Tradicionalistas contra socialdemócratas: el contenido de clase del debate en el Partido Comunista

por Alejandro Valenzuela Torres

Se ha abierto, por primera vez en muchos años, un debate visible en el interior del Partido Comunista de Chile. No se trata de una simple diferencia de matices ni de una polémica coyuntural, sino de un enfrentamiento que recorre líneas de clase reconocibles y que opone, de un lado, a un ala abiertamente socialdemócrata, orgánicamente integrada al actual bloque de gobierno, y del otro a una fracción que se reivindica continuadora de la tradición “democrática” histórica del PC chileno —después de un origen revolucionario con Recabarren— esto es, del estalinismo criollo que ha marcado su trayectoria prácticamente desde su fundación. La discusión ha aflorado en declaraciones públicas, columnas y entrevistas en la prensa nacional, donde figuras del partido han defendido sin ambigüedades el carácter “responsable”, “realista” y “gobernante” de su política actual, mientras otros cuadros y exdirigentes han manifestado incomodidad —cuando no abierta crítica— ante la subordinación completa del partido al Ejecutivo y al programa vergonzoso del progresismo liberal.

Sobre este punto resulta particularmente sugerente la lectura del trabajo del historiador Rolando ÁlvarezForjando la vía chilena al socialismo, que, desde una perspectiva abiertamente pro-PC, reconstruye con rigor la inveterada tradición democrática del comunismo chileno: su estrategia de acumulación gradual, su confianza en el Estado, su preferencia por las alianzas amplias con fracciones de la burguesía “progresista” y su reiterada desconfianza frente a toda ruptura revolucionaria abierta. El mérito del libro es precisamente mostrar que esta orientación no es una “desviación” reciente, sino una constante histórica que solo se vio interrumpida por la política de Rebelión Popular de la primera mitad e los 80. Lo que hoy se presenta como giro socialdemócrata no es, en rigor, más que la explicitación sin pudor de un largo recorrido en el colaboracionismo de clases.

Sin embargo, la fracción hoy hegemonizada por Jeannette JaraCamila VallejoKarol Cariola y su entorno, ha dado un paso más allá de esa tradición: ha asumido un planteamiento abiertamente patronal, reivindicado hasta hoy en su respaldo irrestricto al gobierno de Gabriel Boric, pese al daño irreparable que las políticas de dicho gobierno han infligido a la causa de los trabajadores, desde la consolidación de la precariedad laboral hasta la legitimación del discurso represivo en nombre de la “seguridad”. No se trata aquí de una discusión moral o generacional, sino de posiciones de clase: reivindicarse socialdemócrata en Chile en 2026 equivale a asumir una defensa explícita del orden capitalista, de la gobernabilidad empresarial y de la administración “responsable” del conflicto social en favor del capital.

Este enfrentamiento, como todo enfrentamiento político real, hunde sus raíces en una larga historia. No es casual que, casi en simultáneo con este debate, se haya conmemorado un nuevo aniversario del asesinato de los revolucionarios alemanes Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, ejecutados por el gobierno socialdemócrata alemán en 1919. Esto hizo a decir a Vladimir Ilich Lenin que:

«Hoy la burguesía y los social-traidores están jubilosos en Berlín, lo consiguieron asesinando a Karl Liebknecht y Rosa Luxemnburgo. Ebert y Scheidemann, quienes durante cuatro años condujeron a los trabajadores a la masacre por el bien de la depredación, ahora han asumido el papel de carniceros de los líderes proletarios. El ejemplo de la revolución alemana demuestra que la ”democracia” es sólo un camuflaje para el robo burgués y la violencia más salvaje. ¡Muerte a los carniceros!» —

V.I. Lenin, Discurso en un Mítin en Protesta Tras los Asesinatos de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo

La cita del discurso de Lenin en el mitin de protesta posterior no es un ejercicio retórico ni un anacronismo erudito: es un recordatorio brutal de que la socialdemocracia, cuando es llamada a elegir, no vacila en convertirse en verdugo armado de la burguesía. Bajo la cobertura ideológica de la “democracia”, Ebert y Scheidemann condujeron a los obreros a la masacre imperialista de la Primera Guerra Mundial y luego organizaron, con los guardias blancos, el linchamiento de los dirigentes revolucionarios. La “democracia pura” fue, entonces como ahora, el camuflaje de la violencia más descarnada al servicio de la propiedad capitalista.

Traer ese episodio a la discusión actual no implica afirmar mecánicamente una identidad entre contextos históricos distintos, sino subrayar un hilo de continuidad política: cada vez que la socialdemocracia se presenta como horizonte estratégico, lo hace como forma de desarme del proletariado y de integración subordinada al Estado burgués. En ese sentido, el debate abierto en el PC no puede ser leído como una mera querella interna ni como una disputa de liderazgos, sino como una expresión local de una vieja bifurcación histórica del movimiento obrero.

Conviene, desde luego, no incurrir en ilusiones. No creemos que el ala tradicional del partido, asociada hoy a figuras como Daniel Jadue, exprese una posición revolucionaria ni una ruptura de fondo con la lógica del reformismo. De hecho, vienen saliendo del gobierno. Su horizonte sigue siendo el de una democracia avanzada, estatal y nacional, compatible con el capital. Pero el conflicto de conjunto que atraviesa hoy al Partido Comunista debe ser observado con atención, no por lo que promete, sino por lo que revela: la profundidad de la adaptación socialdemócrata, el agotamiento de las viejas fórmulas estalinistas y las tensiones que ese proceso genera en una organización históricamente central para la izquierda chilena. La repercusión de esta discusión excede largamente al PC y anticipa debates estratégicos ineludibles para el movimiento obrero en su conjunto.

De allí que la apertura franca y sin concesiones de estos debates políticos resulte hoy una tarea impostergable con todos aquellos compañeros que rompen —en los hechos o en la reflexión— con el colaboracionismo de clases que domina buena parte de la izquierda institucional. No se trata de discusiones abstractas ni de balances eruditos, sino de delimitar campos en un escenario de ofensiva reaccionaria abierta. La ultraderecha ha lanzado una campaña desembozada para indultar a Patricio Maturana, el mutilador de Fabiola Campillai, y no lo hace desde los márgenes: el propio José Antonio Kast salió al frente con el tema, articulando un discurso que busca rehabilitar la violencia estatal, relativizar los crímenes policiales y reescribir el sentido mismo de la revuelta popular. Este ataque no es un exabrupto aislado, sino parte de una estrategia coherente de restauración autoritaria que avanza al calor de la pasividad y el institucionalismo farsesco de amplios sectores del progresismo.

Frente a agresiones de esta magnitud —acompañadas por la fanfarria de múltiples acciones impulsadas desde el Poder Judicial y legitimadas en nombre del “Estado de derecho”— no hay atajos parlamentarios ni refugios posibles en la moderación discursiva. Resulta urgente ganar la calle, recomponer fuerzas y desplegar una campaña de lucha que enfrente directamente esta ofensiva. Solo en la calle, con organización consciente y combate sostenido, podremos abrir trincheras para los choques que inevitablemente se abrirán en todos los frentes sociales. Es allí, y no en el parlamento y los pasillos del poder de la oposición «constructiva», donde la clase trabajadora puede comenzar a revertir la correlación de fuerzas, alzar la memoria de los caídos y reclamar la liberación de los presos políticos. Esto tiene como objetivo prioritarios la preparación las batallas que el período impone.