¿Organizar o ser organizados?: el callejón digital del activismo obrero en el Chile post Estallido

por Fernando López MacKenzie

 Desde octubre de 2019, en Chile se consolidó un fenómeno que pocos previeron en su magnitud: la virtualización total del activismo político popular. Lo que antes pasaba por el mural, el panfleto, la reunión territorial o el periódico de organización, hoy ocurre casi exclusivamente en redes sociales, grupos de WhatsApp y transmisiones en vivo. Una migración política sin retorno —hasta ahora— que exige ser analizada con rigor materialista, sin mistificaciones ni romanticismo.

A primera vista, el dato es “positivo”: el 94,3 % de los hogares en Chile tiene acceso propio a internet, con cifras incluso más altas en zonas urbanas y clases medias. La telefonía móvil domina el acceso: más del 89 % de los hogares pobres accede a la red a través de un celular (Subtel–CADEM 2024). Las organizaciones de trabajadores, estudiantes y pobladores ya no imprimen boletines ni editan prensa de agitación; difunden por Facebook, convocan por Instagram y discuten estrategia por Telegram. Todo parece indicar que la lucha de clases se volvió digital.

Pero desde una perspectiva marxista crítica, esta transformación no puede aceptarse como una mera “modernización de las formas”. Es, en cambio, una rendición sin condiciones ante el dominio ideológico y técnico del capital digital.


¿Qué diría Lenin si el partido se organizara en un grupo de WhatsApp?

Lenin definía el periódico revolucionario como el organizador colectivo: un medio que no solo informaba, sino que estructuraba redes, formaba militantes y sintetizaba línea política. ¿Puede hacer eso un canal de Telegram? ¿Una cuenta de Instagram puede formar cuadros?

La experiencia de los últimos cinco años en Chile responde con hechos: la organización digital no reemplaza la militancia territorial, sino que la disuelve en seguimiento, reacción y dependencia algorítmica.


Base material: celulares sí, estructura no

Chile tiene uno de los niveles más altos de conectividad en América Latina. Pero eso no significa organización:

IndicadorChileArgentinaUruguayEcuadorBolivia
Acceso a internet (hogares)94%84%88%77%68%
Acceso solo vía celular (sectores bajos)+89%+76%+70%+82%+74%
Acceso a PC propio<40% (estratos bajos)~55%~62%~35%~28%

Lo que esto revela es claro: la mayoría de los sectores populares en Chile no cuentan con dispositivos ni condiciones para desarrollar prensa política, análisis colectivo o almacenamiento seguro. Todo ocurre en el celular, en tiempo real, en plataformas del enemigo.

Como diría Geert Lovink, teórico holandés de la crítica digital: “Estamos atrapados en la plataforma, incluso cuando sabemos que nos destruye.” Pero desde una perspectiva de clase, hay que dar un paso más: no estamos atrapados por inercia emocional, sino por la pérdida de estructuras propias. Cuando dejamos de tener medios de clase, ocupamos los del capital. Y entonces no organizamos: somos organizados.


Seguridad: la contrarrevolución digital ya comenzó

La represión en Chile tras el Estallido fue híbrida: balines en la calle, metadatos en la fiscalía. Los juicios políticos se armaron con videos de TikTok, capturas de Instagram, listas de difusión. Gendarmería clasificó a presos políticos con datos recogidos en redes sociales. La inteligencia no necesitó infiltrar: miró las redes que nosotros mismos entregamos. Esto ya está institucionalizado con la nueva Ley Antiterrorista de Boric que permite al Estado, en uso de la tecnología IMSI Catcher interceptar todos los celulares en un área geográfica sin autorización judicial; es habitual que la policía lo primero que haga al efectuar una detención sea allanar los celulares de los detenidos.

Esta vulnerabilidad no es casual. Es el resultado de una actividad política desarrollada íntegramente dentro de los dispositivos y redes del enemigo. No se trata solo de represión judicial, sino que adicionalmente de control ideológico. El algoritmo prioriza lo emotivo, no lo estratégico. Visibiliza la indignación, no el programa. Viraliza la consigna vacía, no la crítica profunda.


Polémica con la izquierda digitalizada

Una parte del activismo digital celebra esta mutación como “horizontalidad radical” o “democratización del discurso”. Pero esta ilusión desconoce una verdad material: la infraestructura no es neutral. La red no es un espacio democrático, sino una estructura técnica y política propiedad de monopolios privados con sede en EE. UU. y Europa.

Estamos en presencia de una verdadera industria cultural: lo que parece libre expresión es, en realidad, un sistema que produce sujetos dóciles y funcionales al orden vigente. Lovink lo profundiza al decir que la tristeza, la ansiedad y el cinismo digital no son efectos colaterales, sino productos deliberados del diseño de plataformas. Lo que Lovink llama “nihilismo de plataforma”, Marx lo habría llamado alienación digital.


Alternativas: usar internet, sin que internet nos use

Desde esta crítica, surgen tareas urgentes y concretas para la izquierda revolucionaria en Chile:

1. Reconstruir espacios políticos materiales

  • Volver al panfleto, boletín mural y periódico impreso.
  • Sostener asambleas presenciales, núcleos territoriales, comandos sindicales.

2. Recuperar la función organizadora de la prensa

  • Producir prensa propia, aunque sea artesanal.
  • Subordinar lo digital a un plan político-militante claro.

3. Seguridad digital militante

  • Uso de mensajería cifrada (Signal, Element, Briar).
  • Prohibir la discusión política estratégica por redes sociales.
  • Cifrado, borrado seguro, anonimato básico: talleres de higiene digital en cada organización.

4. Infraestructura alternativa

  • A largo plazo: servidores propios, federación de medios libres, radios populares.
  • Participar en el desarrollo de software libre y medios autónomos.

Conclusión: volver a organizarnos

El fetichismo digital ha penetrado incluso en sectores que se reclaman revolucionarios. Pero la experiencia del proletariado chileno muestra sus límites: las redes no organizan, no protegen y no forman. Son útiles como táctica, pero nunca como base.

La clase trabajadora necesita volver a pensar en términos de organización real, seguridad, clandestinidad y autonomía. Usar internet sí, pero como un arma entre muchas, no como única trinchera. Porque si toda actividad política pasa por redes privadas, entonces toda actividad política está vigilada, modulada y desarmada.

Estar atrapados en la plataforma no es un destino inevitable, sino un problema político que exige una respuesta política. Desde El Porteño —un medio que se expresa digitalmente— esa respuesta solo puede ser reorganizar la clase, fuera y contra las plataformas del capital.