por Gustavo Burgos
Chile y Argentina, dos países que alguna vez aspiraron a jugar el rol de potencias regionales, enfrentan hoy una crisis sistémica que no puede reducirse a simples errores de política económica ni a desviaciones democráticas. En los márgenes del sistema mundial, pero ya no en sus zonas “atrasadas”, los países de la semiperiferia capitalista enfrentan crisis estructurales de legitimidad, representación y acumulación. Chile y Argentina son dos casos paradigmáticos de este proceso. Ambos están profundamente integrados al capital internacional —en tanto economías dependientes, subordinadas a los flujos de deuda, commodities y capital financiero— y ambos han vivido, cada uno a su manera, el agotamiento histórico del régimen democrático burgués surgido de la última gran reestructuración imperialista de la región.
Como demuestra Alberto Harambour en su interesantísimo trabajo Soberanía y corrupción. La construcción del Estado y la propiedad en Patagonia austral (Argentina y Chile, 1840-1920), la constitución de la soberanía estatal y la propiedad privada en el extremo sur del continente fue el resultado de una articulación brutal entre los intereses del capital imperial (británico y alemán) y las oligarquías locales, mediada por la corrupción y la violencia racializada. La “acumulación primitiva” en la Patagonia no fue un proceso heroico de colonización civilizadora, sino un experimento violento de desposesión, vaciamiento étnico y cooptación de funcionarios estatales, mediante los cuales las estancias ganaderas se convirtieron en núcleos de soberanía capitalista, incluso antes que el propio Estado.
Este origen fundacional de la propiedad capitalista en el Cono Sur muestra que la base sobre la cual se erigieron los regímenes democráticos posteriores estaba ya corrompida estructuralmente, divorciada de cualquier legitimidad social o popular. No es el “atraso” el que explica la crisis actual, sino el éxito histórico de la burguesía en su forma más predadora: una clase que ha construido sus Estados no para organizar el desarrollo nacional, sino para facilitar su sometimiento al capital imperial.
Lo que sigue no es un lamento por las formas corrompidas de la democracia, sino un intento de explicación marxista de por qué, aún bajo regímenes igualmente capitalistas, la situación económica y política de Chile y Argentina es tan dispar, y qué nos dice esta diferencia sobre el estado actual de la lucha de clases y las tareas del momento.
Una misma estructura: el capital lo domina todo
Comencemos por lo común: tanto en Chile como en Argentina, las relaciones sociales capitalistas han penetrado profundamente todas las esferas de la producción y la reproducción social, no sólo en las fábricas urbanas y grandes explotaciones mineras, sino también —y de manera especialmente significativa— en el agro, históricamente presentado por la ideología liberal como un “residuo feudal”.
Como hemos señalado y contra el discurso de la historiografía de cuño estalinista, no hay “atraso estructural” que explique las crisis. Al contrario, en ambos países, el desarrollo capitalista ha subsumido al conjunto del trabajo vivo, ha proletarizado al campo, ha mercantilizado la educación, la salud y la vivienda, y ha integrado las economías nacionales a los flujos globales de capital especulativo. Esto no ha traído modernización ni estabilidad, sino precarización, sobreexplotación y fragilidad sistémica. La burguesía en los hechos se ha encargado de desvirtuar todo discurso industrialista y de «agregación de valor».
El papel central de la clase trabajadora se ha hecho evidente, incluso donde parece socialmente marginal: el conflicto capital-trabajo es estructural, y no un resabio de otra época. Pero esa centralidad no se traduce aún en capacidad de dirección política. Es más, la ingente propaganda posmoderna, de política de derechos y minorías, ha propalado la especie de que en nuestros países la clase obrera ha desaparecido, como ya hemos sostenido en otras oportunidades,.
Chile: homogénea dominación burguesa tras la masacre
En efecto, la dictadura chilena no sólo fue una operación militar: fue una gigantesca operación política del imperialismo que operó como contrarrevolución preventivamente victoriosa, cuyo propósito fue aniquilar física y políticamente a un destacamento de lo más organizado de la clase obrera de América Latina , derrotar la experiencia de la “vía chilena al socialismo”, y reconstituir un Estado burgués capaz de garantizar, sin fricciones internas, una inserción subordinada y funcional al capital imperialista.
Este proceso permitió la formación de una burguesía homogénea de la mano de un proyecto neoliberal promisorio y bajo la conducción unívoca de una Junta Militar, sin fracciones internas que obstaculizaran la acumulación: banqueros, agroexportadores y tecnócratas neoliberales coincidieron en una misma estrategia de crecimiento basado en privatización, deuda, desindustrialización planificada y subordinación absoluta al capital extranjero. Chile se convirtió en el laboratorio neoliberal del planeta, modelo para el mundo postdictatorial —con su Constitución blindada, su sistema de AFPs, y su democracia controlada.
El precio fue alto: la liquidación política del sujeto obrero y de la experiencia socialista dejó un vacío político que hasta hoy no ha sido llenado. El estallido de octubre de 2019 demostró que la sociedad chilena no está en paz, pero también que no existe ni tan solo el embrión de una dirección revolucionaria capaz de convertir la rebelión de los trabajadores en un programa de poder alternativo.
Argentina: el empate social como forma de inestabilidad permanente
Por su parte Argentina siguió otra vía. Aquí la clase obrera, si bien nunca logró emanciparse de la tutela del nacionalismo burgués tampoco fue derrotada completamente, aún después de la Dictadura de los 30.000 desaparecidos. La explicación de este fenómeno debemos encontrarla en que tras la experiencia del peronismo clásico —donde se fraguó una alianza entre el Estado burgués y sectores del movimiento obrero—, la burguesía argentina nunca logró construir un régimen estable ni una estrategia común de acumulación. El resultado es un empate inestable entre una burguesía fragmentada y una clase trabajadora con tradición de lucha pero sin proyecto independiente.
A diferencia de Chile, en Argentina el capital financiero y el capital industrial han chocado sistemáticamente, expresándose en luchas de fracciones dentro del Estado, que han dado lugar a ciclos de populismo, liberalismo, bonapartismo civil y democracia clientelar. La crisis abierta en estos momentos al otro lado de Los Andes tiene como premisa explícita la política de equilibrio fiscal, pilar básico de la exigencia del capital financiero que instaló un títere como Milei en La Casa Rosada. En Argentina el peronismo si bien es cierto en sus orígenes fue un movimiento nacionalista, en la actualidad ha derivado en la forma estructural del Estado y de la dominación capitalista. Ninguno de estos proyectos logró resolver los problemas estructurales de su economía. Por el contrario, la crisis crónica se ha convertido en la normalidad: inflación, deuda, recesión, fuga de capitales y colapso estatal, en un ciclo permanente que parece repetirse sin solución de continuidad.
Lo central es que la experiencia del nacionalismo burgués (peronismo) ha sido recorrida íntegramente por las masas, dejando un legado contradictorio: por un lado, organización sindical y resistencia histórica; por otro, ilusiones profundamente arraigadas en una burguesía nacional progresista que nunca existió.
Democracia agotada y vacío político en la semiperiferia
Tanto Chile como Argentina han agotado la experiencia con la democracia burguesa. No en abstracto, sino en términos históricos concretos. En Chile, la transición pactada consolidó el modelo neoliberal bajo ropaje democrático, despolitizando a las masas, mientras que en Argentina la democracia liberal fue incapaz de ofrecer soluciones así sea formales, alternando impotencia política con colapso institucional (como en 2001 y en la actualidad).
El resultado en ambos casos es una profunda desconfianza de las masas hacia las instituciones, los partidos tradicionales, el Parlamento, el Poder Judicial, incluso el voto mismo. Pero esa crisis de legitimidad no ha dado lugar a una alternativa revolucionaria, y eso es lo que explica la persistencia contra toda lógica del sistema capitalista: en ausencia de dirección revolucionaria, las ilusiones en la democracia burguesa sobreviven en forma de nostalgia,política de DDHH, resignación o populismo degradado.
Lo que se vive en el Cono Sur no es un fenómeno aislado, como no puede serlo bajo la dominación capitalista que alcanza todo el orbe. En efecto, Chile guarda una curiosa similitud estructural con Portugal, que también conoció un proceso revolucionario en los años 70 abortado por una transición pactada con las Fuerzas Armadas, y que luego se convirtió en un ejemplo europeo de neoliberalismo “civilizado”. En ambos casos, la institucionalidad se basa en una derrota previa y en un pacto de desmovilización popular.
Argentina, por su parte, puede observarse en el espejo de Grecia y Turquía, donde el populismo, la militarización o el bonapartismo se han alternado con procesos de movilización social intensa (como las huelgas generales en Grecia o las protestas masivas en Turquía). En todos estos casos, las democracias semiperiféricas han sido incapaces de estabilizar regímenes duraderos, porque las contradicciones del capital impiden construir hegemonía.
Lo indicado nos permite aventurar una arqueología de esta crisis: una exposición descarnada del origen violento, corrupto y capitalista de nuestras instituciones. Chile y Argentina no solo enfrentan una crisis del presente, sino que una crisis que transita por el derrumbe de una arquitectura política levantada desde la corrupción, el latifundio y la dependencia.
La exigencia del momento histórico
La diferencia entre Chile y Argentina no es esencialmente económica —se trata de países atrasados con una historia común de múltiples vasos comunicantes— sino política. Chile se presenta como más “ordenado” porque su clase dominante ganó la guerra civil contra el proletariado y fue capaz imponer lo que los escribas del capital denominan «relato». Argentina se presenta como más caótica porque porque su propia burguesía ha sido incapaz de oponer un bloque homogéneo y transversal a la clase trabajadora. Pero en ambos casos, el ciclo de dominación burguesa ha entrado en crisis, y la clave indudablemente no está en la economía, sino en la política revolucionaria de la clase obrera. La tarea en este contexto —por supuesto— no es “defender la democracia”, sino prepararse para el momento en que la descomposición del régimen abra brechas por donde pueda irrumpir el sujeto histórico de la revolución. Y para eso, no bastan las consignas, ni los manifiestos, ni los sindicatos: hace falta un partido revolucionario, preparado para disputar el poder, no para administrar la decadencia.
El tiempo del interregno no es infinito.
