Trotsky, el comunismo y la autodeterminación de las minorías

por Danièle Obono y Patrick Silberstein

[Políticos y periodistas de postín no han cesado estas últimas semanas de cubrir de injurias a la gente antirracista en general y a la Unión Nacional de Estudiantes de Francia (UNEF) en particular, acusándolas de “racialismo”, en una sorprendente voltereta que lleva a censurar a las víctimas del racismo y a quienes luchan codo a codo con ellas. ¿Por qué? Porque el movimiento antirracista y una parte de la izquierda organizan reuniones no mixtas, opción elegida por quienes sufren la opresión racial, para poder hablar de sus vivencias, discutir sobre los modos de organizarse y de luchar, etc. 

Ignaros o malintencionados –sin duda ambas cosas–, estos ideólogos y algunos  filósofos mediáticos pretenden que con ello esta gente ha roto con el legado de las luchas antirracistas (de la que estos defensores del orden social y racial se mofan descaradamente y de la que en muchos casos no conocen nada más que algunas imágenes de Épinal). Por el contrario, como recuerdan Danièle Obono y Patrick Silberstein en su introducción a una antología de textos de León Trotsky (de la que publicamos un extracto a continuación), la cuestión de la autonomía política de las personas oprimidas –incluso a veces en forma de organizaciones separadas– se planteó en numerosas ocasiones en el transcurso del siglo pasado y se ha debatido pacientemente en el interior del movimiento obrero. 

Trotsky se topó con esta cuestión al menos en dos ocasiones: a través de la extrema violencia del antisemitismo en la Rusia de su tiempo y la existencia del Bund, organización obrera judía autónoma y principal componente –al menos en términos numéricos– del movimiento socialista en el imperio zarista; y a través de los debates en el seno del movimiento comunista estadounidense en torno a la actitud política que debía manifestar este con respecto a la población negra y los movimientos negros, para combinar los objectivos de la destrucción del racismo y la superación del capitalismo. 

De este modo, en el diálogo con militantes comunistas de EE UU y del Caribe que se reclaman de su corriente antiestalinista y de su enfoque internacionalista (en particular CLR James, autor de The Black Jacobins), Trotsky debatió, después de recabar informaciones de sus interlocutores, sobre la autodeterminación negra, la necesidad o no de una organización separada de la gente negra por su liberación, sobre consignas de liberación nacional (asimilando la cuestión negra a una cuestión nacional) y el significado político de los llamamientos a un “retorno a África” (Marcus Garvey), etc.

Claro que nos hallamos aquí a mil leguas de la doxa republicana, que por desgracia ha contaminado sectores enteros del movimiento obrero y que no quiere saber nada ni reconocer nada de las desigualdades raciales ni de la organización política de las minorías, que maquilla de universalismo la dominación blanca y que se dedica concienzudamente a acallar toda contestación y toda voz autónoma (pues son sin duda los dominantes quienes practican la única cultura de la cancelación que tiene efectos). Pero también estamos lejos de la tentación de reducir el antirracismo a una cuestión de introspección individual, esfuerzo pedagógico o regeneración moral. 

Al contrario, nos hallamos muy cerca de una política de emancipación que no niega las diferencias, desigualdades y opresiones en el seno mismo del proletariado, pero que busca, a partir de esta realidad y de la necesaria dispersión que se deriva de ella, las vías –evidentemente tortuosas– de una liberación de todas y todos. Por supuesto, no es cuestión de aplicar mecánicamente a la realidad contemporánea las respuestas que entonces formuló el revolucionario ruso (por cierto que con suma prudencia), pero podemos inspirarnos en su método cuando se trata de plantear –no en el confort hipócrita del universalismo abstracto, sino en el fragor de las luchas concretas– las cuestiones cruzadas del comunismo y del antirracismo. Ugo Palheta]

Internacionalista y judío no judío

Yanovska, donde vio la luz Lev Davidovich Bronstein en 1879, es una pequeña aldea ucraniana de la provincia de Jersón, donde las gentes judías estaban autorizadas a adquirir tierras y cultivarlas. A diferencia de la mayoría de la población judía de Rusia, la familia Bronstein no vive en una ciudad ni en una shtetl de la zona de residencia 1/. En sus memorias, publicadas en 1930, Trotsky revela que había en la región una cuarentena de “colonias agrícolas judías”. Los agricultores judíos, escribe, “vivían en pie de igualdad con los campesinos, no solo en derecho […], sino también en indigencia”. En 1881, un nuevo decreto imperial prohibirá a la población judía adquirir nuevas tierras.

En la familia Bronstein no se habla yiddish, sino ruso mezclado con ucranio. En 1937, Trotsky confiará a uno de sus interlocutores que lamentaba no haber aprendido esta lengua, que durante mucho tiempo fue un vehículo mundial de ideas revolucionarias, gracias a la diáspora judía. En efecto, no descubre el yiddish sino en la escuela, donde su desconocimiento de lo que todavía se denomina la jerga no le impide relacionarse con sus “compañeros de estudios”. En cuanto a la práctica religiosa de la familia Bronstein, se reduce al estricto mínimo:

Mi padre no creía en Dios [aunque] la fe en Dios todavía se consideraba oficial […]. No hubo religiosidad en mi familia. Quedaba en primer lugar alguna apariencia por la fuerza de la inercia: en las grandes fiestas, mis padres acudían a la sinagoga de la colonia; el sábado, mi madre se abstenía de coser, o al menos no cosía abiertamente.

Sin embargo, puesto que su padre quiso que conociera al menos algunos rudimentos de la Biblia, el joven Bronstein recibió en Odesa lecciones particulares. Ante el escepticismo de su preceptor con respecto a su propia enseñanza, admite que esas clases no le “reforzaron en absoluto en la fe de [sus] padres”. También en Mi vida, señala que a medida que aumenta el bienestar de su familia, las prácticas rituales residuales se desvanecen progresivamente.

Este es en resumen el proceso de la asimilación, tal como lo concebía la socialdemocracia de la época y que impregnará a Trotsky durante mucho tiempo. No obstante, como señala Enzo Traverso [en su tesis doctoral, titulada La cuestión judía: historia de un debate marxista], el antisemitismo de Estado –uno de los pilares del régimen zarista– erigió “una barrera contra la asimilación”, que los marxistas rusos, independientemente de su origen nacional, no percibieron más que escasamente. Para Trotsky, como también para otros muchos marxistas rusos, judíos o no, la asimilación de la población judía es, a semejanza de lo que había ocurrido en Europa occidental y central, especialmente en Austria, una tendencia histórica irreprimible, un proceso que hace falta acompañar, o incluso promover: el desarrollo económico capitalista tumbaría los muros de los guetos, dispersaría a la gente judía por el mundo circundante y la asimilaría 2/.

En cuanto al movimiento obrero, si bien era, tanto en Rusia como en otras partes, un potente vector de asimilación de los y las militantes y de las vanguardias intelectuales surgidas de las minorías, genera estructuras políticas y teóricas aparenjtemente contradictorias. Al igual que en el imperio austro-húngaro, también en Rusia se crean organizaciones que se reclaman del internacionalismo y al mismo tiempo ensayan una síntesis entre socialismo y nacionalitarismo, estructurándose sobre una base social nacional 3/.

Lev Davidovitch tiene ocho años cuando un ukas imperial establece un numerus clausus que fija en el 10 % el número de alumnos judíos que pueden frecuentar los establecimientos secundarios. La enseñanza secundaria está dividida en escuelas reales (donde se imparte una educación moderna) e institutos (que se inclinan más por la educación clásica); estos últimos están prácticamente vedados al alumnado judío. Así que entra en la escuela real de Odesa. Escribe que no percibió directamente esta disposición segregadora. Puesto que la enseñanza se impartía en ruso a niños y niñas de distintos orígenes –Odesa es una ciudad plurinacional–4/, allí recibe, escribe, su “primera lección de cosmopolitismo”.

No familiarizado con el yiddish, ajeno al mundo judío de su tiempo y de su país, no creyente, el “judío no judío” Lev Davidovich Bronstein, como escribe Isaac Deutscher, es “asimilado”5/. Su subjetividad, su educación, sus inclinaciones políticas de juventud,  sus condiciones de existencia, sus convicciones fundamentales y su trayectoria le confortan en esta elección. Lo dice él mismo, de manera aparentemente contradictoria, en su autobiografía. Así, afirma en primer lugar que la nacionalidad “no tenía un lugar particular” en sus pensamientos, “porque no se planteaba de una forma muy sensible.

Después, unas líneas más abajo, añade que “la desigualdad de derechos nacionales fue probablemente una de las causas ocultas” que le llevaron a oponerse al zarismo. Pero este motivo, abunda, no era más que una determinación entre otras injusticias, que “lejos de servirme de base, ni siquiera desempeñó un papel independiente. El sentimiento del predominio de lo general sobre lo particular […] nació muy pronto en mi espíritu y se fortaleció con los años”. Pese a ello, poco a poco pasó a conciliar su internacionalismo de principio con la conciencia de una realidad que en ocasiones iba a contracorriente de las tendencias históricas generales que había creído discernir.

Es precisamente en este periodo, entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando se inventan y critalizan, tanto en Europa Occidental como en Estados Unidos de América, los fundamentos y los modelos de Estado-nación con fronteras geográficas e identidades etnoculturales muy estrechamente definidas. Y en las jerarquías socioeconómicas e ideológicas que se construyen, judíos, negros y extranjeros devienen categorías y figuras de exclusión y de antagonismo por excelencia. Trotsky cuenta que en su adolescencia, indignado con el régimen zarista, idealiza Europa Occidental y EE UU. Comenta que debió de “asociarlos a la concepción de una democracia ideal” y recuerda que la parecía inverosímil, “para su joven racionalismo […], que pudieran existir supersticiones en Europa y que en EE UU se pudiera perseguir a los negros”.

En 1929, cuando está plenamente dedicado a la lucha contra la degeneración estaliniana del movimiento comunista internacional, tratando de reunir a quienes se oponen a la corriente dominante de la Internacional Comunista, escribe a militantes expulsados del Partido Comunista para advertirles de que no caigan en los prejuicios raciales que impregnan el movimiento obrero estadounidense. “Sería trágico”, escribe Trotsky, “que la Oposición se vea infectada mínimamente por tales posturas”. Los negros, escribe, “deben aprender a ver en nosotros a hermanos”. En 1922, en una carta enviada al escritor jamaicano Claude McKay, invitado al 4º congreso de la Internacional Comunista, subraya “la abominable estupidez y los prejuicios de la capa superior privilegiada de la clase obrera” de Norteamérica de que hace gala la American Federation of Labor (AFL), muchos de cuyos sindicatos de oficio afiliados están vedados a las personas negras.

En esta misma carta admite no estar en condiciones, por falta de conocimiento, de responder concretamente a la cuestión de las “formas de organización más adaptadas para el movimiento negro”. No obstante, influido evidentemente por Claude McKay y delegados negros del comunismo norteamericano, el cuarto Congreso de la Internacional –cuya preparación corrió en gran parte a cargo de Trotsky– adopta una resolución que sin duda no está fuera de lugar citar aquí extensamente:

La penetración y la colonización intensa de las regiones habitadas por razas negras plantean el último gran problema del que depende el desarrollo futuro del capitalismo. [La] guerra, la revolución rusa, los grandes movimientos que han levantado a los nacionalistas de Asia y a los musulmanes contra el imperialismo, han despertado la conciencia de millones de negros oprimidos por los capitalistas, reducidos a una situación inferior desde hace siglos, no solo en África, sino tal vez todavía más en América.

La historia ha deparado a los negros de América un papel importante en la emancipación de toda la raza africana. Han trabajado bajo el látigo de los propietarios americanos […]. El negro no ha sido un esclavo dócil, ha recurrido a la rebelión, a la insurrección, a las actividades clandestinas para recuperar su libertad […]. Cuando el esclavismo compitió con el trabajo asalariado y se convirtió en un obstáculo para el desarrollo del capitalismo, tuvo que desaparecer. La guerra de Secesión emprendida, no para liberar a los negros, sino para asegurar la supremacía industrial de los capitalistas del norte, obligó al negro a elegir entre la esclavitud en el sur y el trabajo asalariado en el norte. […] Cuatrocientos mil obreros de color se enrolaron en las tropas americanas, donde formaron los regimientos “Jim Crow”. […] [Después] fueron todavía más perseguidos que antes de la guerra para enseñarles a “permanecer en su sitio”. [Su] espíritu rebelde […] coloca a los negros de América […] en la vanguardia de la lucha de África contra la opresión.

[El] enemigo de la raza negra también lo es de la clase trabajadora blanca. Este enemigo es el capitalismo, el imperialismo. La lucha internacional de la raza negra es una lucha contra el capitalismo y el imperialismo. El movimiento negro debe organizarse sobre la base de esta lucha: en Estados Unidos, como centro de cultura negra y centro de cristalización de la protesta de la gente negra […].

Los pueblos coloniales combaten con heroísmo contra los explotadores imperialistas, se sublevan contra los mismos males que los que agobian a la población negra (opresión racial, explotación industrial intensificada, exclusión); estos pueblos reclaman los mismos derechos que la población negra: emancipación e igualdad industrial y social.

La Internacional Comunista […] no solo es la organización de la clase obrera blanca de Europa y Estados Unidos. […]

El 4º congreso reconoce la necesidad de apoyar toda expresión del movimiento negro que tenga por objetivo subvertir y debilitar el capitalismo o el imperialismo, o frenar su penetración. La Internacional Comunista luchará por asegurar a la población negra la igualdad racial, la igualdad política y social. Utilizará todos los medios a su alcance para hacer que los sindicatos admitan a los trabajadores negros en sus filas; allí donde estos últimos tengan el derecho formal a adherirse a los sindicatos, llevará a cabo una propaganda específica para atraerlos; si no lo logra, organizará a la gente negra en sindicatos especiales y aplicará en particular la táctica de frente único para forzar a los sindicatos a admitirlos en su seno.

Al encuentro de los bolcheviques negros

En sus memorias, Claude McKay relata así su encuentro con el jefe del Ejército Rojo en 1922:

Cuando Trotsky […] me habló de los negros, lo hizo sabiamente. Veía las cosas desde un punto de vista humano y universal. Para él, los negros eran un pueblo como los demás, que desgraciadamente llevaba retraso en la marcha de la civilización.

Trotsky abruma entonces al escritor con preguntas sobre la población negra de EE UU, sus organizaciones, sus religiones, sus niveles educativos, sus aspiraciones y sus relaciones con África. Ocho años más tarde, en una carta al periódico del grupo judío de la Oposición de Izquierda en París, erige el estatuto de parias en el rasgo común que compartes los “trabajadores extranjeros” en Francia y los “negros en América”.

En 1933, critica la posición de sus amigos estadounidenses, que desarrollan una argumentación que podemos calificar de obrerista y resumir así: los negros constituyen una parte especialmente explotada y oprimida del proletariado estadounidense a causa del color de su piel, pero no forman de ningún modo una minoría nacional, ya que no tienen ni lengua, ni religión ni cultura particulares 6/. En suma, están americanizados y por tanto hay que luchar por la igualdad “en el sentido social, político y económico del término”.

Trotsky, al tiempo que subraya que no puede formular más que consideraciones generales, afirma, por el contrario, que si los negros no son “todavía una nación, están en vías de formarla”; las naciones nacen, dice, “en determinadas condiciones”. En la inmediata posguerra, Raya Dunayevskaya, antigua secretaria de Trotsky y compañera de partido de CLR James con el seudónimo de Forrest, insistirá en el hecho de que “Lenin no pensaba más que Trotsky que los negros [estadounidenses] constituyeran una nación, pero no cabe duda de que concebían la cuestión negra era una parte integrante de la cuestión nacional”. Para Trotsky, ningún criterio abstracto permite zanjar la cuestión. Son las “condiciones generales” las que crean la “conciencia histórica de un grupo”. Empujados por la opresión, dice, la población negra avanzará hacia la unidad política y nacional y reivindicará la “autonomía”.

¿Cómo no leer estas reflexiones con ojos más contemporáneos, por ejemplo con los de una partidaria del partido Pantera Negra? Por tanto, la “extraña alianza”, como calificó en la época un periodista la relación que se establece en 1964 con ocasión de la participación de Malcolm X en un debate sobre la revolución negra, organizado por el Militant Labor Forum –creado por la principal organización trotskista de EE UU, el Socialist Workers Party–, en realidad no tiene nada de extraña.

En efecto, fue a partir de 1933 cuando Trotsky, entonces exiliado en Prinkipo, en Turquía, tras su expulsión de la URSS por Stalin, se interesa muy concretamente por la cuestión negra en EE UU afirmando, sin ninguna precaución oratoria, que “los trabajadores blancos son los opresores con respecto a los negros, los bandidos que acosan a los negros y los amarillos, los desprecian y los linchan”. Plantea aquí de un modo brutal una cuestión que creemos que hay que interpretar así: para que la clase trabajadora se convierta de clase en sí en clase para sí, debe construir su unidad dejando de lado sus antagonismos, especialmente los raciales. Para ello, conviene que se doten de organizaciones que sean portadoras de universalidad y a la vez de particularismos.

Así, mientras que el cuarto congreso de la Internacional Comunista había reconocido la posibilidad de crear sindicatos negros en EE UU si resultaba necesario 7/, Trotsky examina en abril de 1939 la necesidad y la posibilidad de construir una organización específica que agrupe a la clase obrera negra de EE UU: “Una organización especial para una situación especial.”¿Por qué? Ante todo, porque la opresión de la gente de raza negra es tan fuerte “que tiene que sentirla en todo momento” y por consiguiente hace falta “dar a este sentimiento una expresión política en términos organizativos”. Para ello es preciso, añade, adaptar el programa incorporando “auténticos derechos civiles, derechos políticos, intereses culturales, intereses económicos, etc.”

A raíz de sus discusiones con Trotsky y en el transcurso tumultuoso de su participación en el movimiento trotskista, CLR James escribirá en 1944 que el negro estadounidense es “nacionalista en lo más profundo de sí mismo”. Y tiene razón de serlo, dice, porque es a través de este nacionalismo que adquiere fuerza, respeto por sí mismo y que se organiza “a fin de luchar por su integración en la sociedad estadounidense”. Es este un “ejemplo perfecto de contradicción dialéctica. […] Los negros serán de este modo, en un próximo desarrollo de la lucha, una de las fuerzas más potentes de la transformación de la sociedad estadounidense.”

Algunos años antes, por cierto, Trotsky había cogido a contrapié muchos puntos de vista de sus contemporáneos al desarrollar un enfoque del movimiento de Marcus Garvey que trata de comprender los motivos de la adhesión masiva de afroamericanos a la consigna Back to Africa 8/. Tras la abstracción del retorno a África, “traducción fantasmagórica y reaccionaria del deseo revolucionario de un Estado negro”, escribe CLR James en 1939, se expresa la aspiración a regirse por sí mismos. Aunque se mostró reservado con respecto a la creación de un Estado negro, CLR James señala que si bien nada indica que ello pudiera producirse, “el deseo de acabar con la humillante sumisión política y la decadencia social secular podría hallar su expresión en la reivindicación irreprimible de la creación de un Estado negro” (1939). Añade que la gente negra no tiene más deseos de retornar a África que “los judíos alemanes que no deseaban irse a Palestina 9/ antes de que llegara Hitler”…

CLR James observa, por otro lado, que la proletarización de la población afroamericana y su entrada masiva en un movimiento sindical multirracial, lejos de atenuar sus aspiraciones democráticas, le empujan, por el contrario, a afirmarse todavía más como minoría nacional oprimida 10/.

El censo de 1930 indica que hay 12 millones de negras y negros en EE UU, cuya población total asciende a 122 millones de habitantes. El 75 % de la población negra vive en el sur, el 21 % en el norte, el 1,3 % en el oeste y y el 57 % en zonas rurales. En el transcurso de la primera guerra mundial, un millón se habían ido a trabajar a las fábricas del norte 11/. Durante la segunda guerra mundial se produce una nueva migración masiva hacia la tierra prometida, del sur al norte y al oeste. Al término de la guerra, el 25 % de la población negra estaba instalada en los centros urbanos de norte y del noroeste 12/. Es en el transcurso de la guerra, escribe Raya Dunayevskaya, cuando la cuestión negra pasa a ser de cuestión del sur a “un problema que afecta al conjunto del país” 13/. Aunque en su inmensa mayoría ocupan todavía puestos de trabajo no cualificados, la población trabajadora afroamericana ha entrado a formar parte del núcleo duro de la producción industrial. A mediados de la década de 1960, cuando comienza el movimiento por los derechos civiles, solo el 50 % de la población afroamericana vive todavía en el sur; 5 millones habrán emigrado a las grandes ciudades del norte y del oeste entre 1940 y 1970.

1/ La zona de residencia asignada a las familias judías a partir del siglo XVIII abarca fundamentalmente Polonia, Lituania, Bielorrusia, la provincia de Kiev, Besarabia y las provincias de la Rusia meridional (entre ellas, la de Jersón, donde nació Trotsky). Tenían prohibido residir fuera de allí, salvo derogaciones especiales.

2/ Lenin expresa perfectamente, en 1903, las concepciones mecanicistas que prevalecen en lo esencial en la II Internacional. En toda Europa, escribe, el fin de las escorias de la Edad Media y el advenimiento de las libertades políticas vienen acompañados de la emancipación de la población judía, que por esta razón renuncia a su lengua en beneficio de la lengua del pueblo en cuyo seno reside. Concluye, contrariamente a lo que hará en 1917, que la idea de una nacionalidad judía se contradice con los intereses del proletariado judío.

3/ El  Bund se considera una organización socialista, parte integrante del movimiento socialista panruso, es decir, de Rusia entendida como una totalidad. El examen de estas cuestiones queda fuera del ámbito de esta introducción. Nos remitimos al respecto, en particular, a la lectura de Georges Haupt, Michael Löwy, Claudie Weill, Les Marxistes et la question nationale  (París, 1974).

4/ En el censo ruso de 1897, la población moldava representaba el 53,7 % del total de la ciudad, la rusa y ucraniana el 20,3 %, la judía 19,7 %, la armenia, búlgara, tártara, alemana y polaca alrededor del 6 %.

5/ Es interesante observar que Vladímir Medem, dirigente del Bund, nacido asimismo en 1879, recorrerá el camino inverso. Nacido en el seno de una familia totalmente asimilada –su padre, convertido al protestantismo, es médico en el ejército imperial–, aprenderá el yiddish, optando, como escribe Henri Minczeles en su prefacio a su autobiografía, por “volver a ser judío para que le entiendan los trabajadores judíos”. La hija de Karl Marx, Eleonor, también aprendió yiddish, para propagar mejor las ideas socialistas entre los trabajadores judíos inmigrantes de Londres. Nathan Weinstock señala que “con excepción de una minoría estadísticamente insignificante –de la que procederán, paradójicamente, numerosos dirigentes futuros del movimiento obrero judío–, la población judía de Europa Oriental habla el patois propio del gueto, el yiddish”. Claudie Weill evoca un movimiento de “disimilación” qui comporta que haya militantes que, por razones muy diversas, adoptan la judeidad a fin de combatir mejor por el socialismo internacional.

6/ El castellano que habla la minoría hispana está a punto de erigirse en la primera lengua hablada en varios Estados de EE UU. En 2000, el 47,6 % de la población neoyorquina declaró hablar en su círculo familiar en una lengua distinta del inglés.

7/ Los afroamericanos estaban excluidos del movimiento obrero organizado por parte del sindicalismo gremial y de colaboración de clases de la AFL. Si bien Industrial Workers of the World (IWW, organización sindical revolucionaria creada en 1905) ya permitió, por el contrario, la afiliación de trabajadores negros (el 10 % de la base sindicada), fue más tarde, a partir de 1935, con el nacimiento del Comité para la Organización Industrial (CIO), cuando la clase obrera afroamericana accedió masivamente en la industria y en el movimiento sindical. El sindicalismo industrial no tenía más remedio que abrir sus puertas a la gente trabajadora negra, especialmente en la metalurgia y el automóvil. La formación del CIO modificará ligeramente la perspectiva descrita por la Komintern. “Después de ciertas vacilaciones”, señala CLR James, “las masas negras responden magníficamente al llamamiento y constituyen grupos potentes y progresistas en muchos sindicatos del CIO.”. Sin embargo, como mencionaremos más adelante, el desarrollo posterior del sindicalismo hará que vuelvan a plantear concretamente la cuestión de los sindicatos especiales.

8/ Marcus Garvey (1887-1940): sindicalista jamaicano, influido por las ideas de Booker T. Washington, crea en 1914 la Asociación Universal por la Mejora de la Suerte de los Negros (UNIA). Instalado en Harlem en 1916, su objetivo es reunir a los negros del mundo en una sola nación y organizar el retorno a África de los de EE UU. A pesar de su programa separatista y algo confuso, movilizará brevemente, pero de forma masiva (la UNIA contará 2 millones de miembros en 1919) a la gente afroamericana.

9/ En 1882, la comunidad judía de Palestina bajo dominación otomana contaba con 24.000 habitantes. La colonización sionista se desarrolla a partir de 1900 y la población judía se cifra en 85.000 personas en 1914. Entre 1880 y 1914, 3,5 millones de judíos huirán de la miseria y los pogromos para refugiarse en Europa Occidental y en EE UU (véase al respecto Nathan Weinstock,  Le Sionisme contre Israël, Cahiers libres Maspero, París, 1969).

10/ Más recientemente, Étienne Balibar habla del reto de lo que denomina racismo de clase. La segunda generación (la gente joven procedente de la inmigración), si toma el relevo de la precedente, la de los trabajadores inmigrados (si no es que está excluida del trabajo), “puede llegar a desarrollar una combatividad social mucho mayor, combinando las reivindicaciones de clase con las reivindicaciondes culturales”.

11/ Por ejemplo, de 1910 a 1920, la población negra de Chicago pasa de 40.00 a 110.000 personas.

12/ En el censo de 2000, el 12,3 % de la población estadounidense se declara afroamericana. Representa el 18,9 % de la población total del sur, el 11,4 % de la del noreste, el 10,1 % de la del medio oeste, el 18 % de la de noreste y el 10 % de la del oeste. Por primera vez, el número de personas latinas es superior al de afroamericanas. Cerca de 7 millones de personas dicen pertenecer a “dos razas y más”. El 35,9 % de los 8,2 millones de habitantes de Nueva York han nacido en el extranjero, el 26,6 % de ellos y ellas se declaran de procedencia afroamericana, el 27 % de origen hispano y el 9,8 % de origen asiático.

13/ La  desegración de las industrias de armamento se declara mediante decreto presidencial en 1941. En 1943, en un momento en que proliferan los conflictos raciales, el fiscal general de EE UU recomienda al presidente Roosevelt que “contenga la migración de la gente negra hacia el norte…

(Tomado de Contretemps)

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