quintaesencia de la perfidia y el egoísmo de la burguesía— tiene dos aliados supremos: la tradición y la retórica. La una promueve a la otra y ambas se rodean del caparazón defensivo de cualquier politicastro burgués, incluso de prosaico funcionario de los grandes propietarios como Poincaré. No es culpa de Miliukov si no ha tenido antepasados ilustres y ahora se ve obligado a dirigir una política de agotismo burgués por todas las fronteras de Europa y Asia.
Ante todo, la Historia quiere situar el tumultuoso y gráfico drama de los incidentes en el armazón de un análisis marxista. «Las escenas, los retratos y diálogos, sensibles en su realidad, están iluminados interiormente por su concepción del proceso histórico.» El dominio teórico está llevado a cabo, sin embargo, de manera imperfecta. Los sucesos estuvieron demasiado cerca del pellejo del historiador y gran parte de su propio fracaso y del encumbramiento de Stalin está fuera de todo marco marxista natural. No obstante, la Historia se desliza bajo el reflujo de argumentos cabales y con un propósito constante de análisis ideológico y sociológico. Aunque recuerdan los libros históricos de Churchill por su grandeur escénica y capacidad de involucrarse a sí mismo, las obras de Trotski son más adultas, más resistentes a la tentación de la elocuencia.
No menos impresionante fue el Trotski profeta e intérprete de la catástrofe de la década de los años treinta. Mucho antes que Churchill advirtió a la imaginación civilizada la presencia de la realidad de Hitler, y vio más profundamente que Churchill las fuentes y mecanismos del movimiento nazi. Puesto que el destino de la clase obrera le había parecido tan inseparable del albur de la revolución rusa, Trotski fue de los primeros en intuir las consecuencias de la toma del poder de Hitler y de la negativa del proletariado de Alemania y Europa occidental a detener la embestida del totalitarismo petit-bourgeois. Trotski veía el nacionalsocialismo como «el partido del desespero contrarrevolucionario», como movimiento e ideología del «pequeñoburgués que golpea a ciegas». Mussolini y Hitler encarnaban la contrarrevolución desde abajo, «expresaban el apremio de la clase media baja por imponerse al resto de la sociedad». El fracaso nacional de 1918 penetró arbitraria e incompletamente y junto con el hundimiento de 1929 —que, como ha observado Canetti, debilitó el conjunto de la coherencia social haciendo que la sensatez se convirtiera en efímera y ridícula— abrió la puerta de la trampa. Las patológicas energías de la inferioridad y la venganza penetraron en el vacío dejado por el derrumbe del orgullo nacional y del autorrespeto económico normal. Con siniestra clarividencia Trotski reconoció, incluso antes de 1933, que había un rasgo de Hitler en todo frustrado Kleinbürger. Deutscher resume así lo que califica de principal hazaña política de Trotski en el exilio:
Como nadie y antes que nadie, se dio cuenta del delirio destructivo con que el nacionalsocialismo iba a arrasar el mundo… Lo que acentúa la demencia política de la época es la despreocupación por el futuro y la venenosa hostilidad del hombre responsable del destino del comunismo y el socialismo alemanes con que se reaccionó ante la alarma dada por Trotski… Un relato histórico apenas puede dar cuenta del infierno de calumnias y escarnios en que estaba sumido… Tuvo que contemplar la capitulación de la Tercera Internacional ante Hitler como un padre contempla el suicidio del hijo pródigo pero imbécil con miedo, con vergüenza, con rabia.
Nuevamente tenemos aquí lo arquetípico de todo teatro trágico: anticipación divorciada de acción efectiva. Yugado junto al desvalimiento político, la lucidez de Trotski era una maldición. También fue importante en un lugar sangriento profetizando a aquellos que no le creían y que habrían de creerle demasiado tarde:
Otra vez el terrible sufrimiento de la adivinación
me vuelve en todas direcciones, turbándome con sus preludios; […]
¿Por qué llevar este ornamento, irritación para mí,
el cetro y las guirnaldas fatídicas en torno del cuello?
Te destruiré antes de mi hora. ¡Fuera, perdeos!
Os pago así arrojándoos al suelo.
Haced crecer otro infortunio en lugar mío.
Helo aquí, Apolo, desnudándome
del vestido de profetisa, mirándome burlada
incluso en estos ornamentos, junto con mis amigos,
por los que son mis enemigos, y no con dudas ni en vano.
Que me llamaran, como a una vagabunda, mendiga,
miserable, hambrienta, lo soportaba.
¡Pero ahora el profeta, de quien me hizo profetisa,
me ha traído hasta este trance de muerte!
Como Casandra, Trotski no vio sólo su propio peligro (el hacha y el cráneo tembloroso aguardaban a ambos detrás de la puerta ensangrentada), sino también el incontenible desarrollo de sucesos en la polis. Supo, en un momento de perspicacia inefectiva, que la negativa del Partido Comunista Alemán a construir un frente antinazi común con las izquierdas iba a causar no sólo su destrucción sino también la de toda Alemania. Sin embargo, esa negativa era la expresión directa de la voluntad y la política de Stalin. Al insistir en que los socialistas eran el enemigo mortal y auténtico, que de Hitler había que ocuparse después y que se podía hacer causa común con el nazismo en la táctica de lucha contra socialistas y «plutócratas», Stalin aseguró la aniquilación del comunismo alemán e hizo mucho por facilitar el triunfo del nazismo.
Trotski protestó en vano contra estas cínicas estupideces y escribió acerca del cambio del curso de los vientos: «Es una infamia prometer que los trabajadores barrerán a Hitler una vez haya subido éste al poder. Esto es preparar el terreno de la dominación de Hitler… Los necios que afirman que no ven diferencia entre Brüning e Hitler están diciendo realmente que no hay diferencia entre que existan nuestras organizaciones o que sean destruidas. Por debajo de esta verborrea pseudorradical se esconde la más sórdida pasividad». Los estalinistas se limitaron a acusar a Trotski de saboteador histérico («mendiga, miserable hambrienta») y siguieron cavando la fosa de la democracia alemana. Poco antes de que Hitler fuera canciller, Thaelmann, el dirigente de los comunistas alemanes, tildó las advertencias de Trotski de «teoría de un fascista en quiebra, altamente contrarrevolucionario» («burlada / incluso en estos ornamentos, junto con mis amigos, / por los que son mis enemigos, y no con dudas ni en vano»).
Sólo medio año más tarde, detrás del alambrado de espinas del campo de concentración nuevamente instalado, se encontrarían los comunistas alemanes para recordar la voz del profeta de quien se habían burlado.
Sin embargo, cuando uno piensa en la estupidez y aparente descomposición estalinista, surge una sospecha. ¿Veía Stalin tanto como Trotski, aunque con una perspectiva viciada? ¿Pudo haber esperado la destrucción para ver al KPD dominado y a Hitler, tanto por completo a Alemania y daría a la Unión Soviética que arruinaría por su propia orientación y balance? ¿O se trataba de que temía la supervivencia y posible competencia de una versión rival del comunismo en la parte más privilegiada de la Europa industrial? (Como muestra el impresionante estudio que hace Peter Nettl de Rosa Luxemburgo, tales ambigüedades de estrategia complicaron las relaciones entre el marxismo alemán y el ruso desde el principio).
No hay forma de saberlo. Pero una cosa está clara. Cuando Trotski lanzó su advertencia en 1932 —«Sois cientos de miles, sois millones… Si el fascismo sube al poder, pasará sobre vuestros cráneos y espinazos como un tanque que espanta…»—. Sólo la unidad combativa con los obreros socialdemócratas puede daros la victoria—, la razón y lo que quedaba de decencia política en el mundo estaban de su parte. Pero éstas estaban tan solas como habrían estado en el patio de la casa de Atreo.
Una biografía tan minuciosa, que trata de una vida cuya resonancia se intensifica y multiplica con el eco de la historia, sería naturalmente tan compleja con el tiempo como pueda serlo una obra de arte. Cuando Deutscher comenzó el primer volumen, en 1949, el sepulcro de Trotski en Coyoacán se estaba cubriendo de musgo y con abyección y pompa orientales. Cuando publicó El profeta desterrado en 1963, el cadáver de Stalin ya no estaba en el mausoleo de Lenin y muchas cosas de lo que éste había dejado iba a ser ocupado por el de Trotski. Parece como si el proceso de revisión antiestalinista, iniciado en el XX Congreso del Partido, tuviera que conducir, necesariamente, a la rehabilitación de Trotski en la historia bolchevique y en la mitología del comunismo. Hoy en día —1966— esa posibilidad parece remota. El XXIII Congreso del Partido ha vuelto a la terminología estalinista de «traidor General y Politburó» y se diría que precisamente el legado estalinista y el ajuste del papel de Stalin a una interpretación aceptable de la historia es lo que expone a la sociedad soviética a los peligros más inmediatos y urgentes.
Tanto Stalin como Trotski se han movido en la penumbra de la verdad variable. De todas las diferencias en estos hombres intelectuales que separan la cultura occidental y poscartesiana de Rusia y la sensibilidad oriental, esta negación o reformulación del hecho histórico es quizás la más importante de todas. Un sistema político capaz de obliterar por decreto el nombre de su ciudad más heroica es capaz de borrar del pasado todo episodio que no guarde conformidad con su propio pasado. El totalitarismo soviético, en este extremo, no en las afirmaciones que hace del futuro utópico, radica la violencia que es capaz de cometer con el pasado, con la integridad de la memoria y del recuerdo. ¿Cómo se puede comenzar a dialogar si un historiador, haciendo amable recuerdo del hecho de invierno, nos afirma, como si se tratara de un hecho «comprobado por la investigación soviética», que Trotski salió de Petrogrado en el momento de la Revolución de Octubre, «en connivencia con los alemanes»? No se puede comenzar a argumentar. Las raíces de Stalin, los actos de minimizar o distorsionar su papel en la revolución, pueden quebrar el sentido que tiene uno de la justa retribución, pero la verdad vuelve a ser enterrada. Lukács, el vigía de la conciencia marxista (y característicamente un occidental), fue uno de los primeros en reconocer este aspecto de la destalinización. Reemplazar un mito por otro es no ganar nada, es dejar el pasado al servicio de las tácticas del presente. La leyenda de un Trotski liberal y prooccidental, bajo cuyo régimen la Unión Soviética habría seguido líneas constructivas, leyenda de una gran revolución alternativa que ha seguido en Occidente, es una obscenidad. Stalin no pudo preparar en las realidades de la doctrina bolchevique y la situación rusa, sino que tampoco repara en el propio carácter de Trotski y en la línea totalitaria que éste adoptó en 1920-1921. Sean cuales fueran sus esperanzas y fervientes esperanzas en una evolución gradual de la sociedad soviética, Deutscher era un realista escéptico.
Quizás esto lo mejor del libro de Deutscher. Hace un balance imaginativo entre Stalin y Trotski, mostrando que si el conflicto viene a ser, como el paradigma hegeliano de la tragedia, el de un complicado e irónico reparto de méritos. Deutscher, que estuvo comprometido con los sueños de la Cuarta Internacional y cuya propia visión espiritual recala en el trotskismo (como tantos grandes biógrafos, ha venido a parecerse profundamente a Trotski), hace plena justicia, sin embargo, a la enorme magnitud de la obra de Stalin. Parecidamente al mismo Trotski, que luchó por una estimación objetiva de la política de Stalin incluso en los peores momentos de sus sufrimientos personales, Deutscher no nos permite olvidar aquello en que Stalin fue justo. Este esfuerzo por el enfoque técnico es la esencia del adiestramiento y la integridad marxistas.
En la década del veinte, la concepción trotskista de la revolución permanente y la insurrección proletaria en la Europa occidental no fue corroborada por los hechos. La teoría de Stalin del socialismo en un solo país resultó del todo práctica. Aunque los métodos utilizados por él para derribar la independencia de los kulaks fueron aterradores y dejaron una sociedad estremecida hasta el tuétano, el instinto de Stalin tenía, según el mismo reconocimiento de Trotski, muy buen tino. En aquel momento de la historia soviética, la colectivización a gran escala o el establecimiento de una intendencia económica estatal de la agricultura eran necesidades rigurosas. Sin duda, un régimen trotskista habría sido diferente del de Stalin y habría tenido mucho candor emocional y retórico. Pero no habría sido menos autoritario y, cuando hubiese sido necesario, no menos despiadado. Como observa Deutscher: la acusación «que Trotski pudo haber lanzado a Stalin era que éste había instituido un reino de terror como el de Robespierre y que había eclipsado monstruosamente al mismo Robespierre. Sin embargo, el pasado de Trotski y la tradición bolchevique no le autorizaban a decir esto». Es como si la temprana biografía que Deutscher hizo de Stalin hubiera sido un ejercicio de purga para hacer posible el equilibrio emocional e intelectual del retrato que ofrece de Trotski.
Al optar por la industrialización y el auge tecnológico interno de la Unión Soviética, al preocuparse por abrir objetivos de interés internacional en beneficio de tratos empíricos con el capitalismo, Kruschev y su sucesores están desarrollando líneas estalinistas. En el caso chino sí están presentes fuertes elementos del trotskismo. Cuando los chinos afirman que el proceso de la revolución comunista no puede estar limitado a un solo país o bloque de poder, cuando aseguran que la prevalencia del hambre, la tensión racial y la explotación económica en todo el mundo subdesarrollado es una amenaza y una oportunidad inmediata para la acción militante, cuando afirman la superioridad del ejército popular sobre cualquier aparato militar sofisticado, parece que hablan con la gran voz sombría de Trotski. Es un lenguaje que no sirve ni para Moscú ni para el Occidente.
El axioma de la revolución internacionalmente necesaria señala uno de los aspectos del genio y fracaso de Trotski que Deutscher, parcialmente sobre predios de la metodología marxista, ha desarrollado. Es cierto que Trotski sólo estuvo implicado en las cuestiones judías en 1903 —durante las polémicas del Bund en el congreso de Bruselas—, pero la cualidad judaica de su concepción y su sensibilidad son difíciles de negar. Como Marx, fue judío en su tendencia instintiva hacia el internacionalismo, en su indiferencia estratégica y personal por las barreras y antagonismos nacionales. En el odio que sentía Stalin por Trotski, en su deseo de aislar a Lev Davidovich Bronstein y hacer de él un extraño a los cadres del Partido, no corría sólo el odio sombrío y perenne del antisemitismo ruso (tan pronunciado en Stalin el georgiano y en Kruschev el ucraniano), sino también la inseguridad, el miedo zahareño que el patriotero, el hombre apegado al terruño, siente en presencia del cosmopolita, del que se encuentra cómodo en todo el mundo. Precisamente, el momento en que la Revolución bolchevique abandonó sus esperanzas internacionales para convertirse en asunto de la circunstancia rusa fue también el momento que señaló el comienzo de la ruina de Trotski.
Si se olvida la condición judía de Trotski será difícil penetrar en el enfoque correcto de su apasionado interés por la supervivencia a través de la palabra y su creencia en el libro escrito como arma y grito del observador, así como en esa fantástica integridad que inspiró uno de los más agitados y extravagantes episodios de su vida. Bajo la presidencia del filósofo norteamericano John Dewey, una comisión investigadora visitó a Trotski en casa de éste en abril de 1937. Ésta analizó las acusaciones de traición y sabotaje lanzadas contra Trotski en el curso de los procesos de Moscú. Durante trece largas sesiones Trotski fue preguntado y vuelto a preguntar acerca de sus recuerdos, creencias y responsabilidades políticas. Él discutió y se defendió con el mismo vuelo soberbio, con las mismas virtudes de pasión y desdén con que lo habría hecho en cualquier tribunal moscovita del momento. «Estaba donde estaba como la verdad misma, sobrio y austero, sin armaduras ni caparazones y sin embargo magnífico e invencible.» Aunque esto no alteró en nada su posición material e hizo muy poco por contrarrestar el venenoso alcance de las mentiras estalinistas, Trotski quedó muy contento por el veredicto de absolución. Todo el asunto tuvo el pathos abstracto de una parábola talmúdica. Como Marx, Trotski fue uno de los grandes profetas y exiliados judíos del mundo moderno. Y fue, acaso, el primero de su linaje que después de Josué dio muestras de genio militar.
Hay mucho en la vida de Trotski y en la presentación que de ella hace Deutscher que forma pareja con las formas e ironías simbólicas del arte trágico. Hay muchas escenas remachadas en la imaginación: Trotski, durante el primer exilio siberiano, escribiendo ensayos literarios y filosóficos como una sabandija que cayera de las paredes de la choza y fuera a dar en el papel; Trotski arengando a sus guardias en materia de teoría revolucionaria durante su breve estancia en Inglaterra en 1917; Trotski a caballo, sus gafas lanzando destellos, mientras daba órdenes a soldados y milicianos para detener el avance de los blancos sobre Petrogrado. El retrato de una orgía kulak en 1930 permanece en la mente: «Mientras bebían y zampaban, los kulaksiluminaban los pueblos con las fogatas que hacían de sus propios graneros y establos. La gente se ahogaba entre los restos de comida, los vapores de vodka, el humo de sus posesiones que ardían y la propia derrota». Hacia el final, hay una evocación de trescientos deportados y mujeres que vieron pasar el cadáver mientras resonaban los gritos de México con el lamento de todos ellos, el Gran corrido de León Trotski.
Las específicas energías de la tragedia son hoy vitales en una biografía de este orden. Aquí es donde encontramos las cualidades de acción representativa, pública, de dimensión heroica, de ironía profética y justicia dividida que caracterizan la forma de la tragedia y que son notoriamente ausentes están en los valores primariamente introspectivos de la clase media que dominan la ficción. El heroísmo y lo monumental son sospechosos para la imaginación contemporánea, pero han cobrado contundente vida en el tríptico de Deutscher pero también, con sentido más estoico, en el héroe encadenado pero victorioso de la peliguda intensidad del ser en la Vida de Freud de Ernest Jones. Estos libros (uno se acuerda del Henry James de Leon Edel, del Proust de George Painter, o del estudio de Michael Foot sobre Bevan) sugieren un renacer de la biografía en la gran escala victoriana, pero con la diferencia de que los modernos biógrafos trabajan con los métodos y las expectativas de la psicología postfreudiana, de la erudición puesta al día y con el hecho de haber tenido tras de sí las modalidades estilísticas y los aciertos de la novela.
El apetito de esplendor, del gesto que implica algo más que vida privada, de la ceremonia y el pathos, está todavía entre nosotros aunque a menudo reprimido. La acusación hecha a la tragedia en la Antígona de Anouilh es dañina; pertenece a gran parte de nuestro lenguaje presente:
Et puis, surtout, c’est reposant, la tragédie, parce qu’on sait qu’il n’y a plus d’espoir, le sale espoir… et qu’on n’a plus qu’à crier, —pas à gémir, non, pas à se plaindre,— à gueuler à pleine voix ce qu’on avait à dire… Et pour rien: pour se le dire à soi, pour l’apprendre soi. Dans le drame, on se débat parce qu’on espère en sortir. C’est ignoble, c’est utilitaire. Là, c’est gratuit. C’est pour les rois.
[Y después, sobre todo, es aliviadora, la tragedia, porque se sabe que ya no hay esperanza, sucia esperanza… y que no hay más que gritar —no gemir, no, ni quejarse—, chillar a voz en cuello lo que se tiene que decir… Y todo para nada: para hablarse a uno mismo, para informarse a sí mismo. En el drama se lucha porque se espera una solución. Es innoble, utilitario. Más aun, es gratuito. Es para los reyes.]
Sin embargo, el mundo de los reyes y la némesis persiste como posibilidad necesaria para nuestra imaginación, como una necesidad, más profunda y más tenaz de lo que permite la teoría democrática, para la forma decisiva. Las convenciones medievales e isabelinas, su asunción del verdadero espíritu de la tragedia, del firmamento que despliega su manto negro, del día que busca lujuriosamente a la noche, de los «cometas que afectan a los cambios de las épocas y los estados» y relumbran en el cielo cuando el héroe muere, no han perdido su significado. Toda una ciudad camina tras el féretro de Trotski: los grandes mueren de manera distinta que los pequeños.
