Reseña — La revolución china y las tesis del camarada Stalin, de León Trotsky

por Fernando López MacKenzie

El texto de León Trotsky, fechado en 1927, es menos una crónica de la revolución china que una intervención política urgente en el corazón del debate estratégico del movimiento comunista internacional. Su eje es claro: demostrar que la línea impulsada por Iósif Stalin —basada en el “bloque de las cuatro clases” y la subordinación del Partido Comunista Chino al Kuomintang— no solo era errónea, sino que condujo directamente a la derrota sangrienta del proletariado chino.

Desde las primeras páginas, Trotsky plantea que el problema central no es táctico sino de concepción: una falsa interpretación del imperialismo y de la estructura de clases en China. Contra la idea de que la opresión imperialista unifica a todas las clases en una lucha nacional común, insiste en que esa opresión agudiza la lucha de clases interna. La burguesía china —lejos de ser un aliado confiable— está estructuralmente ligada al imperialismo y actúa como freno de la revolución. De ahí que la política de conciliación haya terminado en catástrofe: “hemos sacrificado los intereses de los obreros y campesinos” .

El núcleo polémico del texto es la crítica a la subordinación del Partido Comunista Chino al Kuomintang. Para Trotsky, esto no fue un error secundario sino la negación misma del marxismo: sin independencia política y organizativa, el proletariado no puede disputar la dirección de la revolución. La consecuencia fue que, en el momento decisivo, la burguesía —encarnada en Chiang Kai-shek— utilizó el aparato construido en común para aplastar a los trabajadores. La analogía con 1848 en Europa no es casual: una vez más, el proletariado fue arrastrado detrás de una burguesía que luego lo reprimió violentamente.

En este marco, Trotsky reintroduce su perspectiva de revolución permanente. Reconoce el carácter “democrático-burgués” de las tareas inmediatas (liberación nacional, cuestión agraria), pero niega que puedan resolverse bajo dirección burguesa. Solo el proletariado, en alianza con el campesinado, puede llevarlas hasta el final, abriendo el camino a la transición socialista. Esta posición se enfrenta directamente a la teoría de los “estadios” defendida por la dirección estalinista.

Un punto decisivo del texto es la defensa de los soviets. Frente a la política de colaboración de clases, Trotsky propone la construcción de órganos independientes de poder obrero y campesino. No como consigna abstracta, sino como necesidad práctica: sin soviets, el armamento de las masas —que las propias tesis de Stalin invocan— se vuelve imposible o queda bajo control burgués. En este sentido, denuncia la incoherencia de rechazar los soviets mientras se habla de armar a los trabajadores.

El tono del texto es implacable. Trotsky no se limita a señalar errores: acusa a la dirección de la Internacional Comunista de haber preparado conscientemente una derrota. La crítica al “seguidismo” —es decir, la adaptación a la burguesía— recorre todo el documento. Y su advertencia es estratégica: sin una ruptura clara con esa línea, la revolución china repetirá la tragedia.

En síntesis, La revolución china es un texto de combate que articula teoría y experiencia histórica. Su valor reside en mostrar cómo una orientación política —la subordinación al nacionalismo burgués— puede desarmar a una revolución en el momento decisivo. Al mismo tiempo, reafirma un principio clásico del marxismo revolucionario: la independencia política del proletariado no es una consigna abstracta, sino la condición misma de la victoria. La lección de Trotsky sobre China permite leer el nacionalismo multipolar de los BRICS no como una alternativa revolucionaria al imperialismo, sino como una reedición ampliada del “bloque de las cuatro clases”: una alianza de Estados, burguesías nacionales, aparatos militares y fracciones capitalistas que se presentan como antihegemónicas, pero que no rompen con la lógica mundial del capital.

La actualidad de este trabajo es acuciante. En la guerra de EEUU contra Irán, esta contradicción aparece con nitidez. El BRICS denuncia, negocia, media o guarda silencio según la relación concreta de cada Estado con el mercado mundial, el petróleo, las rutas comerciales, el dólar, China, Rusia o Washington. De hecho, se ha informado que el bloque no logró acordar una declaración común sobre la guerra contra Irán, lo que muestra el límite práctico de su “multipolaridad” como dirección política mundial. 

Desde una óptica marxista, el error sería confundir la contradicción entre EEUU y los BRICS con una contradicción entre imperialismo y emancipación. La burguesía iraní, china, india, rusa o brasileña puede chocar con Washington, pero no por ello deja de ser burguesía. Como en China en 1927, la opresión imperialista no suspende la lucha de clases: la agudiza. El pueblo iraní puede enfrentar una agresión imperialista real, pero su emancipación no puede quedar subordinada ni al régimen clerical iraní ni a los cálculos diplomáticos de Beijing, Moscú o Nueva Delhi.

La guerra revela, además, que el “multipolarismo” no supera el orden capitalista: lo redistribuye. La crisis del estrecho de Ormuz, las negociaciones indirectas con Omán y Pakistán, y la disputa por rutas energéticas muestran que la cuestión decisiva no es la autodeterminación de los pueblos, sino el control de flujos estratégicos de petróleo, gas, comercio y finanzas. 

Por eso el BRICS aparece como una promesa de equilibrio mundial, pero no como una organización de poder de las masas. No convoca soviets, no arma a los trabajadores, no expropia al capital financiero, no disuelve los ejércitos burgueses ni organiza la revolución agraria o social. Su horizonte es otro: negociar mejores condiciones dentro del sistema mundial. Es decir, no niega el imperialismo como relación social; disputa cuotas dentro de él.

La conclusión, proyectando a Trotsky, sería esta: frente a la guerra de EEUU contra Irán corresponde una defensa incondicional contra la agresión imperialista, pero sin capitulación política ante ningún nacionalismo burgués. Ni Washington ni Teherán; ni OTAN ni BRICS como salida histórica. La única respuesta consecuente es la independencia política de la clase trabajadora internacional, contra el imperialismo norteamericano y contra las burguesías “multipolares” que aspiran a administrar otro reparto capitalista del mundo.

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