por Alejandro Valenzuela Torres
El libro La lucha contra el fascismo de León Trotsky constituye uno de los documentos más lúcidos y combativos del marxismo revolucionario del siglo XX. Su valor no se limita al diagnóstico histórico del ascenso del nazismo en Alemania: radica, sobre todo, en haber establecido las herramientas políticas, organizativas y teóricas con que la clase trabajadora puede derrotar al fascismo sin caer en las trampas del liberalismo ni del oportunismo socialdemócrata. Trotsky mostró que el fascismo no es un fenómeno “moral” ni una desviación cultural, sino la forma extrema de defensa del capital cuando éste ya no puede sostener su dominación con los métodos de la democracia parlamentaria. El fascismo aparece, por tanto, como un producto interno del régimen burgués y no como su negación externa.
Trotsky comprendió que combatir al fascismo exige unidad de clase y no coaliciones interclasistas. Frente a la política estalinista del “socialfascismo” —que dividió a los obreros alemanes llamando a combatir tanto a Hitler como a la socialdemocracia—, Trotsky propuso el frente único obrero, una alianza práctica entre comunistas y socialdemócratas para defender las organizaciones proletarias, los sindicatos, la prensa y las conquistas de clase frente al ataque fascista. No se trataba de diluir las diferencias ideológicas, sino de establecer un terreno común de defensa material del proletariado. Allí donde la socialdemocracia retrocedía ante la burguesía, Trotsky veía la oportunidad de demostrar, en la experiencia viva de las masas, la superioridad del método revolucionario. La política de unidad de acción debía preparar, no evitar, la ruptura con la dirección reformista.
El error histórico de la Comintern bajo Stalin fue oponer al fascismo una táctica sectaria y, más tarde, una política de “frentes populares” con la burguesía liberal. Ambas, aunque opuestas en apariencia, resultaron complementarias: en un caso, la división del proletariado; en el otro, su subordinación a la clase dominante. En los dos casos, el resultado fue el mismo: la desmovilización de la fuerza independiente de los trabajadores y la consolidación del poder capitalista bajo nuevas formas. Para Trotsky, la lucha contra el fascismo no podía desligarse de la lucha por el poder obrero, por la dictadura del proletariado. La defensa de la democracia burguesa, cuando el capital mismo la abandona, no es más que la defensa de un cadáver político.
Desde esta perspectiva, el antifascismo progresista contemporáneo —reducido a una identidad electoral y moral— se revela como una caricatura del combate que proponía Trotsky. La apelación actual al “antifascismo” por parte del progresismo institucional, en Chile y en el mundo, no busca organizar a la clase obrera sino disciplinarla dentro del marco de la gobernabilidad burguesa. Se invoca el peligro de la “extrema derecha” para justificar la alianza con la propia derecha “democrática”, reproduciendo el mismo razonamiento del SPD alemán cuando votó por Hindenburg “para evitar que ganara Hitler”. En nombre del “mal menor”, se acepta la continuidad del régimen de dominación capitalista. El antifascismo deviene así una política de orden, una operación ideológica destinada a encubrir el pacto orgánico entre progresismo y reacción.
En el Chile actual, esa misma lógica se manifiesta en la identidad política del reformismo progresista, que hace del “antifascismo” un rito electoral y no una posición de clase. La denuncia ritual de la derecha convive con la aplicación de sus políticas económicas, la militarización del Wallmapu, la criminalización de la protesta y la subordinación de las organizaciones sociales al aparato estatal. El progresismo, que se presenta como dique frente al fascismo, es en realidad su condición de posibilidad: neutraliza a la clase trabajadora, canaliza su descontento hacia la institucionalidad y preserva intacto el régimen heredado de la dictadura. En este sentido profundo, el “antifascismo” progresista y la derecha reaccionaria forman una misma estructura de dominación: una unidad orgánica de clase que asegura la reproducción del poder capitalista bajo el disfraz del pluralismo democrático.
Trotsky enseñó que el fascismo no se derrota con votos sino con organización; no mediante la defensa del Estado burgués, sino a través de su destrucción revolucionaria. Las armas para luchar contra el fascismo son la independencia política del proletariado, la unidad de acción frente al enemigo común y la construcción de un partido revolucionario capaz de transformar la defensa en ofensiva. En esta hora de restauración conservadora, cuando el progresismo se aferra a su única bandera —la del antifascismo electoral—, volver a Trotsky es recuperar la verdad elemental del marxismo: que sólo la clase trabajadora, organizada de manera independiente y revolucionaria, puede salvar a la humanidad del barbarismo que el propio capital engendra.
