El oscuro significado del alegato del Primer Ministro de Canadá ante el Foro Económico Mundial

por Fernando López MacKenzie

La intervención del Primer Ministro de Canadá, Mark Carney en el reciente Foro Económico Mundial, presentada por buena parte de los comentaristas liberales como un gesto de audacia frente a la arrogancia de Donald Trump y casi como un alegato antiimperialista por alguna izquierda necesitada de entusiasmo, debe ser leída en su contenido real y no en su envoltorio retórico. Lejos de constituir una impugnación del imperialismo como sistema histórico, el discurso de Carney expresa con notable franqueza la conciencia estratégica de una potencia capitalista avanzada que constata el agotamiento del orden mundial posterior a 1945 y se prepara para la intensificación de la lucha interimperialista. La impresión causada por su tono “crítico” hacia Washington no nace de una ruptura con la lógica de dominación global, sino del reconocimiento explícito de que esa lógica ya no puede organizarse bajo la hegemonía estable de Estados Unidos y que, por tanto, exige nuevas combinaciones, alianzas y dispositivos de fuerza. El carácter “valiente” que muchos le atribuyeron es, en rigor, el de quien anuncia sin eufemismos la entrada en una fase más cruda y peligrosa de la competencia capitalista mundial. La cita a Tucídides y Vaclav Havel, más que una apelación a la cultura universal, es un refugio que explica por qué no menciona —ni una sola vez— a su destinatario Donald Trump.

Carney habló ante el Foro Económico Mundial, es decir, ante la concentración más importante de intereses del gran capital financiero e industrial del planeta. No se dirigía a pueblos ni a trabajadores, sino que a piratas y carniceros: a gobiernos, estrategas militares, directores ejecutivos y oligarcas cuya preocupación central es cómo defender, y si es posible ampliar, su cuota de poder económico y geopolítico en un contexto de descomposición del orden vigente. Cuando describió el momento actual como un “punto de inflexión” y como la “ruptura del orden mundial”, no estaba formulando una crítica moral, sino constatando un hecho histórico: la arquitectura construida tras la Segunda Guerra Mundial para organizar la dominación imperialista —con Estados Unidos como eje— ha perdido la capacidad de disciplinar a las propias potencias que se beneficiaron de ella. Su referencia a una realidad “brutal”, en la que las grandes potencias actúan sin restricciones, equivale a una admisión abierta de que las normas, el derecho internacional y el multilateralismo siempre fueron instrumentos contingentes, útiles mientras garantizaban estabilidad y previsibilidad para la acumulación, pero prescindibles cuando obstaculizan la defensa de intereses nacionales concretos.

El pasaje más revelador del discurso es aquel en que Carney reconoce sin ambages el carácter ficticio del llamado “orden internacional basado en normas”. Al admitir que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica, que el derecho internacional se invocaba selectivamente y que los más fuertes se eximían cuando les convenía, desmonta de su propia boca la narrativa liberal que presentó durante décadas la hegemonía estadounidense como un sistema de “bienes públicos globales”. Pero esta confesión no conduce a una crítica del imperialismo en cuanto tal, sino a la conclusión opuesta: dado que esa ficción ya no funciona, es necesario construir otra arquitectura de poder que permita a potencias como Canadá, y a sus socios europeos, defenderse incluso frente a Estados Unidos. El ataque a la beligerancia norteamericana no expresa, por tanto, un rechazo a la violencia imperialista, sino la exigencia de un reparto más favorable y de mayor autonomía en el ejercicio de esa misma violencia.

El contexto inmediato del discurso refuerza esta lectura. La escalada de amenazas y provocaciones de la administración Trump —desde el intento de secuestro de Nicolás Maduro hasta las presiones sobre Groenlandia y las amenazas contra Irán— puso de manifiesto que Washington está dispuesto a utilizar de manera abierta la coerción económica y militar incluso contra aliados formales. Frente a ello, Carney no llamó a la movilización popular ni a la cooperación internacional entre pueblos, sino a una respuesta coordinada de las potencias capitalistas que han visto erosionada su posición dentro del viejo esquema atlántico. Su apelación a la OTAN y a las “potencias medias” apunta a la construcción de un bloque imperialista alternativo, capaz de actuar de manera más autónoma en la disputa por mercados, recursos y zonas de influencia. La metáfora de la “mesa” y el “menú” es particularmente elocuente: no se cuestiona el banquete imperialista, solo se exige un asiento más seguro en él.

El paralelo histórico con los años treinta del siglo pasado no es una exageración retórica, sino una clave interpretativa decisiva. Entonces, como ahora, el capitalismo atravesaba una crisis estructural que las potencias intentaron resolver mediante la intensificación de la competencia y la expansión violenta. Las maniobras erráticas y agresivas de Trump evocan inevitablemente las de Adolf Hitler en la antesala de la Segunda Guerra Mundial, del mismo modo que los intentos de apaciguamiento y negociación recuerdan el acuerdo de Múnich de 1938, firmado por Neville Chamberlain y Édouard Daladier. La lección histórica es clara: los acuerdos entre potencias imperialistas en un contexto de crisis no inauguran períodos de paz duradera, sino treguas inestables que preparan conflictos aún mayores. El hecho de que las discusiones sobre Groenlandia se hayan producido al margen de Dinamarca y de su propia población, con la mediación de figuras como Mark Rutte, confirma que el método sigue siendo el mismo: decidir el destino de territorios y pueblos en función de cálculos estratégicos ajenos a toda consideración democrática.

En este marco, la propuesta de Carney de una alianza de “potencias medias” revela su verdadero contenido. Canadá no es una potencia secundaria inocente, sino un Estado imperialista plenamente integrado en las cadenas globales de acumulación, beneficiario histórico de la dominación estadounidense y participante activo en guerras, sanciones y operaciones de saqueo económico. Su acercamiento a Francia, Gran Bretaña y Alemania no apunta a moderar la confrontación global, sino a reconfigurarla. El entusiasmo explícito de dirigentes como Friedrich Merz, comprometido con un rearme masivo y con la demolición del Estado social, y la política belicista y represiva de Emmanuel Macron, que combina aumento del gasto militar con ataques sistemáticos a los derechos de los trabajadores, muestran que este bloque alternativo no representa una salida progresiva, sino otra vía hacia la conflagración.

La dimensión interna del programa defendido por Carney refuerza aún más esta conclusión. El aumento acelerado del gasto militar, la austeridad fiscal, los recortes de impuestos a los sectores más ricos y el ataque al derecho de huelga son el reverso doméstico de una política exterior agresiva. Como en los años treinta, la preparación para la guerra va acompañada de la intensificación de la explotación y de la represión en casa. El capitalismo en crisis necesita disciplinar a su propia clase trabajadora para poder lanzarla, directa o indirectamente, a la competencia armada entre Estados. En este sentido, el discurso de Carney no solo anuncia un peligro externo, sino también un endurecimiento interno de las relaciones de clase.

Frente a este escenario, la tarea histórica que se plantea no puede ser la elección entre distintas variantes del imperialismo, ni la adhesión acrítica a uno u otro bloque en nombre de un falso “mal menor”. Los trabajadores de ambos lados del Atlántico, y de todos los continentes, solo pueden oponerse efectivamente al resurgimiento de la barbarie imperialista unificando sus luchas contra todas las potencias capitalistas y contra sus representantes políticos, sean estos presentados como defensores del “orden liberal” o como campeones de la “autonomía estratégica”. El peligro inminente de una nueva guerra mundial no es producto de decisiones individuales o de líderes particularmente agresivos, sino de un sistema económico en decadencia que ya demostró en el siglo XX su capacidad para arrastrar a la humanidad a catástrofes sin precedentes. Solo el derrocamiento revolucionario del capitalismo por un movimiento socialista internacional de la clase obrera puede cerrar ese camino hacia el abismo y abrir la posibilidad de una reorganización racional y solidaria de la vida social a escala mundial.