por Fernando López MacKenzie
Enzo Traverso es, sin duda, uno de los historiadores más leídos y citados por la izquierda intelectual contemporánea. Sus ideas sobre el “posfascismo” han ganado renovada vigencia en tiempos del segundo mandato de Trump, el ascenso de Milei y la consolidación de proyectos autoritarios como el de Viktor Orbán. En una reciente entrevista, publicada en Jacobin América Latina, Traverso refina sus conceptos: la nueva derecha no niega la democracia, sino que la parasita; no necesita suprimirla, le basta con vaciarla desde dentro. Hasta aquí, el análisis parece sugerente. Pero si llevamos estas categorías al terreno político concreto —por ejemplo, el Chile del progresismo gobernante— se revela con toda claridad su carácter desestructurador para cualquier proyecto revolucionario serio.
Una democracia vacía, pero sacralizada
Traverso parte de una premisa correcta: «el régimen liberal democrático está en crisis, desgastado y desacreditado». Bingo!!! Pero su marco conceptual lo lleva a concluir que el desafío consiste en recuperar la “promesa emancipadora” de esa democracia. De este modo, lo que se percibe como derrota es, en realidad, el límite del pensamiento democratista: se nos propone defender las formas gastadas del parlamentarismo, los mecanismos formales de participación ciudadana, las promesas vacías de una institucionalidad que ha sido durante décadas el instrumento de los sectores dominantes.
Esta ilusión es particularmente peligrosa en contextos como el chileno. Porque aquí la izquierda institucional ha hecho exactamente eso: se ha encomendado a una estrategia de reformas dentro del orden. El gobierno de Gabriel Boric, sostenido por el Frente Amplio y el Partido Comunista, se presenta como un dique frente a los avances de la ultraderecha. Pero en la práctica, gestiona el Estado burgués con el mismo aparato represivo heredado de la dictadura, promueve una nueva Constitución neoliberal “más moderna” y profundiza el extractivismo con rostro verde. El “antifascismo democrático” se convierte así en la coartada perfecta para sostener lo existente.
El posfascismo como categoría de impotencia
Para Traverso, lo que estamos enfrentando no es un nuevo fascismo sino un “posfascismo”: un fenómeno inestable, transicional, que se mueve dentro del marco democrático pero erosiona sus contenidos. ¿Cuál es el problema? Que esta noción instala una zona gris, un umbral difuso que impide a la vanguardia identificar con claridad el carácter de clase de los regímenes actuales. Al no identificar la estructura de poder como una dictadura de clase, el combate contra el posfascismo se convierte en defensa de la institucionalidad liberal.
El progresismo chileno es el mejor ejemplo de esta lógica. No sólo convive con las élites que supuestamente debe enfrentar —las alianzas con la ex Concertación, con el empresariado “progresista”, con Estados Unidos— sino que ha hecho del “antifascismo” una marca electoral. En su discurso no hay horizonte socialista. Hay repudio a Kast, sí; pero no hay ofensiva por el poder proletario. Hay “resistencia cultural” y “disputas de sentido”, pero no hay lucha por el control del aparato productivo ni del Estado.
Intelectuales sin programa
Esta forma de pensar ha permeado incluso a sectores del pensamiento crítico en Chile. Tal inconducta no se agota con los posmodernos en el Gobierno, sino que a una parte sustancial de la izquierda identitaria, ambientalista, feminista, animalista y «decolonial». En efecto, tal izquierda agita —en algunos casos— demagógicamente problemas sociales relevantes como la degradación ambiental, la opresión sobre la mujer y la opresión del pueblo mapuche, pero no lo hacen con la finalidad de echar abajo el régimen capitalista, sino que para mejorarlo, hacerlo participativo, incorporar conceptos en la «gobernanza», etc. Analizan las crisis políticas desde una óptica moral, casi religiosa: hay que proteger la democracia como si se tratara de un templo.
Este consenso liberal de izquierda bebe directamente de la misma fuente que Traverso: la idealización de una democracia sin contenido de clase, una fe en su reforma desde adentro y una negación de la necesidad de insurrección. Es el progresismo cultural que reemplaza el programa por los valores, la estrategia por la identidad, la toma del poder por el relato.
Una alternativa bolchevique
Frente a esto, hay que recuperar una verdad elemental del marxismo: toda democracia es una forma de dictadura de clase. Lo que hoy llamamos democracia liberal es, en rigor, el modo en que la burguesía organiza su dominación en tiempos de relativa estabilidad. Cuando la crisis arrecia, ese modo se transforma —a veces hacia formas autoritarias, a veces hacia bonapartismos plebeyos, otras hacia guerra civil— pero el contenido de clase permanece. Si esto no se entiende, se termina defendiendo las instituciones que mañana serán usadas contra nosotros.
No se trata de oponer una “mejor democracia” al posfascismo, como hace Traverso. Se trata de oponer al dominio burgués —bajo la forma que adopte— el poder de los soviets, de los consejos obreros, de la autorganización revolucionaria. La tarea no es salvar la democracia. Es preparar la insurrección.
El posfascismo no se combate con paneles de debate ni con coaliciones electorales. Se combate organizando a la clase obrera para la conquista del poder. Para eso, no basta un nuevo concepto. Hace falta una nueva Internacional, una nueva dirección política de la clase obrera. Y Traverso, con todo su prestigio, no construye ese combate al posfascismo, lo justifica.
