Cuando la muerte llegue y decapite a los tulipanes,
¿quién saldrá ganando?
Paul Celan
Mi carrera de fotógrafo iba en picada. Era un fotógrafo de celebridades, me iba bien, viajaba, tenía un público extenso y fiel en ese mundo venial llamado la farándula. Era famoso y hasta apreciado. Nunca me gustó que me llamaran “el fotógrafo de las estrellas”, sin embargo, encontraba ese sobrenombre tan vulgar como necesario. Todo cambió cuando conocí a Fabiana, una fotógrafa incandescente enamorada de las causas sociales.
Fabiana era alta, de ojos profundos y enérgicos. Era de Sao Paulo, no era guapa, o lo que yo consideraba guapa. Su cabello era demasiado corto, su nariz era prácticamente un mástil y esa cicatriz en la mejilla izquierda atravesándole el rostro como un relámpago la hacían ver enigmática. No puedo decir que me enamoré de ella, más bien me enamoré de su mundo, de ese mundo volátil en donde cada fotografía era una forma de protesta ante una realidad abismal. Fue tanta la influencia que tuvo sobre mí que hasta me hice del Corinthians.
Con ella cubrí el caso de los migrantes ahogados en un río de fango en Reynosa, la misteriosa muerte de las buscadoras de cuerpos en Sonora, el acoso a los Tarahumaras en Chihuahua y la trama de la persecución a los defensores del agua en el estado de Nuevo León por parte del gobernador. Fabiana poco a poco me arrastraba a su mundo. Y, a pesar de que me sentía más vivo que nunca, acabé por perder a casi todos mis clientes. Por cubrir las marchas contra el tren Maya dejé de lado una importante campaña de moda y ahí empezó mi debacle. Luego Fabiana resultó embarazada, y un día, sin más, se fue a su país con el niño y no supe más de ella.
Quise recuperar mi mercado, participé con marcas de ropa y de hoteles de lujo en sus campañas de Navidad, luego estuve en la campaña de Mercedes en su intento por conquistar Singapur, pero mi mirada ya no daba para más. Cada clic era una abominación, cada rostro perfecto era para mí un demonio, cada cadera y cada par de piernas largas y perfectamente torneadas producían en mi ser un profundo malestar.
Hace poco fue que ocurrió lo que nunca debí haber visto. Don Manuel, un viejo fotógrafo amigo de Fabiana me llamó una tarde para beber un café. La cita fue en esos cafés serenos que están cerca de la catedral de Cuernavaca.
¿Qué haces, Luis? El saludo fue cordial y cálido, como si me conociera de años. Mira, ten, tengo algo para ti. Me extendió un sobre. Sorpresivamente eran fotografías de Fabiana y de mi hijo tomadas por él en su reciente visita a Brasil. Están de maravilla, no te preocupes, el chico se parece a ti y se llama como tú, y hasta es del Corinthians, pero Fabiana es un poco extraña, quiso evitar que un día volvieras a la moda y destruyeras su mundo y con ello la mente de su hijo. Así es ella.
Vi las fotos como en un sueño mientras la luz de la tarde bañaba venturosamente el rostro de las personas más cercanas a mí y que sin embargo tal vez no vería nunca más en mi vida. Don Manuel hablaba de todo, me contó de como descubrió las primeras fotos de Teotihuacan, de su cobertura de las muertes de Tlatelolco y posterior exilio en Suiza, de su romance con la madre de Fabiana. Tal vez hasta soy su padre –me dijo con una sonrisa misteriosa–. Me contó de sus luchas contra la fotografía de moda y a favor de todas las causas justas del mundo, de su fijación con las rubias y por último de la idea de ir a hacer un proyecto a Colombia para documentar a una etnia que vive de la venta del café y que ha logrado vencer el dominio de los carteles. También me contó que se hizo famoso por ser quien retrató la primera escultura del dios Huitzilopochtli, el dios de la guerra de los aztecas, llamado también “El Colibrí Zurdo.”
–Me estoy muriendo, Luis, y quiero hacer esto.
–¿Qué le pasa, don Manuel? –Dije distraídamente mientras veía las fotos de mi hijo–.
–Tengo el corazón de un anciano, no sé cuánto resistiré.
El viento fresco y curativo de Cuernavaca daba a la charla una sensación de eternidad.
–Quiero que vengas conmigo.
–No me joda, don Manuel, no soy enfermero.
–Si me ayudas puedo arreglar que pases unas semanas con el niño.
–Y si no, ¿no?
–No. Esto es así.
Un contundente silencio atravesó el instante.
–Soy un hijo de puta, lo sé, pero es la única forma de que vengas.
Le clavé furiosamente la mirada y estuve a punto de largarme de ahí.
–Fabiana me dijo que solo tú podías hacer el trabajo tan bien o mejor que yo.
–¿Eso le dijo? Siempre me vio como un intruso en su mundo.
–Si lo eres, pero eres el mejor intruso. Tu trabajo tiene sangre y eres muy certero. Acepta, son tres semanas. Te pasas una en la selva, otra en Cali de rumba, luego te vas con el nene a Sao Paulo. Todo estará pagado de antemano. Además, nuestra etnia corre un peligro mortal así que, si no los retratamos ahora, quizá desaparecerán para siempre.
Un viento fresco y cargado de presagios invadió el ambiente. Acepté por ver al niño, pero también por las palabras que Fabiana había dicho sobre mí.
Nos despedimos en frente del Palacio de Cortés, me dio un abrazo y un anticipo del dinero. Afuera del Palacio una escultura prehispánica de lo que era la entrada al inframundo anunciaba mi destino. Nos vemos en el aeropuerto, Luis, –dijo al final–. Te regalo este original de la foto del Colibrí Zurdo, tú por blanquito y de ojos claros pareces más del bando de Quetzalcóatl, pero te viene bien un poco de dualidad. La foto era perfecta, y mostraba la imagen del dios de la guerra y de la noche justo como lo descubrieron en la profundidad de la selva. Cuídala, –me dijo– ¿quién sabe?, te puede traer buenaventura. Previsiblemente Manuel murió unos días después en la Ciudad de México. Me dejó esta carta que contenía instrucciones precisas sobre mi llegada y sobre el proyecto.
Querido Luis:
Te habla un muerto. El corazón imbécil que me tocó no aguantó ni setenta y ocho años, en fin, de algo nos tenemos que morir.
Te esperan en Colombia, en lo profundo de la maleza, ahí donde no entra casi nadie, solo están ellos y un grupo armado llamado los Centauros y que son como la peste. Si, asústate, te pueden matar, pero tranquilo, Fabiana y yo conocemos al líder del grupo y también al jefe de la comunidad, saben quién eres y te esperan. Fue complicado convencer a ambos bandos, pero con un poco de dinero, un poco de encanto y un poco de suerte puedes mover el mundo.
Fabiana es un tema difícil, es mi hija, lo supe hace unos años. En todo caso eres mi yerno y somos parte de este pequeño clan de fotógrafos en el que tú eres la oveja descarriada, y yo, como patriarca muerto, tengo que hacerte entrar al buen camino. Sueno como un dios ahora, no te preocupes, en todo caso soy un dios moribundo. En realidad, te va a ir mejor retratando esas modelos sin corazón que tanto te gustan y a esos tíos que van por la vida sin amar más que al espejo, pero es que si no haces esto tu vida entrará en la infamia de la banalidad absoluta y esto te hará muy débil y miserable ante los ojos de tu hijo y nadie, créeme, Luis, nadie tiene tanto espíritu como para soportar esto.
La comunidad es una de las últimas que habitan el límite del mundo, viven lejos de todo y de todos, pero aprendieron a trabajar un grano de café muy especial que venden a precios de mercado y con eso han logrado sostener un estilo de vida casi imposible. No es un Macondo, no me jodas, es mejor porque es real. Los grupos armados los han dejado en paz estos años, pero cuando el precio de la marihuana y de la coca empezaron a bajar, estos hijos de la gran puta vieron con los indígenas una oportunidad de negocio y esa pequeña paz está a punto de romperse de la manera más vulgar. También, sus tierras son codiciadas por los grandes ganaderos para extender los pastizales. Como ves están rodeados de muerte, sin embargo, resisten y solo por eso merecen todo tu respeto y el respeto del mundo. Este es el momento justo para ir y documentar a los últimos inocentes de la tierra. Si, soy un idealista, ¿qué quieres que haga?, ¿pero si nosotros no somos idealistas quién quieres que lo sea?, ¿los dueños de las empresas que te dan dinero por retratar gente más muerta que yo? No me jodas, Luis.
Además, fui yo quien insistió que tu hijo se llamara como tú. En principio Fabiana rechazó la idea, dijo de todo: que eras un narcisista, un ególatra, un cobarde, que eras adicto a las mujeres, y que seguro te importaría más tu carrera que ellos; según ella, te tenía muy bien diagnosticado. Así que fue muy difícil convencerla. Al final accedió y nombró al chico como tú en su tercer nombre: Max Bruno Luis. Eso sí, le quitó tu apellido y le puso el de ella, que tampoco es el mío, ¿tú le entiendes? Yo tampoco, pero no te preocupes, estás en tu hijo como el canto del pájaro habita en el aire azul de la montaña virgen.
Retrata a mis amigos colombianos y luego vuelve a tu mundo si gustas. Pero por favor no dejes de hacerlo, estamos destinados a tener carácter y a entonar el último canto de la guerra por la belleza, la última belleza en medio de la gran devastación. Toma su espíritu, deletréalo con tu cámara. Correrás mucho peligro y tu vida estará en juego, pero esto te convertirá un día en un héroe para tu hijo y eso no tiene precio. Es el regalo que te doy desde la muerte. Tú, que has sido un secuestrador de la belleza, es tiempo de que la liberes. No verás rostros más bellos que estos ni gente más honda y vital, nunca, en tu puta vida, querido yerno.
¿Cómo se despiden los muertos? No lo sé, tengo poca experiencia en esto de la muerte. Agradezco tu comprensión. Te mando todo mi cariño. Quiero decirte algo más: es necesario que sepas que te respeto como fotógrafo y que me agradas bastante. Es todo, pero es suficiente, yerno querido.
Postdata.
Recuerda llevar en tu gafete la imagen del “Colibrí Zurdo” que te regalé. No lleves tu foto, así te reconocerá tanto el grupo armado como los jefes de la comunidad. No pierdas ese gafete, será tu pasaporte, tu salvoconducto y, con su ojo vigilante, tal vez será tu protector.
Manuel.
Un muerto nuevo.
Llegué a Colombia en plena Navidad. No fue fácil llegar al pueblo, conforme avanzaba noté que lo primero que registraban los puntos de revisión del ejército y de los grupos armados era la foto del “Colibrí Zurdo” que llevaba en mi pecho. Pase, –me decían escuetamente–, y así, la imagen del dios de la guerra de los aztecas místicamente se convirtió en mi pasadizo a la región más hermosa del mundo. Llegué a Casanare al anochecer. Luego de un plato de mamona o carne asada de ternera dormí en el hotel del pueblo y a la mañana siguiente seguí mi camino con un guía taciturno que me depositó en los límites de la serranía.
No es de gente muy viva andar por aquí, amigo, los indios o lo quieren o lo odian, y la guerrilla no pregunta; ande con cuidado, esto no es Bogotá, –dijo el hombre mientras avanzábamos–. Le agradecí el consejo. Mire, según las instrucciones de don Manuel yo debo dejarlo en la cascada cerca del Zambo. Y ahí un representante de la tribu pasará por usted. Si le da miedo no haga nada, quédese quieto, no cante, ni corra, no silbe ni nada, espere que pase el miedo, como si estuviera muerto. Bueno, listo, parcero; hágale pues. Ya llegamos, lo dejo. El hombre me saludó con el sombrero y se fue, me dejó ahí, en medio de la vitalidad incontenible de la selva colombiana, escuchando la respiración de los dioses de la maleza, solo ante la inmensidad, solo con mi pequeña vida rodeado de todo lo que no se puede decir con palabras. Esperé durante algunas horas, el murmullo de la cascada llenaba la vida de presentimientos. Los ruidos de la inmensa arboleda se precipitaban sobre mí como otra cascada, una descomunal y efervescente que tal vez contenía el último aliento de verdadera vitalidad que este planeta arrepentido por todos lados podía exhalar. Estaba fascinado, yo, que tantos rostros artificiales y perfectos vi a través de una lente, ahora estaba ante el rostro primordial.
¿Hijo de Manuel? –dijo una voz firme y segura que salió de entre la enramada–. Eran dos personas de mediana estatura vestidos a la usanza del pueblo Sikuani, uno de ellos se adelantó y tomó el gafete donde estaba la figura de Huitzilopochtli. Es él, me dieron un abrazo, me ofrecieron un sorbo de café que tenían preparado en una especie de bota de cuero y bebimos. ¿Hijo de Manuel?, –repitió el hombre mayor–. No, soy el yerno, –dije sin pensarlo–. ¿Eres esposo de Fabiana? Linda chica, brava si es, –dijo el otro hombre–. Me quede sorprendido de que la conocieran. Ya no, –respondí, mientras bebía un nuevo sorbo–. Eres un hombre siempre acompañado, pero solitario, –dijo serenamente el hombre mayor–, sonreímos. Tomaron mi equipaje y me pidieron que los siguiera.
Las primeras imágenes que tomé fueron de mi camino por la aldea al amparo de estos dos seres casi imaginarios. Pensé que eran tan imaginarios para mí como yo para ellos. Nunca revisaron si yo venía bien o no, o si me había tragado la maleza. Caminaban firme y resueltamente como se debería caminar en medio del abismo. De pronto, a las dos horas de camino, se agacharon abruptamente entre unos arbustos. El mayor me dijo que me agachara yo también. Los hombres, –dijeron en voz baja–, y la palabra hombres sonó como una maldición. Unos minutos después un par de jeeps atravesaron por un camino vecinal. Alcancé a ver dos automóviles repletos de gente vestida estilo militar. No hables con ellos, son los Centauros y son asesinos – me dijo en voz baja uno de ellos–. Luego me enteraría que los Centauros eran paramilitares y mercenarios que trabajaban para la guerrilla y para los ganaderos. Reanudamos nuestra marcha luego del paso del contingente.
El aroma del café lentamente llenaba el aire, al llegar a la aldea los guías me indicaron mis aposentos. A partir de ahí mi vida cambió, estaba en el corazón del fin del mundo. La etnia Sikuani me abrió sus puertas, me contaron que habían sobrevivido a la fiebre del caucho, de la madera y de la coca y que encontraron en el café una forma de resistir y de vivir con dignidad. Ahí estaban, en su rincón del cosmos, libres y serenos como quizá nadie más lo será en este mundo.
Me dejaron retratarlos libremente, como si de alguna manera secreta supieran que eran sus últimos días sobre la tierra. Pasamos una semana deliciosa, retraté sus sonrisas, sus esfuerzos, sus misterios. Retraté sus danzas y el amor que se profesaban entre hijos, padres y abuelos. Retraté a sus mujeres, orgullosas y terrenales como árboles prodigiosos que hubiesen encarnado en humanas admirables. Seguí los procesos de producción de café y sentí que era esto la verdadera sangre del planeta, ese río de agua curativa era para mí en ese momento una forma de fluidez universal y de resistencia incomparable. Fueron los mejores días de mi vida y también los más sangrientos. Si, sangrientos, esa es la palabra.
Una noche, como a las diez, un ruido de civilización llegó de lo lejos, la gente se sentía incómoda, como si un volcán estuviera a punto de reventar el mundo. Los Centauros llegaron de pronto, matando. Un lanzallamas destruyó en segundos la cosecha de todo el año, luego una ráfaga de balas replegó el instante al máximo detrás de mí. El pueblo ardió, la gente reaccionó con piedras y palos, los Centauros con balas y fuego asesino. Todo era furia y estrépito. Me quedé paralizado y no pude retratar nada, solo logré salvar unos cuantos rollos de fotos que tomé con mi cámara tradicional. Recuerdo que me tiré al piso, un hombre me encañonó y martilló la pistola. Es de prensa, –dijo amenazante–. No es, mira el gafete, es el hijo de Manuel, dale un buen golpe en la cabeza, amárralo, véndale los ojos y déjalo, si despierta o toma fotos, lo matas. –dijo otra voz sombría–.
Desperté en un hospital en Panamá. Los hechos sucedieron muy rápidamente, pero quedaron grabados con fuego en mi memoria. Sé que la aldea desapareció y solo dejaron a un par de personas con vida para que enterraran a los muertos. Me enteré de todas las atrocidades que se cometieron con el pueblo, desde la muerte a cuchillo de los niños y las mujeres, y la quema de las casas por parte de los invasores. A mí me evacuó una patrulla del ejército un par de días después y estuve ahí, con medio cuerpo roto en ese hospital de Panamá. La tragedia no fue registrada en los diarios y tengo prohibido regresar a Colombia.
Estoy preparando una exposición con las últimas fotos del pueblo Sikuani que será presentada en Singapur, patrocinada por una de esas compañías de moda que al final son todo lo que me queda para seguir viviendo. Habrá un desfile de ropa basado en los colores tradicionales de la comunidad y degustaciones de café colombiano. Siento una vergüenza mayor, pero es ahora todo lo que tengo. Hay días en que no puedo ni verme al espejo sin sentir un profundo asco por mí mismo y por la humanidad entera.
Fabiana me ha escrito un correo en el que me insulta decididamente y me reclama por exponer las fotos patrocinado por una marca de modas. Para ella soy el error más grande de la humanidad y me advierte que jamás veré a mi hijo. Lo que no sabe es que ahora yo también tengo una cicatriz en la cara. Creo que aun así Manuel estaría orgulloso de mí.
He nombrado a la exposición “El ojo del Colibrí Zurdo” con relación al dios de la guerra, ese que necesita de la sangre para regir con vara de hierro al mundo. Algunas noches, en mis pesadillas, veo arder frente a mí los últimos rostros de la comunidad Sikuani. Pienso a menudo en aquel pueblo perdido en lo profundo de la selva y en el aroma curativo del café. Entonces mi corazón se vacía en los desfiladeros de mi ser sin llegar nunca a ningún lugar. Con la desaparición de la aldea entiendo que la humanidad está condenada.
En cuanto al “Colibrí Zurdo”, por ahora no hay forma de vencerlo, solo podemos retratarlo.
Fin
