por Valeria Menéndez
Lejos de constituir un dique frente a la ofensiva imperial, el progresismo latinoamericano se ha ido afirmando como gestor confiable del nuevo ciclo neocolonial impulsado por Washington bajo el segundo mandato de Donald Trump. La distancia entre discurso y práctica ya no admite coartadas: mientras se proclama una agenda de derechos, identidades y antirracismo liberal, se aceptan y ejecutan las prioridades estratégicas de Estados Unidos en seguridad, energía, control migratorio y disciplinamiento regional.