José Carrasco Tapia: el periodista que no pidió permiso

por El Porteño

La madrugada del 8 de septiembre de 1986, una camioneta sin identificación oficial recorría Santiago como tantas otras en aquellos años de plomo. Pero esa noche no fue una más. En sus asientos, cuatro hombres armados con metralletas y una lista. A las pocas horas, el cuerpo de José Carrasco Tapia, periodista, militante del MIR y editor internacional de Análisis, yacía cosido a balazos en el kilómetro 18 del camino a Tiltil. El régimen había decidido responder con sangre al atentado contra Pinochet ocurrido el día anterior. José fue uno de los cuatro ejecutados extrajudicialmente por la CNI en represalia. Fue también, quizás sin saberlo, el último periodista asesinado por la dictadura. El último de una estirpe.

En este Día del Periodista, a 39 años de su asesinato, no recordamos a José como una víctima. Lo recordamos como lo que fue: un combatiente con la pluma y con la palabra. Un hombre que comprendió que el periodismo no es neutro, ni aséptico, ni objetivo —esas máscaras con las que hoy los medios encubren el pacto de olvido con el poder. Carrasco eligió trinchera: escribió desde la izquierda revolucionaria, denunció las violaciones a los derechos humanos, se jugó la vida en cada crónica. Fue director de la revista Punto Final, redactor de Opción, corresponsal de prensa extranjera, y parte del corazón palpitante de Análisis, medio que con Valentín Trujillo y Juan Pablo Cárdenas rompía el cerco informativo a fuerza de valentía.

Su voz no se quebró. Ni cuando lo exiliaron en 1974, ni cuando volvió clandestinamente en 1979, ni cuando lo golpearon, hostigaron o encarcelaron. José Carrasco sabía que un periodista no puede ser un mero relator del horror; que si el lenguaje no incomoda, no estremece ni denuncia, se vuelve cómplice.

Hoy, cuando el periodismo se tambalea entre el mercado y la autocensura, entre el algoritmo y la frivolidad, la figura de Carrasco nos exige una pregunta incómoda: ¿qué significa hacer periodismo en tiempos de injusticia? ¿Qué es más urgente: contar el mundo o transformarlo?

Carrasco no era un cronista de su época: era una esquirla viva de ella. La dictadura lo marcó como enemigo, como «terrorista de la información», porque sabía que su pluma perforaba más que muchas armas. Lo mataron para callarlo, pero su palabra multiplicó trincheras. Su figura incomoda precisamente porque representa el periodismo que no se vende, que no pacta, que no se esconde.

En este homenaje no hay nostalgia. Hay llamado. Carrasco no murió por equivocación, murió por decisión del poder. Y ese poder sigue ahí: con otras máscaras, otras armas, pero el mismo temor ante el periodista que escribe sin pedir permiso.

Por eso hoy, desde El Porteñohonramos su legado retomando su camino. Porque si José Carrasco estuviera vivo, no estaría firmando columnas anodinas ni analizando encuestas: estaría en las calles, junto a los estudiantes reprimidos, a las madres que buscan justicia, a los trabajadores despedidos, a los mapuche que resisten. Estaría, como siempre, del lado de los que no tienen voz.

Y escribiría. Con furia, con ternura, con rabia justa. Con coraje. Como debe escribirse cuando se es periodista en un país herido. “El periodismo es libre o es una farsa”, decía Rodolfo Walsh. Carrasco lo encarnó. Nuestro homenaje es este: escribir, denunciar, resistir. Como él.