El triunfo de los trabajadores en las elecciones peruanas y la derecha arruinada

por Ewald Meyer

Hoy las elecciones en primera vuelta en Perú tienen un ganador: los trabajadores del Perú. Aunque las explicaciones van desde la ideología marxista, comunismo mediante, hasta el hastió por los altos índices de corrupción, lo cierto es que la victoria electoral da vuelta el tablero político en el Perú; ¿Razones?. 

Hasta los años ochenta en que la irrupción de sendero luminoso generó el reacomodo de las fuerzas políticas producto de una guerra civil que dejó como saldo al dictador Alberto Fujimori en el poder. Peor aún , el desprestigio total de la izquierda tradicional jugada por una vía política y de acceso al poder de forma democrática y pacífica , esa izquierda política que incluso logró atraer a conspicuos generales como el mítico presidente peruano Juan Velasco Alvarado, reformista de una izquierda nacionalista en los sesenta y setenta del siglo veinte. Bajo el régimen de Fujimori se desterró la idea de una izquierda que tuviera la posibilidad de implementar un plan de reformas profundas en el Perú, reformas sociales ligadas a los medios de producción y la tierra. En su lugar creció la socialdemocracia y la derecha, bajo el paraguas políticos del fin y un nunca más a los llamados “ Terrucos ”, al tiempo que se recordaba las escenas dantescas de bombazos en el centro de Lima, y Abimael Guzmán como animal enjaulado deprecando contra sus celadores en un traje a rayas. La izquierda tradicional estaba en el suelo. La derecha campeó durante años, tratando de implementar un modelo neoliberal como un tour de forcé. Sin embargo, la corrupción y los negocios truchos embarcaron a la élite política limeña blanca de derecha en un viaje sin retorno. Los presidentes post Fujimori( encarcelado y fugado a Chile durante un tiempo), fueron cayendo uno a uno. El ex presidente Alejandro Toledo vive en EEUU y su extradición es inminente con múltiples acusaciones judiciales de corrupción. Alan García, patriarca del APRA de la región de La Libertad en el norte del Perú, inicialmente socialdemócrata, pero en sus posiciones finales de centro derecha, se pegó un tiro producto de las acusaciones que lo vinculaban a hechos de corrupción. Kuczynski, presidente en ejercicio el año 2018, vacado por estar involucrado en un escándalo de proporciones con la compañía brasileña Odebrecht y sobornos que otorgaban beneficios en contratos de obras públicas duró apenas en el cargo unos cuantos meses. Vizcarra su reemplazante, un oscuro colaborador que estaba en los escalones inferiores de la administración derechista y que fue llamado para reemplazar a Kuczynski, trató de esmerarse en plantear un gobierno de reconstrucción, pero fue vacado bajo las mismas acusaciones que su predecesor.

El 2020 ocurre una movilización que volcó a los indignados en Lima hastiados de tanta corruptela y arreglos políticos de palacio. Volvieron a surgir voces disidentes, golpeadas que pedían la renovación completa de la elite política, bajo la estupefacción que adicionalmente estaba provocando la pandemia de Covid y el manejo deficiente de las autoridades. Ante este panorama desolador de la política peruana, la derecha desgastada simplemente buscó refugio en Keiko Fujimori, hija del dictador, y que al igual que muchos de la clase política está involucrada en causas judiciales por corrupción. La derecha está en el suelo, su baja popularidad y votación en las recientes elecciones sugiere un nuevo recambio de autoridades. Virtualmente arruinado el sector conservador, ese que en la década de los ochenta aseguró el progreso y bienestar al pueblo peruano, alejado del socialismo y las recetas estatistas, hoy ve como la izquierda vuelve a renacer para inclinar el péndulo político hacia el socialismo.

El Perú no consiguió remontar su nivel de vida en los últimos treinta años. Su infraestructura aún está al debe, el estado no consigue tener una red desarrollada de prestaciones para otorgar beneficios sociales a grandes sectores del país que presenta niveles de atraso considerables. Sin embargo, el sector productivo peruano ha logrado pingües ganancias exportando materias primas, enriqueciendo a la élite que insiste en mantener sus privilegios. El estado transformado en un botín para los partidos políticos, es un foco de corrupción desatado que ya tiene cansado al peruano de a pie que se debate en la subsistencia hoy más que nunca, ya que la economía informal, piedra angular del sistema económico peruano está absolutamente decaído producto de la pandemia. Uno de los pecados de la actual clase política, principalmente limeña, ha sido dejar a las regiones del Perú en un completo abandono y sumidos en caudillismos regionales que poco pueden hacer para revertir la situación paupérrima en la que se encuentra la población. Asimismo la penetración del narcotráfico en los sectores más orientales del país ha forzado a la movilización del ejército para establecer una lucha frontal contra este flagelo que amenaza la seguridad del país del Rimac.

Con todo, nadie pensó que hasta el fin de semana pasado de elecciones, la izquierda tradicional, si esa del marxismo de Mariategui, aquella que quiere hacer grandes reformas como se pensaron en los años sesenta y setenta del siglo pasado, seguía con vida e iba a dar un batatazo político con la elección de Pedro Castillo sindicalista y rondero del estilo de Evo Morales. Y es que la divisoria clara que tienen los espacios geográficos del Perú, costa, altiplano (sierra) y selva hace que la configuración política se fragmente a la hora de esbozar un mapeo político en el país. En este contexto, la élite blanca limeña que erróneamente piensa que Perú son los distritos de Miraflores o San Isidro en Lima, viven bajo la perspectiva sesgada y clasista creyendo que el Mall abierto de Larcomar en Miraflores, existe en cada ciudad del Perú y que los peruanos consumen alegremente y con perspectivas de modernidad.

Lejos de esta realidad, el sólo acceso al agua potable, la luz y la salud simplemente parecen a veces inalcanzables para amplios sectores de la población peruana, como también el problema de la vivienda, llamadas invasiones, que en la práctica se reduce a poblaciones marginales con casas hechas de cartón sin servicios básicos. Este hecho, hace que las grandes mayorías del país queden al margen de las decisiones políticas, manteniendo escazas cuotas de representación en el congreso peruano. En ese sentido, la izquierda comienza a agruparse entre aquellos que sufren la mayor desidia del estado peruano, en sectores de la periferia a esta burbuja urbana en la cual habita la clase política que en la práctica sólo se reparte los puestos o el botín de recursos naturales despojando y dejando en la penosa pobreza al ciudadano de a pie del Perú. Surge por tanto, Pedro Castillo un sindicalista de izquierda revolucionaria y de clase trabajadora, ante el voto de castigo a la corrupción, un grito de rebelión contra la desidia del estado, un voto de hastío contra el neoliberalismo peruano que sólo ha traído desventura, esperando un chorreo que nunca llegó, y que hoy se disputan el botín de manera obscena delante del atraso de un país repleto de riquezas naturales, explotadas hoy sin ninguna consideración que no sea su venta a las transnacionales. 

Las organizaciones comunitarias se han erigido en instituciones confiables para la población peruana. En algunas regiones del altiplano peruano estas organizaciones son más fuertes que el estado peruano, administrando la justicia y normas de convivencia ante la creciente corrupción y falta de recursos para cumplir sus labores. Es este el contrasentido de sostener una política superficial, llena de farándula y chismes que se banaliza en Lima. En este contexto, las encuestas y la propaganda que siempre surtió efecto para la reelección casi emblemática de los próceres políticos limeños, hoy se desmorona ante el nuevo ordenamiento político que está por comenzar. No hay por tanto, remilgo alguno en la última elección que de manera contundente coloca a un miembro de la clase trabajadora en la primera opción de ser presidente soberano del Perú. 

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