Los caminos que se abren: una nueva transición o un nuevo levantamiento popular

por El Porteño

El cierre del plazo —el lunes pasado— para la inscripción de candidaturas para la Convención Constitucional es, también, el cierre del entramado institucional de la nueva transición. Desde las filas del Acuerdo por la Paz y las altas esferas del poder, se pontifica sobre la trascendencia de tal Convención, se hacen proyecciones sobre su eventual composición y sobre el aporte que para ello pueden significar la paridad de género, la presencia de independientes y pueblos originarios. Hasta el cierre del plazo a las 24:00 las diversas candidaturas pugnaron por la formación de nuevas listas. Una noche de cuchillos largos pero fundamentalmente, una noche de reordenamiento.

A pesar de su aplastante fracaso la Derecha logró sortear correctamente el escenario electoral con una lista unitaria, mientras la oposición concurrió fragmentada en a lo menos dos listas, la Lista del Apruebo que recoge a los que fue la Concertación y del Apruebo Digno PC y FA. Junto a tales plataformas electorales concurren un sinnúmero de referentes y candidaturas independientes, muchas de las cuales lograron articularse nacionalmente a pesar de las penosas condiciones impuestas para juntar las firmas de patrocinantes: menos de un mes de plazo, bajo Estado de Emergencia y con modificaciones en cuanto a su composición hasta 15 días antes del cierre para proponer las postulaciones.

El escenario actual permite concluir que lo que está en marcha, es un gigantesco fraude institucional destinado a que los partidos del régimen modifiquen el orden constitucional de manera que el régimen capitalista siga en pie. No se trata sólo del quórum supramayoritario de los 2/3, se trata que con los partidos del Acuerdo por al Paz dominando la Convención —de Derecha y oposición— está garantizado que los intereses del gran capital y las multinacionales, que las FFAA y el aparato represivo y que el Poder Judicial permanecerán indemnes.

Dicho de otra forma, que el conjunto de las reivindicaciones populares en que se apoyó el levantamiento de Octubre del 19 se verán frustradas por completo. La Convención Constitucional no reorganizará la sociedad sobre nuevas bases, no acabará con la explotación ni generará un nuevo orden de derechos democráticos. Lo hemos dicho muchas veces, son las revoluciones las que hacen Constituciones y no al revés. De la institucionalidad patronal, de su proceso electoral, de su legislación y tribunales sólo podemos esperar la perpetuación del orden social.

Pretender que de la discusión democrática, de los argumentos razonados, del gesto civilizado provengan cambios sociales, equivale a pretender que los grandes dueños de los medios de producción abandonarán el poder y sus fastuosas riquezas como resultado de la persuasión. Esta pretensión que en un primer momento puede parecer ridícula, forma parte de la columna vertebral del discurso democrático capitalista.

El día de ayer, celebrando su presentación como candidato a convencional constituyente, Agustín Squella, un intelectual cuya profunda filiación democrática resulta indubitada, planteó lo siguiente : «Tenemos una nueva Constitución a la vista y debemos navegar todos juntos hacia ella, tal como hacen los pasajeros de un mismo barco.// Esa es la invitación y a la vez el mandato que dio a todos el voto Apruebo en el plebiscito del año pasado.// Los ciudadanos del distrito 7 tienen la palabra y espero que reconozcan en mí a alguien que quiere escucharlos. Alguien que tiene ideas y planteamientos acerca de la nueva Constitución, pero que quiere someterlos al examen y parecer de  ciudadanos y ciudadanas».

Seguiremos en la ingeniosa metáfora marina. Según Squella la nueva Constitución está a la vista y hacia ella navegamos en un mismo barco. ¿De verdad este intelectual cree que nuestro país es un ente unitario que armónica y orgánicamente avanza hacia una nueva Constitución?, si esto fuera así ¿Qué fueron las decenas de asesinados, los centenares de mutilados y torturados y los miles de presos políticos a manos de la represión de Piñera?, ¿Qué fueron los millones movilizados en plazas y avenidas del país, las tres huelgas generales?, ¿Un motín?. Nada se sabe. Es mejor obviar el proceso revolucionario e infantilizar los conflictos sociales suponiendo que tales son simples exabruptos en un orden social —el capitalista— que se abre espacio en las aguas de la historia.

El discurso liberal en Chile sólo ha servido para encubrir la orgánica incapacidad de la burguesía criolla para dar respuestas a los reclamos democráticos y sociales. Es el discurso de la gente y la alegría en 1988. Un discurso de radical impotencia, que reduce todo el problema político a la miserable oferta de alguien que quiere escucharnos y quiere someter sus ideas y planteamientos al examen de ciudadanos y ciudadanas. Porque a esto se reduce el democratismo en una sociedad atravesada por irreconciliables conflictos de clase: farsa y pusilanimidad.

Por cierto no es primera vez en la historia que algún intrascendente saca a relucir un discurso de perdonavidas. El 19 de septiembre de 1810, Mateo de Toro y Zambrano —con el mismo entusiasmo de Squella— evaluaba la proclama de Independencia del día anterior señalando que «nunca he tenido mayor regocijo que cuando observé las aclamaciones de un pueblo el más honrado del universo, sin haber intervenido el más pequeño desorden, ni la más corta desgracia. En cinco horas todo acordado«. Sobre el mismo hecho, Manuel de Salas expresó que «La salida repentina del sol no habría disipado las tinieblas con mayor prontitud«.

El espíritu es el mismo. Mientras mayor es para la clase dominante su conciencia de lo inevitable de la revolución social, mayores son sus esfuerzos discursivos por cerrar la crisis. Demás está decir que luego de las floridas expresiones de la Primera Junta de Gobierno de Chile ocurrió lo inevitable, una década completa de guerra civil al término de la cual los imperialistas españoles fueron expulsados por la única vía posible: mediante el uso de las armas. Las ridículas declaraciones de de Toro y Zambrano, Eyzaguirre y de Salas, palidecen frente al papel de O`Higgins y Carrera, porque para escribir la nueva Constitución los patriotas tuvieron que batirse a muerte en los campos de batalla.

Hoy vivimos una situación semejante. El 18 de Octubre se abrió un proceso revolucionario en Chile, un proceso protagonizado por la mayoría trabajadora y explotada. Un proceso en que la lucha de clases hizo quebrar el régimen político de los patrones. Un proceso que entre otras cosas, demostró que es mediante la lucha multitudinaria que lograron instalarse las demandas populares y que los 30 años de transición democrática fueron sólo un fraude. En este proceso los trabajadores hemos demostrado disposición a la lucha, coraje e inflexibilidad para enfrentar al enemigo. Contra el discurso de la burocracia sindical que responsabiliza a las bases por la falta de movilización, ha quedado demostrado que un levantamiento popular, un genuino alzamiento de los explotados tiene la fuerza suficiente para tumbar el orden social vigente. Sin embargo, no alcanza con la disposición a la lucha para instaurar un Gobierno de Trabajadores que expulse a los explotadores del poder.

Para imponernos, para hacer realidad un Gobierno de Trabajadores, es necesario la construcción de una nueva dirección política y tal cuestión comienza con la estructuración de un nuevo partido de la clase obrera, una organización independiente de los patrones y sus partidos, con un programa claro y con una perspectiva de movilización. No alcanzan las asambleas ni los colectivos. Los trabajadores requieren una dirección política decidida a dar batalla por el poder, una dirección audaz capaz de dar respuesta política en todos los escenarios. En una palabra, una dirección unificada para la lucha por el poder.

Desde Unidad de Trabajadores hemos iniciado esta tarea y en ese camino hemos sufrido golpes. Intentamos levantar una lista independiente de trabajadores para la Convención Constituyente, pero no tuvimos la organización suficiente para consumar tal tarea. Nuestra estructura asamblearia no fue capaz de cumplir tal objetivo. Pero estamos lejos de ser derrotados. Hemos aprendido de esta experiencia y entendemos que es imprescindible pasar a formas superiores de organización.

Esta cuestión es una necesidad del conjunto del movimiento. De hecho la existencia de no pocas listas de independientes que se estructuraron casi nacionalmente, son un embrión de esa nueva formación política. A diferencia de 1988, cuando el movimiento venía saliendo de la atroz Dictadura pinochetista, hoy día la inmensa mayoría nacional desprecia los partidos del régimen y desconfía de cualquier acuerdo por arriba. Esta desconfianza es la base para la superación de las ilusiones en la democracia burguesa y ese es el terreno fértil para el desarrollo organizativo y programático de los trabajadores.

La mayor parte de los sectores organizados, nacientes del levantamiento popular de Octubre del 19, desconfían del proceso electoral porque saben que se cocina una nueva transición por 30 años más. Y es en esos sectores, los cordones, los cabildos y asambleas, en la primera línea, en las ollas comunes, en donde ha de estructurarse esa nueva dirección política. Ya fue superada la idea de que «el pueblo unido avanza sin partido». Es la hora del pueblo unido en torno a su propio partido, a su propia estrategia de poder y Gobierno.

Porque un Gobierno de Trabajadores no será el resultado del proceso electoral que se extiende frente a nuestros pies. Ello en absoluto, porque sabemos que el proceso electoral está concebido para propiciar la división en las filas de trabajadores y la despolitización. Sin embargo, no podemos renunciar a ocupar inclusive los espacios electorales que han sido arrancados mediante la movilización.

A fines de los 80 y durante la década de los 90 ya vivimos el aislamiento a que fue sometido el activismo que se reclamaba de los trabajadores y el socialismo. No podemos volver a cometer el mismo error. Un gran partido de la clase trabajadora, esa es nuestra tarea y debemos aprovechar toda instancia para agrupar a la clase, insistimos, con una perspectiva de poder y en un camino basado en la movilización. Debemos superar toda forma de ciudadanismo, reformismo y electoralismo. Esto no significa que rechacemos toda reforma o toda elección, significa que buscaremos superar a las direcciones tradicionales alzando las banderas de la clase trabajadora.

Hoy los caminos se abren. Desde el poder nos llaman alegremente a iniciar una nueva transición democrática. Nos llaman a una sociedad de derechos y a hacer cualquier cosa que no sea una revolución. Pero hay otro camino, continuar la lucha abierta el 18 de Octubre, organizarnos como clase y preparar un segundo levantamiento popular.

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