por Alejandro Valenzuela Torres
Se ha abierto, por primera vez en muchos años, un debate visible en el interior del Partido Comunista de Chile. No se trata de una simple diferencia de matices ni de una polémica coyuntural, sino de un enfrentamiento que recorre líneas de clase reconocibles y que opone, de un lado, a un ala abiertamente socialdemócrata, orgánicamente integrada al actual bloque de gobierno, y del otro a una fracción que se reivindica continuadora de la tradición “democrática” histórica del PC chileno —después de un origen revolucionario con Recabarren— esto es, del estalinismo criollo que ha marcado su trayectoria prácticamente desde su fundación. La discusión ha aflorado en declaraciones públicas, columnas y entrevistas en la prensa nacional, donde figuras del partido han defendido sin ambigüedades el carácter “responsable”, “realista” y “gobernante” de su política actual, mientras otros cuadros y exdirigentes han manifestado incomodidad —cuando no abierta crítica— ante la subordinación completa del partido al Ejecutivo y al programa vergonzoso del progresismo liberal.