La otra cara del debate político en la izquierda: las ilusiones estalinistas y soberanistas frente a China

por Alejandro Valenzuela Torres

El libro de Graham Allison, On the Road to War, se ha transformado en uno de los textos de referencia para comprender la relación entre Estados Unidos y China. Su punto de partida —la llamada trampa de Tucídides— revela la preocupación central de la política exterior norteamericana: cómo contener el ascenso de una potencia que, en apenas cuatro décadas, ha pasado de ser un actor periférico a disputar directamente la primacía económica y militar de Washington. Allison, portavoz orgánico del Departamento de Defensa, no esconde su sesgo: para él la Pax Americana representa el orden natural del mundo, y su desmoronamiento frente al crecimiento chino equivale a una amenaza. Lo notable, sin embargo, es que desde esta perspectiva el propio establishment norteamericano reconoce que su hegemonía depende en última instancia de la fuerza militar y que, en ese terreno, ya no goza de la superioridad indiscutida que mantuvo durante siete décadas.

Esta constatación debería abrir un debate profundo en el campo de la izquierda. Porque, mientras Washington se prepara para un conflicto que, incluso en términos convencionales, podría perder, sectores estalinistas y soberanistas en nuestro continente celebran el ascenso de China como si se tratara de una alternativa socialista o al menos como un contrapeso progresivo al imperialismo norteamericano. Nada más falso. El capitalismo chino, encabezado por conglomerados estatales y privados con una voracidad imperial, se ha proyectado sobre América Latina no para emancipar a los pueblos, sino para reproducir a escala mundial el mismo ciclo de acumulación basado en la explotación y el expolio de los recursos naturales.

Chile es un caso paradigmático. La expansión del capital chino en nuestro país no se limita al comercio de mercancías baratas o a la infraestructura financiada por la Nueva Ruta de la Seda. A través de compras multimillonarias, corporaciones chinas se han apoderado de sectores estratégicos: el cobre y la electricidad.

En la minería, han adquirido posiciones en la producción de cobre fino y concentrado, incidiendo directamente en la estructura de exportaciones de Chile. En el sector eléctrico, el desembarco ha sido aún más brutal: la compra de grandes distribuidoras y generadoras ha entregado al capital chino el control de buena parte de la matriz energética nacional. Esta operación, presentada por nuestros gobiernos como una muestra de “confianza internacional” y de “cooperación sur-sur”, en realidad ha significado un golpe directo a la soberanía. El resultado inmediato lo sienten millones de hogares: un alza sostenida y brutal de las tarifas de electricidad domiciliaria, impuesta en beneficio de conglomerados que operan con la misma lógica extractivista que las viejas transnacionales norteamericanas o europeas.

El problema, entonces, no es optar entre el águila norteamericana y el dragón chino. Ambos representan formas distintas de un mismo orden capitalista mundial, sostenido en la explotación del trabajo y en la subordinación de países dependientes como el nuestro. La izquierda que imagina en los BRICS una suerte de alianza emancipadora olvida —o pretende olvidar— que el bloque no constituye una unidad antiimperialista, sino un polo alternativo de acumulación de capital bajo formas estatales y privadas, con proyección global. Brasil, India, Rusia, China y Sudáfrica no tienen un programa de liberación de los pueblos, sino de ampliación de sus mercados y de defensa de sus propias burguesías.

La advertencia de Allison sobre la posibilidad de una guerra entre Estados Unidos y China, aunque motivada por el temor imperialista de perder el mando del sistema mundial, confirma una verdad decisiva: el capitalismo atraviesa una fase de rivalidades crecientes entre potencias que, como en 1914 y 1939, amenazan con arrastrar al planeta a una conflagración. En ese escenario, depositar ilusiones en el ascenso de un bloque como los BRICS equivale a legitimar otra cara del mismo sistema.

Nuestra tarea, por el contrario, pasa por desenmascarar al capital chino como fuerza de opresión en Chile y en toda América Latina, señalar que el aumento del costo de la vida —desde la electricidad hasta los alimentos— no se debe a errores técnicos ni a conspiraciones abstractas, sino a la lógica implacable del capital, y afirmar la única salida consecuente: la socialización de los medios de producción bajo control de la clase trabajadora, no bajo el mando de nuevas burguesías disfrazadas de alternativa.