Ante la crisis y decadencia del capitalismo que amenaza a la humanidad

de Comité de Enlace Internacional

La Pandemia del Covid: una calamidad capitalista

La pandemia del Covid iniciada en diciembre de 2019, aparece como una nueva calamidad “natural” que se cierne sobre la humanidad. Pero ni es totalmente nueva, ni es “natural”. Esta ha sido precedida por otras “pestes” como el SARS (2002-03), la gripe porcina H1N1 (2009), el MERS (2012), el ébola (2014-16), el zika y chikunguya (2015), y lagripe aviar H5N6 (2016-18), mientras que en los países semicoloniales estamos cada vez más expuestos a viejas enfermedades que parecían haber desaparecido hace tiempo, como el sarampión y el dengue.

Estas “pestes” del siglo XXI son “obra” del capitalismo, en su fase de decadencia y descomposición imperialista.

El capitalismo, por un lado ha desarrollado las fuerzas productivas a una escala global, y ha elevado los conocimientos científicos a niveles inverosímiles hasta hace 100 años, pero al mismo tiempo, por su sed de ganancias, su carácter de irracional depredador de la naturaleza y de la clase trabajadora, inherente a la condición de la burguesía como clase explotadora y expoliadora,  ha hecho que el equilibrio entre la naturaleza y la sociedad se destruya, corroborando las palabras de Marx: “El capitalismo tiende a destruir sus dos fuentes de riqueza: la naturaleza y el ser humano”.

La llamada “segunda ola” (tercera en realidad) del Covid, se extiende rápidamente en el sur latinoamericano, mientras que Europa azotada por la cepa británica ya estaría entrando en una cuarta ola, al igual que Japón, en donde fue descubierta una nueva mutación capaz de disminuir la eficacia de las vacunas existentes. 

Hasta el momento, los fallecidos por el virus suman ya más de 3 millones en todo el mundo. América Latina es la segunda región del mundo más afectada por el Covid, con 865.000 fallecidos y 27,2 millones de contagios, solo por detrás de Europa (1 millón de muertos y 48 millones de casos).

Además de la cantidad de muertos y las secuelas que dejará (todavía imprecisas) entre los millones de contagiados, esta nueva ola de la pandemia provocó un salto cualitativo de la crisis que comenzó en 2007/08, y que hacia mediados/fines de 2018 ya entraba nuevamente en recesión. La recuperación de la economía que los organismos internacionales estaban esperando para el 2021, deberá esperar un tiempo más, hasta que las vacunas logren efectos de inmunidad masivos. Es decir, probablemente, ello recién podría ocurrir hacia fines de 2021 en algunos pocos países y en 2022, en otros.  

Mientras tanto va quedando el tendal de despidos, puestos de trabajo informales caídos, pequeñas empresas y comercios quebrados, baja en los niveles salariales y flexibilización en las condiciones de trabajo. Es decir, mayor explotación, pobreza y desocupación, con sus consecuencias de degradación social, delincuencia, drogadicción, prostitución, etc.

De toda crisis y calamidad, la gran burguesía hace negocios. Y en esta pandemia el gran negocio son las vacunas elaboradas en laboratorios privados. Su distribución desigual refleja la desigualdad del mundo capitalista dominado por un puñado de grandes potencias, que se han asegurado la provisión de vacunas superior a su población, en tanto que a otros países semicoloniales no ha llegado todavía ni una vacuna. Mientras que las vacunas norteamericanas y europeas tienen de entrada un gran mercado asegurado, la vacuna rusa y las chinas han buscado ganar el mercado latinoamericano y africano, tratando de afianzar con ello alguna colaboración política y económica con algunos gobiernos en esos continentes.

Por su parte, la respuesta de los gobiernos frente a la pandemia, también deja al descubierto su carácter de clase. 

En Argentina el gobierno de los Fernández (Alberto y Cristina) abandonó la cuarentena para poder hacer el ajuste, a pesar de que el riesgo al contagio y a la muerte siguieron siendo altos. 

Frente a la “segunda ola” que crece exponencialmente, F & F “endurecen” el aislamiento recortando actividades comerciales secundarias ha determinado horario, y suspenden las clases por 15 días en el gran Buenos Aires (AMBA), pero no han querido imponer ninguna restricción a las actividades económicas que no son esenciales, para no perjudicar a la gran burguesía. Así “posan” de querer cuidar la vida, cuando en la realidad el sistema sanitario se acerca rápidamente a su colapso. Los Fernández llevan a la práctica el consejo que “Alberto” dice haber recibido de Macri: para defender los intereses capitalistas, “Que mueran los que tengan que morir”.

Los argumentos oficiales tratan de ubicar la responsabilidad por fuera de los gobiernos: Que la población está saturada de la cuarentena, que la economía no aguanta, que muchas personas necesitan trabajar para ganarse el pan del día porque no tienen ningún sueldo subsidio o seguro, como si estas faltas fueran obra de la naturaleza o la casualidad o responsabilidad del pueblo. El cinismo del discurso del gobierno peronista de los Fernández es característico de esa corriente política patronal y similares al de otros gobiernos, que se dicen “progresistas” o “nacionales y populares”. 

Incluso, mientras Lula dice que Bolsonaro es responsable de un genocidio en Brasil, los “progresistas” se hacen los distraídos ante la evidencia de que no hay mucha diferencia entre la cantidad de muertes en Brasil y en Argentina considerando el desfasaje del tiempo de llegada de las sucesivas olas (133,11 en Argentina, 178,23 en Brasil, muertos x cien mil habitantes).

En Venezuela el gobierno chavista de Maduro, en diciembre del año pasado, había anunciado la adquisición de 10 millones de dosis de la vacuna rusa Sputnik V, pero la realidad es que, cuando ya estamos ante la nueva ola altamente contagiosa, sólo han llegado apenas 750 mil dosis.

El gobierno del MAS (Arce-Catacora) tampoco ha demostrado ninguna preocupación por las vidas del pueblo boliviano. Ya se han agotado las 520 mil dosis recibidas, y el gobierno parece no tener apuro para conseguir más, especulando con la llegada de un envío de Sputnik para mayo o junio.

Los gobiernos latinoamericanos hacen equilibrio entre las cuarentenas, las aperturas y los cadáveres, tratando de pagar el menor costo político y económico posible. 

Lo que evidentemente no hacen ni van a hacer es actuar en contra de los intereses de la clase burguesa que representan, tomando decisiones que vayan a atacar de fondo la existencia del capital, ni los intereses básicos de los distintos grupos corporativos. La expropiación de los laboratorios, el intercambio de conocimientos para la elaboración conjunta de la mejor vacuna, o el levantamiento de las patentes reclamado por médicos sin fronteras y 99 países, es algo que sólo puede hacer un gobierno revolucionario de la clase trabajadora. 

Las burguesías a la ofensiva contra los trabajadores

La clase capitalista aprovecha la pandemia para pasar a la ofensiva contra los trabajadores, imponiendo más explotación, precariedad y flexibilización laboral, liquidando los vestigios de las concesiones conquistadas durante el período del “Estado de Bienestar”, las cuales sólo sobreviven parcialmente en sectores de la clase trabajadora de algunos países.

La pandemia interrumpió en algunos casos, o amortiguó en otros, los procesos que estaban en curso de la lucha de clases, pero no ha dejado de acumular tensiones. La olla se va calentando a fuego lento. En algún lugar, en algún país, entra en ebullición y se producen estallidos que ni la pandemia puede detener.

En tanto que, si bien al comienzo de la pandemia hubo luchas de la clase trabajadora para evitar ser víctimas de los contagios y las muertes, al ser obligados a seguir trabajando para mantener las ganancias de las patronales, con el tiempo y tras algunas concesiones parciales esas luchas se fueron apagando, por su aislamiento y por el boicot de las burocracias sindicales. Los sectores más pobres de la población fueron contenidos con bonos asistenciales y comedores populares, en el marco de una situación de miseria creciente

Pero, si cuando comenzó la pandemia la respuesta de los trabajadores fue parcial, tanto por sus acciones dispersas y aisladas en algunas fábricas, como por su programa reivindicativo limitado a un protocolo y condiciones sanitarias “seguras”, al comenzar esta nueva ola de contagios con cepas renovadas ante las cuales las vacunas actuales son de dudosa efectividad (como lo reconoció Angela Merkel), se producen disimiles reacciones de sectores de masas. Sectores de comerciantes y trabajadores independientes que no tienen acceso a ningún subsidio del Estado, se movilizan en contra de nuevas restricciones a sus actividades lucrativas. Pero en lugar de reclamar que se contemple su situación con subsidios que les permitan afrontar sus necesidades vitales, reclaman que los dejen trabajar, atentando contra las medidas tendientes a limitar la circulación del virus.

Otros sectores de masas en cambio, se manifiestan y se movilizan contra gobiernos que dejan al descubierto su “mal manejo de la pandemia”, ya sea por haber boicoteado las normas mínimas aconsejables de prevención de los contagios (Bolsonaro), o por la escasez de vacunas y los casos de vacunatorios “vips”, asociados a una trayectoria de corrupción. Estas manifestaciones van desde el repudio social (Argentina), cacerolazos (Brasil) y grandes manifestaciones que apuntan directamente a la caída del gobierno (Paraguay). En varios países (Argentina, Perú, Brasil) han sido “renunciados” ministros de salud, saltando como fusibles de la crisis generada por sus malas políticas sanitarias o por la falta de ellas.

Es decir, la pandemia no solo acentuó la crisis económica, haciendo imprevisible todavía calcular una perspectiva de recuperación, no solo acentuó la crisis social agravando las condiciones de explotación y de miseria de las masas trabajadoras, sino que también acentuó la tendencia latente hacia estallidos pre-revolucionarios, tanto por el agravamiento de las condiciones de vida de las masas, como por la falta de respuesta ante las necesidades sanitarias necesarias para evitar que esta nueva ola provoque estragos mucho mayores en cantidad de muertos y en todo tipo de consecuencias.

Tras la pandemia asoma el abismo de la crisis capitalista

El parate económico causado por las inevitables “cuarentenas”, provocó un desbarranque de la crisis que ya venía arrastrándose lentamente hacia el precipicio desde 2018. Los gobiernos de las principales potencias –en primer lugar, EE-UU- se vieron obligados a imprimir una enorme cantidad de dinero para sostener las cuarentenas. Aunque insuficiente para la gran mayoría de los trabajadores y el pueblo pobre, y más insuficiente todavía en los países semicoloniales, que arrastran un atraso histórico y con grandes franjas de la población consolidada en la pobreza. En cambio, es impresionante (sin precedentes en la historia del capitalismo moderno, según dice el economista M. Roberts) la cantidad de dinero que los Estados imperialistas han tenido que imprimir para evitar la bancarrota de numerosas grandes empresas y bancos, y para sostener en general la estructura capitalista.

La gran burguesía esperaba una pronta recuperación económica. Pero la realidad no acompaña esa esperanza. Sobre todo, cuando una cuarta ola de contagios y muerte ya comienza a extenderse en Europa.

Mientras tanto no sólo seres humanos fallecieron, sino que miles de empresas fueron a la quiebra o redujeron radicalmente su personal esperando que pase la pandemia, esperando la recuperación. ¿Y qué pasará si llega tardíamente y de manera insuficiente, como auguran todos los pronósticos serios? Muchas más fábricas y empresas cerrarán, más trabajadores quedarán en la calle. Probablemente, sobre todo en los países semicoloniales como los de América latina, la “segunda ola” de la pandemia empalmará con las desgarradoras consecuencias sociales de la depresión capitalista.

Los datos de la crisis indican una magnitud similar a la crisis del 29-33, aunque enmascarada y amortiguada por el caudal “sin precedentes” del rescate estatal. En general, todos los pronósticos estiman que la recuperación, que podría tardar varios años (3 ó 4) una vez controlada la pandemia, no alcanzará los niveles previos a la crisis.

¿Aguantará la economía mundial capitalista sin sobresaltos hasta que llegue la recuperación?  

Mientras que la pandemia hundió las economías un promedio de 14%, la Comisión Europea redujo su pronóstico de recuperación del PBI de la zona euro para 2021 de 6,1% a 4,2% debido a la nueva ola de COVID-19 y la vuelta de los confinamientos. 

En un mensaje similar para EEUU (cuya caída fue de 9,5%), Oxford Economics reconoce que la «recuperación» se está estancando e, incluso con una vacuna, ¡no hay perspectivas de que la economía estadounidense vuelva a la senda del PBI anterior al virus (débil como ya era) en un futuro previsible!

De aquí surge que es probable que, si la recuperación tarda más y es más débil de lo esperado, detone “una crisis crediticia y una crisis financiera cuando las empresas, en particular las pequeñas y medianas, quiebren a medida que se evapora el apoyo del gobierno, los ingresos por ventas siguen siendo débiles y la deuda y los costos salariales aumentan”. (M. Roberts)

En otras palabras, la economía capitalista es como una cámara de auto, vieja, gastada y emparchada, que ya ha sido inflada por demás esperando que sirva de salvavidas a la burguesía. Lo más probable es que haya nuevos reventones de la crisis. Y esa perspectiva acerca la lucha militar entre las potencias, para definir quienes se salvarán y quienes se hundirán.

¿Cuáles serán las consecuencias de la crisis, en la relación entre los Estados?

Así es que, mientras la crisis económica se agrava y se aleja la perspectiva de una recuperación, que ya era esperada débil, y por debajo de los niveles pre-crisis, la situación de las relaciones entre los Estados no se preanuncia menos oscura.

El agravamiento de esta crisis -que se arrastra desde 2007- acerca el horizonte del desenlace en una gran confrontación militar entre las potencias que se disputan el mercado mundial.

Estados Unidos, aunque desde hace años está en decadencia como potencia hegemónica mundial, sigue siendo la primer potencia económica y militar. Y por la tanto posee muchos medios de presión sobre sus competidores en el mercado mundial: el control financiero, la supremacía tecnológica, y por sobre todo la supremacía militar.

La crisis mundial del 2007/08 tuvo una recuperación artificial mediante “incentivos” económicos e inyecciones financieras, a costa de un creciente endeudamiento estatal. Pero la economía “recuperada” en 2011/12 apenas se arrastró en un estancamiento declinante, hasta la recesión del 2018, para caer luego en la depresión precipitada por la pandemia. Es una crisis “sin salida” desde el punto de vista puramente económico porque, la sobre inversión de capital llevó a la caída de la tasa de ganancia hasta un punto en que, la enorme masa de dinero que los estados colocan como incentivos para impulsar la economía va casi todo a la especulación financiera. Las grandes corporaciones “demasiado grandes para caer” son sostenidas por sus Estados imperialistas, por lo que los mecanismos “normales” de las crisis no terminan de definir la relación de fuerzas. Ante esta situación, “la salida” a la que recurre la burguesía imperialista más fuerte es imponerse en el mercado mundial por la fuerza militar.    

Al aparecer la pandemia y agravarse la crisis se profundizaron las tensiones ya existentes, entre las potencias imperialistas y las potencias “emergentes” que amenazan la supremacía en decadencia del imperialismo norteamericano.  

Para mantener su primer lugar en el podio de las potencias imperialistas mundiales, EE-UU no puede dejar que China logre profundizar su desarrollo tecnológico, lo cual no sólo es importante para conservar la dominación económica, sino que también es clave para mantener la supremacía militar.

Son constantes las provocaciones disfrazadas de maniobras militares por parte de EE-UU y sus aliados en el sudeste asiático, encabezadas por portaviones norteamericanos surcando el mar al sur de China. El apoyo de EE-UU a Taiwan ha provocado claras manifestaciones belicistas del gobierno de Pekín, amenazando directamente con la guerra en caso de que los yanquis se pasen de la raya. 

EE-UU tampoco puede permitir que se refuercen los lazos económicos entre Alemania y Rusia, para que ello no derive en posteriores alianzas políticas y militares, que pueden incluir también a Francia y otros países europeos. Por eso presiona a Alemania para que no termine el gasoducto Nordstream 2, y recalienta la frontera de Ucrania con Rusia, en la que confluyen cada vez más fuerzas militares de ambos bandos.

Los “progresistas” latinoamericanos que buscan el amparo de un imperialismo “bueno” y democrático, apoyaron a Biden con la ilusión de que se relajarían las tensiones internacionales. Sin embargo, ocurrió lo contrario, quedando claro que no se trataba de “locuras” de Trump, si no de los intereses estratégicos de la burguesía yanki. Con Biden la tercera guerra mundial está más cerca, porque ese desenlace parece tan inevitable para las burguesías imperialistas como la crisis del capitalismo. 

Un estado de rebelión está latente, acicateado por la gran crisis capitalista

La clase trabajadora pudo dar luchas parciales, pero en general quedó impotente ante la pandemia. No es que no luche por cuestiones parciales. Pero no ha podido presentar, o no ha tomado, un programa obrero frente a ambas crisis: la sanitaria y la económica. 

Sin embargo, la situación en algunos países está al límite de la tolerancia de las masas y cuando algún acontecimiento desata la ira social, provoca movilizaciones, revueltas y rebeliones. 

La pandemia hizo retroceder al movimiento de masas, que se replegó para protegerse de la muerte. Sin embargo, los factores políticos y económicos que provocaron esos levantamientos, así como otras luchas importantes, siguen planteados, y se van cocinando como en una olla a fuego lento hasta que vuelvan a alcanzar el punto de ebullición.

La caracterización general de que existe un estado de rebelión que está latente, que tiene su fundamento la gran crisis capitalista, no nos exime, sino que, por el contrario, nos exige un análisis concreto de la situación concreta. Sólo indica una tendencia general, que de ninguna manera es igual en todos los países.

Más exactamente, en un marco internacional en el que predominan situaciones transitorias y giros bruscos, estamos en una situación en la cual prevalecen tendencias hacia el desarrollo de situaciones pre-revolucionarias, que pueden ser reabsorbidas en los marcos del régimen burgués, por la falta de dirección revolucionaria y el nivel políticamente atrasado del que parte y en el que se desarrolla la lucha de clases.

El problema de la necesidad de construir una dirección revolucionaria sigue estando agudamente planteado    

La falta de una dirección revolucionaria y de la hegemonía de la clase obrera en la mayor parte de los “estallidos sociales”, es una gran ventaja para la burguesía, ya que si no logra controlarlas mediante la represión puede acudir a maniobras dentro de los marcos del régimen, como cambios de gobiernos, elecciones o reformas constitucionales.

Por ejemplo, en Chile, el “estallido” o rebelión popular, fue momentáneamente reabsorbido, sobre todo en base a la concesión de una reforma constitucional. En Bolivia mediante las elecciones y el triunfo del MAS. En Perú por las elecciones generales. En EE-UU, el movimiento BLM ha depositado expectativas en el próximo gobierno de Biden. En otros casos ha sido mediante recambios de gobiernos burgueses (Líbano), y en los casos en que las rebeliones fueron provocadas por leyes o decretos presidenciales que afectaban económicamente a las masas, los gobiernos fueron obligados a retirarlos, por lo menos momentáneamente, como en Ecuador, por ejemplo.

En muchos de estos casos, el centrismo de origen trotskista, si bien no tiene incidencia de masas, colabora directamente con la burguesía al insertar en la vanguardia consignas de adaptación al régimen, como la de Asamblea Constituyente.

Tal como hacía en los ‘40 el stalinismo, que decía que había un imperialismo democrático y un imperialismo fascista, también los centristas disfrazados de trotskistas, inducen a creer que dentro mismo de EE-UU se habría producido una división en la burguesía imperialista, entre el sector fascista representado por Trump y un sector democrático o “progresista”, o como mínimo un “mal menor”, representado por Biden. En varios países, como en Brasil o Bolivia, agitar como el peligro principal a la ultraderecha fascista, cuando los que gobiernan y arremeten contra las condiciones de vida de los trabajadores y las masas populares son los gobiernos con discursos populistas, fue la manera de justificar su capitulación a un sector sector de la burguesía. Esta ala del trotskismo centrista que se ubica como el furgón de cola del progresismo burgués latinoamericano, ahora también, siguiéndolo como la sombra al cuerpo, mira con buenos ojos a un sector del imperialismo yanki representado por los demócratas.

La crisis que ya tenemos encima y la proximidad de una nueva guerra mundial pone en evidencia la necesidad y urgencia de una internacional obrera revolucionaria

Ante esta situación varias organizaciones que se reivindican del trotskismo integrantes del FIT-u, realizaron el año pasado una conferencia virtual en la que discutieron sobre la situación internacional y en particular sobre EE-UU y Latinoamérica. Pero estas organizaciones centristas, como todos los centristas, por más que invoquen a Trotsky los aniversarios de su asesinato, son incapaces de constituir un embrión de dirección revolucionaria internacional.

Uno de los partidos integrantes del FIT-u, el PTS y su corriente internacional publicó recientemente un manifiesto internacional. En ese documento afirman que se vuelve a “actualizar el marco histórico y estratégico de crisis, guerras y revoluciones con el que el marxismo clásico caracterizó la época del imperialismo a comienzos del siglo XX”. En realidad, es esa corriente la que vuelve a encontrar utilidad en aquella caracterización leninista, que nunca perdió vigencia ya que fue una formulación a escala de la “época” imperialista, y en esa época todavía estamos. Lo que hubo en el marco de la época imperialista fueron distintas etapas. Pero el carácter de la época no cambio. Es cierto que algunos izquierdistas, influenciados o más bien desorientados por la etapa de postguerra revisaron la caracterización leninista sobre el imperialismo, y la inevitabilidad de las guerras imperialistas. Inclusive, honestos compañeros desarrollan distintos argumentos para explicar por qué no creen que pueda haber una nueva guerra mundial. Si las guerras interimperialistas son inevitables como dice Lenin, ¿por qué no hubo una tercera guerra mundial en los últimos 80 años? Porque el resultado de la segunda guerra mundial, al resolver el dominio exclusivo del mercado mundial para EE-UU como potencia hegemónica, y tras la destrucción de capital y fuerzas productivas durante las dos guerras mundiales, permitió un nuevo ciclo largo de acumulación, conocido como “boom económico” o los “años gloriosos” de postguerra. Ese ciclo se agotó en la década del ’70 y esa crisis profunda provocó ascensos prerrevolucionarios en Europa y América latina, los cuales fueron resueltos por la burguesía imperialista mediante concesiones a los trabajadores en Europa, y por la represión de violentas dictaduras semifascistas en el cono sur latinoamericano. En los años ’80 la burguesía imperialista buscó contrarrestantes a la caída de las tasas de ganancia mediante el aumento de la explotación de la clase trabajadora y la expoliación de las semicolonias. Entre los 80 y los 90 se impuso la eliminación a las regulaciones para facilitar la movilidad global de los capitales financieros. Y desde los 90 en adelante las inversiones buscaron altas tasas de ganancia en los ex estados obreros restaurados al capitalismo de Europa del Este, la ex URSS, pero sobre todo con el gran flujo de inversiones y relocalización de empresas a China, que fue la gran válvula de escape para la crisis del capitalismo mundial. Esos mecanismos para contrarrestar la caída de la tasa de ganancia se han agotado, como lo demuestra el hecho de que la recuperación de la primera crisis general de este milenio con epicentro en el imperialismo yanki (2000/02) solo duró 5 años para recaer nuevamente en la “Gran recesión” de 2007/08, y en el consecuente estancamiento declinante posterior hasta la depresión impulsada por la pandemia. El capitalismo imperialista ha llegado a un nuevo límite. A una “crisis sin salida” en el sentido planteado por Trotsky en el Programa de Transición, es decir, sin una salida desde el punto de vista puramente económico, y es por ello que se encamina a buscar una “salida” militar en la guerra mundial.  

Extrañamente, en el manifiesto de la corriente internacional del PTS, aunque destaca la vuelta a la actualidad de la caracterización leninista, de la época imperialista como una época de crisis guerras y revoluciones, no menciona para nada en todo su extenso desarrollo la posibilidad de una nueva guerra mundial, en contradicción con la intervención del dirigente Christian Castillo en la conferencia del FIT-u del año pasado, en la cual reconoció por primera vez la posibilidad de una guerra mundial imperialista en el período próximo. Por el contrario, creen que todavía «Está por verse si el gobierno de Biden puede actuar como una tendencia contrarrestante a la inestabilidad creciente que en los últimos años se fue apoderando del sistema internacional de Estados”. Los centristas temen mirar la realidad de frente, pero sin siquiera mencionar esta posibilidad es imposible armar a la vanguardia de la clase trabajadora con un programa y una política revolucionaria. 

Como lo demuestra toda la historia de la lucha de clases, y los levantamientos de las masas populares más recientes que se sucedieron casi desde el inicio de la crisis en el 2011, y en la segunda oleada de 2018/19, el problema de la dirección de la clase trabajadora es cualitativo. La teoría que planteaba que la presión de los hechos objetivos dados por la gran crisis del capitalismo, podía hacer avanzar la revolución hacia la “estación expropiación” y al “inicio” de la revolución socialista con cualquier dirección política, queda absolutamente descartada. 

Los distintos tonos de la izquierda centrista tratan de llevar al movimiento de masas a una “revolución democrática”, que en realidad es sólo una reforma del régimen político. El nuevo latiguillo es la Asamblea Constituyente. En algunas de estas organizaciones encontramos que, para el consumo interno en cursos y congresos, se sigue reivindicando la lucha por la revolución socialista. Pero nosotros nos guiamos por el método de Lenin, que decía que no se puede caracterizar a una organización por lo que esta dice de sí misma, sino por su conducta política. También decía Lenin que no se puede “cazar” a una organización oportunista haciéndole firmar un programa, porque justamente siendo oportunistas no tendrán ningún problema en firmar cualquier programa, que romperán en los hechos al día siguiente. 

Por eso, a pesar de los esfuerzos y las dificultades que se plantean, es que desde este pequeño núcleo internacional del Comité de Enlace CSR-ETO (Venezuela)/ PCO (Argentina), junto con los compañeros del FSR de Bolivia, tratamos de sentar las bases para forjar un reagrupamiento revolucionario que sea un punto de referencia para los sectores de vanguardia de la clase trabajadora y los grupos o corrientes que rompan con los centristas hacia las posiciones revolucionarias del trotskismo.

 Comité de Enlace Internacional: Corriente Socialista Revolucionaria-El Topo Obrero (Venezuela)/ Partido de La Causa Obrera (Argentina)

Fabriles Socialista Revolucionarios (Bolivia)

23/4/21

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