por Alejandro Valenzuela Torres
“La lucha de clases existe. Y la estamos ganando nosotros, los ricos”
—Warren Buffett, capitalista norteamericano
La crisis actual del sistema capitalista no solo es económica, no solo es política: es también una crisis de régimen y de ideas. El orden liberal, globalizador y neoliberal que impuso el imperialismo norteamericano tras la caída de la URSS, bajo la retórica del “fin de la historia”, se derrumba frente a nuestros ojos. Pero esta vez, a diferencia de la década del ’90, no hay victoria cultural ni pacificación. Lo que hay es polarización, guerra, levantamientos, fascistización y descomposición social.
Frente a este escenario, la derecha internacional ha comenzado a reagruparse. El trumpismo, su expresión más avanzada, ha dejado de ser una anomalía o una “moda reaccionaria”. Se está constituyendo como un programa geoeconómico, político e ideológico que da respuesta —desde la clase dominante— al estancamiento global, a la competencia inter-imperialista, al fracaso de la globalización y al creciente descontento de las masas trabajadoras.
No es casualidad que hoy los sectores dominantes abandonen los viejos ropajes del liberalismo global. La burguesía ya no necesita consensos ilustrados, ni democracia formal, ni la retórica del “Estado de derecho”. En su lugar, necesita coerción, nacionalismo económico, poder militar y guerra social abierta contra los explotados. El trumpismo —y sus expresiones locales, como Milei, Bolsonaro o Meloni— es el intento de refundar la dominación de clase en términos reaccionarios, cuando los métodos tradicionales ya no bastan.
Pero esta transición no está asegurada. A diferencia del neoliberalismo que se impuso sin resistencia ante un proletariado derrotado, la nueva derecha debe conquistar su lugar dentro de la propia burguesía, disputar aparatos, ganar consentimientos y enfrentar fisuras internas. Y por eso, hoy más que nunca hay espacio para una respuesta revolucionaria.
Contra el “mal menor”: la izquierda debe romper con la democracia burguesa
En nuestro país, como en muchos otros, la izquierda ha sido arrastrada una y otra vez al chantaje del mal menor. “Cualquier cosa antes que la ultraderecha”. Esa es la consigna que se repite en los titulares, en las sedes sindicales, en las organizaciones progresistas y en los pasillos del parlamento. A veces se presenta con la cara de Jara, otras veces con la del Frente Amplio, o con un reformismo al borde de la extinción.
Pero la verdad debe decirse sin miedo: el mal menor es el camino más corto hacia el desastre. Porque mientras más se retrocede para frenar a la derecha, más terreno se le cede. Porque no se enfrenta al trumpismo reforzando la “democracia liberal”, sino cuestionando el orden capitalista que lo engendra. Porque las instituciones que hoy se presentan como “barreras contra el fascismo” —el parlamento, la policía, los medios, los tribunales— son las mismas que han blindado al poder económico durante décadas y que hoy permiten el avance reaccionario.
Por eso, la izquierda que no se resigna debe dejar atrás la adaptación institucional, el democratismo impotente y las ilusiones en reformas imposibles. Debe romper con el Estado burgués, organizarse desde la independencia de clase y levantar un programa revolucionario que proponga una salida socialista para la crisis.
El fracaso de dos procesos constitucionales, el hundimiento del discurso de minorías y de la política identitaria es la herencia que nos deja Boric. Es necesario instalar con letras de molde que tal fracaso político tuvo como resultado el despliegue de una política contrarrevolucionaria como no se conocía en Chile desde 1990. Hay compañeros que creen que lo que faltó a este Gobierno es una fuerte mayoría parlamentaria y que en definitiva Boric «no pudo» aplicar su programa. Basado en esta idea peregrina vuelven a levantar el programa identitario, ambientalista y de minorías, en el supuesto que tales ideas «modernas» y juveniles podrían resolver la crisis de la izquierda. Se equivocan.
Defender los derechos conquistados para ir más allá
Las banderas de las libertades democráticas —la libertad de expresión, de reunión, de organización política, el derecho a huelga, el sufragio universal— son conquistas históricas arrancadas por el movimiento obrero y popular, no dádivas de la república ni regalos de la Constitución. Y por eso mismo, es la clase trabajadora organizada la única que puede defenderlas hasta el final.
Lo mismo vale para los derechos sociales: salud, educación, jubilación, acceso a la vivienda, salario mínimo, jornada laboral. Todas estas conquistas son hoy blanco del capital: el ajuste no es una medida transitoria, es el nuevo régimen. La dictadura del capital financiero se expresa no solo en los mercados, sino en el vaciamiento del Estado y en la violencia contra los pobres.
Una izquierda revolucionaria no puede reducir su programa a una defensa nostálgica del “Estado social”. Debe ir más allá. Defender las conquistas, sí, pero como parte de una ofensiva más grande: la lucha por el poder, por un gobierno de los trabajadores, por la expropiación de los expropiadores. Estas cuestiones es necesario enunciarlas con total claridad.
La urgencia de organizarnos: por un partido revolucionario de trabajadores
El nuevo ciclo político —inestable, en guerra, polarizado, mundialmente convulsionado— exige un nuevo tipo de organización: un partido revolucionario de clase, internacionalista, basado en la experiencia histórica de las revoluciones. Un partido que no tenga miedo de decir la verdad, que no se arrodille ante el régimen, que organice lo mejor de la clase trabajadora, que se prepare para la crisis, que combine la lucha política con la lucha teórica, que no transforme cada revuelta en una repetición de la derrota.
No hay tarea más urgente. Lo que está en juego no es una elección, es el sentido mismo del porvenir. Si la extrema derecha se presenta como “antisistema”, nosotros debemos disputar ese terreno desde la raíz. Porque si la historia no ha terminado, como soñaba Fukuyama, entonces sigue siendo terreno de lucha. Y si hay lucha, entonces también puede haber victoria para los de abajo.
Contra el trumpismo global, contra el progresismo rendido, por una alternativa obrera, socialista y revolucionaria: ese es el camino que debemos construir. Y no lo haremos solos, ni mañana. Lo hacemos hoy, organizados, con la historia de nuestra clase en la mano y la conciencia clara de que otro mundo no es solo necesario: es posible.
