Manuel Sacristán: «El trabajo científico de Marx y su noción de ciencia»

Peut-on éviter de se laisser prendre à ces jeux stériles en parlant de Marx et de ses enseignements? Autrement dit, peut-on parler raisonnablement, en respectant les règles élémentaires de la logique et la vérité palpable des faits? Bref, une marxologie scientifique est-elle encore possible quand on se trouve en face des exhibicions fantaisistes de toute une corporation –universitaires y compris– d’intellectuels? Maximilien Rubel (1978)

En el mejor sentido de la palabra resulta oportuno ocuparse de Marx, ahora [1978] que ya este autor va siendo abandonado por la solicitud fantasiosa de que fue objeto durante los dos últimos decenios. En ese último período de moda marxista, centrado en torno a 1968, dominaron el horizonte unos espejismos particularmente engañosos a propósito del asunto que hoy consideramos, el trabajo científico de Marx. Eso contribuye a explicar el que, desde hace aproximadamente dos años, la discusión sobre la calidad científica del trabajo de Marx, o su falta de calidad científica, se sitúe bastante en el centro del cuadro de la crisis que están atravesando los movimientos políticos explícitamente marxistas y varias corrientes de pensamiento de esa misma tradición.

Se puede observar que los autores que más críticamente se están haciendo oír sobre la cuestión son filósofos que hasta hace muy poco tiempo entendían la obra de Marx del modo más cientificista, como un pensamiento en ruptura, corte o coupure (por usar un término muy usado desde los años sesenta) con sus orígenes metafísicos. La duda acerca de la calidad científica del trabajo de Marx da menos que hacer a otras comprensiones de nuestro autor que no son cientificistas; por ejemplo, no se nota ninguna perturbación importante por cosas así en corrientes que entienden a Marx más bien como un filósofo social, o como un filósofo de la cultura, al modo de la escuela de Frankfurt; ni tampoco entre los que leen a Marx principalmente como a un filósofo de la revolución, lo que alguna vez se llamó “marxismo occidental”, con la escuela de Lukács y otras tradiciones; todos estos, o casi todos estos, coinciden hoy en la necesidad de revisiones más o menos importantes de modos de pensamiento presentes en la obra de Marx, o de tesis de este. Pero en ninguna de estas corrientes aludidas se percibe la situación de crisis teórica y práctica como un derrumbamiento. Los economistas, por su parte, se consideren marxistas o no, suelen desde antiguo ver en Marx, simplemente, un clásico, tan inspirador como cualquier otro de una tradición que unos economistas modernos cultivan, otros rechazan, ninguno debe sacralizar y todos pueden considerar interesante.

En cambio, los autores a los que me he referido, intelectuales en crisis (ejemplos de ellos sean Althusser y Sollers en Francia, Colletti en Italia), son filósofos que reaccionan con formulaciones dramáticas a su descubrimiento reciente de que la obra de Marx no es, contra lo que ellos habían enseñado hasta hace muy poco tiempo, ciencia exacta, scientia in statu perfectionis, como decían los viejos filósofos, ni menos “la única ciencia social” como había proclamado Philippe Sollers del “marxismo-leninismo”. Las interpretaciones que hacían de Marx Althusser y Colletti coincidían en basarse en la idea de un corte completo entre el Marx maduro y su formación filosófica anterior, que fue principalmente hegeliana. El caso de Sollers es pintoresco; en su época de infatuación marxista-leninista-pensamiento Mao Tse-tung había sido fértil en graciosas frases como la mencionada de que el marxismo-leninismo es la única ciencia social moderna, o como el memorable descubrimiento de que la esencia de la revolución cultural china es la destrucción de la cuestión del sentido: mil millones largos de chinitos convertidos, al modo misionero, en ilustración de una mediocre semiótica especulativa… Althusser y Colletti estuvieron, desde luego, siempre lejos de esas cosas. Ellos dan involuntariamente un ejemplo mucho más interesante de los escollos que amenazan a la navegación marxista. Ambos son autores que no solo cumplen los habituales criterios de calidad académica, sino que los rebasan ampliamente, hasta dar más la imagen del maestro que la del profesor. Sin embargo, desde la altura de la crisis, que ellos mismos expresan, de las anteriores lecturas de Marx por estos autores, estas se ven hoy como una especie de hagiografía, como una vida de santo intelectual. Sus anteriores interpretaciones confundían de hecho lo que es historia de las ideas, estudio filológico (por decirlo subrayadamente), con lo que es cultivar libremente la tradición de un clásico. Una cosa es estudiar y explicar el pensamiento de Marx; otra hacer marxismo hoy. Muchas cosas que enseñaban Althusser o Colletti hace cinco años (tal vez todas) se estudian más provechosamente como pensamiento (de tradición) marxista de uno u otro de esos autores que como pensamiento de Marx. Por lo demás, esta confusión entre el tratamiento filológico de un clásico y la continuación productiva de su legado es frecuente en las tradiciones en cabeza de las cuales hay un clásico que lo es no solo en el sentido de paradigma de pensamiento teórico –en particular, científico–, sino también en el de inspirador moral, práctico o poético.

Pero no es mi intención hacer polémica, sino solo lo que he llamado filología, es decir, hablar del pensamiento de Marx, no presentar continuación –buena o mala, productiva o estéril– de su pensamiento. Y no por deseo de escurrir el bulto, ni porque crea que un clásico haya de ser siempre objeto de lectura filológica, sino porque me parece que entre las varias cosas buenas que se pueden sacar de una situación de crisis, de cambio de perspectiva, está la posibilidad de restaurar el estudio de las ideas sobre una buena base histórica. Este es un momento favorable para que los marxistas emprendan el intento, porque el estéril ideologismo del que ellos mismos parecen irse librando se enseñorea hoy más bien de la nueva moda anticomunista –también ella article de Paris, como el anterior marxismo tartarinesco–, a la que no me voy a referir porque no tiene nada que decir acerca de las modestas y nada espectaculares cuestiones de filosofía de la ciencia que me propongo tratar aquí.

De todos modos, aun sin voluntad polémica era obligado referirse, para empezar, al marco de disputas, críticas, contracríticas y autocríticas en que se sitúa hoy cualquier cuestión de marxismo; había que hacerlo, primero, por no ignorar soberbiamente la situación, y, segundo, porque en lo que interesa a la filosofía de la ciencia los autores mencionados, por curiosa que a veces resulte la inesperada furia con que rasgan sus vestiduras, antes tan rígidas, son filósofos considerables, no “literatos que saben las cosas a medias”, halbwissenden literati, como decía Marx; son filósofos considerables que expresan de un modo algo impropio una problemática nueva para ellos, pero nada imaginaria. Atendamos, por ejemplo, a Colletti: él ve su nueva dificultad para la lectura de Marx en la necesidad de reconocer, contra lo que había afirmado siempre, que en la obra de Marx hay dos conceptos de ciencia: el concepto normal de ciencia (digámoslo así, sin meternos en honduras, utilizando el término hecho célebre por un conocido historiador y filósofo de la ciencia, Thomas S. Kuhn), el concepto de ciencia que cobija normalmente a los científicos; y el concepto hegeliano de ciencia o Wissenschaft, una noción de origen platónico que engloba el conocimiento de las esencias, la metafísica.

No hay ninguna duda de que esa formulación por el propio Colletti de la crisis de su anterior convicción que veía en Marx un científico puro y normal es acertada. Colletti lleva mucha razón; tanta, que uno puede preguntarse cómo no se dio cuenta antes de algo tan evidente, de que ni el pensamiento de Marx ni ningún marxismo positivamente relacionable con Marx son ciencia pura, ni solo ciencia. El mismo léxico de Marx bastaba para darse cuenta de eso: Marx habla con desprecio de lo que él llama science, en malintencionado anglofrancés, y habla con orgullo de lo que llama deutsche Wissenschaft, saber alemán, literalmente “ciencia alemana”, igual que más tarde los nazis. Entre otras cosas, porque tiene en común con estos una tradición: la del idealismo alemán. Cuando se quejaba del patriotismo de Marx, Bakunin tenía bastante razón (tanta cuanta Marx cuando se quejaba del paneslavismo de Bakunin).

Autores mucho menos conocidos que nuestros filósofos sabían hace tiempo esta novedad debilitadora del marxismo cientificista y teoricista de estructuralistas y neokantianos. Paul Kägi, por ejemplo, un viejo funcionario sindical suizo que nunca fue profesor de ninguna universidad, se había expresado así en 1965:

Afirmaremos: Marx encontró en Hegel una estimación de la ciencia empírica, pero, al mismo tiempo, un concepto de ciencia que abarca desde la ciencia empírica hasta la doctrina de las ideas (…)

Ahora bien (por decir breve y claramente mi opinión): los conceptos de ciencia que presiden el trabajo intelectual de Marx, las inspiraciones de su tarea científica son no dos, sino tres: la noción de ciencia que he propuesto llamar normal, la science; la noción hegeliana, la Wissenschaft, que ahora percibe Colletti y que hace quince años trató Kägi; y una inspiración joven-hegeliana, recibida de los ambientes que en los años treinta del siglo pasado [XIX], a raíz de la muerte de Hegel, cultivaban críticamente su herencia, ambientes en los cuales vivió Marx; en ellos floreció la idea de ciencia como crítica. Science, Kritik y Wissenschaft son los nombres de las tres tradiciones que alimentan la filosofía de la ciencia implícita en el trabajo científico de Marx, así como este trabajo mismo.

Me propongo ahora documentar la presencia en la obra de Marx de las dos tradiciones filosóficas del concepto de ciencia hoy menos corrientes, dejando aparte la noción normal de ciencia, que doy por supuesta y que es la que, pese a todos los cambios de “paradigma”, sigue permitiéndonos atar de un mismo hilo (todo lo retorcido que se quiera) a Euclides, Ptolomeo, Copérnico, Galileo, Newton, Maxwell, Einstein y Crick, por ejemplo. Luego intentaré estimar el peso que esas nociones han tenido en la obra de Marx, y apuntar a lo que más importa: cómo se integran las tres nociones de ciencia en el programa filosófico-científico explícito de Marx o implícito en su práctica.

Fuente: Primeras páginas del libro de Manuel Sacristán El trabajo científico de Marx y su noción de cienciaeditado por Salvador López Arnal y David Vila, a partir de la conferencia del mismo nombre pronunciada por Sacristán el 11 de noviembre de 1978 en la Fundación Miró de Barcelona.

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