Salud compañeros, 2020: año decisivo para la victoria de los trabajadores

por El Porteño

En Valparaíso se prepara en estos momentos una nueva jornada de año nuevo. Y como todo en Valparaíso en estos días, lo popular toma el significado de protesta en contra de Piñera, el régimen y sus colaboradores. Ya la Navidad se celebró con caceroleos y este año nuevo -al igual que en la Plaza de la Dignidad en Santiago- nos encuentra con el desafío de acabar desde acá con Piñera y reorganizar el país bajo conducción de los trabajadores, con el poder de las Asambleas Populares y Cabildos.

Usamos con algo de miedo en el título de esta nota la expresión «2020 año decisivo», los que vivimos el otro año decisivo, 1986, sabemos que lo fue pero no para la mayoría explotada, sino que para los poderosos que lograron reconducir la lucha popular antidictatorial hacia la llamada transición democrática que preservó el régimen pinochetista, sacando a la figura del Dictador. Tras el frustrado atentado a Pinochet, la venida a Chile del ultrarreaccionario Juan Pablo II, la Asamblea de la Civilidad y luego la Concertación se hicieron cargo de someter al movimiento y llevarlo a las urnas. El paradigma de la época eran los medios: si se estaba por barrer con Pinochet y acabar con su régimen, tal posición era motejada de vía violenta; por el contrario si -como planteaba la utodenominada oposición «democrática»- si la idea era llamar a elecciones libres y no tocar nada del régimen, tal posición era considerada vía democrática.

Hoy vivimos una disyuntiva similar. Está el camino democrático y el de los «vándalos». Exactamente lo mismo. La oposición patronal a Piñera se ha puesto de acuerdo para acabar con las movilizaciones y reducir la crisis abierta en el régimen a una simple justa electoral: el proceso constituyente. Este proceso fraguado en la cocina del antiguo régimen -hay que decirlo con claridad- es un fraude y no hay forma -aún con la presión de la movilización- de darle otro carácter. Las razones son de orden práctico y muy sencillas. El proceso está dominado por la concepción burguesa-representativa y en tal espacio a los trabajadores no nos queda más que observar como deciden por nosotros. Normativamente, la reforma constitucional dejó suficientes resguardos para que el debate de la Convención Constituyente no ataque las bases de la dominación capitalista.

En efecto, la vigencia del sistema electoral permite que la mayoría de los integrantes de la Convención provengan exclusivamente de los partidos del régimen, aquellos con representación parlamentaria, que son los mismos que suscribieron el infame «Acuerdo por La Paz». Si este filtro fuera poco, el quórum de 2/3 garantiza que la Derecha tendrá veto suficiente para impedir acuerdos sustanciales que permitan la reorganización del país en términos que garanticen el poder de los trabajadores y la satisfacción de las demandas sociales, democráticas y nacionales que ha planteado el movimiento y que son el contenido del levantamiento popular.

Adicionalmente, el art. 135 generado por las reciente reforma constitucional indica explícitamente, en su último inciso, lo siguiente: «El texto de Nueva Constitución que se someta a plebiscito deberá respetar el carácter de República del Estado de Chile, su régimen democrático, las sentencias judiciales firmes y ejecutoriadas y los tratados internacionales ratificados por Chile y que se encuentren vigentes«. El texto es claro compañeros, las injusticias refrendadas por los tribunales de justicia no podrán ser objeto de alteración, inmunizándolas con el respeto a la cosa juzgada. Pero -a nuestro juicio lo más importante- el texto constitucional que salga de este proceso -normativamente- debe respetar los tratados internacionales ratificados por Chile. Esto es de extrema gravedad y revela que todo este proceso se ha impuesto para cautelar los intereses del gran capital imperialista.

La norma indicada no hace referencia -como ha señalado más de algún entusiasta- a los tratados internacionales sobre DDHH o fundamentales. No. La norma dice a secas «tratados internacionales». Este texto fue redactado o al menos monitoreado por abogados expertos en derecho constitucional y derecho internacional público. La escueta formulación no puede dar lugar a dudas: la nueva Constitución debe respetar el andamiaje de tratados internacionales que ha suscrito nuestro país -bastando con que hayan sido ratificados- y que lo someten al poder del gran capital imperialista. En efecto, esta nueva Constitución no puede tocar a los inversionistas extranjeros, al capital financiero ni a los acuerdos económicos que son la base del moderno orden capitalista chileno.

Hay que ser claros: la Convención Constituyente no será soberana, porque ha de someterse al imperialismo; no será tampoco democrática porque será regida por un quórum supramayoritario de 2/3; y, tampoco, expresará a los organismos de base de los trabajadores, sino que a los partidos del régimen. La Convención Constituyente proyectada para una Nueva Constitución, será en realidad una REFORMA al orden institucional vigente. Por esta razón de fondo debe ser rechazada por constituir un atentado a los intereses de la mayoría trabajadora.

Entonces ¿qué proponemos?. La respuesta también es clara: democracia de verdad, democracia directa, democracia ejercida por los trabajadores no a través de las instituciones patronales, sino que a partir de los organismos creados en la propia lucha. La única democracia posible, la democracia obrera, radica el poder y el gobierno en la mayoría trabajadora.

De aquí vendrá una nueva Constitución, una que reorganice la sociedad sobre nuevas bases que importen la expropiación de los grandes medios de producción, la nacionalización de la banca, de los recursos naturales, de la tecnología y medios de comunicación y transporte. Una Constitución que garantice la planificación central y democrática de la economía. Una constitución que articule progrmáticamene la ruptura con el imperialismo.

Una nueva Constitución en que el poder militar no esté radicado en FFAA y Carabineros corruptos y sirvientes de la burguesía, sino que en el armamento general de la mayoría trabajadora, única forma de cautelar los DDHH e impedir que sigan masacrando a nuestro pueblo. única forma además que garanticemos que los acorado por nuestra propia Asamblea Constituyente de los Trabajadores, vaya a cumplirse, porque el Estado no es neutral y mientras sea capitalista, estaremos condenados a sufrir la explotación y represión capitalistas.

Este es el debate central: ¿queremos seguir padeciendo la miseria, la represión desbocada y la explotación diaria?, ¿Queremos seguir siendo gobernados por una tropa de corruptos, incompetentes y lamebotas de los poderosos?, ¿Para eso hemos salido a las calles desde el 18 de octubre?, ¿Para que vuelvan a ocupar sus mullidos sillones en el Congreso y volamos a escuchar que sólo podremos avanzar en la medida de lo posible?. La respuesta es una sola, NO.

No, porque ya hemos derrotado a Piñera en las calles con movilización y con movilización terminaremos de derrumbar el antiguo régimen capitalista. No, porque sabemos que tenemos el poder, porque producimos cada clavo, cada fruta que se vende; porque hacemos funcionar todo el país, su electricidad, agua potable, internet; porque manejamos la economía podemos conducirla y porque podemos conducirla, los trabajadores portemos gobernar este país. Que no nos vengan con cuentos, ya hemos escuchado suficientes historias de que «la alegría ya viene» o de que «hemos avanzado».

Por estas razones el 2020 será decisivo, en él nos jugaremos por entero. Con Mauricio Fredes, con Daniela Carrasco, con los 29 ejecutados políticos de Piñera; con los cientos de mutilados, con Gustavo Gatica y Fabiola Campillay. Con los 2200 presos políticos de Piñera. Con todos y todas y con los que vienen. Habremos de vencer, habremos de botar a Piñera y su fraude constituyente, abriremos las alamedas, las abriremos para la Revolución, para el Gobierno de loa Trabajadores y el Socialismo. Venceremos, por un 20’20 de victoria. Victoria, nada menos.

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