Contra el lenguaje inclusivo

por Maxi Laplagne

Cuánta agua ha fluido en el río del tiempo desde que la pequeña Ofelia Fernández le daba clases de las nuevas ideas que recorren América Latina desde la vereda del Carlos Pellegrini, ocupado por estudiantes y docentes, a los digitadores políticos de Clarín. Cuántos giros, cuántas experiencias, cuántas pestes, cuántas cosas se han dicho al respecto. 

Sin embargo, decir que la utilización del lenguaje inclusivo fue una novedad del movidísimo 2018 sería falsificar la historia. Y no me refiero simplemente a que la «x» y el «@» ya llevan varios lustros de utilización entre la propaganda política sino que el debate alrededor de la transformación del lenguaje tiene, quizá, tanto tiempo de existencia como las lenguas mismas. Encontramos una prueba de ello en Las Nubes de Aristófanes, la comedia griega más reconocida de la historia, escrita en el Siglo V antes de Cristo. Allí Tergiversero, el personaje así nombrado por sus tendencias constantes a «tergiversar» la realidad, discute con un ficticio maestro Sócrates acerca de la masculinidad de las palabras. «Hay cosas que debes aprender – le dice Sócrates a su nuevo alumno – por ejemplo, qué cuadrúpedos son estrictamente masculinos». Atónito, Tergiversero le responde que cómo no va a saber eso, que conoce muy bien a los caballos, los toros, los perros y los gallos (alektryón). «¿Ves qué te sucede? – le responde el maestro – llamas a todos con las mismas palabras, llamas al gallo alektryón al igual que a las gallinas». 

A los griegos que heredaron el lenguaje de las tribus dorias, jonias y más tarde espartanas no se les hubiese pasado jamás por la cabeza distinguir entre términos masculinos y femeninos al menos hasta que la llegada de la escritura fenicia generó las condiciones para los debates culturales y filosóficas que recorrieron Mileto y Atenas. Avalados en esto, varios lingüistas han interpretado que la falta de gramáticas que dividan el lenguaje en géneros respondía a la estructura patriarcal de la sociedad que había universalizado el género masculino como el único posible. Falso; no sólo porque el género masculino no era tal sino porque bajo los mismos criterios anacrónicos varias lenguas construyeron su estructura a partir del femenino, como lo son el germano y el idish. La existencia del neutro (presente en todas las lenguas aunque no se lo exprese gramaticalmente) es la resaca del lenguaje primitivo. En Grecia, fue recién en el auge de las grandes revoluciones democráticas que instalaron la Pólis que el lenguaje se comienza a «tergiversar». Eran los mismos intelectuales de la aristocracia esclavista los que incitaban a la sociedad a distinguir entre los géneros diversos del lenguaje. La oficialización del femenino es de varios siglos posteriores, cuando la nueva oleada de clasicismo romano recuperaba y reescribía la gramática griega bajo los dictámenes del clero. En varios casos, la utilización del femenino respondía a que les parecía horroroso a los católicos que un concepto divino pueda entenderse como hombre o mujer. 

Acerca de la «e» en nuestra lengua el debate más interesante, por supuesto, no ha surgido de los conservadores que niegan toda expresión de transformación de la sociedad sino de entre los mismos activistas que están en la primera línea de lucha «¿Es revolucionario el lenguaje inclusivo?», se repite una y otra vez. 

Subido a la ola de cualquier moda que le de votos, el izquierdismo argentino hizo de la inclusividad lingüística su bandera. Los argumentos no existen. «Expresa un estado de rebelión», dicen, y se terminó. De otro lado, tengo antes mis ojos la declaración fundacional de la tendencia de la Unión de Juventudes por el Socialismo. En ella se critica con argumentos igual de vacíos al resto de  la izquierda que «tergiversa» los géneros. Se lee en este texto que la izquierda que usa el lenguaje inclusivo interpreta la realidad a partir de los criterios de la filosofía analítica que, supuestamente, habría hecho del lenguaje la realidad absoluta ¡Un despropósito! ¡La filosofía analítica es la reacción más progresiva del pensamiento a la metafísica y el voluntarismo nietzscheano!! Nunca, jamás, de ninguna manera, un filósofo analítico habría dicho que la realidad se estructura a través del lenguaje. Al contrario, encontraban en el lenguaje los signos de la realidad y llamaban a ponerle particular atención para no desviar las discusiones filosóficas hacia el misticismo que imperaba a fines del Siglo XIX. No hubo filosofo marxista de inicios del Siglo pasado que no se haya identificado con los analíticos. Los analíticos, por su parte, hubiesen rechazado que pueda haber transformaciones metafísicas en el lenguaje. La crítica de esta declaración se corre de la ciencia. En fin, ir a fondo significaría criticar a los redactores inclusivistas de Política Obrera.

Apresada entre sus intrigas, la izquierda no ha podido dar ninguna respuesta satisfactoria al fenómeno. Las discusiones se han sacado del plano de la ciencia y llevadas al moralismo. «Altamira es retrógado, no usa el lenguaje inclusivo» twiteaba una y otra vez el presidente más decadente de la historia de la Federación Universitaria de Buenos Aires. No sólo no había puesto la mínima atención a las intervenciones de Altamira al respecto sino que se corría de toda la historia científica del lingüismo. «En la lengua –dice Ferdinand de Saussure – todos y cada uno participamos en ella en todo momento y por eso sufre sin cesar la influencia de todos». «Este hecho – agrega – basta para mostrar la imposibilidad de una revolución. De todas las instituciones sociales, la lengua es la que menos asidero ofrece a las iniciativas. Forma cuerpo con la masa de la vida social y por ser ésta naturalmente inerte aparece ante todo como un factor de conservación«. 

Veamos. Para el lingüista más reconocido de todos los tiempos, cuya escuela intentó ser aniquilada por todos los regímenes fascistas de la historia, incluso la dictadura argentina, el lenguaje no se puede transformar intencionalmente. Es que el lenguaje no es algo maleable a lo que yo puedo referirme de la forma en que se me antoja. Pensar así implicaría hacer una separación estricta entre nuestro pensamiento y la forma de expresarlo ¿Pudo Fernando Ramal acostumbrarse a hablar con «e» en cada momento de su vida o habla con «e» solamente para las cámaras? ¿Puede despertarse un día pensando con la «e» en vez de con la «o» o la «a»? No puede, porque el lenguaje es simplemente la expresión material y sonora de los conceptos que Ramal no puede crear por su propia voluntad sino que forman parte de su estructura humana. Tampoco, por ejemplo, podrían empezar a crecerle pelos verdes. 

Como quien diría, militar por la transformación del lenguaje es pedalear en una bicicleta fija, porque significaría intentar borrar de un día para otro los casi diez mil años de desarrollo lingüístico que por razones diversas toman un determinado rumbo.

Lo que sí puede hacerse, digamos, es transformar el discurso. Los discursos son, sí, creaciones conscientes que utilizan el lenguaje como herramienta. La clase obrera ha creado a lo largo de la historia su discurso intentando distinguirlo no sólo de la propaganda burguesa sino del sentido común creado entre los propios obreros por el régimen capitalista. «Proletarios», «soviets», «camaradas». ¿Ramal quiere decir «camarades»? Excelente, pero que tenga en claro que está transformando su discurso y no la realidad lingüística creada por la masa de miles de millones de seres humanos entre las que sus vocablos no ejercen ni la mínima influencia. 

Si la izquierda hubiese captado el costado científico del lenguaje, al menos habría aportado criterios políticos a los jóvenes que luchan. Se habría puesto a militar para aportar al discurso histórico de la clase obrera en vez de hacer creer que la utilización de la palabra «proletario» se contraponía a la de «compañeres». Hubiese escrito artículos analizando la estructura del lenguaje y habría agitado entre las masas consignas con criterios serios que convenzan a los obreros de modificar sus palabras. En cambio, la izquierda se sumo sin la mínima crítica a la moda impuesta desde el progresismo académico marginalizándose de la gran masa obrera. Buscando votos, encontró la humillación. 

La utilización forzada del lenguaje inclusivo confunde a las masas. El pueblo, como se sabe, es capaz no sólo de crear su discurso sin la necesidad de modificaciones desde arriba y, sobre todo, de identificar los criterios estéticos de la realidad. Y si digo estéticos es porque también la belleza y sublimidad de las cosas es un criterio científico y para nada relativo. La filosofía que intentaba superar la escolástica medieval rechazaba que los seres humanos no podamos detectar los criterios objetivos de la estética. No sólo Dios era bello. Los humanos somos capaces de identificar lo objetivamente bello y lo objetivamente feo. La estética del lenguaje no se pueda inventar. 

Debe distinguirse radicalmente la utilización natural de la juventud que intenta expresar la necesidad de una liberación sexual definitiva de los falsos izquierdistas y los funcionarios progresistas que utilizan la «e». En el primer caso, se trata de expresiones naturales de la creación social que sólo el tiempo sumará o no a la cotidianeidad del habla. En el segundo, se trata del intento consciente de desviar la verdadera discusión por la liberación sexual hacia el lenguaje. Si digo verdadera es porque resultará inevitable revolucionar el conjunto de las relaciones sociales para liberar de forma definitiva todas las potencias sexuales, intelectuales y creativas de la humanidad. Hoy, año 2020, esa tarea solo la puede llevar a cabo el proletariado. 

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