¿Qué es y qué pretende ser el Frente por la Unidad de la Clase Trabajadora?

por Gustavo Burgos

El pasado lunes 23 de agosto en medio de la pirotecnia electoral del régimen y la tragicomedia de los MEO, Ancalao, Dr. File y demás extravagancias, se inscribió la lista parlamentaria del Frente por la Unidad de la Clase Trabajadora (FUT). El frente electoral, que llega a la papeleta de noviembre al amparo del Partido de los Trabajadores Revolucionarios (PTR), agrupa además al Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST), Socialismo Revolucionario (SR), Frente de Unidad y Lucha (FUL) y a nuestra revista, El Porteño. Se trata de un esfuerzo de organizaciones de la vanguardia activista por poner en pie en el escenario electoral las banderas de la clase obrera y la revolución socialista. Se trata del primer frente político en Chile —después de 1973— que interviene electoralmente reclamando una salida obrera y revolucionaria a la crisis.

Como no podría ser de otra manera esta iniciativa ha sido objeto de múltiples críticas. Las más extendidas calificaron esta iniciativa como sectaria y autoproclamatoria, estos conceptos vinieron de parte de quienes sostenían otras opciones electorales principalmente desde la Lista del Pueblo. En menor cantidad —pero con mayor reflexión política— otros compañeros observan esta iniciativa como oportunista, una réplica del Frente de Izquierda y los Trabajadores-Unidad (FIT-U) en la Argentina (referente electoral que lleva más de dos décadas concentrando la participación de partidos trasandinos que se reclaman trotskistas y que tiene como principales referencias al PTS y al PO). Quienes nos motejan de oportunistas ven en el naciente Frente por la Unidad de la Clase Trabajadora (FUT) un planteamiento puramente electoralista y adaptativo al régimen.

Tales cuestionamientos, por su seriedad, merecen atención y en consecuencia clarificación desde el programa revolucionario socialista. Y desde esa ubicación creemos oportuno citar la declaración constitutiva del FUT en la cual con meridiana claridad se afirma que el mismo se conforma como un frente de clase, «Un frente de trabajadores que denuncie los ataques de los empresarios y las trampas de los viejos partidos del régimen, así como la conciliación de quienes se dicen representar al pueblo pero terminan junto a la derecha y la vieja Concertación». Coherente con esta definición se propone a la clase trabajadora «retomar el camino de la lucha, movilización y autoorganización independiente …, en la perspectiva de la huelga general, que permita terminar con el Chile de la transición y luchar por un gobierno de la clase trabajadora en ruptura con el capitalismo y por el socialismo».

Son en consecuencia, tres los factores que unifican al FUT como acuerdo político. Primero el carácter de clase, no tendencial ni faccioso, concebido como un frente único obrero, explicitado en su propia denominación de «clase trabajadora»; segundo, que este frente lo que propone no es construir una bancada parlamentaria sino que retomar el camino de la movilización, la huelga general y la acción directa; tercero, finalmente, que tales tareas se plantean con el claro objetivo de instaurar por la vía revolucionaria un gobierno de los trabajadores, apoyado en los órganos de poder que el propio proceso revolucionario abierto en Octubre del 19, comenzó a construir. Estas definiciones rompen estratégicamente con toda la concepción frentepopulista que ha sustentado el accionar de la izquierda reformista que gira en torno al PS y el PC en en los últimos casi cien años en nuestro país, y son una conclusión obligada del balance que hacemos referido al fracaso de la llamada «Vía chilena al Socialismo». Ni somos los primeros, ni somos los únicos que rompemos con el reformismo, pero sí somos quienes expresamos hoy —política y organizativamente como frente— la orientación de intervenir como revolucionarios en el parlamento burgués.

Lo expuesto forma parte de la tradición marxista de intervención en los parlamentos burgueses, como quedara refrendado en el II Congreso de la Internacional Comunista: «Para los comunistas, el parlamento no puede ser actualmente, en ningún caso, el teatro de una lucha por reformas y por el mejoramiento de la situación de la clase obrera, como sucedió en ciertos momentos en la época anterior. El centro de gravedad de la vida política actual está definitivamente fuera del marco del parlamento…Por eso el deber histórico inmediato de la clase obrera consiste en arrancar esos aparatos a las clases dirigentes, en romperlos, destruirlos y sustituirlos por los nuevos órganos del poder proletario (soviets)».

La intervención revolucionaria que planteamos no persigue —por lo mismo— fortalecer las expectativas que hoy tienen los trabajadores en la institucionalidad patronal, sino que muy por el contrario, contribuir a la ruptura política de las masas con la democracia patronal, propiciando la lucha extraparlamentaria como una lucha abierta y desembozada por el poder político. Bajo esta premisa, por ejemplo, la libertad a los presos políticos, la disolución del aparato represivo estatal y el juicio a castigo a Piñera, a su gobierno de criminales y a sus cómplices, se encuentra orientado hacia una perspectiva de lucha de clase contra clase.

Intervenimos, finalmente, en el parlamento de la Constitución de Pinochet no por simple capricho, sino por la constatación concreta y material de que en esta fase de la lucha de clases —remitidos los síntomas de la insurrección del 19— los explotados han recreado sus ilusiones democráticas y ante la manifiesta falta de una dirección política de clase, han puesto su atención nuevamente en el terreno electoral.

No se trata como lo plantean algunos sectores ultimatistas, de que por principio no se deba intervenir en el parlamento burgués a pretexto de que con ello se legitima el régimen. Plantearle a los trabajadores que «se organicen y luchen», sacándolos de la discusión política concreta que hoy llevan adelante, no sólo impide construir un puente entre los trabajadores y el programa revolucionario, sino que condena al activismo a atrincherarse en la retaguardia del movimiento social.

Efectivamente, la mecánica aceptación de la idea de que el 50% de abstención en las recientes elecciones es manifestación de tal superación de las ilusiones democráticas, parece no advertir la enorme significación que tuvo el fenómeno electoral de la Lista del Pueblo, espacio que concentró hasta su desastroso final con el fraude de Ancalao, una parte significativa de la expresión política del activismo callejero del levantamiento popular.

Lo hemos afirmado, el Frente por la Unidad de la Clase Trabajadora (FUT) es hasta ahora un simple acuerdo electoral, sustentado en una declaración programática que hace propios los reclamos de las masas y las proyecta como Gobierno de la Clase Trabajadora. El FUT es, por lo mismo, hasta ahora un acuerdo de organizaciones revolucionarias que se plantean dar una lucha política en el terreno de las masas y con una orientación de vanguardia. No es más que eso. Pero tampoco menos, porque la aspiración de este referente es contribuir al proceso de conformación de una nueva dirección política de los explotados y en este proceso tienen cabida unitariamente todas aquellas organizaciones que se reclamen de los trabajadores y de su propia revolución. No hablamos de una simple campaña electoral, hablamos de un esfuerzo de unificación y construcción de redes de organizaciones y militantes al calor del proceso electoral, pero muy particularmente pensando en el momento en que esta campaña electoral se haya agotado, después de noviembre. Nuestra campaña política persigue poner de relieve el ascenso huelguístico del último período y proponer los triunfos de los compañeros de Tottus Copiapó-Vallenar y de los sindicatos del rol B de la División Andina de CODELCO, como referentes y como camino a seguir.

El programa clasista y revolucionario del FUT persigue —por sobre cualquier otra consideración— expresar políticamente a las masas en lucha, del momento que no sólo reivindica el socialismo sino que enfrenta las concepciones institucionalistas e identitarias del posmodernismo frenteamplista. En efecto, mientras el frenteamplismo se orienta estratégicamente a la defensa de las minorías y la búsqueda del consenso social dentro del orden capitalista (no otra cosa es el Acuerdo por La Paz), los socialistas propugnamos como estrategia la defensa de la mayoría explotada y el enfrentamiento de clases como vía para acabar con el orden capitalista. Dicho de otra forma, mientras el posmodernismo propone una salida aristocrática y burguesa a la crisis, los socialistas planteamos una salida democrática, de ruptura institucional y de poder obrero frente a la crisis del conjunto de la sociedad capitalista. El zapato chino de la Convención Constitucional tiene como base al día de hoy, esta cuestión de clase.

El nervio de nuestro programa —por todas las razones expuestas— está ligado a la acción revolucionaria de las masas que estallaron el 18 de Octubre del 19, que hicieron dos huelgas generales el 23 y 24, que llevaron millones a plazas y avenidas a derrotar la ocupación militar del país dispuesta por el gobierno criminal de Piñera. Nuestro programa nace de la huelga general política del 12 de noviembre que terminó por liquidar al Gobierno y al régimen. De esta experiencia concreta, de los más de 40 ejecutados políticos, de los centenares de mutilados oculares, los miles de presos políticos, de los miles de apaleados y gaseados por las FFEE, de la gloriosa Primera Línea como piquetes de autodefensa de masas, de las asambleas populares y cabildos, de todo ese caldero político y social proviene nuestro programa. Contra el Acuerdo por la Paz, contra sus suscriptores y quiénes se someten a él, contra la institucionalidad patronal y su orden social de explotación y miseria. Que gobiernen los explotados a partir de sus propios órganos de poder, éste es el mensaje político del FUT: que gobierne la clase trabajadora.

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